Carlos X. Blanco: "Las novelas que instruían y entretenían (Verne, Salgari, Stevenson…) están a punto de ser prohibidas"
Carlos X. Blanco, ensayista de prestigio, profesor y articulista habitual de La Tribuna del País Vasco, ha regresado al mundo de la ficción literaria con una obra estremecedora, mezcla de relato de aventuras, terror y fantasía, que con el título de El horror de la selva ha conquistado ya a decenas de lectores que, poco a poco pero sin pausa, recomiendan encarecidamente este libro apasionante a través del boca a boca. Sin duda, la mejor prueba de que la novela está gustando, y mucho, a los aficionados.
Usted habitualmente escribe ensayo y artículos periodísticos, ¿cómo se produce este regreso al mundo de la ficción literaria?
En realidad llevo escribiendo ficción desde que tengo recuerdos. Por supuesto, muchos relatos y novelas de todos estos años atrás han desaparecido o no se han llegado a publicar. Siempre he sentido la necesidad de narrar, encontrando en el género gótico, en el terror cósmico, en la fantasía científica y en las aventuras épicas, algunos de mis géneros predilectos.
En 2014 publiqué Nos prietos abilsos [En los negros abismos, Editorial Suburbia] una colección de relatos lovecraftianos escritos en lengua asturiana. Posteriormente, en 2016, publiqué en la Editorial EAS una novela histórica, aunque no ajena a ciertos aspectos del género de la fantasía épica, La Luz del Norte, en donde describo la invasión mora de la península, la toma de Toledo y, sobre todo, las aventuras que corrió don Pelayo antes y durante la Batalla de Covadonga, inicio de la Reconquista y principio y fin de lo que se conoció –y ha de conocerse- como la “peste sarracena", ocupación que sufrió España durante casi ocho siglos. Allí he mezclado los hechos narrados en las Crónicas Asturianas, con algunas leyendas y tradiciones, así como ciertos aderezos procedentes de mi propia imaginación.
Recientemente también he escrito un relato futurista para la Revista Naves en Llamas, en su reciente número dedicado al transhumanismo. Tengo previsto publicar una nueva colección de relatos fantásticos y de terror.
La historia de El horror en la selva se enmarca claramente en el género de terror. ¿Siente una especial predilección por este género literario o es solamente una característica puntual de esta nueva obra literaria?
A decir verdad, aunque hay situaciones terroríficas en la novela, y el propio título de la misma parece indicar que pertenece a ese género literario, yo me inclinaría por ubicarla dentro del género de aventuras. Es una novela que podría inscribirse, salvando las distancias, en el género juvenil (pero no sólo juvenil) de novelas de aventuras. En el caso de este género se trata de un maravilloso grupo de novelas clásicas que nos han deleitado a todos desde la infancia hasta hoy, novelas que nos trasladan a países exóticos, mundos perdidos, peripecias insospechadas, valores nobles (lealtad, coraje) y en donde los protagonistas son gente joven. Unos muchachos que no se aborregan, ni se convierten en una masa floja que se envenena con las malditas TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación), ni con el alcohol, la droga, el hedonismo, el consumismo. Unos jóvenes que eran la idealización, la muestra de lo que queríamos ser, seres capaces de dar lo mejor de sí mismos. Esas novelas que instruían y entretenían (Verne, Salgari, Stevenson…) están a punto de ser prohibidas. Los nuevos cátaros, las nuevas brujas inquisidoras, los revisionistas de la historia ven que esas novelas, con esos valores, son un peligro. Ellos pueden controlar muy bien sus malditos videojuegos y sus emponzoñadas redes sociales. Ellos pueden dar subvenciones a esos libros-basura que ya, desde niños, pretenden adoctrinar con títulos horribles como Tengo dos mamás o Pepito se quiere vestir de rosa. Pero si consiguiéramos que autores, maestros y lectores volviéramos a ese espíritu de la novela de aventuras clásica, entonces, habría cierta esperanza. Porque los libros pueden servir para reverdecer arquetipos muy cargados energéticamente que todos llevamos dentro. Todos los europeos, al menos, los llevamos. Necesitamos un reencuentro con los mismos arquetipos que nos dan nuestro verdadero ser. Y que no nos bloqueen el acceso a ellos por medio de la censura y el adoctrinamiento.
