Jueves, 01 de Enero de 2026

Actualizada Miércoles, 31 de Diciembre de 2025 a las 17:28:16 horas

Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Continuar...

Miércoles, 31 de Diciembre de 2025 Tiempo de lectura:

El mundo en 2026: Crónica del nuevo desorden global

[Img #29485]

 

El mundo entra en 2026 con la sensación de haber cerrado una era y de no haber abierto todavía la siguiente. La historia parece suspendida en un equilibrio precario, entre la fatiga y la transformación. La vieja arquitectura internacional se sostiene a duras penas, mientras las culturas, los mercados y las tecnologías se reconfiguran bajo nuevas reglas de poder. Nunca hay que olvidar que cada tecnología lo suficientemente poderosa produce su propia ideología y, quizás por ello, la palabra “estabilidad” se ha convertido en un espejismo: ya no designa la paz, sino la mera capacidad de resistir el caos.

 

En Washington, Donald Trump gobierna su segundo mandato no consecutivo. A su lado, el vicepresidente J.D. Vance encarna la síntesis perfecta entre identidad patriótica y realismo industrial: un nuevo tipo de política económica centrada en la desglobalización controlada, la repatriación de fábricas y el blindaje tecnológico frente a China. Estados Unidos ha regresado y ha vuelto a hablar el lenguaje del interés nacional. Europa, mientras tanto, sigue atrapada en su debate interno entre tiranía burocrática, regulación, dependencia y miedo al declive.

 

En los pasillos de Bruselas, el AI Act europeo —en vigor desde principios de 2025— se ha convertido en el nuevo símbolo de vacuo poder normativo: un código moral para las máquinas. Sus páginas prohíben los usos “inaceptables” de la inteligencia artificial, exigen trazabilidad, transparencia, responsabilidad. Nadie sabe aún si Europa lidera o se encierra en su propio laberinto burocrático como una excusa liberticida para acallar a sus ciudadanos. Silicon Valley observa con ambivalencia: la innovación tropieza con las obsesiones controladoras y vigilantes de la UE, pero el mercado europeo sigue siendo demasiado grande para ignorarlo.

 

China, por su parte, ha aprendido a navegar el nuevo proteccionismo. El dragón no muerde; se repliega, calcula y construye alianzas en silencio. El bloque de los BRICS+ —ya ampliado con Egipto, Irán, Etiopía, los Emiratos y, más recientemente, Indonesia— intenta diseñar una arquitectura alternativa de pagos y cooperación energética. No es aún una alianza sólida, pero sí una declaración de intenciones: el Sur Global ya no quiere obedecer. Los foros internacionales se han convertido en rituales de disenso, donde cada país mide las palabras y acumula reservas como quien guarda ropa de abrigo para el invierno.

 

La economía mundial crece, pero sin entusiasmo. El Fondo Monetario Internacional pronostica un crecimiento del 3,1 % en 2026, sostenido por la inversión masiva en inteligencia artificial y la industria energética. Sin embargo, la productividad real sigue sin despegar. Las fábricas automatizadas producen más datos que bienes, y el espejismo de la IA ha creado una nueva burbuja de capital: empresas que valen miles de millones sin haber probado aún su rentabilidad.

 

En los mercados, la sensación dominante es la del rearme silencioso: cada país busca asegurar sus propios suministros de energía, agua, chips y alimentos. Las cadenas de valor globales se fragmentan y se reconfiguran en torno a bloques “amigos”. Es la era del friend-shoring, el comercio entre aliados. Las élites liberticidad occidentales, con sus prácticas totalitarias y caprichosas, han destruido el ideal liberal del libre intercambio, que ha sido sustituido por un nuevo realismo económico: producir menos, pero más cerca; comerciar menos, pero con los propios.

 

Mientras tanto, en los mares del mundo, el comercio global se ve lastrado por un eco del siglo XIX: los ataques de los rebeldes hutíes en el Mar Rojo. Lo que comenzó como un conflicto periférico en Yemen ha acabado convirtiéndose en un cuello de botella para la economía mundial. Las aseguradoras incrementan sus primas, los buques mercantes bordean África, los precios del transporte se disparan. El mapa marítimo del mundo ya no es estable. Todo, incluso la logística, se ha vuelto geopolítico.

 

En el frente de Ucrania, el cansancio es visible. Tras años de guerra y sanciones, la línea del frente se ha estabilizado sin resolver nada. Rusia controla amplias zonas del Donbás, Ucrania se hunde ante el avance ruso y su propia corrupción y, mientras tanto, Occidente debate cuánto más apoyo militar puede sostener sin fracturarse internamente. La fatiga de la solidaridad empieza a ser tan peligrosa como el enemigo. En los pueblos evacuados del este, solo quedan ruinas, perros y soldados. Nadie habla de victoria: solo de resistencia.

