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Viernes, 16 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:
Una nueva imposición globalista

Ciudades de 15 Minutos: El modelo urbano del Nuevo Orden Mundial

Ensanche de BarcelonaEnsanche de Barcelona

[Img #29598]La estabilización del Nuevo Orden Mundial pasa necesariamente por la imposición de un modelo de ciudad ajustado hacia sus metas de dominación económico-política, cuando no de eventual tiranía antropológica; la imparable promoción de los espacios urbanos ecosostenibles, transitables y naturalmente vigilados, encuentra en el ambiguo concepto de “ciudad de los quince minutos” uno de sus sueños de atomización microcéfala más cuestionables y perniciosos para la libre circulación de personas y objetos.

 

El libro Ciudades de 15 Minutos: Objetivo: La jaula resiliente de José Antonio Bielsa Arbiol supone la primera monografía crítica (en español) contra un proyecto en apariencia amable, pero finalmente lesivo y pernicioso por cuanto su narrativa embaucadora va dirigida invariablemente hacia la cosificación de los recursos humanos, cuantificados y monitoreados, en un espacio sin posibilidad de iniciativa personal, amén de vaciado de espiritualidad y, por sobre todo, de significado. 

 

El precursor del proyecto: Clarence Perry

 

El padre espiritual de la Ciudad de 15 Minutos fue el useño Clarence Arthur Perry (1872–1944), urbanista, sociólogo e intelectual hoy olvidado, pero que desempeñó en vida un papel relevante en la conformación de lo que tiempo al tiempo sería la ciudad del futuro. La importancia de su contribución reposa en el concepto de unidad vecinal, síntesis de funcionalismo y constructo comunitario, y que al decir de ciertos estudiosos estaba inspirado en las teorías del sociólogo Charles Horton Cooley.

 

Perry fue el primero en repensar la necesidad de dar con una célula urbana intermedia, ubicable entre la gran urbe y el complejo residencial cerrado, así y con el objeto de fusionar lo mejor de cada perspectiva en la búsqueda de una forma de vida comunitaria, donde la posibilidad de hacer de la ciudad una suma o conjunto de pequeñas aldeas dignificara el nivel de vida de una ciudadanía extenuada por los nuevos rumbos de la mecanización industrial.

 

Su escala tripartita sobre los tipos de comunidades, bien ajustada a la realidad de los Estados Unidos, ejemplifica bien las posibilidades y limitaciones de toda metrópoli de gran tamaño; veamos:

 

1) la comunidad regional, la cual integra varias comunidades locales, es decir, los pueblos o municipios de rigor; 2) la comunidad local, que identificaremos con determinado municipio; y 3) la comunidad vecinal, que supone una porción de la comunidad local, apareciendo a ésta supeditada, y por tanto sin una delimitación política prefijada. 

 

El hipotético hallazgo de esta nueva proyección puede resumirse en estas líneas: “La comunidad vecinal [...] presenta una unidad de coherencia mayor que la encontrada en la ciudad. Por ello, es de fundamental importancia para la sociedad potenciar este nivel de comunidad [...] La unidad vecinal consiste en un tipo de planificación y diseño que aborda la configuración de los principales componentes físicos de una comunidad. Esto incluye la tierra, usos del suelo, sistemas de transporte, espacios públicos y zonas verdes, cada uno de los cuales tiene un lugar concreto en una jerarquía organizativa dentro de un área definida. Constituye, por tanto, una propuesta de planificación urbana en el que se tienen en consideración cuestiones como el tamaño de la zona residencial, que debe proporcionar viviendas a todos los habitantes de la población y dotarlos de una escuela primaria elemental. En consecuencia, los principios que definen el diseño de la unidad funcional son:

 

