Crónica de un viaje al corazón helado de Siberia
![[Img #29560]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/8916_yakutsk.jpg)
I. Yakutsk: la puerta del frío
A –38 grados, el aliento deja de ser vapor y se convierte en algo más sólido, casi visible, como si el aire gélido quisiera recordarte que aquí solo manda él. El avión aterriza en Yakutsk con un golpe seco, metálico, y al abrirse la puerta una bofetada blanca te atraviesa los pulmones.
Yakutsk no es una ciudad extrema solo por el frío; lo es porque existe. Más de 300.000 personas viven aquí, sobre un suelo que nunca se descongela, sobre un permafrost que obliga a levantar los edificios sobre pilotes, como si toda la ciudad caminara de puntillas para no despertar a la tierra.
Las tuberías no se esconden: recorren las calles por el aire, envueltas en capas de aislamiento. Los coches permanecen encendidos durante horas; apagarlos es una apuesta suicida. En los mercados, el pescado se vende congelado de forma natural, duro como piedra. No hace falta nevera. Nunca.
En Yakutsk el frío no es una amenaza: es una norma moral. Te enseña disciplina. Aquí el error se paga caro, y rápido.
Pero Yakutsk es solo el umbral. El verdadero viaje empieza cuando abandonas la ciudad y tomas la carretera hacia el interior, hacia el lugar donde el frío deja de ser urbano y se vuelve ancestral.
II. Oymyakon: donde el frío tiene nombre propio
La carretera se estrecha, el paisaje se vacía y el silencio empieza a pesar más que el equipaje. Llegar a Oymyakon no es llegar a un sitio: es salir del mundo.
Aquí se registró una de las temperaturas más bajas jamás medidas en un lugar habitado: –67,7 °C. El frío deja de ser un número y se convierte en una presencia. Cruje bajo tus botas. Chilla en los árboles. Hace sonar las casas como si se quejaran.
No hay agricultura. No hay árboles altos. No hay concesiones. La carne se cuelga al aire libre como en un ritual primitivo. Los niños caminan a la escuela envueltos en capas y capas de ropa; solo las pestañas heladas delatan que están vivos.
La gente de Oymyakon no habla del frío con dramatismo. Lo aceptan. Lo conocen. Lo respetan. —El frío escucha —me dice un anciano—. Si lo desafías, te castiga.
Aquí el invierno no dura meses: dura la vida entera. El verano es apenas un recuerdo breve, una tregua sospechosa.
Dormir en Oymyakon es una experiencia extraña. El silencio es tan profundo que parece que el mundo se ha detenido, como si el tiempo mismo se hubiera congelado junto con el mercurio de los termómetros.
III. Verkhoyansk: el círculo cerrado
Si Oymyakon es el desafío, Verkhoyansk es la paradoja. Aquí se ha registrado tanto uno de los fríos más extremos del planeta como temperaturas sorprendentemente altas en verano. El lugar donde el termómetro enloquece.
Verkhoyansk está rodeada de montañas que atrapan el aire como una trampa. El frío se acumula, se asienta, se queda. En invierno, el cielo es de un azul violento, casi insultante, y el sol parece un visitante tímido que no se atreve a calentar nada.
Es una ciudad pequeña, casi frágil, pero orgullosa de su fama. Hay carteles que lo proclaman: “Uno de los polos del frío del mundo”. No como lamento, sino como identidad.
Aquí entiendes algo esencial: el frío no solo moldea la arquitectura o la ropa, moldea el carácter. La gente habla poco. Son precisos. No desperdician palabras, ni energía, ni gestos.
Cuando el viajero se marcha, con la barba cubierta de escarcha y los dedos entumecidos incluso dentro de los guantes, comprende que Siberia no intenta impresionarte. Te pone a prueba.
Epílogo: el frío como frontera interior
Yakutsk, Oymyakon y Verkhoyansk no son solo puntos en un mapa. Son fronteras humanas. Lugares donde la civilización no vence a la naturaleza, sino que negocia con ella cada día.
Viajar aquí no es turismo. Es una lección silenciosa sobre los límites, sobre lo prescindible, sobre lo esencial. El frío arranca lo superfluo y deja solo lo que importa: resistencia, comunidad, respeto.
Cuando abandonas Siberia, el termómetro sube… pero algo dentro de ti permanece congelado para siempre.
