Tras el asesinato de Kirk, numerosos políticos, líderes religiosos y activistas llamaron a recuperar la simbiosis entre fe e identidad
In God we trust. El renacer del nacionalismo cristiano en Estados Unidos
“Estados Unidos es la única nación en el mundo que se basa en un credo. Ese credo se expone con la lucidez dogmática e incluso teológica en la Declaración de Independencia; tal vez la única pieza de política práctica que también es política teórica y también una gran literatura. Enuncia que todos los hombres son iguales en su reclamo de justicia, que los gobiernos existen para darles esa justicia, y que su autoridad es por esa razón justa”. (G.K. Chesterton)
Papúa Nueva Guinea enmendaba, casi por unanimidad, su constitución como “estado cristiano” (siguiendo los pasos de otros pequeños países del Pacífico, como Samoa y Tuvalu); Zambia celebraba el aniversario de su proclamación como “nación cristiana” africana; la Asamblea de El Salvador, dominada por el partido de Nayib Bukele, colocaba en la sala de plenos, de forma bien visible, el lema «Puesta Nuestra Fe en Dios«, y la de Bolivia, tras el derrumbe de régimen socialista del MAS, hacía regresar la Biblia y el crucifijo de manera mayoritaria y orgullosa; y países excomunistas cambiaban su carta magna para incluir referencias a Dios y proteger los valores familiares asociados a la fe cristiana: de Eslovaquia a Hungría, de Rusia a Bielorrusia, de Armenia a Georgia. Una pequeña pero evidente tendencia global que llegaba también, aunque de manera limitada, al secularizado Occidente.
Aunque arribaba, ni más ni menos, al país más poderoso del “primer mundo”, a los Estados Unidos de América, en el segundo mandato de Donald Trump. Eso sí, tras el limitado impacto de lo religioso en los soberanismos identitarios de Europa Occidental, que lo dejaban apenas como referente cultural ante demandas más centradas en temas migratorios, demostrado en el laicismo absoluto de la francesa Reagrupación Nacional o en el liberalismo-progresista presente, en el marco mental y vital, de la mayoría de las formaciones nacionalistas de los países del norte y centro del muy Viejo Continente.
Un acto de dolor se convirtió en una declaración de esperanza: la del nuevo nacionalismo cristiano, como presente y futuro del Partido Republicano bajo el movimiento MAGA. Fue en el funeral de Charlie Kirk, fue en ese “avivamiento” al que acudió el presidente Donald Trump y en el que numerosos políticos, líderes religiosos y activistas llamaron a recuperar la simbiosis entre fe e identidad. Unión que Kirk enarbolaba, desde el respeto y el debate, y que fue la causa de su asesinato por los enemigos políticos; interrelación consustancial a la historia de un país que se había fundado sobre aquellos valores cristianos que debían volver a impregnar o condicionar leyes e instituciones; vinculación a la que apelaba el mismo Trump, diciendo alto y claro a una representación de su núcleo duro de votantes, que “para tener una gran nación, hay que tener religión”.
A continuación, ante miles de congregados y entregados a oraciones públicas, el vicepresidente JD Vance, amigo del asesinado, definió a Kirk, en esa misma tribuna, como un “guerrero por el país, un guerrero por Cristo”, y pidió a sus compatriotas que “vivan dignos del sacrificio de Charlie y pongan a Cristo en el centro de su vida”, apelando a la unión de católicos y evangélicos en una causa identitaria común, porque defendía, sin medias tintas, que “creo que un orden moral cristiano debidamente arraigado es una parte tan importante del futuro de nuestro país«. Palabras que suscribía otro de los grandes nombres del ejecutivo norteamericano, el secretario de Guerra Peter Hegseth que, en apoyo a la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas (CREC), declaraba en vivo y en directo que “me gustaría ver a la nación ser una nación cristiana, y me gustaría ver al mundo ser un mundo cristiano”. Deus vult, como se podía leer en uno de sus tatuajes.
Make America great Again. El primer lema de batalla: recuperar la grandeza de un país ante divisiones internas (con el mundo woke a la cabeza) y enemigos externos (especialmente China) con más familias, más trabajo y más fe en una nación que debía seguir siendo “elegida”.
