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Pedro Chacón
Domingo, 04 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

Las memorias de Durañona, secretario del lendakari Aguirre, publicadas por la Fundación Sabino Arana fueron manipuladas

Las memorias de José Antonio Durañona, quien fuera secretario personal del primer lendacari vasco, José Antonio Aguirre entre 1946 y 1949 fueron manipuladas. Y ustedes se preguntarán eso qué importancia tiene. Pues yo voy a intentar explicárselo, porque la tiene y mucha. Lo primero porque nadie tiene derecho a manipular unas memorias. Pero, sobre todo, por las implicaciones políticas que esto tiene y por lo que demuestra de una forma de actuar en política que no se para ante nada con tal de conseguir lo que se propone.

 

El contexto en el que se sitúa esta manipulación es el de las sentencias del Tribunal Supremo de 2003 en relación con una reclamación interpuesta por el PNV a raíz de que el Gobierno de José María Aznar en 2001 le negara la restitución o, en su caso, compensación por los bienes incautados durante la Guerra Civil. El PNV fue el principal impulsor de esa ley de 1998 y consideraba que el Estado franquista le había requisado 19 bachoquis, dos rotativas de periódicos y tres edificios en Francia (el palacete de París y dos edificios para refugiados). De las sentencias de la Sala de lo contencioso del Tribunal Supremo de 2003 se derivó para el PNV una indemnización total de 11 millones de euros por los bachoquis y las rotativas pero en cambio se le denegó la petición del palacete de París y la compensación por los dos edificios de refugiados en Francia porque no se había podido demostrar fehacientemente su propiedad y porque, en todo caso, el propietario había sido el Gobierno vasco y, por lo tanto, el Estado español en la época de la Segunda República al que aquel pertenecía.

 

El PNV se quedó sin lo que más había deseado y emprendió una campaña para conseguirlo, que culminó con el decreto de la Nochebuena de 2024 por el que el Gobierno de Pedro Sánchez le concedió la propiedad del palacete de París y una indemnización por los dos edificios de refugiados en Francia.

 

La manipulación de las memorias de José Antonio Durañona se enmarca en ese contexto de pugna entre el PNV y el Gobierno central que se había negado a concederle lo que quería. Se manipularon unas memorias debido a que su autor había sido nada menos que el secretario personal de José Antonio Aguirre y porque así, con su testimonio autorizado, se reforzaba la pretensión del PNV de que el palacete de París era del partido y no del Gobierno vasco ni, por derivación, del Estado español.

 

Las memorias de José Antonio Durañona fueron publicadas por la Fundación Sabino Arana en 2005, al menos esa es la fecha que aparece en el Depósito Legal, con el título Cien momentos para la libertad. Memorias de un Secretario de José Antonio Aguirre, 1936-1949. Aunque no fueron presentadas por la Fundación Sabino Arana hasta el 9 de marzo de 2006. En el acto de presentación, según consta en la página 9 de la Memoria de Actividades de la Fundación Sabino Arana correspondiente a 2006, aparece la fecha y quiénes presentaron el libro con la foto correspondiente. En la mesa presidencial estaba Juan Mari Atutxa, presidente entonces de la Fundación Sabino Arana, a su derecha Iñaki Anasagasti, durante tantos años portavoz del PNV en el Congreso, entre 1986 y 2004, y luego en el Senado, entre 2004 y 2016, y a su izquierda Iñaki Durañona, hermano del autor. El autor no estaba, puesto que ya había fallecido. No sabemos en qué fecha. El único dato que tenemos al respecto procede de un artículo de Iñaki Anasagasti en Deia de 12 de junio de 2005 titulado “Talante sí, pero p’alante también” donde, hablando de gente importante que fallece y a la que no se le homenajea como se merece, mientras que a otros menos importantes sí, se refiere a nuestro personaje ya fallecido, de cuyo óbito nadie dio cuenta en los medios, al parecer: “Falleció José Antonio Durañona, secretario privado del lehendakari Aguirre. Nada.” O sea que tuvo que fallecer antes del 12 de junio de 2005, cuánto antes no lo sabemos. El caso es que no pudo ver el libro editado con sus memorias, con el texto que él entregó a la Fundación Sabino Arana, por intermediación de Iñaki Anasagasti, como este hace constar en la presentación del mismo (“un buen día y en una carpeta de cartón amarilla me hizo llegar estas cien páginas, donde no sólo hablaba de Aguirre sino sobre todo de la peripecia humana que habían vivido aquellas instituciones y sus responsables como consecuencia de la locura de una guerra que les había estallado sobre sus cabezas y de la que ellos no eran responsables sino tan solo víctimas”, p. XVI).