 

En Oriente Medio, el frágil alto el fuego entre Israel y la banda terrorista Hamás ha traído una tregua intermitente, marcada por la desconfianza. La guerra, por ahora, se ha congelado, pero no ha terminado. En los pasillos de la diplomacia, Egipto, Catar y Estados Unidos ensayan un equilibrio improbable entre la paz y la amenaza totalitaria islamista. La herida diabólica provocada por Hamas sigue abierta, y cada día que pasa sin violencia y ataques terroristas se celebra como un milagro.

 

Frente a este panorama, 2026 se perfila como un año de multipolaridad (mal) gestionada. Ni guerra total ni paz global: un tablero en el que las potencias buscan convivir sin confiar. Estados Unidos mantiene el pulso con China sin romper el hilo; Europa regula mientras se desindustrializa y muere; Rusia se atrinchera; el Sur Global avanza; y las corporaciones tecnológicas reemplazan a los Estados como actores del poder real.

 

La inteligencia artificial, tras el furor inicial, entra en su fase de consolidación. Las empresas ya no anuncian “revoluciones”, sino integraciones silenciosas: copilotos industriales, diagnósticos médicos automatizados, sistemas de predicción climática, taxis robóticos. La fascinación se transforma en rutina. Lo que al principio parecía magia, ahora es infraestructura. El debate ético —¿puede una máquina tener sesgos, responsabilidad, culpa?— ha dado paso al pragmatismo: lo importante es si produce beneficios.

 

Sin embargo, las grandes incertidumbres persisten. ¿Hasta qué punto se sostendrá el actual equilibrio arancelario entre Washington y Pekín? ¿Hasta cuándo durará la tregua en Gaza? ¿Resistirá Ucrania otro invierno sin victorias? ¿Y cuándo empezará la IA a justificar los billones invertidos en ella? La historia se ha vuelto un conjunto de preguntas suspendidas en el tiempo, ese mismo tiempo que según recientes investigaciones científicas no existe

 

Los analistas coinciden en que el riesgo principal de 2026 no es una gran guerra, sino la fragmentación del sistema mundial en esferas cerradas y no comunicadas. Si las tarifas cruzadas entre China y Estados Unidos escalan al rango del 100%, el comercio global podría contraerse más de un punto del PIB, forzando una desaceleración que ya se asoma en las previsiones del FMI. En ese escenario, el mundo se convertiría en un mosaico de bloques desconfiados, y la inflación tecnológica —derivada de los controles de exportación de chips y materias raras— se extendería como una fiebre.

 

El escenario contrario —un deshielo táctico entre potencias— parece más improbable, pero no imposible. Bastaría un gesto: una cumbre, un acuerdo comercial parcial, un compromiso energético. En tal caso, la economía podría dar una sorpresa positiva, impulsada por los aumentos de productividad derivados de la IA y por una cierta distensión logística. Pero los analistas lo advierten: no sería un regreso al viejo orden, sino una tregua temporal en un sistema que ya ha cambiado para siempre.

 

En el terreno cultural e ideológico, 2026 se perfila como el año del pragmatismo soberanista. La política mundial ha dejado atrás las grandes narrativas. Ni el globalismo liberal ni el populismo nacionalista ofrecen soluciones simples. En su lugar emerge una nueva corriente de “realismo nacional cooperativo”: los países ya no compiten por ideales, sino por sobrevivir con dignidad en entornos inestables. Las fronteras vuelven a ser legítimas; la autonomía tecnológica se convierte en el nuevo patriotismo.

 

En Europa, este giro se traduce en una cierta reconciliación con la idea de soberanía: energética, industrial, digital. Los demagógicos y totalitarios discursos verdes y woke pierden fuerza ante la crudeza de la realidad. En América, el trumpismo adopta formas más institucionales y menos explosivas, centradas en el poder económico y el control de las fronteras. En Asia, India continúa su ascenso como potencia híbrida y será, sin duda, el país revelación del 2026: aliada de Occidente por conveniencia, de los BRICS por identidad. En África, las guerras olvidadas, la expansión del terror islamista y la extracción de minerales raros conviven en un silencio estratégico.

 

En el fondo, 2026 no será el año del cataclismo ni de la redención. Será, más bien, el año de la transición prolongada: un interregno entre dos mundos. Las democracias se ajustan a su cansancio, las autocracias a su miedo, las empresas a su responsabilidad, los ciudadanos a su incertidumbre. La modernidad ya no promete progreso, sino mera continuidad. Y, sin embargo, bajo la superficie, algo se mueve: una nueva conciencia del límite, una intuición de que el siglo XXI real aún no ha comenzado. O de que ya ha terminado.

 

Los analistas llaman a esta etapa “el nuevo desorden gestionado”. Una época en la que las guerras se administran, los conflictos se posponen, las ideologías se difuminan y las tecnologías se domestican. Nadie tiene el control absoluto, pero todos temen perderlo. Y en ese miedo compartido se sostiene, de momento, la paz.

