La CIA ejecuta el primer ataque en territorio venezolano contra el Tren de Aragua
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En la madrugada del 24 de diciembre de 2024, mientras Venezuela dormía bajo el manto de las tradiciones navideñas, un dron estadounidense surcaba en silencio los cielos del estado Zulia. No hubo sirenas, ni advertencias, ni declaraciones oficiales. Solo el zumbido imperceptible de una máquina de guerra deslizándose hacia su objetivo: un muelle remoto en las inmediaciones de Maracaibo, supuestamente utilizado por el Tren de Aragua (la organización criminal más poderosa de Venezuela, con una fuerte presencia en EE.UU) para el tráfico de narcóticos. Cuando el proyectil impactó, inauguró una nueva era en la confrontación entre Washington y Caracas. Era el primer ataque conocido de Estados Unidos en territorio venezolano.
La operación había sido diseñada con la precisión de un bisturí. Según fuentes familiarizadas con el caso consultadas por The New York Times y CNN, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) coordinó cada detalle del ataque. El muelle estaba vacío. No hubo víctimas mortales. El mensaje, sin embargo, resonó con la claridad de un disparo en la noche: Estados Unidos había cruzado una línea invisible que durante décadas había separado la presión diplomática de la acción militar directa.
Dos días después, Donald Trump rompió el silencio. En una entrevista radiofónica con la emisora WABC de Nueva York, el presidente estadounidense mencionó casi de pasada que su administración había destruido una instalación en Venezuela. Sus palabras fueron deliberadamente vagas, envueltas en ese estilo coloquial que ha caracterizado su comunicación pública. Pero el significado era inequívoco: Washington había decidido llevar su campaña contra el narcotráfico al interior de Venezuela.
La anatomía del ataque
Los detalles de la operación emergieron lentamente, como piezas de un rompecabezas que los medios estadounidenses fueron ensamblando con información filtrada por fuentes gubernamentales bajo condición de anonimato. El objetivo era un muelle en la costa venezolana, un punto estratégico donde, según la inteligencia estadounidense, miembros del Tren de Aragua almacenaban drogas antes de cargarlas en embarcaciones con destino a rutas internacionales de tráfico.
La elección del blanco no era casual. El Tren de Aragua, esa organización criminal venezolana que ha extendido sus tentáculos por toda América, se ha convertido en la obsesión de Donald Trump. La administración estadounidense lo ha vinculado directamente con el régimen de Nicolás Maduro.
"Hubo una gran explosión en la zona del muelle donde cargan las drogas en los barcos", declaró Trump ante periodistas en Mar-a-Lago. "Así que destruimos todos los barcos y ahora atacamos el área. Eso ya no existe."
El tipo de dron utilizado permanece en la penumbra de la operación encubierta. El Pentágono había desplegado semanas antes varios drones MQ-9 Reaper en bases de Puerto Rico, aeronaves equipadas con misiles Hellfire capaces de pulverizar objetivos terrestres con precisión milimétrica. Estos gigantes del aire, con sus 20 metros de envergadura, pueden permanecer en vuelo durante 27 horas consecutivas, observando, esperando el momento exacto para atacar.
La CIA ha declinado hacer comentarios. Su portavoz, identificado solamente como Ryan, respondió con un escueto "sin comentarios" a las consultas de The Intercept. El Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos negó su participación, aunque fuentes iniciales habían sugerido que proporcionaron apoyo de inteligencia. La coronel Allie Weiskopf fue categórica: "Operaciones Especiales no apoyó esta operación, tampoco el apoyo de inteligencia." Esta danza de confirmaciones parciales y negaciones estratégicas es típica del mundo de las operaciones encubiertas. Lo que permanece indiscutible es el resultado: un puerto venezolano destruido, una frontera cruzada, un precedente establecido.