 

Las memorias vienen fechadas en el prólogo que el propio autor le puso, titulado “El por qué [sic, porqué] de estas páginas” en 1982. Por lo tanto, veintitrés años estuvieron aguardando las hojas entregadas por José Antonio Durañona para ser publicadas. Tiempo más que de sobra para haberlas reescrito otras tantas veces. La ocasión propicia para que aparecieran en 2005 en forma de libro vino dada con ocasión de la celebración del centenario del nacimiento del primer lendacari vasco en 1904.

 

En cuanto al estilo y pretensiones de las memorias, el autor dice en su prólogo (p. XIX): “No quisiera que se viera en ellas otra cosa más que el testimonio de un testigo de hechos que afectaron a nuestro pueblo en el exilio entre 1938/1949, y de los que más que actor fui únicamente testigo, algunas veces en primera fila, pero generalmente «entre bastidores»”. Y ya al inicio del cuerpo de texto nos dice: “Escribiré en estas páginas más con el corazón que con la razón, más con la pasión que con la gramática, más con la verdad de una historia vivida que con los tópicos que nos cuentan siempre” (1).

 

Por otra parte, Durañona nunca llegó a tener la confianza del lendacari Aguirre hasta el punto de merecer ser depositario de las confidencias de este. Lo dice en la página 130: “Yo no estaba en el secreto de sus pensamientos; nunca fui el confidente del Lehendakari, sino su colaborador directo –de lo cual me honré, y me sigo honrando– hombre de su confianza –me lo demostró en varias ocasiones y en misiones que me confió– pero yo no hacía más que ejecutar –lo mejor posible– sus decisiones, sin formar parte de sus asesores”.

 

Durañona solo nos habla de lo que ve, de lo que conoce de propia mano o por intermediación de gente muy próxima. Aquí un ejemplo, cuando se refiere al Congreso Mundial Vasco de 1956: “Personalmente no puedo entrar en detalles del mismo, ni de su perfecta organización, etc., por no haber participado en él directamente” (21). O cuando dice: “La toma de la Delegación de Euzkadi en París en 1944 –de la que no fui testigo– fue más bien una ocupación de la misma, ya que los franquistas la abandonaron prácticamente en cuanto comenzaron a sonar los primeros tiros en las calles parisinas” (76).

 

El caso es que comienza contándonos sus aventuras desde la Guerra Civil siempre con la referencia de lo que hacía o había visto hacer al Lendacari Aguirre. Todo ello con un tono ligero, memorístico, lleno de anécdotas y sucedidos, pero con franqueza y sinceridad.

 

Una vez presentadas las circunstancias de publicación de las memorias del secretario personal de José Antonio Aguirre y la intencionalidad cronística de las mismas, vamos a reproducir el pasaje introducido en el texto y que consideramos ajeno al original del mismo.