I. Yakutsk: la puerta del frío
A –38 grados, el aliento deja de ser vapor y se convierte en algo más sólido, casi visible, como si el aire gélido quisiera recordarte que aquí solo manda él. El avión aterriza en Yakutsk con un golpe seco, metálico, y al abrirse la puerta una bofetada blanca te atraviesa los pulmones.
Yakutsk no es una ciudad extrema solo por el frío; lo es porque existe. Más de 300.000 personas viven aquí, sobre un suelo que nunca se descongela, sobre un permafrost que obliga a levantar los edificios sobre pilotes, como si toda la ciudad caminara de puntillas para no despertar a la tierra.
Las tuberías no se esconden: recorren las calles por el aire, envueltas en capas de aislamiento. Los coches permanecen encendidos durante horas; apagarlos es una apuesta suicida. En los mercados, el pescado se vende congelado de forma natural, duro como piedra. No hace falta nevera. Nunca.
En Yakutsk el frío no es una amenaza: es una norma moral. Te enseña disciplina. Aquí el error se paga caro, y rápido.
Pero Yakutsk es solo el umbral. El verdadero viaje empieza cuando abandonas la ciudad y tomas la carretera hacia el interior, hacia el lugar donde el frío deja de ser urbano y se vuelve ancestral.
II. Oymyakon: donde el frío tiene nombre propio
La carretera se estrecha, el paisaje se vacía y el silencio empieza a pesar más que el equipaje. Llegar a Oymyakon no es llegar a un sitio: es salir del mundo.
Aquí se registró una de las temperaturas más bajas jamás medidas en un lugar habitado: –67,7 °C. El frío deja de ser un número y se convierte en una presencia. Cruje bajo tus botas. Chilla en los árboles. Hace sonar las casas como si se quejaran.
No hay agricultura. No hay árboles altos. No hay concesiones. La carne se cuelga al aire libre como en un ritual primitivo. Los niños caminan a la escuela envueltos en capas y capas de ropa; solo las pestañas heladas delatan que están vivos.
La gente de Oymyakon no habla del frío con dramatismo. Lo aceptan. Lo conocen. Lo respetan. —El frío escucha —me dice un anciano—. Si lo desafías, te castiga.
Aquí el invierno no dura meses: dura la vida entera. El verano es apenas un recuerdo breve, una tregua sospechosa.
Dormir en Oymyakon es una experiencia extraña. El silencio es tan profundo que parece que el mundo se ha detenido, como si el tiempo mismo se hubiera congelado junto con el mercurio de los termómetros.
III. Verkhoyansk: el círculo cerrado
Si Oymyakon es el desafío, Verkhoyansk es la paradoja. Aquí se ha registrado tanto uno de los fríos más extremos del planeta como temperaturas sorprendentemente altas en verano. El lugar donde el termómetro enloquece.
Verkhoyansk está rodeada de montañas que atrapan el aire como una trampa. El frío se acumula, se asienta, se queda. En invierno, el cielo es de un azul violento, casi insultante, y el sol parece un visitante tímido que no se atreve a calentar nada.
Es una ciudad pequeña, casi frágil, pero orgullosa de su fama. Hay carteles que lo proclaman: “Uno de los polos del frío del mundo”. No como lamento, sino como identidad.
Aquí entiendes algo esencial: el frío no solo moldea la arquitectura o la ropa, moldea el carácter. La gente habla poco. Son precisos. No desperdician palabras, ni energía, ni gestos.
Cuando el viajero se marcha, con la barba cubierta de escarcha y los dedos entumecidos incluso dentro de los guantes, comprende que Siberia no intenta impresionarte. Te pone a prueba.
Epílogo: el frío como frontera interior
Yakutsk, Oymyakon y Verkhoyansk no son solo puntos en un mapa. Son fronteras humanas. Lugares donde la civilización no vence a la naturaleza, sino que negocia con ella cada día.
Viajar aquí no es turismo. Es una lección silenciosa sobre los límites, sobre lo prescindible, sobre lo esencial. El frío arranca lo superfluo y deja solo lo que importa: resistencia, comunidad, respeto.
Cuando abandonas Siberia, el termómetro sube… pero algo dentro de ti permanece congelado para siempre.