Operación Lanza del Sur: El contexto de una escalada
El ataque de Nochebuena no surgió del vacío. Es el eslabón más reciente de una cadena que comenzó a forjarse en septiembre de 2024, cuando la administración Trump lanzó lo que denominó una "campaña antidrogas" en el Caribe. Desde entonces, las fuerzas estadounidenses han atacado casi treinta embarcaciones sospechosas de narcotráfico, dejando un saldo de al menos 105 personas muertas.
En noviembre, el secretario de Defensa Pete Hegseth anunció formalmente el inicio de la Operación Lanza del Sur. El nombre evocaba lanzas medievales, pero la tecnología era del siglo XXI: sistemas robóticos de vigilancia marítima, buques de superficie no tripulados, interceptoras autónomas. Todo coordinado desde el Comando Sur de Estados Unidos, la estructura militar que supervisa las operaciones en más de treinta países de América Latina y el Caribe.
"El presidente Trump ordenó tomar medidas, y el Departamento de Guerra está cumpliendo", declaró Hegseth en Twitter. "Esta misión defiende nuestra patria, expulsa a los narcoterroristas de nuestro hemisferio y protege a nuestra patria de las drogas que están matando a nuestra gente. El hemisferio occidental es el vecindario de Estados Unidos, y lo protegeremos."
El despliegue militar ha sido impresionante en su magnitud. El USS Gerald R. Ford, el portaaviones más grande y tecnológicamente avanzado del mundo, navegó hacia el Caribe con su carga de 75 aeronaves y 5,000 tripulantes. Destructores, submarinos, buques anfibios. En total, cerca de 15.000 soldados estadounidenses operando en la región. Es el mayor despliegue naval en estas aguas desde la Guerra del Golfo.
Para Venezuela, el cerco se había estrechado hasta convertirse en una soga. Trump había ordenado un "bloqueo total y completo" de los petroleros sancionados que intentaran llegar a costas venezolanas. Al menos dos buques fueron confiscados. El régimen chavista fue declarado "organización terrorista extranjera". Maduro, según Washington, era uno de los mayores narcotraficantes del mundo, con una recompensa de 50 millones de dólares sobre su cabeza.
Maracaibo: La ciudad en el centro de la tormenta
Fuentes venezolanas señalan a Maracaibo como el epicentro del ataque. Esta ciudad portuaria del estado Zulia, a escasos cien kilómetros de la frontera con Colombia, ocupa el tercer lugar entre los puertos venezolanos después de Puerto Cabello y La Guaira. Su ubicación estratégica lo convierte en un punto neurálgico tanto para el comercio petrolero como para las rutas del narcotráfico.
El 24 de diciembre, un incendio afectó las instalaciones de Primazol, una empresa de productos químicos ubicada en la zona industrial de San Francisco, cerca de Maracaibo. La coincidencia temporal con las declaraciones de Trump generó especulaciones inmediatas. ¿Era este el objetivo del ataque estadounidense? La empresa negó categóricamente cualquier vínculo, afirmando que el incendio fue controlado rápidamente y que no hubo afectaciones a personas. Rechazaron lo que llamaron "versiones malintencionadas" circulando en redes sociales.
Sin embargo, la cronología es difícil de ignorar. Trump mencionó en su entrevista del 26 de diciembre que el ataque había ocurrido "dos noches antes", lo que coincide exactamente con el 24 de diciembre. Analistas como Ian Bremmer, en Twitter, conectaron los puntos públicamente. Pero en el mundo de las operaciones encubiertas, la verdad tiene múltiples capas, y cada actor tiene incentivos para distorsionarla.
Lo que resulta indiscutible es que el Puerto de Maracaibo, con su tráfico petrolero y sus "cocinas de la muerte" del Tren de Aragua, representa exactamente el tipo de objetivo que Washington tenía en la mira. Si la infraestructura narcotraficante del puerto se viera seriamente comprometida, el poder financiero del Tren de Aragua sufriría un golpe significativo.