Frente al ”reaganismo zombie” de los suyos (basado en consensos fútiles y pasados), y el “radicalismo woke” de los otros (centrados en locuras anárquicas y divisivas), los republicanos enfatizaban el regreso, desde el cristianismo más conservador y “auténtico”, a la tradición como el mejor medio para afrontar, desde la unidad, los retos de una modernidad cambiante. Y el cristianismo suponía, a todos los efectos, la principal base para reunir, moral y culturalmente, a una sociedad tan diversa en orígenes comunitarios y elecciones personales, en instituciones políticas y en prácticas económicas. Era la cosmovisión fundadora de la nación norteamericana y que daba continuidad al proyecto común: de los primeros colonos hasta los últimos pioneros, de los firmantes de la declaración de independencia (pese a la militancia masónica) a los soldados que dieron su vida en medio mundo por la libertad, de las mayorías iniciales (los WASP) a minorías de afroamericanos e hispanoamericanos (crecientes demográficamente) hartas, en muchos de sus sectores por la victimización interesada, y donde la fe cristiana (como práctica y como ascendiente) era fundamental o decisiva (como se comprobó por su papel destacado, en varios swing states, durante victoria de Trump en las elecciones de Trump en 2024).
Los hijos del Tea Party llegaban al poder con Trump. Fueron la auténtica oposición al moderantismo republicano (tras el fin de la dinastía “neocon” de los Bush) y al programa progresista de Obama, y fueron los que auparon, desde las primarias a las presidenciales, a uno que no era de los suyos, a un empresario y showman controvertido y poco piadoso. Trump los supo convencer, los supo representar y los podía recompensar. Y ahora exigían esa recompensa. Junto a la agenda proteccionista (económica, destinada a las clases medias y obreras) y a la aislacionista (de los aranceles al control migratorio), el presidente desplegó la agenda cristiana de forma rápida e intensa, apoyado en su mayoría en el Congreso y en la Corte Suprema (aquella que también colaboraba en dicha agenda, eliminando el derecho nacional al aborto).
America first. El segundo lema de batalla del nacionalismo cristiano: un estado más pequeño y eficiente ante las comunidades naturales, fronteras más seguras y selectivas (apoyando, principalmente, a los “prójimos” en creencias y valores), economía al servicio del país (y no de aventuras militares o de intereses multinacionales)
Los portavoces del nuevo nacionalismo cristiano (del veterano speaker Mike Johnson, evangélico, al joven senador por Missouri Josh Hawley, católico) sabían que la Primera Enmienda de la Constitución consagraba la separación entre Estado e Iglesia, pero apelaban a la segunda cláusula de la misma: “el Congreso no hará ninguna ley … prohibiendo el libre ejercicio de la misma”. Y recordaban, para su proyecto a corto y medio plazo, la referencia a Dios en la Promesa de Lealtad (“… la República para la que se encuentra, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”), y el lema nacional del Gran Sello de los Estados Unidos (“In God We Trust”).
Desde esa cláusula, la Agenda se desplegaría ya en los primeros días tras el nombramiento de Donald Trump. A nivel interno frente a socialistas “perturbados” (como gobernadores demócratas que seguían la ideología de género), frente a socialistas “radicales” (como el prohibido y terrorista movimiento Antifa) o frente a socialistas “musulmanes y peligrosos” (como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani). Y a nivel externo, ante la decadente Europa Occidental, invadida por inmigrantes ilegales y sin futuro al abandonar sus raíces históricas, como el tándem Vance-Musk recordaba en redes sociales y discursos públicos; así de impactante fue el del vicepresidente en la Conferencia de Seguridad de Munich, ante fronteras abiertas de par en par o ante profanaciones de catedrales milenarias por gente muy rara y grafitis muy feos (como en la inglesa Canterbury).
Decretos presidenciales comenzarían a acabar con la legislación trans, protegerían a las mujeres ante la misma y defenderían oficialmente la realidad biológica de los dos sexos; se recuperaría la importancia de la fe en el espacio público, rindiendo homenaje a héroes europeos y cristianos del pasado, y protegiendo las oraciones en las escuelas estatales, las protestas frente a los abortorios o la conciencia religiosa ante el matrimonio homosexual (como reconoció el Tribunal Supremo de Texas); se crearía la comisión de libertad religiosa, destinada a eliminar los “sesgos anticristianos”, “explorar los cimientos de la libertad religiosa en Estados Unidos” e “identificar las amenazas actuales a la libertad religiosa doméstica”, y se establecería la Oficina de Fe de la Casa Blanca, encabezada por Paula White-Cain; el Servicio de Impuestos Internos permitiría las exenciones a los pastores o sacerdotes que participaran en campañas políticas (frente a la Enmienda Johnson de 1954 que lo impedía) y la Oficina de Administración y Presupuesto permitiría a los trabajadores federales mostrar su religión en el lugar de trabajo y promover sus creencias públicamente. Incluso, el mismo Peter Hegseth organizó servicios de oración durante horas de trabajo en el Pentágono, y estados como Luisiana y Texas aprobaron leyes que exigían que los Diez Mandamientos se mostraran en las aulas escolares.
