La moneda del dios olvidado
![[Img #29506]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/7757_img_20251223_231802.jpg)
En aquellos tiempos Octavio César Augusto gobernaba el mundo y Herodes el Grande regía, con el permiso de Roma, Judea.
El primer día del mes de Nisán durante el consulado de Marco Plaucio Silvano y Lucio Calpurnio Pisón el año 743 desde la fundación de Roma, cuando comenzaba la primavera, una gigantesca tormenta eléctrica, como no se recordaba ninguna otra, cubrió de oscuridad y rayos los cielos de Jerusalén justo cuando Berenice, esposa del príncipe Aristóbulo, hijo de Herodes el Grande, daba a luz en palacio a su hijo Herodes Agripa.
Quienes observaron desde lejos aquella tempestad dijeron luego haber visto sobre la cima de la tormenta un extraño rayo rojo en forma de dosel que brilló brevemente sobre las nubes.
Difundida entre el pueblo la visión, toda Jerusalén se turbó pues era difícil interpretar aquel extraño presagio: ¿guerras, pestes, muertes?
Enterado del mismo, Herodes lo consideró un aviso del nacimiento en palacio aquella noche de un futuro rey: su nieto.
Pasaron los años y Herodes, cada vez más viejo y desconfiado, para evitar conspiraciones, fue eliminando a sus parientes, incluso a sus hijos, como al padre de Agripa, Aristóbulo, pues temía que por desear el poder le asesinaran.
En cambio, el anciano cada vez amaba más a sus nietos, como Agripa, pues no los veía como una amenaza cercana.
Pasados justo cinco años del día de la gran tormenta llegaron del oriente a Jerusalén unos magos, preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el cielo, y venimos a adorarle”.
Enterado de esto, el rey Herodes se turbó y llamando en secreto a los magos, les interrogó sobre el significado de aquel prodigio celeste.
Los magos le dijeron que anunciaba al mundo que había nacido un rey que gobernaría Judea y reuniría bajo su cetro todas las naciones. Lo que le preocupó a Herodes porque el recién nacido sería un rival, no ya para él, que era anciano, sino para su nieto y su dinastía.
Por ello, tomó una decisión y tras consultar a los sumos sacerdotes sobre donde debería nacer según las escrituras el rey prometido, llamó a los magos, y enviándolos a Belén, les dijo: "Id allá y averiguad con diligencia todo acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore". Pero su intención era matar al niño.
Ellos, tras escuchar al rey, fueron, hallaron al niño y lo adoraron. Pero siendo avisados en sueños para que no volviesen a informar a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino sin pasar por Jerusalén.
Herodes, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores.
Pero los padres del niño, avisados también en sueños, habían huido con este a Egipto y cuando, ya muerto Herodes, volvieron a Judea no lo hicieron a Belén, sino a Nazaret de Galilea, para evitar a los sucesores de Herodes.
Unos meses más tarde, sintiendo ya próxima su muerte, Herodes ordenó que su nieto Agripa fuera llevado a Roma para salvarlo de las intrigas de la Corte donde siendo tan joven estaría en peligro.
Así, poco antes de la muerte de su abuelo, Herodes Agripa llegó a Roma, donde se educó en la familia imperial con el futuro emperador Claudio y con Druso, hijo de Tiberio y su gran protector.
Herodes Agripa tenía una inteligencia portentosa, un gran encanto personal, extraordinaria habilidad diplomática y la suerte propia de un protegido de los dioses, lo que le permitió sobrevivir a las querellas dentro de la familia imperial y luego a las asechanzas dentro de los círculos de poder de Roma y Judea.
Convencido de ser invulnerable, cultivaba los ritos mistéricos, se sentía de origen divino y llevaba una vida de lujo y despilfarro.
Tras ser protegido por Tiberio, un día, sin cautela, expresó a su amigo Calígula el deseo de que pronto sucediera en el trono a su tío.
Sus palabras fueron comunicadas por un liberto a Tiberio, quien inmediatamente lo arrojó a prisión, pero milagrosamente Herodes Agripa sobrevivió a aquel cruel emperador.