El silencio de Caracas
La respuesta del gobierno venezolano ha sido un ejercicio de ambigüedad calculada. Nicolás Maduro no comentó directamente sobre el ataque. En su programa "Con el mazo dando", el ministro del Interior Diosdado Cabello se limitó a una declaración desafiante, pero vaga: "Estados Unidos no nos va a amargar ni las navidades ni el Año Nuevo." Ni una palabra sobre Maracaibo. Ni un reconocimiento explícito del ataque.
Este silencio podría interpretarse de múltiples maneras. Quizás Caracas busca evitar dar a Washington la satisfacción de reconocer públicamente un golpe exitoso. O tal vez el régimen teme que admitir el ataque revelaría su incapacidad para defender el territorio nacional. En cualquier caso, la estrategia de Maduro ha sido continuar con su retórica antimperialista general sin entrar en detalles específicos.
Trump, por el contrario, ha sido sorprendentemente abierto sobre operaciones que tradicionalmente permanecerían clasificadas durante décadas. En una reunión de gabinete, llegó a mencionar que había mantenido conversaciones recientes con Maduro, aunque sin llegar a ningún acuerdo. Según filtraciones a medios estadounidenses, durante esas conversaciones Maduro habría ofrecido abandonar Venezuela a cambio de una amnistía legal completa para él y su familia, la eliminación de todas las sanciones y el cierre de un caso en la Corte Penal Internacional. Trump rechazó la propuesta. Quería a Maduro fuera de Venezuela "ya", sin transición de dos años, sin condiciones.
El Tren de Aragua
La narrativa de Trump sobre el Tren de Aragua es clara: es una organización criminal extranjera, operando desde un país hostil, traficando drogas que matan a estadounidenses, con vínculos con un gobierno comunista autoritario. Es el tipo de amenaza que justifica acciones extraordinarias.
A principios de 2025, la administración Trump alegó que el Tren de Aragua había "invadido" Estados Unidos, utilizando esta afirmación como justificación para invocar el Alien Enemies Act de 1798 y acelerar deportaciones. El gobierno también mantiene que la organización está en un "conflicto armado no internacional" con Estados Unidos, una designación legal que permite el uso de fuerza militar.
La CIA tiene una larga historia de ataques con drones contra objetivos terroristas. Durante la administración Obama, la agencia llevó a cabo regularmente operaciones en Pakistán, Yemen y Somalia. Pero en años recientes, estas operaciones habían sido transferidas en su mayoría a las fuerzas armadas convencionales. El ataque en Venezuela marca el regreso de la CIA a este tipo de operaciones directas.
La legalidad de estas acciones es, en el mejor de los casos, ambigua. Expertos en derecho internacional consultados por diversos medios sostienen que los ataques contra embarcaciones en aguas internacionales, y ahora este ataque en territorio venezolano, probablemente constituyen ejecuciones extrajudiciales. Washington niega esta acusación, argumentando que está combatiendo el "narcoterrorismo" bajo autoridades legales que incluyen la designación de estas organizaciones como amenazas terroristas.
Colombia y su presidente de extrema-izquierda Gustavo Petro han sido especialmente críticos. Petro ha calificado los ataques a lanchas como "ejecuciones extrajudiciales" y ha rechazado la legitimidad de la campaña estadounidense. Trinidad y Tobago, por su parte, ha defendido el despliegue naval, a pesar de que pescadores trinitenses han muerto en algunos de los ataques estadounidenses, según denuncias de sus familiares.
El ataque del 24 de diciembre es, en palabras de fuentes consultadas por CNN, "principalmente simbólico" si se considera el panorama completo. Es solo uno de muchos puertos utilizados por narcotraficantes para sacar drogas de Venezuela. La destrucción de un muelle no va a detener el flujo de narcóticos hacia Estados Unidos. Pero ese no es necesariamente el punto. Lo que este ataque demuestra es voluntad de actuar. Trump ha dejado claro que las operaciones terrestres son "mucho más fáciles" que los ataques marítimos. "Conocemos las rutas que toman, sabemos dónde viven, y vamos a empezar con eso muy pronto", declaró.