En cuanto a mi predilección por el terror, desde luego debo decirle que sí. He tenido años muy lovecraftianos. Me maravilla la poesía y el misterio que se palpa en los relatos de Algernon Blackwood, de Arthur Machen… Lo cierto es que hoy, “que ya soy mayor”, siento más terror por ver quiénes mandan en el mundo, quiénes lo controlan en la sombra y qué pretenden hacer con la Humanidad. Eso me da más miedo ya. Los monstruos enormes y pulposos del ciclo de Cthulu me parecen entrañables peluches al lado de los poderes en la sombra de este capitalismo globalista.
Cuando se pone delante del folio en blanco para escribir una historia como El horror en la selva... ¿qué es lo que más le satisface?, ¿qué es lo que le resulta más difícil?
Lo más difícil para un escritor que vive de los frutos de otra profesión, es encontrar intervalos de tiempo suficientemente largos y tranquilos para poder escribir. Después, tratar de volver a ser un joven como el que uno fue o quiso ser, y ver el mundo con ese arrojo y nobleza con el que todos deberíamos verlo. Se trata de desprenderse de la costra y la pestilencia de este siglo XXI, cargado a posta con toda clase de virus.
¿Qué influencias literarias pueden reconocerse en su obra?, ¿En qué se inspira para dibujar los personajes y las situaciones principales de su narración?
Las principales ya las he ido deslizando en las respuestas anteriores. Los escritores británicos del último periodo victoriano, y justamente anteriores a Lovecraft, sus “maestros”, son los que más huellas me han dejado. Por supuesto, también está ahí Tolkien, maestro de todo creador y pensador tradicionalista. El Homero del siglo XX es Tolkien, campeón de la épica actual. Leyendo adecuadamente a Tolkien, uno purifica el alma. Se reencuentra el lector con lo sagrado que habita en la naturaleza, en el pasado, y en el fondo del alma de uno mismo.
¿Le gusta la literatura con mensaje?; ¿Cuál sería el la coda principal de un relato en el que ocurren tantas cosas como en El horror de la selva?
Me aterra que el “mensaje” sea “moralina”. Los inquisidores del pensamiento único políticamente correcto son asfixiantes en este sentido. Los personajes mismos (usted y yo somos personajes de alguna historia) ya somos el mensaje para alguien: los lectores, nuestros hijos, nuestros alumnos, nuestros amigos… Sam Gamyi es un mensaje viviente de lealtad, de fidelidad. Frodo es el mensaje viviente de misión a cumplir cueste lo que cueste, y de cómo los pequeños son los grandes… Pues bien, Dani, en mi novela, es el mensaje viviente que lleva el imperativo ¿cuál?. El imperativo de que al horror hay que ponerle cara. Plantarse, resistirse al salvajismo. La gente con la que Dani se encuentra y lucha a su lado trasladan el mensaje de que, en medio de la más atroz decadencia, la Civilización es sagrada y ha de defenderse. Desconfíe el lector del mensaje “cambiemos el mundo”. No hay mayor rebeldía hoy que dar ejemplo con el mensaje: soy fiel, busco la pureza, respeto el pasado, amo a los míos.
¿En qué trabajos literarios está embarcado ahora?; ¿Qué nuevas obras le gustaría escribir?
Como ya he dicho, trabajo en una colección de relatos de horror. También estoy recopilando ensayos filosófico-políticos, traducciones (Fusaro, David Engels, Steuckers… ) En fin, tengo varios frentes abiertos.
Usted es también profesor... ¿Cómo podemos inculcar en los más jóvenes el gusto y el interés por la lectura?
Aconsejando que lean los clásicos. Clásicos y más clásicos. Los de aventuras, los del misterio, el género épico. Mucho Tolkien. Mucho Verne. Y prohibir en las escuelas e institutos los libros “realistas”, que en realidad son adoctrinadores en un noventa por ciento (problemas de drogas, relaciones de pareja, refugiados, divorcios, acoso y violencia doméstica…). Todo eso, “prohibido”. O les quitamos a los niños y jóvenes esa basura “literaria” de escritorcitos subvencionados, o la Humanidad desaparece.
