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Tiffany Sánchez-Cabezudo Rina
Viernes, 02 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

¡Adiós, 2025!

Decimos adiós a un año marcado por un número especialmente significativo de casos de corrupción en el seno del Gobierno, que han debilitado al PSOE y cuyo desgaste se ha reflejado en las urnas. Las elecciones en Extremadura, con la victoria del PP y el aumento de escaños de Vox —convertido ahora en actor clave para la gobernanza de la derecha—, no son un hecho aislado: son el síntoma de una sociedad cansada de la hipocresía política.

 

2025 comenzó con promesas de estabilidad, mejora económica y rechazo frontal a la corrupción. Promesas que el Gobierno de Pedro Sánchez lanzó con entusiasmo y que, a la vista de los hechos, no se han cumplido. Ninguna. Absolutamente ninguna. Basta recordar la felicitación navideña del presidente para comprobar hasta qué punto parecía habitar una realidad paralela, muy alejada de la que perciben los ciudadanos.

 

El Ejecutivo ha seguido fiel a su manual de actuación: negar, relativizar y, finalmente, culpar a la derecha. En esto último, conviene reconocerlo, se ha especializado. No importa el contenido del escándalo ni su gravedad: el presidente no conoce a nadie, no sabía nada y, por supuesto, jamás pudo imaginar lo que estaba ocurriendo. Y eso nos dijo aquél día cuando salió a dar explicaciones sobre los casos de corrupción que se estaban destapando: Eran las cinco de la tarde y no había comido.

 

Imposible no recordar a Federico García Lorca y su verso sobre la muerte del torero. Curiosa coincidencia: porque aquel día, a esa hora, Pedro Sánchez falleció políticamente.

 

Gobernar en 2025 ha consistido más en administrar el discurso que en asumir consecuencias. Pero el ruido era imposible de silenciar. El llamado caso Koldo dejó de ser, como insistía el Gobierno, una invención de la “derecha fascista” para convertirse en símbolo de algo mucho más profundo: la contradicción entre una retórica moralizante y una práctica política muy distinta. No por la novedad de la corrupción —España, por desgracia, no es un país virgen en ese terreno—, sino porque, a diferencia de lo que el propio Sánchez exigía a otros, no ha habido dimisiones ni convocatoria electoral.

 

Conviene recordar sus palabras dirigidas en 2017 a Mariano Rajoy: “Un presidente del Gobierno debe ser un referente moral para el conjunto de la sociedad. ¿Qué ejemplo está dando el actual presidente del Gobierno a nuestros hijos y a nuestras hijas?”

 

Resulta llamativo que quien pronunciaba estas palabras no haya aplicado hoy ni una mínima parte de aquel listón ético. Lo ocurrido en 2025 supera con creces aquello que entonces consideraba suficiente para exigir responsabilidades políticas.

 

Las figuras de José Luis Ábalos, antiguo pilar del sanchismo, y de Santos Cerdán reflejan bien esta deriva: una trama que el Gobierno primero ignoró, después minimizó y finalmente observó con una mezcla de distancia y amnesia selectiva. Una situación por la que el presidente debería asumir las mismas responsabilidades que reclamó con vehemencia en el pasado.

 

Durante meses, la consigna fue clara: aquí no pasa nada grave; y si pasa, no nos afecta. Pero la política tiene un problema serio cuando necesita explicar demasiado que no hay problema. El ciudadano puede desconocer los detalles de los sumarios judiciales, pero reconoce sin dificultad el olor de la incoherencia cuando la ética se invoca solo para señalar al adversario.

 

2025 deja tras de sí un año en el que el Ejecutivo ha confundido resistencia con arrogancia. Resistir no siempre es una virtud; a veces es simplemente negarse a abandonar el poder. Un poder que se obtuvo por vías democráticas y que, precisamente por eso, exige someterse de nuevo al juicio de los ciudadanos cuando la confianza se erosiona. Lo contrario no fortalece la democracia: la empobrece.

 

El balance final no es solo el de unos escándalos concretos, sino el de una forma de gobernar: personalista, blindada frente al error y convencida de que el relato puede taparlo todo. Pero los relatos, como los años, también se gastan.

 

Nos despedimos del 2025 con una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un Gobierno que exige ejemplaridad a la oposición mientras convive con investigaciones judiciales que afectan a su entorno político e institucional más cercano?

 

Lo sabremos en 2026.

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