Analistas militares consultados por medios especializados son escépticos sobre una invasión masiva de Venezuela. El país es geográficamente extenso, con terreno difícil y una población de casi 30 millones de personas. Incluso con el poder militar estadounidense, una ocupación sería costosa, compleja y probablemente catastrófica. Pero ataques quirúrgicos selectivos, como el del 24 de diciembre, son otra historia. Son relativamente baratos, políticamente vendibles en casa, y suficientemente ambiguos como para mantener a Maduro constantemente en vilo.
Maduro ha respondido con su propia demostración de fuerza. Ha llamado a la población a prepararse para una "lucha armada", ha ordenado la creación de comandos de defensa integrados por ciudadanos, militares y funcionarios públicos. Ha anunciado el despliegue de 200.000 militares y la movilización de medios terrestres, aéreos, navales y misilísticos. Venezuela cuenta con sistemas de defensa aérea rusos, misiles iraníes, drones chinos. Pero todos los analistas coinciden: en un enfrentamiento directo con Estados Unidos, Venezuela no tendría oportunidad.
La pregunta real no es si Estados Unidos puede atacar Venezuela. Puede. La pregunta es qué ocurre después. ¿Una escalada llevaría al colapso del régimen de Maduro? ¿O simplemente hundiría a Venezuela en un conflicto prolongado que desestabilizaría aún más a toda la región? ¿Y qué papel jugarían actores externos como Rusia, China o Irán, todos con intereses estratégicos en Venezuela?
El fantasma de la doctrina Monroe
Hay algo inquietantemente familiar en todo esto. La retórica de Pete Hegseth sobre "el hemisferio occidental es el vecindario de Estados Unidos" evoca directamente la Doctrina Monroe de 1823, esa declaración que establecía América Latina como esfera de influencia exclusiva de Washington. Durante dos siglos, esa doctrina ha justificado intervenciones, invasiones, golpes de estado y operaciones encubiertas desde Guatemala hasta Chile, desde Cuba hasta Granada.
La operación del 24 de diciembre se inscribe en esta larga tradición. Es Granada en 1983. Es Panamá en 1989. Es la historia de un imperio que considera su derecho intervenir cuando lo juzga necesario.
Lo que hace diferente a esta era es la tecnología. Los drones MQ-9 Reaper pueden atacar sin poner en riesgo vidas estadounidenses, lo que reduce dramáticamente el costo político de la acción militar. El uso de sistemas autónomos y robóticos permite una presencia continua sin el desgaste de mantener tropas desplegadas. Es guerra a distancia, guerra aséptica, guerra que la población estadounidense puede ignorar fácilmente porque no cobra el precio en ataúdes cubiertos con banderas.
Mientras tanto, en Maracaibo, en los muelles destruidos y en las comunidades afectadas, el impacto es muy real. Las operaciones encubiertas tienen esa cualidad fantasmal: devastadoras para quienes las experimentan, casi invisibles para quienes las ordenan desde miles de kilómetros de distancia.
El ataque de Nochebuena no fue el primero y ciertamente no será el último. Es un capítulo más en una historia que se está escribiendo en tiempo real, con consecuencias que apenas comenzamos a comprender. La CIA ha vuelto a las sombras del Caribe, y esta vez trae drones.
En la medida que enero da paso a un nuevo año, una cosa queda clara: la línea entre presión económica y acción militar directa se ha difuminado quizás irremediablemente. Lo que comenzó como una campaña contra el narcotráfico se ha transformado en algo más grande, más ambicioso, más peligroso.
Este reportaje está basado en información publicada por The New York Times, CNN, The Intercept, y otras fuentes periodísticas internacionales.
