Cuando el pan es más importante que Alá
Irán devora a sus hijos: Ocho días, veinte muertos y el fin de una era
Cuando la moneda se desplomó hasta volverse papel sin valor y el hambre comenzó a morder las entrañas de las familias, los comerciantes del Gran Bazar de Teherán —esos guardianes ancestrales del pulso económico persa— hicieron algo que no habían hecho en décadas: bajaron las persianas metálicas de sus tiendas y salieron a la calle.
Era el 28 de diciembre de 2025. Mientras el mundo celebraba las últimas horas del año, Irán prendía la mecha de lo que se convertiría en el mayor desafío al régimen teocrático desde las convulsiones de 2022, cuando Mahsa Amini murió en manos de la policía moral y el país ardió bajo el grito de "Mujer, Vida, Libertad".
Pero esta vez es distinto. Esta vez el fuego no viene solo de la juventud universitaria ni de las mujeres hartas del velo obligatorio. Esta vez el fuego viene del estómago.
El rial iraní —esa moneda que ha sido testigo de cuatro décadas de revoluciones, guerras y sanciones— colapsó como un edificio podrido. En un solo día se desplomó hasta 1,45 millones por dólar, un abismo sin precedentes. Los comerciantes del bazar, que venden desde componentes electrónicos hasta especias importadas, se encontraron con que no podían fijar precios. ¿Cómo vender algo cuando su valor cambia cada hora? ¿Cómo comprar cuando no sabes si mañana tu dinero valdrá la mitad?
La inflación oficial marca un 42,2%. Pero esa es la cifra elegante, la que publican los burócratas de la teocracia islamista. En la calle, donde la gente compra pan y arroz y leche para sus hijos, los alimentos han subido un 72% en un año. El salario mínimo apenas alcanza dos dólares al día. Dos dólares para vivir en el siglo XXI, en un país que una vez fue imperio.
Geografía de la ira
Lo que comenzó en el epicentro comercial de Teherán se propagó como un incendio en pradera seca. En 48 horas, las protestas alcanzaron Isfahán, Shiraz, Mashhad. En una semana, ya eran 78 ciudades en 26 provincias las que coreaban consignas contra el régimen. Los estudiantes abandonaron las aulas y se unieron a los comerciantes. Las universidades —siempre semilleros de disidencia— volvieron a ser campos de batalla.
Las imágenes que circulan en redes sociales muestran una coreografía de la desesperación: manifestantes que marcan el ritmo golpeando sus zapatos contra el suelo mientras cantan eslóganes prohibidos, jóvenes que forman cadenas humanas en los pasillos universitarios, comerciantes con las manos vacías gritando a un cielo que parece sordo.
Y las consignas. "Muerte al dictador", gritan en Qeshm, dirigiendo su furia contra el Ayatolá Ali Jamenei, el hombre de 86 años que lleva 35 gobernando con puño de hierro desde las sombras del poder religioso.
"Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán", rugen en Teherán, rechazando décadas de política exterior que ha vaciado las arcas nacionales para financiar a Hamás y Hezbolá mientras los iraníes se hunden en la miseria.
"Reza Shah, que tu alma descanse en paz", se escucha en Zanjan, invocando la memoria del último monarca, en un giro histórico que habría sido impensable hace solo unos años. La revolución islámica de 1979 prometió pan y justicia; 46 años después, no hay ni pan ni justicia ni revolución. Solo ruinas.
Anatomía del colapso
Para entender cómo Irán llegó hasta aquí hay que mirar hacia junio de 2025. Durante doce días, el país libró una guerra con Israel que dejó sus instalaciones nucleares destrozadas y su infraestructura energética sangrando. Estados Unidos aprovechó para golpear también. Luego vino septiembre, y la ONU reactivó el mecanismo de "snapback": sanciones nucleares que congelaron activos iraníes en el extranjero, cortaron transacciones de armas y asfixiaron lo poco que quedaba del comercio internacional.
El resultado fue una crisis de liquidez extrema justo antes del cierre del año fiscal. Los bancos se quedaron sin oxígeno. El mercado cambiario entró en caída libre. Y cuando el gobierno anunció que planeaba subir los impuestos con el inicio del año nuevo persa en marzo, la gente supo que esto no era una tormenta pasajera. Era el naufragio.