Agenda que daba respuesta a la exigencia de un importante sector de la población que se había movilizado por la candidatura de Trump, y que intentaba conciliar, además, a las distintas confesiones cristianas (e incluso a sectores judíos e hindús alarmados por la expansión islámica) y a las diferentes sensibilidades presentes en ellas sobre, por ejemplo, el papel de lo público (de la sanidad a los servicios sociales) y la libertad de mercado. El Instituto de Investigación de Religión Pública estimaba que, en 2024, el 30% de los estadounidenses podrían ser calificados como adherentes o simpatizantes del nacionalismo cristiano, llegando a más mitad del total de ciudadanos, aproximadamente, en estados sureños como Alabama, Arkansas, Mississippi, Luisiana u Oklahoma, o a nivel nacional entre los votantes declarados como republicanos. Y una encuesta de Pew Research de 2022 detectaba que el 45% de los habitantes de los Estados Unidos creían o defendían que su país debía ser una nación declaradamente cristiana.
Todo ello en plena, y abierta, Guerra Cultural. Porque tras medio siglo de descristianización impulsada por demócratas militantes y republicanos débiles, el MAGA recuperaba cierto espíritu de esos años cincuenta y sesenta del siglo XX, de aquella época dorada a la que Trump y tantos seguidores apelaban (del desarrollo económico acelerado al anticomunismo furibundo). Sobre todo, siendo deudor del poderoso cristianismo evangélico patrio (bautista, pentecostal, calvinista), donde estaba muy presente el ideal renovado de que los Estados Unidos seguían destinados a ser una nación cristiana y, por ello, ser cristiano era parte inevitable de ser verdaderamente estadounidense. Tesis reactualizada, entre otros, por el jurista Russell Vought (colaborador del Proyecto 2025), los historiadores David Barton y David C. Gibbs, los pastores Doug Wilson, Andrew Torba y Andrew Isker (los dos últimos autores de Christian Nationalism: A Biblical Guide to Taking Dominion and Discipling Nations), el intelectual Stephen Wolfe (The Case for Christian Nationalism) o el abogado y columnista judío Josh Hammer, quien abogaba por la cooperación conservadora entre cristianos y hebreos porque “la tradición judeo-cristiana es la única fuerza positiva afirmativa capaz de resistir y posiblemente hacer retroceder las tres fuerzas hegemónicas que hoy amenazan con la ruina para Occidente: el despertar, el islamismo y el neoliberalismo global”.
Tesis popularizadas en análisis e iniciativas de instituciones tan influyentes, en esa Guerra, como Alliance Defending Freedom o Heritage Foundation, y emergentes en el creciente catolicismo “tradicionalista” norteamericano, con el “converso” Vance a la cabeza o con el citado e influyente senador Hawley. Vicepresidente que, ante miles de alumnos de la Universidad de Misisipi, sostenía que el cristianismo era una de las bases esenciales en la creación de los Estados Unidos, y que el mismo debía y podía ser defendida en libertad y sin complejos: “no me disculpo por pensar que los valores cristianos son un fundamento importante de este país, pero no voy a obligarles a creer en nada porque eso no es lo que Dios quiere, y tampoco es lo que yo quiero”. Y senador que, en la National Conservatism Conference, apostaba por un “cristianismo identitario de lealtad” que, ligado a las intenciones de los Padres Fundadores, sería la verdadera “religión civil” de una “nación definida por la dignidad del hombre común, tal y como nos la otorga la religión cristiana; una nación unida por los afectos familiares expresados en la fe cristiana —amor a Dios, a la familia, al prójimo, al hogar y a la patria—“. Y dejaba claro que:
“El nacionalismo cristiano no es una amenaza para la democracia estadounidense. Fundó la democracia estadounidense, es decir la mejor forma de democracia jamás concebida por el hombre: la más justa, la más libre, la más humana y la más loable. Es ahora cuando debemos recuperar los principios de nuestra tradición política cristiana, por el bien de nuestro futuro. Esto es cierto tanto si eres cristiano como si no, tanto si perteneces a otra fe como si no perteneces a ninguna. La tradición política cristiana es nuestra tradición, es la tradición estadounidense, es la mayor fuente de energía e ideas de nuestra política, y siempre lo ha sido”.