![[Img #29484]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/12_2025/7106_screenshot-2025-12-31-at-16-53-29-dron-mq-9-reaper-buscar-con-google.png)
En la madrugada del 24 de diciembre de 2024, mientras Venezuela dormía bajo el manto de las tradiciones navideñas, un dron estadounidense surcaba en silencio los cielos del estado Zulia. No hubo sirenas, ni advertencias, ni declaraciones oficiales. Solo el zumbido imperceptible de una máquina de guerra deslizándose hacia su objetivo: un muelle remoto en las inmediaciones de Maracaibo, supuestamente utilizado por el Tren de Aragua (la organización criminal más poderosa de Venezuela, con una fuerte presencia en EE.UU) para el tráfico de narcóticos. Cuando el proyectil impactó, inauguró una nueva era en la confrontación entre Washington y Caracas. Era el primer ataque conocido de Estados Unidos en territorio venezolano.
La operación había sido diseñada con la precisión de un bisturí. Según fuentes familiarizadas con el caso consultadas por The New York Times y CNN, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) coordinó cada detalle del ataque. El muelle estaba vacío. No hubo víctimas mortales. El mensaje, sin embargo, resonó con la claridad de un disparo en la noche: Estados Unidos había cruzado una línea invisible que durante décadas había separado la presión diplomática de la acción militar directa.
Dos días después, Donald Trump rompió el silencio. En una entrevista radiofónica con la emisora WABC de Nueva York, el presidente estadounidense mencionó casi de pasada que su administración había destruido una instalación en Venezuela. Sus palabras fueron deliberadamente vagas, envueltas en ese estilo coloquial que ha caracterizado su comunicación pública. Pero el significado era inequívoco: Washington había decidido llevar su campaña contra el narcotráfico al interior de Venezuela.
La anatomía del ataque
Los detalles de la operación emergieron lentamente, como piezas de un rompecabezas que los medios estadounidenses fueron ensamblando con información filtrada por fuentes gubernamentales bajo condición de anonimato. El objetivo era un muelle en la costa venezolana, un punto estratégico donde, según la inteligencia estadounidense, miembros del Tren de Aragua almacenaban drogas antes de cargarlas en embarcaciones con destino a rutas internacionales de tráfico.
La elección del blanco no era casual. El Tren de Aragua, esa organización criminal venezolana que ha extendido sus tentáculos por toda América, se ha convertido en la obsesión de Donald Trump. La administración estadounidense lo ha vinculado directamente con el régimen de Nicolás Maduro.
"Hubo una gran explosión en la zona del muelle donde cargan las drogas en los barcos", declaró Trump ante periodistas en Mar-a-Lago. "Así que destruimos todos los barcos y ahora atacamos el área. Eso ya no existe."
El tipo de dron utilizado permanece en la penumbra de la operación encubierta. El Pentágono había desplegado semanas antes varios drones MQ-9 Reaper en bases de Puerto Rico, aeronaves equipadas con misiles Hellfire capaces de pulverizar objetivos terrestres con precisión milimétrica. Estos gigantes del aire, con sus 20 metros de envergadura, pueden permanecer en vuelo durante 27 horas consecutivas, observando, esperando el momento exacto para atacar.
La CIA ha declinado hacer comentarios. Su portavoz, identificado solamente como Ryan, respondió con un escueto "sin comentarios" a las consultas de The Intercept. El Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos negó su participación, aunque fuentes iniciales habían sugerido que proporcionaron apoyo de inteligencia. La coronel Allie Weiskopf fue categórica: "Operaciones Especiales no apoyó esta operación, tampoco el apoyo de inteligencia." Esta danza de confirmaciones parciales y negaciones estratégicas es típica del mundo de las operaciones encubiertas. Lo que permanece indiscutible es el resultado: un puerto venezolano destruido, una frontera cruzada, un precedente establecido.