Calígula, al ascender al trono lo puso en libertad de inmediato, le otorgó varias tetrarquías en el Oriente y le obsequió una cadena de oro del mismo peso que la de hierro que había usado en prisión.
Arriesgando su propia vida, o al menos su libertad, Herodes Agripa, intercedió ante Calígula que, perdida la razón creía que era un dios, en favor de los judíos, cuando el emperador intentó erigir su estatua en el templo de Jerusalén para ser adorado.
A la muerte de Calígula, Herodes Agripa ayudó a Claudio a tomar posesión del imperio. Como recompensa por sus servicios, Judea y Samaria fueron anexadas por Claudio a sus dominios, que ahora eran incluso más extensos que los de su abuelo Herodes el Grande.
Cuando Herodes Agripa fue a Jerusalén, ofreció sacrificios en el Templo y colgó en el tesoro del mismo la cadena de oro que Calígula le había regalado.
Su astuto gobierno gozó de gran popularidad entre los judíos. Realizó numerosas construcciones y obras públicas. Sólo las reticencias de Claudio le impidieron terminar unas inexpugnables fortificaciones con las que había comenzado a rodear Jerusalén.
Muchos reyes y gobernantes vecinos buscaron su amistad pues su poder brillaba en Oriente. Para aumentar su popularidad entre los judíos, reprimió a los cristianos y mandó decapitar al apóstol Santiago, hermano de Juan, y arrojar a Pedro a prisión, de la que este milagrosamente escapó.
Para recordar a todos su nacimiento "auspiciado" por los propios dioses, Herodes Agripa emitió una singular moneda, que representaba en el anverso el dosel rojo que brilló sobre Jerusalén el día de su nacimiento junto a la frase en griego "basileos (rey) Agripa" y en el reverso, tres espigas de trigo, en alusión a la vida eterna prometida en los ritos mistéricos.
Tras la emisión de dicha moneda el Sumo Sacerdote Matías empezó a ser consciente de que el rey se creía divino y que su apoyo al judaísmo era solo aparente: en realidad no creía en Yahvé y no tardaría en pretender ser adorado como un Dios poniendo su estatua de oro en el Templo.
Por lo que convocó en secreto un grupo "minián" de 10 judios piadosos y justos, para realizar la ceremonia de maldición llamada "Pulsa denura" (látigos de fuego en arameo), en la que se pide a Dios juzgar el alma del individuo maldito, y que envíe a sus ángeles de la destrucción para eliminar dicha alma del mundo por ser una amenaza para el pueblo judío.
Cuando Agripa llevaba tres años enteros gobernando como rey en Judea, llegó a la ciudad de Cesárea Marítima. Allí preparó un festival en honor de Claudio. Acudieron al mismo un gran número de oficiales de alto rango y condición y una enorme multitud.
Al día siguiente, a la salida del sol, Agripa se puso una túnica toda ella de plata y caminó entre el público hacia el teatro.
Entonces la plata brilló al sol con todo su esplendor causando un temor reverencial en todos aquellos que estaban viéndole.
Agripa se dirigió a los congregados para inaugurar los juegos. De inmediato el gentío lo aclamó desde varios lugares tratándole como a un dios.
Tras escuchar aquello, Agripa no los reprendió, ni se mostró en desacuerdo con las alabanzas de la plebe.
Entonces, de repente, Herodes Agripa sintió un agudo dolor abdominal que le hizo desplomarse. De modo que fue llevado rápidamente al palacio y se extendió por todas partes la noticia de que no tardaría mucho en morir.
Tras cinco días de agonía Herodes Agripa murió a la edad de cincuenta y cuatro años.
Cuando lo enterraron un familiar puso sobre sus ojos las pequeñas monedas que irónicamente habían causado su maldición eterna por el Sumo Sacerdote.
Aunque tuvo un hijo varón, llamado como él, que habría podido heredarle, tras su muerte el reino desapareció para siempre y fue convertido por Claudio en provincia romana.
Igualmente, la memoria de Herodes Agripa, un príncipe nacido bajo presagios divinos, fue olvidada, pues los dioses no perdonan el pecado de hybrix, (desmesura y soberbia) ni a siquiera a sus protegidos.