El miércoles siguiente al inicio de las protestas, el gobierno cerró oficinas, bancos y escuelas. Alegó "frío extremo" y necesidad de ahorrar energía. Pero todos saben la verdad: el déficit energético es producto de años de abandono, corrupción y guerra. Y el cierre es también una estrategia para frenar las movilizaciones. No ha funcionado.
La sangre en el pavimento
Al menos 20 personas han muerto ya. Quizá más. Los números cambian según las fuentes. La organización de derechos humanos Hrana habla de cerca de mil detenidos. Los medios estatales minimizan las protestas. Los activistas en redes sociales las multiplican.
En Azna, provincia de Lorestán, manifestantes asaltaron una comisaría. Tres muertos, diecisiete heridos. Las fuerzas de seguridad dicen que había "alborotadores armados". Los manifestantes dicen que la policía disparó primero.
En Kuhdasht, un miembro de la milicia paramilitar Basij murió quemado. Los medios oficiales mostraron el video del hombre en llamas. La milicia Basij es el brazo armado del régimen para aplastar protestas. Su presencia en las calles es el preludio de la masacre.
La Guardia Revolucionaria ha comenzado a usar munición real. El fiscal general advirtió que cualquier intento de desestabilización recibirá "respuesta contundente". El general de brigada Ahmad Reza Radan confirmó "detenciones selectivas" contra los presuntos líderes.
Y mientras tanto, el presidente Masoud Pezeshkian —ese reformista moderado que llegó al poder en julio de 2024 prometiendo cambios— se debate entre reconocer las "demandas legítimas" del pueblo y mantener la lealtad al Ayatolá. Es un equilibrista sin red. Y el suelo se acerca rápido.
Por si todo esto fuera poco para avivar el polvorín, el pasado 2 de enero, Donald Trump escribió en Truth Social: "Si Irán dispara y mata violentamente a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, Estados Unidos acudirá a su rescate. Estamos listos y preparados".
Tras estos llamamientos de Donald Trump, Reza Pahlavi, príncipe heredero de Irán, nacido en Teherán en 1960 e hijo mayor del sah Mohammad Reza Pahlaví y de su esposa, la emperatriz Farah, se ha dirigido al presidente de EE.UU. del siguiente modo: “Presidente Trump, gracias por su firme liderazgo y apoyo a mis compatriotas. La advertencia que ha lanzado a los líderes criminales de la República Islámica da a mi pueblo más fuerza y esperanza, la esperanza de que, por fin, un presidente de los Estados Unidos se mantenga firme a su lado. Mientras arriesgan sus vidas para poner fin a los 46 años de caos y terror de este régimen, me envían con una responsabilidad y un mensaje: buscar la relación que Irán tuvo en su día con Estados Unidos y que trajo paz y prosperidad a Oriente Medio. Tengo un plan para una transición estable en Irán y el apoyo de mi pueblo para llevarlo a cabo. Con su liderazgo del mundo libre, podemos dejar un legado de paz duradera”.
La amenaza encendió las alarmas en Teherán. Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, respondió con una advertencia velada: "Trump debería tener en cuenta la seguridad de los soldados estadounidenses".
El Mossad israelí, por su parte, instó públicamente a los iraníes a salir a las calles. Benjamin Netanyahu, reunido con Trump en Mar-a-Lago el 29 de diciembre, parece interesado en una nueva ronda de ataques aéreos contra Irán.
El régimen usa estas amenazas para alimentar su narrativa: todo es una conspiración extranjera, una operación de "sedición" financiada desde fuera. Y en respuesta, ha organizado contramanifestaciones donde miles corean "Muerte a Estados Unidos" y agitan banderas iraníes. Pero en las calles, donde la gente no tiene que comer, la narrativa oficial suena falaz y hueca.
Un exasesor gubernamental lo resumió con brutal honestidad: "Irán se ha convertido en un país en ebullición, con grandes erupciones cada pocos años y decenas de otras menores entre ellas. Casi 50 años después de la revolución islámica, el ciclo no se detiene".