 

España 2026: Entre la contención y el cansancio

 

España llega a 2026 con un aire de calma tensa. El país, vapuleado por las manos sucias e indignas de la extrema izquierda liderada por el PSOE, se desliza por una fina línea entre una tenue recuperación y la fatiga existencial. Tras años de polarización, destrozo de las instituciones y sobresaltos corruptos, el nuevo ciclo parece más moderado, pero también más incierto. La economía avanza, sí, aunque sin fuerza estructural; el empleo aguanta, pero con salarios estancados y millones de jóvenes desempleados; y la confianza social oscila entre la resignación y el desconcierto por el delirio gobernante de Pedro Sánchez.

 

El contexto internacional no ayuda. La desaceleración europea, los costes energéticos aún altos y la inflación persistente han debilitado la competitividad industrial. La entrada en vigor de nuevas y tiránicas normativas verdes y digitales impone cargas adicionales a pymes y autónomos que ya sobreviven con márgenes mínimos. La tiranía de Bruselas, en manos de socialistas y populares, exige reformas; los ciudadanos, alivio. El Estado, atrapado entre ambos, responde con más deuda y subsidios.

 

La política vive su propio laberinto. La fragmentación parlamentaria persiste como enfermedad crónica del sistema. Ningún bloque logra imponerse con claridad, y las mayorías son cada vez más frágiles. Los acuerdos duran lo que dura la coyuntura. La crispación mediática sustituye al debate real. Todo se convierte en símbolo, en eslogan, en trinchera. Y, en este ambiente, el régimen del 668, muere.

 

El modelo autonómico, lejos de estabilizarse, sigue sometido a tensión. Cataluña vive un posprocesismo burocrático, y el País Vasco avanza en un modelo de soberanía consolidada, mientras otras regiones reclaman mayor equidad. Madrid, por su parte, se ha convertido en una ciudad-Estado dentro del país, laboratorio de políticas liberales, territorio de libertad y centro de atracción de talento y capital. España, una vez más, vive desacompasada entre sus regiones.

 

España en 2026 no es un país derrotado, pero sí exhausto y casi desparecido bajo el peso de las hordas corruptas socialistas. El país se mantiene en pie más por inercia que por convicción. Sin embargo, su historia demuestra una capacidad singular para recomponerse cuando todo parece perdido. Tal vez ese sea, una vez más, su destino: resistir hasta que vuelva la luz de la decencia.

 

País Vasco

 

El País Vasco entra en 2026 con una dualidad que define su tiempo: modernidad económica y melancolía moral. Mientras sus indicadores de empleo, innovación y bienestar descienden progresivamente, aunque siguen superando la media nacional, la sociedad parece aún atrapada en una herida que no termina de cerrar. Las cicatrices del terrorismo, la erosión del recuerdo y la fatiga de la convivencia con los asesinos y sus secuaces siguen presentes, aunque disfrazadas de normalidad.

 

En lo económico, Euskadi mantiene un modelo industrial robusto, con fuerte apuesta por la digitalización, la formación profesional y la cooperación empresa–centro tecnológico. La red de clústeres industriales y la gestión avanzada siguen siendo su principal fortaleza. El reto, ahora, es otro: atraer talento joven y, sobre todo, retenerlo. Cuadrillas enteras de jóvenes vascos están emigrando a trabajar a Madrid y a otras capitales europeas.  La demografía, envejecida y decreciente, amenaza con convertirse en un lastre difícil de superar.

 

La política vasca vive un momento de tránsito. El PNV, aún hegemónico, empieza a mirar por el retrovisor a los proetarras de Bildu cada vez más normalizados gracias al aval de Pedro Sánchez y sus secuaces. Se abre para el futuro la posibilidad de nuevos gobiernos nacionalsocialistas o comunistas no formados por el PNV y el PSOE, como hasta ahora, sino por Bildu-PSOE y formaciones próximas.

 

Pero bajo la superficie del País Vasco late siempre permanentemente otra cuestión: la memoria. La violencia terrorista ya no está en las calles, pero su sombra sigue presente en las conversaciones privadas, en los silencios familiares, en la incomodidad institucional, en el pavor de las víctimas que han de cruzarse en las calles de San Sebastián y Bilbao con los asesinos de sus familiares. Se han levantado monumentos, se han hecho homenajes, pero la reconciliación sigue incompleta porque la sociedad vasca es, mdesde un punto de vista ético, una entidad gravemente enferma que premia a los asesinos y arrincona y amenaza a quienes apuestan por la libertad. Ya no hay miedo, pero hay amnesia. Y la sociedad vasca, en su afán por avanzar hacia el precipicio final, olvida lo que la sostuvo cuando todo se desmoronaba: la dignidad de las víctimas y la verdad de los hechos.

 

El País Vasco de 2026 es un territorio que avanza renqueante, consciente de una presunta solidez económica y aplastado por su nulidad moral. Su futuro, más bien oscuro, está ligado a que salde su más grande deuda: la de recordar con verdad, la de señalar con claridad quiénes fueron las víctimas y quiénes fueron los verdugos. Y quizá esa sea, en el fondo, la prueba definitiva de su madurez como sociedad.

 

https://amzn.to/44w3dOM

 

 

Portada

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.