​1) su tamaño: el desarrollo de la unidad residencial, que debería proveer de vivienda a una población suficiente para requerir de una escuela elemental; 2) los limites o bordes de la unidad vecinal: la unidad vecinal debe estar separadas por calles arteriales lo suficientemente anchas para facilitar el tráfico externo; 3) los espacios abiertos: formados por un sistema de pequeños parques y áreas recreativas planificadas para satisfacer las necesidades de los usuarios particulares; 4) áreas institucionales: que serían los espacios destinados al colegio y a otras instituciones que ofrezcan servicios coincidentes con los límites de la unidad y que deberían estar agrupados en un punto central. 5) las áreas comerciales locales: que pueden ser uno o más distritos comerciales de forma adecuada a la población a la que sirven y que preferiblemente se deberían localizar en las intersecciones de las vías de tráfico; 6) el sistema de calle interiores: la unidad vecinal debería estar provista de un sistema vial de ser cuya capacidad debe ser proporcional a la carga de tráfico potencial. Las calles estarán diseñadas para facilitar la circulación exterior y desanimar el uso del vehículo en el interior de las mismas”.

 

Bauman y la “desaparición” del espacio público: Individualismo frente a ciudadanía

 

La génesis de la Ciudad de Quince Minutos no hubiera alcanzado tal pujanza sin las especulaciones del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, un autor de sesgo marxista extremadamente leído hará una década, y hoy en franco declive tras haber sido absorbido y normativizado por los voceros del Sistema. Acudamos a su obra más influyente, Modernidad líquida, en la que entre otros asuntos de interés abordaba (por analogía al mundo moderno) la contraposición entre los sólidos y los fluidos: mientras los primeros se mantienen fijos y estables en su forma, los segundos fluyen, quedando sometidos a continuas transformaciones; si los sólidos pertenecen de lleno al espacio, que ocupan sin comportar inminentes modificaciones, los fluidos exceden el propio límite fijo, implicando el factor tiempo en cuanto éste es propio a los mismos: es decir, si los sólidos “cancelan el tiempo”, los fluidos “se desplazan con facilidad”. Esta premisa afianza una asociación inevitable, vinculando lo sólido con el pasado (“el mundo de ayer”), mientras que lo líquido y/o fluido vendría a representar la (post)modernidad, es decir nuestro inmediato presente.

 

Bauman identifica el momento germinal de esta fluidez en cierto pasaje del Manifiesto comunista, donde el dúo Marx–Engels abogaba por “derretir los sólidos”, para así acabar con la todavía no extinta Tradición y sus pretendidas estructuras de poder (léase el orden político y la “ordenación de clases” de la que casi ningún marxista quiere sustraerse); Bauman identificaría estos sólidos premodernos como elementos deteriorados, “condenados y destinados a la licuefacción”. Pero el objeto futuro que lo sustituiría, al menos en principio, no iba a ser un fluido, sino otro sólido, al parecer nuevo y mejor, y por tanto más definitivo y/o acorde con su época. Sin embargo, tal intercambio (de sólido obsoleto a nuevo sólido) no llegaría según el autor a consumarse debidamente: la sustitución de unos códigos por otros, en el proceso mismo, habría de pervertir la esencia histórica de estas relaciones de poder: “Derretir los sólidos significaba, primordialmente, desprenderse de las obligaciones irrelevantes que se interponían en el camino de un cálculo racional de los efectos; tal como lo expresara Max Weber, liberar la iniciativa comercial de los grilletes de las obligaciones domésticas y de la densa trama de los deberes éticos; o, según Thomas Carlyle, de todos los vínculos que condicionan la reciprocidad humana y la mutua responsabilidad, conservar tan sólo el nexo del dinero”.

 

La crítica de Bauman al sistema de la modernidad líquida no es otra que la crítica a un sistema basado en la delimitación espacio–temporal de unos contrarios claramente diferenciados: la elite global contemporánea, que ha tomado los hábitos del nomadismo, por un lado; y la ciudadanía, la multitud de sujetos sedentarios que sobrellevan sus vidas en un contexto de “amos ausentes”; ni que decir tiene, a los segundos, y no a los primeros, va destinada la Ciudad de 15 Minutos.

 

En su desarrollo, Bauman opone individualismo a ciudadanía, dilucidando que la vigencia del primero tiende a ahogar la presencia de la segunda como realidad social; sendos conceptos materializan una problemática que entra de lleno en las paradojas de los espacios público(s) y privado(s).        