Esta vez, sin embargo, hay algo diferente en el aire. El descontento es más transversal, más profundo, más existencial. No es solo la juventud rebelde o las mujeres oprimidas. Son los comerciantes que sostuvieron la revolución de 1979. Son las clases medias arruinadas. Son los pobres que ya no pueden comprar pan.
"La población no busca principalmente un cambio de régimen", dice el exasesor. "Busca desesperadamente eficiencia". Pero cuando un sistema se vuelve incapaz para dar de comer a su gente, la línea entre pedir eficiencia y pedir un nuevo sistema se vuelve borrosa.
En la Universidad de Yazd, los estudiantes corean: "Iraní, alza la voz y reclama tus derechos. No te quedes como espectador. Quien se declare neutral es necesariamente deshonroso".
No son llamamientos a la revolución. Son llamados a algo más fundamental: a dejar de tener miedo. A dejar de fingir que esto es normal. A dejar de esperar que alguien más actúe.
El final del año que no termina
Mientras escribo esto, las protestas cumplen su octavo día. El régimen sigue en pie, pero nadie sabe por cuánto tiempo. El movimiento está desorganizado, sin líderes claros, sin programa político definido. Pero eso mismo lo hace impredecible. Y peligroso.
La pregunta no es si habrá más muertos. Habrá más muertos. La pregunta es si esta vez la sangre derramada alimentará el fuego o lo apagará. Si el miedo volverá a ganar o si algo fundamental se ha roto en la psique colectiva iraní.
Porque cuando un pueblo deja de creer en el futuro, cuando la moneda se vuelve papel sin valor y el salario no alcanza ni para el pan, cuando las promesas de justicia divina suenan a burla mientras los líderes religiosos viven en palacios y financian guerras ajenas... cuando todo eso se junta, lo que queda no es política. Es hambre. Y el hambre, a diferencia de la ideología, no negocia.
En las calles de Teherán, mientras cae la noche y los comerciantes vuelven a cerrar sus tiendas vacías, alguien ha pintado en una pared: "Este es el último invierno".
No sabemos si es una promesa o una advertencia. Quizá sea ambas cosas.
Cuando la moneda se desplomó hasta volverse papel sin valor y el hambre comenzó a morder las entrañas de las familias, los comerciantes del Gran Bazar de Teherán —esos guardianes ancestrales del pulso económico persa— hicieron algo que no habían hecho en décadas: bajaron las persianas metálicas de sus tiendas y salieron a la calle.
Era el 28 de diciembre de 2025. Mientras el mundo celebraba las últimas horas del año, Irán prendía la mecha de lo que se convertiría en el mayor desafío al régimen teocrático desde las convulsiones de 2022, cuando Mahsa Amini murió en manos de la policía moral y el país ardió bajo el grito de "Mujer, Vida, Libertad".
Pero esta vez es distinto. Esta vez el fuego no viene solo de la juventud universitaria ni de las mujeres hartas del velo obligatorio. Esta vez el fuego viene del estómago.
El rial iraní —esa moneda que ha sido testigo de cuatro décadas de revoluciones, guerras y sanciones— colapsó como un edificio podrido. En un solo día se desplomó hasta 1,45 millones por dólar, un abismo sin precedentes. Los comerciantes del bazar, que venden desde componentes electrónicos hasta especias importadas, se encontraron con que no podían fijar precios. ¿Cómo vender algo cuando su valor cambia cada hora? ¿Cómo comprar cuando no sabes si mañana tu dinero valdrá la mitad?
La inflación oficial marca un 42,2%. Pero esa es la cifra elegante, la que publican los burócratas de la teocracia islamista. En la calle, donde la gente compra pan y arroz y leche para sus hijos, los alimentos han subido un 72% en un año. El salario mínimo apenas alcanza dos dólares al día. Dos dólares para vivir en el siglo XXI, en un país que una vez fue imperio.
Geografía de la ira
Lo que comenzó en el epicentro comercial de Teherán se propagó como un incendio en pradera seca. En 48 horas, las protestas alcanzaron Isfahán, Shiraz, Mashhad. En una semana, ya eran 78 ciudades en 26 provincias las que coreaban consignas contra el régimen. Los estudiantes abandonaron las aulas y se unieron a los comerciantes. Las universidades —siempre semilleros de disidencia— volvieron a ser campos de batalla.