Save America. El tercer lema combativo: preservar la verdadera identidad norteamericana en la posmodernidad digital y viral, regresando a bases seguras y comprobadas a las que sumar a las nuevas generaciones nativas tecnológicamente, en las que integrar a los migrantes cualificados y cercanos culturalmente, y con las que colaborar en otros lugares como referente mundial.
Porque, pese a la propaganda en contra, aspiraba a ser un proyecto de realidad multiétnica (como la misma familia de Vance) y de impacto global. No acudía al llamado “nacionalismo blanco” (al que debía integrar) de épocas remotas o movimientos marginales, sino que apelaba a votantes de otras razas, orígenes y comunidades por motivos transversales de prosperidad (personal y comunitaria) y seguridad (en las calles y en las empresas), ante la evidencia de la mutación sociodemográfica y por creencias comunes de origen religioso. En la citada conferencia Hawley defendía que dicho nacionalismo, “su nacionalismo” no era, ni de lejos, racista, supremacista o etnicista (como criticaban sus adversarios demócratas, caricaturizándolo al compararlo con el antiguo Ku Klux Klan o con el más antiguo fascismo) sino orgullosa y libremente cristiano, al sumarse a él gentes de toda clase y condición con un sueño común y una identidad compartida:
“Esa no es nuestra tradición. Eso no es en lo que creemos. No dejemos que el miedo nos controle. No volvamos al nacionalismo étnico de línea dura del viejo mundo ni a la ideología autoritaria de sangre y tierra. Eso no es lo que nos ha legado la herencia cristiana. En este país, defendemos la libertad de todos. En esta nación, practicamos la autonomía del pueblo. Volvamos, en cambio, a lo que nos une, en comunión. La dignidad del trabajo. La santidad del hogar. El amor a la familia y a Dios. Esa es nuestra civilización. Eso es América”.
Y por lo no se quedaba dentro de sus fronteras. Ante el globalismo liberal-progresista dominante en Occidente, y expansivo en medio mundo, se protegía a ultranza la existencia de los “hermanos” del Estado de Israel en Medio Oriente, se renovaba la labor de influencia del cristianismo norteamericano en otras regiones del mundo en defensa de los “valores tradicionales” (American Family Association, Family Research Council, Family Watch International, National Organtization for Marriage, World Congress of Families), y Trump se erigía como el protector de los cristianos del planeta, “de nuestra religión”, la más perseguida. Así lo declaró en la ONU y así lo escribió en su red social ante las matanzas en Nigeria (advirtiendo al gobierno de Lagos para que los protegiera del yihadismo): “¡Estamos listos, dispuestos y capaces de salvar a nuestra gran población cristiana en todo el mundo!”. Mientras, Vance haría campaña, junto con Musk, por todos aquellos partidos nacionalistas que fuesen cercanos a los postulados internacionales de Washington y compartieran su ideario judeocristiano: de AfD en Alemania a Tommy Robinson en Reino Unido. Porque no había, a su juicio, otra opción que recuperar o proteger la identidad cristiana de los países occidentales ante una Globalización sin límites éticos y con tantos conflictos mundanos, que dejaban al ser humano solo, muy solo, sin hogar familiar que crear y sin hogar nacional al que honrar. Hawley subrayaba, al respecto, que
“In God We Trust. Los símbolos son importantes. La mayoría de los estadounidenses, la mayoría de los trabajadores estadounidenses, se sienten solidarios con la fe cristiana. Creen que Dios ha bendecido a Estados Unidos; creen que Dios tiene un plan para Estados Unidos, y quieren formar parte de él”.
Chesterton también lo defendió un siglo antes, también creyó en una país verdaderamente fundado en las verdades del Evangelio, para creyentes y no creyentes, y también atisbó los riesgos ideológicos que no tardarían en llegar. Lo hizo cuando escribió en What I saw in America (1921), de una forma que muchos podrían considerar casi profética, que:
“Sería la peor clase de hipocresía, por lo tanto, concluir, incluso con un esbozo tan vago de un asunto tan grandioso y majestuoso como el experimento democrático estadounidense, sin manifestar mi convicción de que también a este le llegará la misma prueba definitiva. En la medida en que esa democracia se vuelva o permanezca católica y cristiana, seguirá siendo democrática. En la medida en que no lo sea, se convertirá en una antidemocrática salvaje y perversa. Sus ricos se amotinarán con una brutal indiferencia que supera con creces el débil feudalismo que aún conserva algún atisbo de responsabilidad o, al menos, de clientelismo. Sus asalariados se hundirán en la esclavitud pagana o buscarán alivio en teorías destructivas no solo en su método, sino también en su propósito; puesto que no son sino la negación de los apetitos humanos de propiedad y personalidad”.