Carlos X. Blanco, ensayista de prestigio, profesor y articulista habitual de La Tribuna del País Vasco, ha regresado al mundo de la ficción literaria con una obra estremecedora, mezcla de relato de aventuras, terror y fantasía, que con el título de El horror de la selva ha conquistado ya a decenas de lectores que, poco a poco pero sin pausa, recomiendan encarecidamente este libro apasionante a través del boca a boca. Sin duda, la mejor prueba de que la novela está gustando, y mucho, a los aficionados.
Usted habitualmente escribe ensayo y artículos periodísticos, ¿cómo se produce este regreso al mundo de la ficción literaria?
En realidad llevo escribiendo ficción desde que tengo recuerdos. Por supuesto, muchos relatos y novelas de todos estos años atrás han desaparecido o no se han llegado a publicar. Siempre he sentido la necesidad de narrar, encontrando en el género gótico, en el terror cósmico, en la fantasía científica y en las aventuras épicas, algunos de mis géneros predilectos.
En 2014 publiqué Nos prietos abilsos [En los negros abismos, Editorial Suburbia] una colección de relatos lovecraftianos escritos en lengua asturiana. Posteriormente, en 2016, publiqué en la Editorial EAS una novela histórica, aunque no ajena a ciertos aspectos del género de la fantasía épica, La Luz del Norte, en donde describo la invasión mora de la península, la toma de Toledo y, sobre todo, las aventuras que corrió don Pelayo antes y durante la Batalla de Covadonga, inicio de la Reconquista y principio y fin de lo que se conoció –y ha de conocerse- como la “peste sarracena", ocupación que sufrió España durante casi ocho siglos. Allí he mezclado los hechos narrados en las Crónicas Asturianas, con algunas leyendas y tradiciones, así como ciertos aderezos procedentes de mi propia imaginación.
Recientemente también he escrito un relato futurista para la Revista Naves en Llamas, en su reciente número dedicado al transhumanismo. Tengo previsto publicar una nueva colección de relatos fantásticos y de terror.
La historia de El horror en la selva se enmarca claramente en el género de terror. ¿Siente una especial predilección por este género literario o es solamente una característica puntual de esta nueva obra literaria?
A decir verdad, aunque hay situaciones terroríficas en la novela, y el propio título de la misma parece indicar que pertenece a ese género literario, yo me inclinaría por ubicarla dentro del género de aventuras. Es una novela que podría inscribirse, salvando las distancias, en el género juvenil (pero no sólo juvenil) de novelas de aventuras. En el caso de este género se trata de un maravilloso grupo de novelas clásicas que nos han deleitado a todos desde la infancia hasta hoy, novelas que nos trasladan a países exóticos, mundos perdidos, peripecias insospechadas, valores nobles (lealtad, coraje) y en donde los protagonistas son gente joven. Unos muchachos que no se aborregan, ni se convierten en una masa floja que se envenena con las malditas TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación), ni con el alcohol, la droga, el hedonismo, el consumismo. Unos jóvenes que eran la idealización, la muestra de lo que queríamos ser, seres capaces de dar lo mejor de sí mismos. Esas novelas que instruían y entretenían (Verne, Salgari, Stevenson…) están a punto de ser prohibidas. Los nuevos cátaros, las nuevas brujas inquisidoras, los revisionistas de la historia ven que esas novelas, con esos valores, son un peligro. Ellos pueden controlar muy bien sus malditos videojuegos y sus emponzoñadas redes sociales. Ellos pueden dar subvenciones a esos libros-basura que ya, desde niños, pretenden adoctrinar con títulos horribles como Tengo dos mamás o Pepito se quiere vestir de rosa. Pero si consiguiéramos que autores, maestros y lectores volviéramos a ese espíritu de la novela de aventuras clásica, entonces, habría cierta esperanza. Porque los libros pueden servir para reverdecer arquetipos muy cargados energéticamente que todos llevamos dentro. Todos los europeos, al menos, los llevamos. Necesitamos un reencuentro con los mismos arquetipos que nos dan nuestro verdadero ser. Y que no nos bloqueen el acceso a ellos por medio de la censura y el adoctrinamiento.