Las imágenes que circulan en redes sociales muestran una coreografía de la desesperación: manifestantes que marcan el ritmo golpeando sus zapatos contra el suelo mientras cantan eslóganes prohibidos, jóvenes que forman cadenas humanas en los pasillos universitarios, comerciantes con las manos vacías gritando a un cielo que parece sordo.
Y las consignas. "Muerte al dictador", gritan en Qeshm, dirigiendo su furia contra el Ayatolá Ali Jamenei, el hombre de 86 años que lleva 35 gobernando con puño de hierro desde las sombras del poder religioso.
"Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán", rugen en Teherán, rechazando décadas de política exterior que ha vaciado las arcas nacionales para financiar a Hamás y Hezbolá mientras los iraníes se hunden en la miseria.
"Reza Shah, que tu alma descanse en paz", se escucha en Zanjan, invocando la memoria del último monarca, en un giro histórico que habría sido impensable hace solo unos años. La revolución islámica de 1979 prometió pan y justicia; 46 años después, no hay ni pan ni justicia ni revolución. Solo ruinas.
Anatomía del colapso
Para entender cómo Irán llegó hasta aquí hay que mirar hacia junio de 2025. Durante doce días, el país libró una guerra con Israel que dejó sus instalaciones nucleares destrozadas y su infraestructura energética sangrando. Estados Unidos aprovechó para golpear también. Luego vino septiembre, y la ONU reactivó el mecanismo de "snapback": sanciones nucleares que congelaron activos iraníes en el extranjero, cortaron transacciones de armas y asfixiaron lo poco que quedaba del comercio internacional.
El resultado fue una crisis de liquidez extrema justo antes del cierre del año fiscal. Los bancos se quedaron sin oxígeno. El mercado cambiario entró en caída libre. Y cuando el gobierno anunció que planeaba subir los impuestos con el inicio del año nuevo persa en marzo, la gente supo que esto no era una tormenta pasajera. Era el naufragio.
El miércoles siguiente al inicio de las protestas, el gobierno cerró oficinas, bancos y escuelas. Alegó "frío extremo" y necesidad de ahorrar energía. Pero todos saben la verdad: el déficit energético es producto de años de abandono, corrupción y guerra. Y el cierre es también una estrategia para frenar las movilizaciones. No ha funcionado.
La sangre en el pavimento
Al menos 20 personas han muerto ya. Quizá más. Los números cambian según las fuentes. La organización de derechos humanos Hrana habla de cerca de mil detenidos. Los medios estatales minimizan las protestas. Los activistas en redes sociales las multiplican.
En Azna, provincia de Lorestán, manifestantes asaltaron una comisaría. Tres muertos, diecisiete heridos. Las fuerzas de seguridad dicen que había "alborotadores armados". Los manifestantes dicen que la policía disparó primero.
En Kuhdasht, un miembro de la milicia paramilitar Basij murió quemado. Los medios oficiales mostraron el video del hombre en llamas. La milicia Basij es el brazo armado del régimen para aplastar protestas. Su presencia en las calles es el preludio de la masacre.
La Guardia Revolucionaria ha comenzado a usar munición real. El fiscal general advirtió que cualquier intento de desestabilización recibirá "respuesta contundente". El general de brigada Ahmad Reza Radan confirmó "detenciones selectivas" contra los presuntos líderes.
Y mientras tanto, el presidente Masoud Pezeshkian —ese reformista moderado que llegó al poder en julio de 2024 prometiendo cambios— se debate entre reconocer las "demandas legítimas" del pueblo y mantener la lealtad al Ayatolá. Es un equilibrista sin red. Y el suelo se acerca rápido.
Por si todo esto fuera poco para avivar el polvorín, el pasado 2 de enero, Donald Trump escribió en Truth Social: "Si Irán dispara y mata violentamente a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, Estados Unidos acudirá a su rescate. Estamos listos y preparados".