(*) Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999 - 2019
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En aquellos tiempos Octavio César Augusto gobernaba el mundo y Herodes el Grande regía, con el permiso de Roma, Judea.
El primer día del mes de Nisán durante el consulado de Marco Plaucio Silvano y Lucio Calpurnio Pisón el año 743 desde la fundación de Roma, cuando comenzaba la primavera, una gigantesca tormenta eléctrica, como no se recordaba ninguna otra, cubrió de oscuridad y rayos los cielos de Jerusalén justo cuando Berenice, esposa del príncipe Aristóbulo, hijo de Herodes el Grande, daba a luz en palacio a su hijo Herodes Agripa.
Quienes observaron desde lejos aquella tempestad dijeron luego haber visto sobre la cima de la tormenta un extraño rayo rojo en forma de dosel que brilló brevemente sobre las nubes.
Difundida entre el pueblo la visión, toda Jerusalén se turbó pues era difícil interpretar aquel extraño presagio: ¿guerras, pestes, muertes?
Enterado del mismo, Herodes lo consideró un aviso del nacimiento en palacio aquella noche de un futuro rey: su nieto.
Pasaron los años y Herodes, cada vez más viejo y desconfiado, para evitar conspiraciones, fue eliminando a sus parientes, incluso a sus hijos, como al padre de Agripa, Aristóbulo, pues temía que por desear el poder le asesinaran.
En cambio, el anciano cada vez amaba más a sus nietos, como Agripa, pues no los veía como una amenaza cercana.
Pasados justo cinco años del día de la gran tormenta llegaron del oriente a Jerusalén unos magos, preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el cielo, y venimos a adorarle”.
Enterado de esto, el rey Herodes se turbó y llamando en secreto a los magos, les interrogó sobre el significado de aquel prodigio celeste.
Los magos le dijeron que anunciaba al mundo que había nacido un rey que gobernaría Judea y reuniría bajo su cetro todas las naciones. Lo que le preocupó a Herodes porque el recién nacido sería un rival, no ya para él, que era anciano, sino para su nieto y su dinastía.
Por ello, tomó una decisión y tras consultar a los sumos sacerdotes sobre donde debería nacer según las escrituras el rey prometido, llamó a los magos, y enviándolos a Belén, les dijo: "Id allá y averiguad con diligencia todo acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore". Pero su intención era matar al niño.
Ellos, tras escuchar al rey, fueron, hallaron al niño y lo adoraron. Pero siendo avisados en sueños para que no volviesen a informar a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino sin pasar por Jerusalén.
Herodes, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores.
Pero los padres del niño, avisados también en sueños, habían huido con este a Egipto y cuando, ya muerto Herodes, volvieron a Judea no lo hicieron a Belén, sino a Nazaret de Galilea, para evitar a los sucesores de Herodes.
Unos meses más tarde, sintiendo ya próxima su muerte, Herodes ordenó que su nieto Agripa fuera llevado a Roma para salvarlo de las intrigas de la Corte donde siendo tan joven estaría en peligro.
Así, poco antes de la muerte de su abuelo, Herodes Agripa llegó a Roma, donde se educó en la familia imperial con el futuro emperador Claudio y con Druso, hijo de Tiberio y su gran protector.
Herodes Agripa tenía una inteligencia portentosa, un gran encanto personal, extraordinaria habilidad diplomática y la suerte propia de un protegido de los dioses, lo que le permitió sobrevivir a las querellas dentro de la familia imperial y luego a las asechanzas dentro de los círculos de poder de Roma y Judea.
Convencido de ser invulnerable, cultivaba los ritos mistéricos, se sentía de origen divino y llevaba una vida de lujo y despilfarro.
Tras ser protegido por Tiberio, un día, sin cautela, expresó a su amigo Calígula el deseo de que pronto sucediera en el trono a su tío.
Sus palabras fueron comunicadas por un liberto a Tiberio, quien inmediatamente lo arrojó a prisión, pero milagrosamente Herodes Agripa sobrevivió a aquel cruel emperador.
Calígula, al ascender al trono lo puso en libertad de inmediato, le otorgó varias tetrarquías en el Oriente y le obsequió una cadena de oro del mismo peso que la de hierro que había usado en prisión.