“Estados Unidos es la única nación en el mundo que se basa en un credo. Ese credo se expone con la lucidez dogmática e incluso teológica en la Declaración de Independencia; tal vez la única pieza de política práctica que también es política teórica y también una gran literatura. Enuncia que todos los hombres son iguales en su reclamo de justicia, que los gobiernos existen para darles esa justicia, y que su autoridad es por esa razón justa”. (G.K. Chesterton)
Papúa Nueva Guinea enmendaba, casi por unanimidad, su constitución como “estado cristiano” (siguiendo los pasos de otros pequeños países del Pacífico, como Samoa y Tuvalu); Zambia celebraba el aniversario de su proclamación como “nación cristiana” africana; la Asamblea de El Salvador, dominada por el partido de Nayib Bukele, colocaba en la sala de plenos, de forma bien visible, el lema «Puesta Nuestra Fe en Dios«, y la de Bolivia, tras el derrumbe de régimen socialista del MAS, hacía regresar la Biblia y el crucifijo de manera mayoritaria y orgullosa; y países excomunistas cambiaban su carta magna para incluir referencias a Dios y proteger los valores familiares asociados a la fe cristiana: de Eslovaquia a Hungría, de Rusia a Bielorrusia, de Armenia a Georgia. Una pequeña pero evidente tendencia global que llegaba también, aunque de manera limitada, al secularizado Occidente.
Aunque arribaba, ni más ni menos, al país más poderoso del “primer mundo”, a los Estados Unidos de América, en el segundo mandato de Donald Trump. Eso sí, tras el limitado impacto de lo religioso en los soberanismos identitarios de Europa Occidental, que lo dejaban apenas como referente cultural ante demandas más centradas en temas migratorios, demostrado en el laicismo absoluto de la francesa Reagrupación Nacional o en el liberalismo-progresista presente, en el marco mental y vital, de la mayoría de las formaciones nacionalistas de los países del norte y centro del muy Viejo Continente.
Un acto de dolor se convirtió en una declaración de esperanza: la del nuevo nacionalismo cristiano, como presente y futuro del Partido Republicano bajo el movimiento MAGA. Fue en el funeral de Charlie Kirk, fue en ese “avivamiento” al que acudió el presidente Donald Trump y en el que numerosos políticos, líderes religiosos y activistas llamaron a recuperar la simbiosis entre fe e identidad. Unión que Kirk enarbolaba, desde el respeto y el debate, y que fue la causa de su asesinato por los enemigos políticos; interrelación consustancial a la historia de un país que se había fundado sobre aquellos valores cristianos que debían volver a impregnar o condicionar leyes e instituciones; vinculación a la que apelaba el mismo Trump, diciendo alto y claro a una representación de su núcleo duro de votantes, que “para tener una gran nación, hay que tener religión”.
A continuación, ante miles de congregados y entregados a oraciones públicas, el vicepresidente JD Vance, amigo del asesinado, definió a Kirk, en esa misma tribuna, como un “guerrero por el país, un guerrero por Cristo”, y pidió a sus compatriotas que “vivan dignos del sacrificio de Charlie y pongan a Cristo en el centro de su vida”, apelando a la unión de católicos y evangélicos en una causa identitaria común, porque defendía, sin medias tintas, que “creo que un orden moral cristiano debidamente arraigado es una parte tan importante del futuro de nuestro país«. Palabras que suscribía otro de los grandes nombres del ejecutivo norteamericano, el secretario de Guerra Peter Hegseth que, en apoyo a la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas (CREC), declaraba en vivo y en directo que “me gustaría ver a la nación ser una nación cristiana, y me gustaría ver al mundo ser un mundo cristiano”. Deus vult, como se podía leer en uno de sus tatuajes.
Make America great Again. El primer lema de batalla: recuperar la grandeza de un país ante divisiones internas (con el mundo woke a la cabeza) y enemigos externos (especialmente China) con más familias, más trabajo y más fe en una nación que debía seguir siendo “elegida”.