En cuanto a mi predilección por el terror, desde luego debo decirle que sí. He tenido años muy lovecraftianos. Me maravilla la poesía y el misterio que se palpa en los relatos de Algernon Blackwood, de Arthur Machen… Lo cierto es que hoy, “que ya soy mayor”, siento más terror por ver quiénes mandan en el mundo, quiénes lo controlan en la sombra y qué pretenden hacer con la Humanidad. Eso me da más miedo ya. Los monstruos enormes y pulposos del ciclo de Cthulu me parecen entrañables peluches al lado de los poderes en la sombra de este capitalismo globalista.
Cuando se pone delante del folio en blanco para escribir una historia como El horror en la selva... ¿qué es lo que más le satisface?, ¿qué es lo que le resulta más difícil?
Lo más difícil para un escritor que vive de los frutos de otra profesión, es encontrar intervalos de tiempo suficientemente largos y tranquilos para poder escribir. Después, tratar de volver a ser un joven como el que uno fue o quiso ser, y ver el mundo con ese arrojo y nobleza con el que todos deberíamos verlo. Se trata de desprenderse de la costra y la pestilencia de este siglo XXI, cargado a posta con toda clase de virus.
¿Qué influencias literarias pueden reconocerse en su obra?, ¿En qué se inspira para dibujar los personajes y las situaciones principales de su narración?
Las principales ya las he ido deslizando en las respuestas anteriores. Los escritores británicos del último periodo victoriano, y justamente anteriores a Lovecraft, sus “maestros”, son los que más huellas me han dejado. Por supuesto, también está ahí Tolkien, maestro de todo creador y pensador tradicionalista. El Homero del siglo XX es Tolkien, campeón de la épica actual. Leyendo adecuadamente a Tolkien, uno purifica el alma. Se reencuentra el lector con lo sagrado que habita en la naturaleza, en el pasado, y en el fondo del alma de uno mismo.
¿Le gusta la literatura con mensaje?; ¿Cuál sería el la coda principal de un relato en el que ocurren tantas cosas como en El horror de la selva?
Me aterra que el “mensaje” sea “moralina”. Los inquisidores del pensamiento único políticamente correcto son asfixiantes en este sentido. Los personajes mismos (usted y yo somos personajes de alguna historia) ya somos el mensaje para alguien: los lectores, nuestros hijos, nuestros alumnos, nuestros amigos… Sam Gamyi es un mensaje viviente de lealtad, de fidelidad. Frodo es el mensaje viviente de misión a cumplir cueste lo que cueste, y de cómo los pequeños son los grandes… Pues bien, Dani, en mi novela, es el mensaje viviente que lleva el imperativo ¿cuál?. El imperativo de que al horror hay que ponerle cara. Plantarse, resistirse al salvajismo. La gente con la que Dani se encuentra y lucha a su lado trasladan el mensaje de que, en medio de la más atroz decadencia, la Civilización es sagrada y ha de defenderse. Desconfíe el lector del mensaje “cambiemos el mundo”. No hay mayor rebeldía hoy que dar ejemplo con el mensaje: soy fiel, busco la pureza, respeto el pasado, amo a los míos.
¿En qué trabajos literarios está embarcado ahora?; ¿Qué nuevas obras le gustaría escribir?
Como ya he dicho, trabajo en una colección de relatos de horror. También estoy recopilando ensayos filosófico-políticos, traducciones (Fusaro, David Engels, Steuckers… ) En fin, tengo varios frentes abiertos.
Usted es también profesor... ¿Cómo podemos inculcar en los más jóvenes el gusto y el interés por la lectura?
Aconsejando que lean los clásicos. Clásicos y más clásicos. Los de aventuras, los del misterio, el género épico. Mucho Tolkien. Mucho Verne. Y prohibir en las escuelas e institutos los libros “realistas”, que en realidad son adoctrinadores en un noventa por ciento (problemas de drogas, relaciones de pareja, refugiados, divorcios, acoso y violencia doméstica…). Todo eso, “prohibido”. O les quitamos a los niños y jóvenes esa basura “literaria” de escritorcitos subvencionados, o la Humanidad desaparece.