Operación Lanza del Sur: El contexto de una escalada
El ataque de Nochebuena no surgió del vacío. Es el eslabón más reciente de una cadena que comenzó a forjarse en septiembre de 2024, cuando la administración Trump lanzó lo que denominó una "campaña antidrogas" en el Caribe. Desde entonces, las fuerzas estadounidenses han atacado casi treinta embarcaciones sospechosas de narcotráfico, dejando un saldo de al menos 105 personas muertas.
En noviembre, el secretario de Defensa Pete Hegseth anunció formalmente el inicio de la Operación Lanza del Sur. El nombre evocaba lanzas medievales, pero la tecnología era del siglo XXI: sistemas robóticos de vigilancia marítima, buques de superficie no tripulados, interceptoras autónomas. Todo coordinado desde el Comando Sur de Estados Unidos, la estructura militar que supervisa las operaciones en más de treinta países de América Latina y el Caribe.
"El presidente Trump ordenó tomar medidas, y el Departamento de Guerra está cumpliendo", declaró Hegseth en Twitter. "Esta misión defiende nuestra patria, expulsa a los narcoterroristas de nuestro hemisferio y protege a nuestra patria de las drogas que están matando a nuestra gente. El hemisferio occidental es el vecindario de Estados Unidos, y lo protegeremos."
El despliegue militar ha sido impresionante en su magnitud. El USS Gerald R. Ford, el portaaviones más grande y tecnológicamente avanzado del mundo, navegó hacia el Caribe con su carga de 75 aeronaves y 5,000 tripulantes. Destructores, submarinos, buques anfibios. En total, cerca de 15.000 soldados estadounidenses operando en la región. Es el mayor despliegue naval en estas aguas desde la Guerra del Golfo.
Para Venezuela, el cerco se había estrechado hasta convertirse en una soga. Trump había ordenado un "bloqueo total y completo" de los petroleros sancionados que intentaran llegar a costas venezolanas. Al menos dos buques fueron confiscados. El régimen chavista fue declarado "organización terrorista extranjera". Maduro, según Washington, era uno de los mayores narcotraficantes del mundo, con una recompensa de 50 millones de dólares sobre su cabeza.
Maracaibo: La ciudad en el centro de la tormenta
Fuentes venezolanas señalan a Maracaibo como el epicentro del ataque. Esta ciudad portuaria del estado Zulia, a escasos cien kilómetros de la frontera con Colombia, ocupa el tercer lugar entre los puertos venezolanos después de Puerto Cabello y La Guaira. Su ubicación estratégica lo convierte en un punto neurálgico tanto para el comercio petrolero como para las rutas del narcotráfico.
El 24 de diciembre, un incendio afectó las instalaciones de Primazol, una empresa de productos químicos ubicada en la zona industrial de San Francisco, cerca de Maracaibo. La coincidencia temporal con las declaraciones de Trump generó especulaciones inmediatas. ¿Era este el objetivo del ataque estadounidense? La empresa negó categóricamente cualquier vínculo, afirmando que el incendio fue controlado rápidamente y que no hubo afectaciones a personas. Rechazaron lo que llamaron "versiones malintencionadas" circulando en redes sociales.
Sin embargo, la cronología es difícil de ignorar. Trump mencionó en su entrevista del 26 de diciembre que el ataque había ocurrido "dos noches antes", lo que coincide exactamente con el 24 de diciembre. Analistas como Ian Bremmer, en Twitter, conectaron los puntos públicamente. Pero en el mundo de las operaciones encubiertas, la verdad tiene múltiples capas, y cada actor tiene incentivos para distorsionarla.
Lo que resulta indiscutible es que el Puerto de Maracaibo, con su tráfico petrolero y sus "cocinas de la muerte" del Tren de Aragua, representa exactamente el tipo de objetivo que Washington tenía en la mira. Si la infraestructura narcotraficante del puerto se viera seriamente comprometida, el poder financiero del Tren de Aragua sufriría un golpe significativo.