Frente al ”reaganismo zombie” de los suyos (basado en consensos fútiles y pasados), y el “radicalismo woke” de los otros (centrados en locuras anárquicas y divisivas), los republicanos enfatizaban el regreso, desde el cristianismo más conservador y “auténtico”, a la tradición como el mejor medio para afrontar, desde la unidad, los retos de una modernidad cambiante. Y el cristianismo suponía, a todos los efectos, la principal base para reunir, moral y culturalmente, a una sociedad tan diversa en orígenes comunitarios y elecciones personales, en instituciones políticas y en prácticas económicas. Era la cosmovisión fundadora de la nación norteamericana y que daba continuidad al proyecto común: de los primeros colonos hasta los últimos pioneros, de los firmantes de la declaración de independencia (pese a la militancia masónica) a los soldados que dieron su vida en medio mundo por la libertad, de las mayorías iniciales (los WASP) a minorías de afroamericanos e hispanoamericanos (crecientes demográficamente) hartas, en muchos de sus sectores por la victimización interesada, y donde la fe cristiana (como práctica y como ascendiente) era fundamental o decisiva (como se comprobó por su papel destacado, en varios swing states, durante victoria de Trump en las elecciones de Trump en 2024).
Los hijos del Tea Party llegaban al poder con Trump. Fueron la auténtica oposición al moderantismo republicano (tras el fin de la dinastía “neocon” de los Bush) y al programa progresista de Obama, y fueron los que auparon, desde las primarias a las presidenciales, a uno que no era de los suyos, a un empresario y showman controvertido y poco piadoso. Trump los supo convencer, los supo representar y los podía recompensar. Y ahora exigían esa recompensa. Junto a la agenda proteccionista (económica, destinada a las clases medias y obreras) y a la aislacionista (de los aranceles al control migratorio), el presidente desplegó la agenda cristiana de forma rápida e intensa, apoyado en su mayoría en el Congreso y en la Corte Suprema (aquella que también colaboraba en dicha agenda, eliminando el derecho nacional al aborto).
America first. El segundo lema de batalla del nacionalismo cristiano: un estado más pequeño y eficiente ante las comunidades naturales, fronteras más seguras y selectivas (apoyando, principalmente, a los “prójimos” en creencias y valores), economía al servicio del país (y no de aventuras militares o de intereses multinacionales)
Los portavoces del nuevo nacionalismo cristiano (del veterano speaker Mike Johnson, evangélico, al joven senador por Missouri Josh Hawley, católico) sabían que la Primera Enmienda de la Constitución consagraba la separación entre Estado e Iglesia, pero apelaban a la segunda cláusula de la misma: “el Congreso no hará ninguna ley … prohibiendo el libre ejercicio de la misma”. Y recordaban, para su proyecto a corto y medio plazo, la referencia a Dios en la Promesa de Lealtad (“… la República para la que se encuentra, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”), y el lema nacional del Gran Sello de los Estados Unidos (“In God We Trust”).
Desde esa cláusula, la Agenda se desplegaría ya en los primeros días tras el nombramiento de Donald Trump. A nivel interno frente a socialistas “perturbados” (como gobernadores demócratas que seguían la ideología de género), frente a socialistas “radicales” (como el prohibido y terrorista movimiento Antifa) o frente a socialistas “musulmanes y peligrosos” (como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani). Y a nivel externo, ante la decadente Europa Occidental, invadida por inmigrantes ilegales y sin futuro al abandonar sus raíces históricas, como el tándem Vance-Musk recordaba en redes sociales y discursos públicos; así de impactante fue el del vicepresidente en la Conferencia de Seguridad de Munich, ante fronteras abiertas de par en par o ante profanaciones de catedrales milenarias por gente muy rara y grafitis muy feos (como en la inglesa Canterbury).
Decretos presidenciales comenzarían a acabar con la legislación trans, protegerían a las mujeres ante la misma y defenderían oficialmente la realidad biológica de los dos sexos; se recuperaría la importancia de la fe en el espacio público, rindiendo homenaje a héroes europeos y cristianos del pasado, y protegiendo las oraciones en las escuelas estatales, las protestas frente a los abortorios o la conciencia religiosa ante el matrimonio homosexual (como reconoció el Tribunal Supremo de Texas); se crearía la comisión de libertad religiosa, destinada a eliminar los “sesgos anticristianos”, “explorar los cimientos de la libertad religiosa en Estados Unidos” e “identificar las amenazas actuales a la libertad religiosa doméstica”, y se establecería la Oficina de Fe de la Casa Blanca, encabezada por Paula White-Cain; el Servicio de Impuestos Internos permitiría las exenciones a los pastores o sacerdotes que participaran en campañas políticas (frente a la Enmienda Johnson de 1954 que lo impedía) y la Oficina de Administración y Presupuesto permitiría a los trabajadores federales mostrar su religión en el lugar de trabajo y promover sus creencias públicamente. Incluso, el mismo Peter Hegseth organizó servicios de oración durante horas de trabajo en el Pentágono, y estados como Luisiana y Texas aprobaron leyes que exigían que los Diez Mandamientos se mostraran en las aulas escolares.