Tras estos llamamientos de Donald Trump, Reza Pahlavi, príncipe heredero de Irán, nacido en Teherán en 1960 e hijo mayor del sah Mohammad Reza Pahlaví y de su esposa, la emperatriz Farah, se ha dirigido al presidente de EE.UU. del siguiente modo: “Presidente Trump, gracias por su firme liderazgo y apoyo a mis compatriotas. La advertencia que ha lanzado a los líderes criminales de la República Islámica da a mi pueblo más fuerza y esperanza, la esperanza de que, por fin, un presidente de los Estados Unidos se mantenga firme a su lado. Mientras arriesgan sus vidas para poner fin a los 46 años de caos y terror de este régimen, me envían con una responsabilidad y un mensaje: buscar la relación que Irán tuvo en su día con Estados Unidos y que trajo paz y prosperidad a Oriente Medio. Tengo un plan para una transición estable en Irán y el apoyo de mi pueblo para llevarlo a cabo. Con su liderazgo del mundo libre, podemos dejar un legado de paz duradera”.
La amenaza encendió las alarmas en Teherán. Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, respondió con una advertencia velada: "Trump debería tener en cuenta la seguridad de los soldados estadounidenses".
El Mossad israelí, por su parte, instó públicamente a los iraníes a salir a las calles. Benjamin Netanyahu, reunido con Trump en Mar-a-Lago el 29 de diciembre, parece interesado en una nueva ronda de ataques aéreos contra Irán.
El régimen usa estas amenazas para alimentar su narrativa: todo es una conspiración extranjera, una operación de "sedición" financiada desde fuera. Y en respuesta, ha organizado contramanifestaciones donde miles corean "Muerte a Estados Unidos" y agitan banderas iraníes. Pero en las calles, donde la gente no tiene que comer, la narrativa oficial suena falaz y hueca.
Un exasesor gubernamental lo resumió con brutal honestidad: "Irán se ha convertido en un país en ebullición, con grandes erupciones cada pocos años y decenas de otras menores entre ellas. Casi 50 años después de la revolución islámica, el ciclo no se detiene".
Esta vez, sin embargo, hay algo diferente en el aire. El descontento es más transversal, más profundo, más existencial. No es solo la juventud rebelde o las mujeres oprimidas. Son los comerciantes que sostuvieron la revolución de 1979. Son las clases medias arruinadas. Son los pobres que ya no pueden comprar pan.
"La población no busca principalmente un cambio de régimen", dice el exasesor. "Busca desesperadamente eficiencia". Pero cuando un sistema se vuelve incapaz para dar de comer a su gente, la línea entre pedir eficiencia y pedir un nuevo sistema se vuelve borrosa.
En la Universidad de Yazd, los estudiantes corean: "Iraní, alza la voz y reclama tus derechos. No te quedes como espectador. Quien se declare neutral es necesariamente deshonroso".
No son llamamientos a la revolución. Son llamados a algo más fundamental: a dejar de tener miedo. A dejar de fingir que esto es normal. A dejar de esperar que alguien más actúe.
El final del año que no termina
Mientras escribo esto, las protestas cumplen su octavo día. El régimen sigue en pie, pero nadie sabe por cuánto tiempo. El movimiento está desorganizado, sin líderes claros, sin programa político definido. Pero eso mismo lo hace impredecible. Y peligroso.
La pregunta no es si habrá más muertos. Habrá más muertos. La pregunta es si esta vez la sangre derramada alimentará el fuego o lo apagará. Si el miedo volverá a ganar o si algo fundamental se ha roto en la psique colectiva iraní.
Porque cuando un pueblo deja de creer en el futuro, cuando la moneda se vuelve papel sin valor y el salario no alcanza ni para el pan, cuando las promesas de justicia divina suenan a burla mientras los líderes religiosos viven en palacios y financian guerras ajenas... cuando todo eso se junta, lo que queda no es política. Es hambre. Y el hambre, a diferencia de la ideología, no negocia.
En las calles de Teherán, mientras cae la noche y los comerciantes vuelven a cerrar sus tiendas vacías, alguien ha pintado en una pared: "Este es el último invierno".
No sabemos si es una promesa o una advertencia. Quizá sea ambas cosas.