El silencio de Caracas
La respuesta del gobierno venezolano ha sido un ejercicio de ambigüedad calculada. Nicolás Maduro no comentó directamente sobre el ataque. En su programa "Con el mazo dando", el ministro del Interior Diosdado Cabello se limitó a una declaración desafiante, pero vaga: "Estados Unidos no nos va a amargar ni las navidades ni el Año Nuevo." Ni una palabra sobre Maracaibo. Ni un reconocimiento explícito del ataque.
Este silencio podría interpretarse de múltiples maneras. Quizás Caracas busca evitar dar a Washington la satisfacción de reconocer públicamente un golpe exitoso. O tal vez el régimen teme que admitir el ataque revelaría su incapacidad para defender el territorio nacional. En cualquier caso, la estrategia de Maduro ha sido continuar con su retórica antimperialista general sin entrar en detalles específicos.
Trump, por el contrario, ha sido sorprendentemente abierto sobre operaciones que tradicionalmente permanecerían clasificadas durante décadas. En una reunión de gabinete, llegó a mencionar que había mantenido conversaciones recientes con Maduro, aunque sin llegar a ningún acuerdo. Según filtraciones a medios estadounidenses, durante esas conversaciones Maduro habría ofrecido abandonar Venezuela a cambio de una amnistía legal completa para él y su familia, la eliminación de todas las sanciones y el cierre de un caso en la Corte Penal Internacional. Trump rechazó la propuesta. Quería a Maduro fuera de Venezuela "ya", sin transición de dos años, sin condiciones.
El Tren de Aragua
La narrativa de Trump sobre el Tren de Aragua es clara: es una organización criminal extranjera, operando desde un país hostil, traficando drogas que matan a estadounidenses, con vínculos con un gobierno comunista autoritario. Es el tipo de amenaza que justifica acciones extraordinarias.
A principios de 2025, la administración Trump alegó que el Tren de Aragua había "invadido" Estados Unidos, utilizando esta afirmación como justificación para invocar el Alien Enemies Act de 1798 y acelerar deportaciones. El gobierno también mantiene que la organización está en un "conflicto armado no internacional" con Estados Unidos, una designación legal que permite el uso de fuerza militar.
La CIA tiene una larga historia de ataques con drones contra objetivos terroristas. Durante la administración Obama, la agencia llevó a cabo regularmente operaciones en Pakistán, Yemen y Somalia. Pero en años recientes, estas operaciones habían sido transferidas en su mayoría a las fuerzas armadas convencionales. El ataque en Venezuela marca el regreso de la CIA a este tipo de operaciones directas.
La legalidad de estas acciones es, en el mejor de los casos, ambigua. Expertos en derecho internacional consultados por diversos medios sostienen que los ataques contra embarcaciones en aguas internacionales, y ahora este ataque en territorio venezolano, probablemente constituyen ejecuciones extrajudiciales. Washington niega esta acusación, argumentando que está combatiendo el "narcoterrorismo" bajo autoridades legales que incluyen la designación de estas organizaciones como amenazas terroristas.
Colombia y su presidente de extrema-izquierda Gustavo Petro han sido especialmente críticos. Petro ha calificado los ataques a lanchas como "ejecuciones extrajudiciales" y ha rechazado la legitimidad de la campaña estadounidense. Trinidad y Tobago, por su parte, ha defendido el despliegue naval, a pesar de que pescadores trinitenses han muerto en algunos de los ataques estadounidenses, según denuncias de sus familiares.
El ataque del 24 de diciembre es, en palabras de fuentes consultadas por CNN, "principalmente simbólico" si se considera el panorama completo. Es solo uno de muchos puertos utilizados por narcotraficantes para sacar drogas de Venezuela. La destrucción de un muelle no va a detener el flujo de narcóticos hacia Estados Unidos. Pero ese no es necesariamente el punto. Lo que este ataque demuestra es voluntad de actuar. Trump ha dejado claro que las operaciones terrestres son "mucho más fáciles" que los ataques marítimos. "Conocemos las rutas que toman, sabemos dónde viven, y vamos a empezar con eso muy pronto", declaró.