Agenda que daba respuesta a la exigencia de un importante sector de la población que se había movilizado por la candidatura de Trump, y que intentaba conciliar, además, a las distintas confesiones cristianas (e incluso a sectores judíos e hindús alarmados por la expansión islámica) y a las diferentes sensibilidades presentes en ellas sobre, por ejemplo, el papel de lo público (de la sanidad a los servicios sociales) y la libertad de mercado. El Instituto de Investigación de Religión Pública estimaba que, en 2024, el 30% de los estadounidenses podrían ser calificados como adherentes o simpatizantes del nacionalismo cristiano, llegando a más mitad del total de ciudadanos, aproximadamente, en estados sureños como Alabama, Arkansas, Mississippi, Luisiana u Oklahoma, o a nivel nacional entre los votantes declarados como republicanos. Y una encuesta de Pew Research de 2022 detectaba que el 45% de los habitantes de los Estados Unidos creían o defendían que su país debía ser una nación declaradamente cristiana.
Todo ello en plena, y abierta, Guerra Cultural. Porque tras medio siglo de descristianización impulsada por demócratas militantes y republicanos débiles, el MAGA recuperaba cierto espíritu de esos años cincuenta y sesenta del siglo XX, de aquella época dorada a la que Trump y tantos seguidores apelaban (del desarrollo económico acelerado al anticomunismo furibundo). Sobre todo, siendo deudor del poderoso cristianismo evangélico patrio (bautista, pentecostal, calvinista), donde estaba muy presente el ideal renovado de que los Estados Unidos seguían destinados a ser una nación cristiana y, por ello, ser cristiano era parte inevitable de ser verdaderamente estadounidense. Tesis reactualizada, entre otros, por el jurista Russell Vought (colaborador del Proyecto 2025), los historiadores David Barton y David C. Gibbs, los pastores Doug Wilson, Andrew Torba y Andrew Isker (los dos últimos autores de Christian Nationalism: A Biblical Guide to Taking Dominion and Discipling Nations), el intelectual Stephen Wolfe (The Case for Christian Nationalism) o el abogado y columnista judío Josh Hammer, quien abogaba por la cooperación conservadora entre cristianos y hebreos porque “la tradición judeo-cristiana es la única fuerza positiva afirmativa capaz de resistir y posiblemente hacer retroceder las tres fuerzas hegemónicas que hoy amenazan con la ruina para Occidente: el despertar, el islamismo y el neoliberalismo global”.
Tesis popularizadas en análisis e iniciativas de instituciones tan influyentes, en esa Guerra, como Alliance Defending Freedom o Heritage Foundation, y emergentes en el creciente catolicismo “tradicionalista” norteamericano, con el “converso” Vance a la cabeza o con el citado e influyente senador Hawley. Vicepresidente que, ante miles de alumnos de la Universidad de Misisipi, sostenía que el cristianismo era una de las bases esenciales en la creación de los Estados Unidos, y que el mismo debía y podía ser defendida en libertad y sin complejos: “no me disculpo por pensar que los valores cristianos son un fundamento importante de este país, pero no voy a obligarles a creer en nada porque eso no es lo que Dios quiere, y tampoco es lo que yo quiero”. Y senador que, en la National Conservatism Conference, apostaba por un “cristianismo identitario de lealtad” que, ligado a las intenciones de los Padres Fundadores, sería la verdadera “religión civil” de una “nación definida por la dignidad del hombre común, tal y como nos la otorga la religión cristiana; una nación unida por los afectos familiares expresados en la fe cristiana —amor a Dios, a la familia, al prójimo, al hogar y a la patria—“. Y dejaba claro que:
“El nacionalismo cristiano no es una amenaza para la democracia estadounidense. Fundó la democracia estadounidense, es decir la mejor forma de democracia jamás concebida por el hombre: la más justa, la más libre, la más humana y la más loable. Es ahora cuando debemos recuperar los principios de nuestra tradición política cristiana, por el bien de nuestro futuro. Esto es cierto tanto si eres cristiano como si no, tanto si perteneces a otra fe como si no perteneces a ninguna. La tradición política cristiana es nuestra tradición, es la tradición estadounidense, es la mayor fuente de energía e ideas de nuestra política, y siempre lo ha sido”.
Save America. El tercer lema combativo: preservar la verdadera identidad norteamericana en la posmodernidad digital y viral, regresando a bases seguras y comprobadas a las que sumar a las nuevas generaciones nativas tecnológicamente, en las que integrar a los migrantes cualificados y cercanos culturalmente, y con las que colaborar en otros lugares como referente mundial.