 

Se trata de un epígrafe completo introducido entre las páginas 34 y 36 y titulado “El palacete de la Avenue Marceau” y que transcribimos a continuación todo seguido sin puntos y aparte:

 

“No se entiende la actividad de los vascos en París sin hacer una alusión a la Delegación que era un palacete precioso cerca del Arco del Triunfo en el número 11 de la Avenue Marceau. En 1939 las oficinas del Gobierno vasco o Gobierno de Euzkadi, en el exilio, estaban instaladas en el inmueble sito en París-16, Avenue Marceau, 11. Este inmueble fue adquirido en 1936 gracias a las aportaciones de los nacionalistas vascos de América, ciudadanos de diversos países del nuevo continente, que respondieron a la suscripción abierta a tal efecto por el Partido Nacionalista Vasco, aportaciones que representaban una suma considerable para aquella época. D. Marino de Gamboa, de nacionalidad americana entonces y posteriormente filipina, adquirió el inmueble en Avenue Marceau, 11 a su nombre. Marino de Gamboa vivía en Londres y estaba encargado de centralizar las aportaciones de los vascos de América para darles el destino señalado por los donantes cuya finalidad era sostener la causa del nacionalismo vasco que era la causa democrática de Euzkadi en la lucha contra la rebelión franquista. En 1939, estando inminente el reconocimiento del régimen del general Franco por los países democráticos, Marino de Gamboa estimó que convenía constituir una sociedad francesa que se hiciera cargo de los bienes nacionalistas que se encontraban en Francia. Marino de Gamboa destacaba por tener importantes negocios en España que podían ser objeto de represalias si se descubría que él figuraba como propietario de un inmueble donde estaban instaladas las oficinas del Gobierno vasco o Gobierno de Euzkadi. El 10 de Febrero de 1939 se constituyó la sociedad «Finances et Enterprises, S.A.» con un capital de tres millones de francos, ante el Notario de París M. Letulle. Estaba compuesto por un grupo francés y un grupo inglés, este último en representación de las aportaciones solicitadas por el Partido Nacionalista Vasco a los nacionalistas vascos de América. Las personas que constituían esta sociedad eran todos hombres de negocios que habían llevado el abastecimiento de materiales y víveres a Euzkadi durante el bloqueo de Bilbao y deseaban ayudar a los vascos de alguna manera. La Sociedad había adquirido oficialmente a Marino Gamboa, por acto notarial, el inmueble sito en 11, Avenue Marceau. Mr. David P. Barnett era el testaferro que representaba los intereses de las aportaciones recibidas por el Partido Nacionalista Vasco de los nacionalistas vascos en América que se elevaba a quinientas acciones o sea el 83’33% del capital social. En consecuencia, quedaba claro que tanto el acopio de fondos como la compra inicial del edificio fueron llevados a cabo incluso antes de constituirse el Gobierno vasco o Gobierno de Euzkadi. A raíz de la entrada en París del ejército alemán en 1940, funcionarios de la Embajada española en dicha ciudad ocuparon el edificio de 11, Avenue Marceau al igual que la sede de la sociedad «Finances et Enterprises, S.A.», sita en 33, Rue Pierre 1er de Serbie, iniciándose en 1941 una reclamación judicial por el Estado español que produjo, en aquellas circunstancias, la lógica indefensión jurídica de la sociedad propietaria y la sentencia de los tribunales franceses, influenciados por la presencia alemana, favorable a la incautación de todos los bienes por el Estado español. Igual camino que los anteriores siguieron otros dos inmuebles propiedad de la Sociedad «Finances et Enterprises, S.A.» y que eran los siguientes: - Propiedad sita en Compans (Seine et Marne), adquirida por escritura ante M. Bertrand, notario de Claye-Soully, el 8 de Marzo de 1939. - Inmueble llamado «Hotel du Mont Renaud» sito en Noyon (Aisne) adquirido por escritura ante M. Guillemard, suplente del nontario de Noyon, los días 15 y 23 de Abril de 1940. Todos los inmuebles incluían un completo y diverso mobiliario en cada uno de los mismos. Todas las operaciones financieras llevadas a cabo para la constitución de la sociedad y adquisición de los inmuebles de su propiedad fueron gestionadas en París por D. Rafael Picavea, quien fuera diputado por Gipuzkoa en las candidaturas apoyadas por el Partido Nacionalista Vasco” (34-36).