 

La única realidad visible y/o viable pasa a ser el individuo: nuestra sociedad, que no ofrece otras posibilidades para el hombre sin posibles, dice postular la supremacía del individuo como elemento–pieza central de una sociedad viciada y ego–maníaca: una sociedad de individuos, de soledades compartidas, de egoísmos recíprocos, donde todos y cada uno se anulan a partir de su previa (auto)afirmación; la presunta libertad del individuo muda así, cual punto sin retorno, estafa sadomasoquista aupada por el Sistema: “La capacidad autoafirmativa de los hombres y mujeres individualizados en general no alcanza los requerimientos de una genuina autoconstitución. Como observara Leo Strauss, la otra cara de la libertad sin frenos es la insignificancia de la elección, y ambas caras se condicionan mutuamente: ¿por qué prohibirse lo que no tiene, en definitiva, mayores consecuencias? Un observador cínico podría decir que la libertad llega cuando ya no importa”.

 

En tanto que la libertad no le concede al moderno el mínimo poder real, la problemática se despliega como por inercia: lo inane sustituye a lo trascendente, los líquidos pasan a ocupar el espacio de los sólidos: todo fluye, nada permanece.

 

Bípedo anestesiado y sin voluntad, el sujeto postmoderno, reducido y empobrecido, ha sido predeterminado para transitar por los espacios de las Ciudades de 15 Minutos en medio de multitudes alienadas, no por intercambiables menos diferenciadas estadísticamente. La entidad física de los espacios antaño transitados como intermediarios de lo público y lo privado (el ágora de la polis griega, por ejemplo) ha desaparecido en beneficio de unos espacios de mera transición absorbidos por los centros de Poder, inmersos éstos de lleno en la esfera de lo privado: plazas, parques, calles, marquesinas de tranvías, carriles de bici, etc., quedan así como lugares “a la sombra de...”: Ya no es cierto que lo público se haya propuesto colonizar lo privado. Es más bien todo lo contrario: lo privado coloniza el espacio público, dejando salir y alejando todo aquello que no puede ser completamente expresado sin dejar residuos en la jerga de las preocupaciones, las inquietudes y los objetivos privados”.

 

Conforme el espacio público desaparece, las súper–estructuras de poder sofistican virtualmente sus nexos internos de comunicación privada, ocultando su arquitectura, in–visibilizándose “hacia la extraterritorialidad de las redes electrónicas”, esto es hacia la consabida dimensión virtual del Poder, bien característica por otra parte del ya referido nomadismo del poderoso auténtico postmoderno; esta invisibilidad termina de amarrar al ciudadano–víctima a una subsistencia tan precaria como individualizada: su nicho vital tiene que ser reducido, casi “a la escala de un hogar”.

 

El creador del concepto: Carlos Moreno

 

La  Ciudad de Quince Minutos nunca habría alcanzado tal protagonismo sin la figura del urbanista franco–colombiano Carlos Moreno, considerado su principal teórico y vocero, amén de acuñador del concepto de ciudad de los quince minutos.

 

Bien representativos a este respecto resultan los escritos del propio Moreno, en los que con una extraña mezcla de ingenuidad cientifista y posibilismo filosófico va calzando su propuesta urbana. Un buen ejemplo de esta verborrea mesiánica la encontramos en su libro La vida urbana y la proximidad en el tiempo de COVID–19. No obstante, el más clarificador de sus textos lleva por título “Vivir en proximidad, la ciudad de los 15 minutos”, y acusa el impacto de todos los tics y mantras adictos al credo ambientalista, sin desdeñar guiños políticamente correctos y no muy alejados a la agenda woke. El pretexto de su llamada de urgencia no es otro que el de “afrontar la urgencia climática” (sic). Cómo un urbanista de reconocido prestigio ha accedido a dar por buenas tales “historietas” (la falsa narrativa del “cambio climático”, desautorizada por la ciencia legítima) para fundamentar sus trabajos urbanísticos, es asunto que nos induce a potenciar una filosofía de la sospecha ante autores–ideólogos como Moreno, insertos en la nefasta coyuntura financiera que el Nuevo Orden pretende imponernos (es decir, la del “Gran Reseteo”).