Porque, pese a la propaganda en contra, aspiraba a ser un proyecto de realidad multiétnica (como la misma familia de Vance) y de impacto global. No acudía al llamado “nacionalismo blanco” (al que debía integrar) de épocas remotas o movimientos marginales, sino que apelaba a votantes de otras razas, orígenes y comunidades por motivos transversales de prosperidad (personal y comunitaria) y seguridad (en las calles y en las empresas), ante la evidencia de la mutación sociodemográfica y por creencias comunes de origen religioso. En la citada conferencia Hawley defendía que dicho nacionalismo, “su nacionalismo” no era, ni de lejos, racista, supremacista o etnicista (como criticaban sus adversarios demócratas, caricaturizándolo al compararlo con el antiguo Ku Klux Klan o con el más antiguo fascismo) sino orgullosa y libremente cristiano, al sumarse a él gentes de toda clase y condición con un sueño común y una identidad compartida:
“Esa no es nuestra tradición. Eso no es en lo que creemos. No dejemos que el miedo nos controle. No volvamos al nacionalismo étnico de línea dura del viejo mundo ni a la ideología autoritaria de sangre y tierra. Eso no es lo que nos ha legado la herencia cristiana. En este país, defendemos la libertad de todos. En esta nación, practicamos la autonomía del pueblo. Volvamos, en cambio, a lo que nos une, en comunión. La dignidad del trabajo. La santidad del hogar. El amor a la familia y a Dios. Esa es nuestra civilización. Eso es América”.
Y por lo no se quedaba dentro de sus fronteras. Ante el globalismo liberal-progresista dominante en Occidente, y expansivo en medio mundo, se protegía a ultranza la existencia de los “hermanos” del Estado de Israel en Medio Oriente, se renovaba la labor de influencia del cristianismo norteamericano en otras regiones del mundo en defensa de los “valores tradicionales” (American Family Association, Family Research Council, Family Watch International, National Organtization for Marriage, World Congress of Families), y Trump se erigía como el protector de los cristianos del planeta, “de nuestra religión”, la más perseguida. Así lo declaró en la ONU y así lo escribió en su red social ante las matanzas en Nigeria (advirtiendo al gobierno de Lagos para que los protegiera del yihadismo): “¡Estamos listos, dispuestos y capaces de salvar a nuestra gran población cristiana en todo el mundo!”. Mientras, Vance haría campaña, junto con Musk, por todos aquellos partidos nacionalistas que fuesen cercanos a los postulados internacionales de Washington y compartieran su ideario judeocristiano: de AfD en Alemania a Tommy Robinson en Reino Unido. Porque no había, a su juicio, otra opción que recuperar o proteger la identidad cristiana de los países occidentales ante una Globalización sin límites éticos y con tantos conflictos mundanos, que dejaban al ser humano solo, muy solo, sin hogar familiar que crear y sin hogar nacional al que honrar. Hawley subrayaba, al respecto, que
“In God We Trust. Los símbolos son importantes. La mayoría de los estadounidenses, la mayoría de los trabajadores estadounidenses, se sienten solidarios con la fe cristiana. Creen que Dios ha bendecido a Estados Unidos; creen que Dios tiene un plan para Estados Unidos, y quieren formar parte de él”.
Chesterton también lo defendió un siglo antes, también creyó en una país verdaderamente fundado en las verdades del Evangelio, para creyentes y no creyentes, y también atisbó los riesgos ideológicos que no tardarían en llegar. Lo hizo cuando escribió en What I saw in America (1921), de una forma que muchos podrían considerar casi profética, que:
“Sería la peor clase de hipocresía, por lo tanto, concluir, incluso con un esbozo tan vago de un asunto tan grandioso y majestuoso como el experimento democrático estadounidense, sin manifestar mi convicción de que también a este le llegará la misma prueba definitiva. En la medida en que esa democracia se vuelva o permanezca católica y cristiana, seguirá siendo democrática. En la medida en que no lo sea, se convertirá en una antidemocrática salvaje y perversa. Sus ricos se amotinarán con una brutal indiferencia que supera con creces el débil feudalismo que aún conserva algún atisbo de responsabilidad o, al menos, de clientelismo. Sus asalariados se hundirán en la esclavitud pagana o buscarán alivio en teorías destructivas no solo en su método, sino también en su propósito; puesto que no son sino la negación de los apetitos humanos de propiedad y personalidad”.