 

Hasta aquí la transcripción de la cuña introducida en el texto original para demostrar que la propiedad del palacete de París era del PNV. Como vemos, hasta cuatro veces nombra aquí al Partido Nacionalista Vasco, cuando en el texto de Durañona no aparece nunca así, salvo una vez, cuando relaciona todos los partidos políticos que participan en el Consejo Consultivo Vasco de 1948 (p. 180). En las demás ocasiones que lo cita, y no es muy a menudo, por cierto, lo cita siempre por sus siglas. La cuña está incluida con calzador en el cuerpo de las memorias, porque viene precedida y seguida de un relato de cómo los refugiados vascos en Francia fueron adscritos a las empresas armamentísticas en lugar de encuadrarlos como soldados. Y los de la parte pirenaica oriental fueron llevados a Toulouse y los de la occidental a Tarbes y Lannemezan. A Durañona le tocó a esta última zona. Pues el texto del palacete está incluido en medio de ese relato, entre Toulouse y Tarbes, sin ninguna conexión con lo que se venía diciendo. Aparte de que esa alusión al palacete habría sido más propia de haberla hecho más adelante en las memorias, cuando empieza Durañona a contar cómo se recuperó el edificio tras la liberación de París y cómo se instaló él allí, primero como agente de desocupación de inquilinos molestos (los milicianos de la UNE que habían ocupado los primeros el edificio y que remoloneaban demasiado para no marcharse) y luego como secretario de la Delegación.

 

Luego está el contenido mismo del texto, lleno de referencias precisas, por ejemplo a los notarios y hasta a sus suplentes, y a fechas de hechos que Durañona no vivió ni presenció ni de los que pudo tener referencia puesto que cuando estuvo como Secretario de la Delegación de París el único problema que se planteó fue el de la recuperación del edificio tras la Segunda Guerra Mundial, que nos lo cuenta con detalle y sin hacer alusión alguna a las vicisitudes de la compra original, y mucho menos a los dos edificios de refugiados. Téngase en cuenta, además, que lo que dice el texto manipulado sobre la sociedad “Finances et Entreprises”, en relación con la compra de los dos edificios de refugiados, tampoco pudo saberlo puesto que los archivos del SARE, que tuvo relación directa con la compra de los edificios de refugiados y la JARE ya no estaban allí. Lo dice Durañona en el epígrafe titulado “Los asuntos del SARE/JARE”: “En lo que a estos archivos se refiere, puedo afirmar que no se encontraban en los archivos de la Delegación vasca en París, recuperados por mí en 1944 y que estuvieron bajo mi custodia hasta 1949. Quizás había algunas carpetas (no estoy seguro) de correspondencia entre el Gobierno vasco y su representante Julio de Jauregui, solicitando embarques, ayudas económicas, etc. Pero archivos, lo que se dice documentación propia de alguno de ambos servicios, no existía” (115).

 

También llama la atención la mención como de pasada o de manera meramente descriptiva de la ocupación de la sede: “A raíz de la entrada en París del ejército alemán en 1940, funcionarios de la Embajada española en dicha ciudad ocuparon el edificio de 11, Avenue Marceau al igual que la sede de la sociedad «Finances et Enterprises, S.A.»”. Cuando resulta que en las páginas 152-153 viene un epígrafe totalmente extemporáneo, respecto de lo que las memorias nos van contando hasta entonces, y en un tono ciertamente acalorado, dedicado a “El siniestro Pedro Urraca Rendueles”, que fue el agente franquista que ocupó el edificio tras la entrada de los nazis en París. Este epígrafe tiene toda la apariencia de haber sido también introducido a posteriori del texto original. Es otra de las manipulaciones que hemos detectado en el texto y que incide en otro tópico relacionado con el palacete: que su incautación por el Estado franquista se hizo en consonancia con la Gestapo de París. Pero Durañona no utiliza en sus memorias los adjetivos que aparecen aquí: “infinita desgracia”, “terribles personajes” o la expresión “Por si esto no fuera desastroso” o la de “El superpolicía que merece una película sobre lo hecho allí”. Se nos dan aquí datos muy precisos en cuanto a fechas y domicilios, de lo que ocurrió en la sede de Marceau cuando fue tomada por los nazis cuando Durañona no estuvo allí tampoco, ya que por esas fechas de la ocupación de París él estaba en el País Vasco francés, tras haber pasado por el campo de internamiento de Gurs, del que consiguió salir, según nos cuenta, justo en vísperas de la llegada de los nazis en junio de 1940. Después estuvo en el País Vasco francés hasta que se fue por primera vez a París a trabajar como contable en el restaurante vasco “Zatozte” entre finales de 1942 y mayo de 1944, en plena ocupación alemana, durante la cual no nos cuenta nada de estos episodios del palacete Marceau y de la Gestapo (62-63).