Analistas militares consultados por medios especializados son escépticos sobre una invasión masiva de Venezuela. El país es geográficamente extenso, con terreno difícil y una población de casi 30 millones de personas. Incluso con el poder militar estadounidense, una ocupación sería costosa, compleja y probablemente catastrófica. Pero ataques quirúrgicos selectivos, como el del 24 de diciembre, son otra historia. Son relativamente baratos, políticamente vendibles en casa, y suficientemente ambiguos como para mantener a Maduro constantemente en vilo.
Maduro ha respondido con su propia demostración de fuerza. Ha llamado a la población a prepararse para una "lucha armada", ha ordenado la creación de comandos de defensa integrados por ciudadanos, militares y funcionarios públicos. Ha anunciado el despliegue de 200.000 militares y la movilización de medios terrestres, aéreos, navales y misilísticos. Venezuela cuenta con sistemas de defensa aérea rusos, misiles iraníes, drones chinos. Pero todos los analistas coinciden: en un enfrentamiento directo con Estados Unidos, Venezuela no tendría oportunidad.
La pregunta real no es si Estados Unidos puede atacar Venezuela. Puede. La pregunta es qué ocurre después. ¿Una escalada llevaría al colapso del régimen de Maduro? ¿O simplemente hundiría a Venezuela en un conflicto prolongado que desestabilizaría aún más a toda la región? ¿Y qué papel jugarían actores externos como Rusia, China o Irán, todos con intereses estratégicos en Venezuela?
El fantasma de la doctrina Monroe
Hay algo inquietantemente familiar en todo esto. La retórica de Pete Hegseth sobre "el hemisferio occidental es el vecindario de Estados Unidos" evoca directamente la Doctrina Monroe de 1823, esa declaración que establecía América Latina como esfera de influencia exclusiva de Washington. Durante dos siglos, esa doctrina ha justificado intervenciones, invasiones, golpes de estado y operaciones encubiertas desde Guatemala hasta Chile, desde Cuba hasta Granada.
La operación del 24 de diciembre se inscribe en esta larga tradición. Es Granada en 1983. Es Panamá en 1989. Es la historia de un imperio que considera su derecho intervenir cuando lo juzga necesario.
Lo que hace diferente a esta era es la tecnología. Los drones MQ-9 Reaper pueden atacar sin poner en riesgo vidas estadounidenses, lo que reduce dramáticamente el costo político de la acción militar. El uso de sistemas autónomos y robóticos permite una presencia continua sin el desgaste de mantener tropas desplegadas. Es guerra a distancia, guerra aséptica, guerra que la población estadounidense puede ignorar fácilmente porque no cobra el precio en ataúdes cubiertos con banderas.
Mientras tanto, en Maracaibo, en los muelles destruidos y en las comunidades afectadas, el impacto es muy real. Las operaciones encubiertas tienen esa cualidad fantasmal: devastadoras para quienes las experimentan, casi invisibles para quienes las ordenan desde miles de kilómetros de distancia.
El ataque de Nochebuena no fue el primero y ciertamente no será el último. Es un capítulo más en una historia que se está escribiendo en tiempo real, con consecuencias que apenas comenzamos a comprender. La CIA ha vuelto a las sombras del Caribe, y esta vez trae drones.
En la medida que enero da paso a un nuevo año, una cosa queda clara: la línea entre presión económica y acción militar directa se ha difuminado quizás irremediablemente. Lo que comenzó como una campaña contra el narcotráfico se ha transformado en algo más grande, más ambicioso, más peligroso.
Este reportaje está basado en información publicada por The New York Times, CNN, The Intercept, y otras fuentes periodísticas internacionales.











