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Miércoles, 14 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

Este documento del FBI no debería existir

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El papel es frágil.


No por su contenido, sino por su edad. Setenta y ocho años después de haber sido mecanografiado, el documento conserva la textura áspera del archivo administrativo, esa que no promete revelaciones ni escándalos. No hay sellos rojos, ni advertencias de confidencialidad, ni firmas que llamen la atención. Nada que sugiera peligro.

 

Solo una fecha.

 

8 de julio de 1947.

 

Ese día, en Estados Unidos, ocurrió algo que todavía hoy no ha sido completamente explicado. Los periódicos informaban de un supuesto “platillo volante” recuperado en Nuevo México. La Fuerza Aérea emitía comunicados contradictorios. La palabra flying saucer entraba por primera vez en el lenguaje cotidiano.

 

Nota: Los suscriptores de La Tribuna del País Vasco pueden solicitar una copia del documento (en inglés) por los canales habituales: [email protected] o en el teléfono 650114502

 

Y mientras el país miraba al cielo, alguien dentro del FBI, en San Diego, redactó un memorándum que no encajaba con nada.

 

Un documento sin autor… pero con destino claro

 

El texto está encabezado por un título ambiguo:

 

THE FLYING ROLL

 

No hay logotipos oficiales visibles, pero el formato es reconocible: máquina de escribir, márgenes estándar, lenguaje formal. El documento no se presenta como una opinión personal, sino como una “nota de importancia” dirigida a científicos de prestigio, autoridades aeronáuticas y militares, funcionarios públicos y medios de comunicación especializados.

 

No es un informe técnico.
No es una denuncia.
Es una advertencia.

 

El autor reconoce desde el principio que no espera que su mensaje sea aceptado. Da por hecho que será ignorado, descartado o ridiculizado. Pero aun así, considera su deber transmitir la información.

 

Ese detalle es clave: no escribe para convencer, escribe para dejar constancia.

 

¿Por qué el documento importa?

 

Porque no fue destruido.

 

https://latribunadelpaisvasco.com/tag/689/Entrevistas-Ovni

 

El memorándum terminó archivado en los fondos que décadas más tarde serían desclasificados por el Federal Bureau of Investigation. El FBI nunca ha certificado la veracidad de su contenido. Tampoco ha explicado por qué fue conservado. Simplemente, existe.

 

Y eso plantea una pregunta incómoda para cualquier investigador serio: ¿Por qué un organismo federal conserva durante décadas un texto que, en apariencia, no tiene valor operativo ni científico?

 

La respuesta fácil es decir que se trata de un delirio. Pero los delirios no suelen circular entre científicos y autoridades militares, ni acaban preservados en archivos oficiales.

 

El núcleo del memorándum es un listado numerado de afirmaciones. No hipótesis. No conjeturas. Afirmaciones.

 

Según el texto:

 

Algunos de los platillos observados transportan tripulación, mientras que otros operan bajo control remoto. Esta afirmación precede en décadas a cualquier debate oficial sobre drones, inteligencia artificial o vehículos autónomos.

 

El documento afirma que la misión de estos objetos es pacífica, pero añade un matiz inquietante: contemplan establecerse en nuestro plano. No se habla de invasión. Tampoco de retirada. Se habla de permanencia.

 

Los visitantes —dice el texto— son humanoides, pero considerablemente más grandes que los seres humanos. No se los describe como criaturas monstruosas ni como entidades abstractas. Son reconocibles. Demasiado.

 

A continuación, el memorándum descarta explícitamente el origen terrestre de los objetos. Pero lo hace solo para rechazar la explicación extraterrestre clásica.

 

No proceden de ningún “planeta”, tal como usamos el término.

 

Y aquí el lenguaje se vuelve radicalmente extraño para un documento de 1947.

 

El salto conceptual: planos, no planetas

 

El texto afirma que los visitantes proceden de un plano etérico que interpenetra con el nuestro y que no es perceptible para los sentidos humanos. No se trata de una metáfora literaria. El autor no se detiene a justificar el término. Lo usa como si esperara que el lector lo comprendiera.

 

Más aún: sostiene que tanto los cuerpos de los visitantes como sus naves se materializan automáticamente al entrar en una vibración específica compatible con nuestra densidad material.

 

Esto implica algo concreto y perturbador: el fenómeno no sería un desplazamiento espacial, sino una transición de estado.

 

No distancia. No velocidad. No viaje. Solo un cambio de fase.

 

El memorándum continúa describiendo la capacidad defensiva de los discos. Poseen —dice— una forma de energía o rayo capaz de desintegrar cualquier aeronave atacante. No neutralizar. No dañar. Desintegrar.

 

Tras ello, los objetos pueden desaparecer de nuestra visión sin dejar rastro alguno.

 

No se menciona explosión.
No se menciona impacto.
No se menciona recuperación de restos.

 

Simplemente: ausencia.

 

El documento aclara que los visitantes no proceden del “plano astral”, una distinción irrelevante para la ciencia oficial, pero crucial dentro de tradiciones metafísicas concretas. En su lugar, menciona regiones asociadas a términos como Loka o Talas, conceptos procedentes de sistemas filosóficos orientales y teosóficos.

 

Nada de esto formaba parte del imaginario popular estadounidense de posguerra. No aparece en la literatura pulp der aquellos años. No aparece en los cómics. No aparece en el cine de la época.

 

Este no es el lenguaje de la ciencia ficción. Es el lenguaje de una élite intelectual muy específica.

 

El memorándum concluye con una recomendación que desarma cualquier intento de lectura tranquilizadora:

 

“Se recomienda tratar a los visitantes con amabilidad.”

 

No es una orden militar.
No es una instrucción táctica.
Es un consejo.

 

Y plantea una última pregunta que el documento no responde:¿Quién esperaba que pudiéramos elegir cómo tratarlos?

 

Lo que no sabemos —y lo que sí

 

No sabemos quién escribió este texto.
No sabemos qué fuentes utilizó.
No sabemos si estaba equivocado.

 

Pero sí sabemos tres cosas:

  1. No fue escrito para el público.

  2. No fue destruido.

  3. No encaja con ninguna narrativa oficial posterior.

 

El documento anticipa, con una precisión inquietante, líneas de pensamiento que no aparecerán en el debate público hasta décadas después: la hipótesis interdimensional, la imposibilidad de detección convencional, la ausencia de restos físicos, la ambigüedad entre tecnología y fenómeno.

 

Tal vez sea un error monumental.
Tal vez sea una interpretación desesperada.
O tal vez sea algo más incómodo: la prueba de que, desde el primer día, hubo quienes entendieron que aquello no era un problema de aeronáutica… sino de realidad y de conciencia. 

 

Epílogo: el archivo como testigo

 

Hoy, el documento sigue existiendo.
No grita. No acusa. No exige. Simplemente, espera.

 

Y mientras gobiernos, comisiones y expertos siguen discutiendo qué son los ovnis, ese papel amarillento recuerda una posibilidad que nadie quiere formular en voz alta: 

 

Que el fenómeno nunca estuvo lejos.
Que nunca vino de fuera.
Y que quizá —solo quizá— siempre estuvo aquí.

 

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