Las "bien mandás"
En España, después de las intensas campañas por parte de los gobiernos “progres” sobre la necesidad de conseguir la paridad en los puestos de trabajo para hombres y mujeres, es decir que el 50% sean ocupados por mujeres –sobre todo, en ciertos trabajos–nos encontramos que uno de los ámbitos donde más nos aproximamos a esta cifra es en las administraciones públicas, en cargos políticos –también en la enseñanza o en medicina y alguno más. En el Parlamento europeo el porcentaje de mujeres es del 41% y en el Parlamento español del 44%. Por ejemplo, en el Gobierno actual el porcentaje es del 47,8 %, un total de 11 mujeres de 23, y en el de 2018 se superaba el 60%.
Sin embargo, en las empresas, solo el 20% de los puestos directivos lo ocupan mujeres. ¿Por qué esta disparidad? ¿Cuáles son las causas? La respuesta inmediata de la progresía ya la sabemos: “el machismo”. O también tienen pronta otra respuesta, es por la falta de medidas para la conciliación. Y esta claro que la respuesta de la conciliación no se sostiene puesto que nadie tiene horarios más imprevisibles que quienes se dedican a la política, y sin embargo, aquí sí estamos cerca de la deseada paridad. Pero también se puede ver de otra manera, si tienen que elegir entre empresa y ascensos e hijos, las mujeres eligen hijos; tienen gustos que no se ajustan a los patrones feministas, vaya por Dios.
Mas puede haber otras respuestas a esta disparidad. Una diferencia fundamental es la responsabilidad por los resultados obtenidos. Lo bueno de dedicarse a la política es que nadie les pedirá cuentas por las consecuencias de su quehacer. Ah sí, la historia. Pero como estaremos todos muertos, lo mismo da. Por otra parte, en política hay muchas formas de enmascarar la ineptitud, el fracaso, y el daño para otros, echando la culpa a diversos factores. En las empresas no sucede así, malas decisiones o una mala gestión pueden suponer la ruina de una empresa, por lo que tienen que pensarse mucho quién está al frente de los puestos donde se toman decisiones.
En cualquier caso, esas mujeres que trabajan en la empresa, por lo general –siempre hay excepciones–, han tenido que acreditar su valía, su formación, su experiencia y su buen hacer. No sucede así con la clase política.
Así, encontramos mujeres encaramadas a ministerios, u otros cargos de relevancia en las administraciones del Estado, cuyo curriculum está más bien vacío. A sus veinte y pico años, con estudios ligeritos, de esos que se aprueban estudiando 15 días al cuatrimestre, a veces con falsas licenciaturas, y sin experiencia alguna –algo casi tan importante como la formación–, a no ser su paso por las juventudes del partido, hay que ver que puestazos han conseguido. Lo mismo podríamos decir de las que están en el Parlamento. Eso no pasa en las empresas donde tienes que acreditar estudios y años de experiencia, ascensos que llevan mucho tiempo. ¿Cómo se explican estas carreras meteóricas en política?
Desde luego todos sabemos que en estas oligarquías que nos gobiernan la principal cualidad que debe tener el político, hombre o mujer, es obedecer al jefe, ser un bien “mandao”; y no digamos de las mujeres –aunque siempre haya políticas aguerridas–porque podemos empezar a sospechar que esa disparidad en los porcentajes podría deberse a que son aún mejor “mandás” que los hombres. Ejemplos podemos encontrar muchos, ahí estuvo una aspirante a presidenta de uno de los países más poderosos del mundo que no sabía enlazar tres frases seguidas con coherencia.
Desde luego, son pocas las que dejan el cargo porque no aceptan determinados mandatos, – por ejemplo, promesas electorales que los jefes cambian después de llegar al poder– pero alguna hay. Exactamente lo mismo puede decirse de los hombres. Así son nuestras llamadas democracias.
En España, después de las intensas campañas por parte de los gobiernos “progres” sobre la necesidad de conseguir la paridad en los puestos de trabajo para hombres y mujeres, es decir que el 50% sean ocupados por mujeres –sobre todo, en ciertos trabajos–nos encontramos que uno de los ámbitos donde más nos aproximamos a esta cifra es en las administraciones públicas, en cargos políticos –también en la enseñanza o en medicina y alguno más. En el Parlamento europeo el porcentaje de mujeres es del 41% y en el Parlamento español del 44%. Por ejemplo, en el Gobierno actual el porcentaje es del 47,8 %, un total de 11 mujeres de 23, y en el de 2018 se superaba el 60%.
Sin embargo, en las empresas, solo el 20% de los puestos directivos lo ocupan mujeres. ¿Por qué esta disparidad? ¿Cuáles son las causas? La respuesta inmediata de la progresía ya la sabemos: “el machismo”. O también tienen pronta otra respuesta, es por la falta de medidas para la conciliación. Y esta claro que la respuesta de la conciliación no se sostiene puesto que nadie tiene horarios más imprevisibles que quienes se dedican a la política, y sin embargo, aquí sí estamos cerca de la deseada paridad. Pero también se puede ver de otra manera, si tienen que elegir entre empresa y ascensos e hijos, las mujeres eligen hijos; tienen gustos que no se ajustan a los patrones feministas, vaya por Dios.
Mas puede haber otras respuestas a esta disparidad. Una diferencia fundamental es la responsabilidad por los resultados obtenidos. Lo bueno de dedicarse a la política es que nadie les pedirá cuentas por las consecuencias de su quehacer. Ah sí, la historia. Pero como estaremos todos muertos, lo mismo da. Por otra parte, en política hay muchas formas de enmascarar la ineptitud, el fracaso, y el daño para otros, echando la culpa a diversos factores. En las empresas no sucede así, malas decisiones o una mala gestión pueden suponer la ruina de una empresa, por lo que tienen que pensarse mucho quién está al frente de los puestos donde se toman decisiones.
En cualquier caso, esas mujeres que trabajan en la empresa, por lo general –siempre hay excepciones–, han tenido que acreditar su valía, su formación, su experiencia y su buen hacer. No sucede así con la clase política.
Así, encontramos mujeres encaramadas a ministerios, u otros cargos de relevancia en las administraciones del Estado, cuyo curriculum está más bien vacío. A sus veinte y pico años, con estudios ligeritos, de esos que se aprueban estudiando 15 días al cuatrimestre, a veces con falsas licenciaturas, y sin experiencia alguna –algo casi tan importante como la formación–, a no ser su paso por las juventudes del partido, hay que ver que puestazos han conseguido. Lo mismo podríamos decir de las que están en el Parlamento. Eso no pasa en las empresas donde tienes que acreditar estudios y años de experiencia, ascensos que llevan mucho tiempo. ¿Cómo se explican estas carreras meteóricas en política?
Desde luego todos sabemos que en estas oligarquías que nos gobiernan la principal cualidad que debe tener el político, hombre o mujer, es obedecer al jefe, ser un bien “mandao”; y no digamos de las mujeres –aunque siempre haya políticas aguerridas–porque podemos empezar a sospechar que esa disparidad en los porcentajes podría deberse a que son aún mejor “mandás” que los hombres. Ejemplos podemos encontrar muchos, ahí estuvo una aspirante a presidenta de uno de los países más poderosos del mundo que no sabía enlazar tres frases seguidas con coherencia.
Desde luego, son pocas las que dejan el cargo porque no aceptan determinados mandatos, – por ejemplo, promesas electorales que los jefes cambian después de llegar al poder– pero alguna hay. Exactamente lo mismo puede decirse de los hombres. Así son nuestras llamadas democracias.