 

Aparte están las inexactitudes manifiestas que se contienen en el relato apócrifo de los acontecimientos sobre el palacete. Por ejemplo, se atribuye a Marino Gamboa, que era un mero testaferro, la decisión de traspasar la propiedad a la sociedad Finances et Entreprises. Además, se mezclan cuestiones propias de la primera compra, la de Marino Gamboa, con la segunda, la de Finances et Entreprises, ya que se atribuye a esta última empresa ser también receptora de los fondos de nacionalistas de América, cuando se supone que la segunda compra fue solo un cambio de titularidad sin dinero de por medio, ya que tanto Gamboa como la sociedad actuaban como testaferros y el desembolso se había hecho solo con la primera compra. Lo mismo ocurre con el dato final de que Rafael Picavea constituyó la sociedad Finances et Entreprises, cuando este señor actuó como primer delegado en París pero fue sustituido enseguida por José Antonio Aguirre, en julio de 1937, tras la caída de Bilbao, antes incluso de la primera compra del palacete, y puso en su lugar a Juan Gracia, consejero socialista de Asuntos Sociales, que se encargó de coordinar todas las actividades de la delegación en París desde el palacete de Marceau, incluida la constitución de la sociedad “Finances et Entreprises” y la compra de los dos edificios de refugiados. Errores tan gruesos no son fácilmente comprensibles y despistan mucho en cuanto a la autoría de estos textos añadidos a las memorias originales.

 

Lo que más le preocupa a quien (o quienes) escribió (o escribieron) estos textos es recalcar la propiedad y el protagonismo exclusivo del PNV sobre el palacete y el dato de la Gestapo que ayudó a los agentes franquistas a requisarlo. Pero en los dos pincha en hueso ya que, respecto de la propiedad, unas páginas más adelante, en la 75, el propio José Antonio Durañona nos dice, en el momento en que se libera París y se puede recuperar la sede del Gobierno Vasco, que: “La Delegación de París se reintegró en los locales propiedad del Gobierno de Euzkadi, en el 11 de la Avenida Marceau”. Con esta frase tan sencilla se desmonta todo el argumentario del epígrafe titulado “El palacete de la Avenue Marceau” ya que se reconoce la propiedad del Gobierno vasco y no del PNV. Y respecto de la entrada de la Gestapo y los agentes franquistas, Durañona entonces estaba primero en el País Vasco francés y luego, entre 1942 y 1944, como contable en un restaurante de París, ajeno a todo lo que ocurría en el palacete, de lo que no nos cuenta nada en esos años.

 

Parece mentira la torpeza de quien hizo la manipulación, de no advertir que en el propio texto de las memorias su autor reivindica la propiedad del palacete como del Gobierno Vasco. Quien metió los textos fraudulentos ni siquiera advirtió que había pasajes de las memorias que podían desmentir y descubrir la manipulación. Pero da igual porque dichos pasajes constan en el índice y son muy visibles para el lector no avisado. Se trataba de servir a los intereses del PNV, pasando por encima de la autenticidad de las memorias de quien fuera secretario personal del primer lendacari de los vascos.

 

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