Arriesgando su propia vida, o al menos su libertad, Herodes Agripa, intercedió ante Calígula que, perdida la razón creía que era un dios, en favor de los judíos, cuando el emperador intentó erigir su estatua en el templo de Jerusalén para ser adorado.
A la muerte de Calígula, Herodes Agripa ayudó a Claudio a tomar posesión del imperio. Como recompensa por sus servicios, Judea y Samaria fueron anexadas por Claudio a sus dominios, que ahora eran incluso más extensos que los de su abuelo Herodes el Grande.
Cuando Herodes Agripa fue a Jerusalén, ofreció sacrificios en el Templo y colgó en el tesoro del mismo la cadena de oro que Calígula le había regalado.
Su astuto gobierno gozó de gran popularidad entre los judíos. Realizó numerosas construcciones y obras públicas. Sólo las reticencias de Claudio le impidieron terminar unas inexpugnables fortificaciones con las que había comenzado a rodear Jerusalén.
Muchos reyes y gobernantes vecinos buscaron su amistad pues su poder brillaba en Oriente. Para aumentar su popularidad entre los judíos, reprimió a los cristianos y mandó decapitar al apóstol Santiago, hermano de Juan, y arrojar a Pedro a prisión, de la que este milagrosamente escapó.
Para recordar a todos su nacimiento "auspiciado" por los propios dioses, Herodes Agripa emitió una singular moneda, que representaba en el anverso el dosel rojo que brilló sobre Jerusalén el día de su nacimiento junto a la frase en griego "basileos (rey) Agripa" y en el reverso, tres espigas de trigo, en alusión a la vida eterna prometida en los ritos mistéricos.
Tras la emisión de dicha moneda el Sumo Sacerdote Matías empezó a ser consciente de que el rey se creía divino y que su apoyo al judaísmo era solo aparente: en realidad no creía en Yahvé y no tardaría en pretender ser adorado como un Dios poniendo su estatua de oro en el Templo.
Por lo que convocó en secreto un grupo "minián" de 10 judios piadosos y justos, para realizar la ceremonia de maldición llamada "Pulsa denura" (látigos de fuego en arameo), en la que se pide a Dios juzgar el alma del individuo maldito, y que envíe a sus ángeles de la destrucción para eliminar dicha alma del mundo por ser una amenaza para el pueblo judío.
Cuando Agripa llevaba tres años enteros gobernando como rey en Judea, llegó a la ciudad de Cesárea Marítima. Allí preparó un festival en honor de Claudio. Acudieron al mismo un gran número de oficiales de alto rango y condición y una enorme multitud.
Al día siguiente, a la salida del sol, Agripa se puso una túnica toda ella de plata y caminó entre el público hacia el teatro.
Entonces la plata brilló al sol con todo su esplendor causando un temor reverencial en todos aquellos que estaban viéndole.
Agripa se dirigió a los congregados para inaugurar los juegos. De inmediato el gentío lo aclamó desde varios lugares tratándole como a un dios.
Tras escuchar aquello, Agripa no los reprendió, ni se mostró en desacuerdo con las alabanzas de la plebe.
Entonces, de repente, Herodes Agripa sintió un agudo dolor abdominal que le hizo desplomarse. De modo que fue llevado rápidamente al palacio y se extendió por todas partes la noticia de que no tardaría mucho en morir.
Tras cinco días de agonía Herodes Agripa murió a la edad de cincuenta y cuatro años.
Cuando lo enterraron un familiar puso sobre sus ojos las pequeñas monedas que irónicamente habían causado su maldición eterna por el Sumo Sacerdote.
Aunque tuvo un hijo varón, llamado como él, que habría podido heredarle, tras su muerte el reino desapareció para siempre y fue convertido por Claudio en provincia romana.
Igualmente, la memoria de Herodes Agripa, un príncipe nacido bajo presagios divinos, fue olvidada, pues los dioses no perdonan el pecado de hybrix, (desmesura y soberbia) ni a siquiera a sus protegidos.
(*) Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999 - 2019











