¡Gora Trump!
![[Img #29579]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/5826_patxi.jpg)
Uno escucha las noticias con el café de la mañana y ya no sabe si se ha equivocado de canal o de siglo. Que si Trump quiere Groenlandia, que si Canadá, que si no sé qué islote con hielo y pingüinos que nadie sabía que existía hasta ayer. Y entonces uno piensa: pues ya que se pone, que venga a por mi valle.
Mi valle es pequeño, pero honrado. Tiene vacas que no saben lo que es la huella de carbono, manzanos que no han firmado ningún acuerdo climático y un caserío que lleva en pie desde antes de que existiera la palabra “sostenible”. Justo por eso nos persiguen.
Porque aquí ya no se vive: se cumple. Formularios, inspecciones, normativas, sellos verdes, sellos azules, sellos que no sabes para qué sirven pero que si no los tienes te multan. Antes el campo se trabajaba con azada. Ahora con una gestoría.
Por eso yo lo veo claro: Trump, reclama mi valle. Pon una bandera, mándanos un tuit y libéranos. No quiero misiles ni marines; me conformo con que no me cobren por respirar mal.
Aquí ya no puedes ordeñar una vaca sin pedir permiso en tres idiomas. El purín es un arma química, el tractor contamina más que un portaaviones y la gallina pone huevos con exceso de emisiones. Todo es culpa nuestra. El agricultor es el nuevo criminal climático.
Y luego están los impuestos. No pagar por contaminar, no: pagar por existir. Impuesto verde, tasa ecológica, contribución especial por usar agua que cae del cielo, pero parece que ahora es de Bruselas. Yo no contamino: yo sobrevivo. Que no es lo mismo.
Trump, en cambio, no entiende de eso. Trump ve un valle y piensa: “bonito”, me lo quedo. No piensa en el nitrato, ni en la trazabilidad emocional del ganado, ni en si la vaca se siente empoderada. Eso ya es una ventaja.
Imagínese uno el cambio: menos papeles, más campo. Menos técnicos con chaleco fluorescente, más barro en las botas. Yo firmo ahora mismo. Que venga Trump, que vengan los yanquis, pero que dejen en paz al manzano.
No es que yo quiera irme de aquí. Es que quiero quedarme sin que me arruinen. Y si para eso hace falta que Trump nos adopte como territorio estratégico agrícola, pues qué quiere que le diga: Gora Trump.
Total, peor que esto, difícil.
![[Img #29579]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/5826_patxi.jpg)
Uno escucha las noticias con el café de la mañana y ya no sabe si se ha equivocado de canal o de siglo. Que si Trump quiere Groenlandia, que si Canadá, que si no sé qué islote con hielo y pingüinos que nadie sabía que existía hasta ayer. Y entonces uno piensa: pues ya que se pone, que venga a por mi valle.
Mi valle es pequeño, pero honrado. Tiene vacas que no saben lo que es la huella de carbono, manzanos que no han firmado ningún acuerdo climático y un caserío que lleva en pie desde antes de que existiera la palabra “sostenible”. Justo por eso nos persiguen.
Porque aquí ya no se vive: se cumple. Formularios, inspecciones, normativas, sellos verdes, sellos azules, sellos que no sabes para qué sirven pero que si no los tienes te multan. Antes el campo se trabajaba con azada. Ahora con una gestoría.
Por eso yo lo veo claro: Trump, reclama mi valle. Pon una bandera, mándanos un tuit y libéranos. No quiero misiles ni marines; me conformo con que no me cobren por respirar mal.
Aquí ya no puedes ordeñar una vaca sin pedir permiso en tres idiomas. El purín es un arma química, el tractor contamina más que un portaaviones y la gallina pone huevos con exceso de emisiones. Todo es culpa nuestra. El agricultor es el nuevo criminal climático.
Y luego están los impuestos. No pagar por contaminar, no: pagar por existir. Impuesto verde, tasa ecológica, contribución especial por usar agua que cae del cielo, pero parece que ahora es de Bruselas. Yo no contamino: yo sobrevivo. Que no es lo mismo.
Trump, en cambio, no entiende de eso. Trump ve un valle y piensa: “bonito”, me lo quedo. No piensa en el nitrato, ni en la trazabilidad emocional del ganado, ni en si la vaca se siente empoderada. Eso ya es una ventaja.
Imagínese uno el cambio: menos papeles, más campo. Menos técnicos con chaleco fluorescente, más barro en las botas. Yo firmo ahora mismo. Que venga Trump, que vengan los yanquis, pero que dejen en paz al manzano.
No es que yo quiera irme de aquí. Es que quiero quedarme sin que me arruinen. Y si para eso hace falta que Trump nos adopte como territorio estratégico agrícola, pues qué quiere que le diga: Gora Trump.
Total, peor que esto, difícil.