 

Tomemos como botón de muestra tres fragmentos procedentes del referido artículo, en los que Moreno adopta la “voz del amo”: “Mientras la comunidad internacional celebra este año el quinto aniversario del Acuerdo de París y la adopción del Programa 2030 y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, la situación del medio ambiente sigue siendo preocupante. El objetivo del Acuerdo de París era limitar el calentamiento mundial a 2 °C para 2100 y establecer un objetivo de neutralidad de carbono para 2050. Cinco años después, la trayectoria establecida y los resultados esperados no están ahí. Una observación similar se constata en la aplicación de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas. Los resultados son insuficientes, preocupantes, y el mundo está en peligro con el cambio climático, la desigualdad y la extinción de la biodiversidad. [...] El papel de las ciudades es, en efecto, importante en este cambio de paradigma, ya que el 70% de las emisiones proviene de las zonas urbanas, más del 50% de la población mundial vive en ellas y en 2050 lo hará el 65%”.

 

La misma cháchara estéril de siempre, en efecto, totalmente plegada a la liberticida Agenda 2030. Más inquietantes resultan las sucesivas líneas: “El año 2020 también es histórico debido a la crisis sanitaria y planetaria de la COVID–19. La crisis del coronavirus ha afectado a todo el mundo y a la vida urbana, desde el cese completo de las actividades y de los intercambios económicos hasta su reconfiguración gradual dentro de un marco sanitario estricto. Esta cuestión ha tenido un impacto especial en el funcionamiento urbano. En primer lugar, su contención obliga a reducir al mínimo las actividades de las ciudades. En muchas partes del mundo, el límite máximo de desplazamiento de un kilómetro alrededor del hogar ha obligado a los habitantes a encontrar soluciones locales para satisfacer sus necesidades diarias. En una segunda fase, las ciudades tuvieron que adaptarse para permitir el distanciamiento físico, el mantenimiento de medidas de protección, y así minimizar la propagación del virus. La crisis sanitaria es un elemento de perturbación mundial que ha dado lugar a cuestiones más amplias sobre las opciones sociales y las organizaciones urbanas, colectivas y económicas deseables para un futuro más sostenible y habitable”.

 

De nuevo el mantra de la “crisis sanitaria”. Esta párrafo vergonzante, realmente cínico en su verborrea legalista, trasluce todo un intento por legitimar la sistemática violación de derechos humanos ejercida por los poderes fácticos durante la presunta “pandemia”. Pero para afianzar este discurso, tan tendencioso como lateralizado, el Sr. Moreno no duda en traer a colación el mito del “debate mundial” (!); un debate, en efecto, que nunca llegó a darse, ya no digamos a tener lugar a tal escala “mundial” (puesto que se fraguó en los despachos pinaculares de entidades multilaterales sin un átomo de empatía por el género humano): “En la encrucijada de estas dos grandes crisis, se ha abierto un debate mundial en torno a la ciudad de los 15 minutos y el territorio de los 30 minutos. Estas propuestas promueven una reconfiguración urbana que hace de la hiperproximidad la clave para mejorar la calidad de vida. Nuestra propuesta entró en resonancia con las necesidades derivadas de la doble crisis ambiental y sanitaria: una organización urbana que limita el impacto ambiental de la vida en la ciudad reduciendo significativamente los viajes intensivos en carbono, permite a los residentes satisfacer sus necesidades esenciales cerca de su casa y, a través de la calidad de vida, fomenta su bienestar y su apego a su área de residencia. La crisis de la COVID–19 aceleró la popularidad de la ciudad de los 15 minutos. Con los cierres de ciudades, los viajes se redujeron a casi cero y hubo que hacer las compras esenciales cerca de casa. Además, para evitar la propagación del virus por la congestión del transporte público, se pusieron rápidamente en marcha soluciones de movilidad alternativas. [...] La COVID–19 ha confirmado y acelerado decididamente la implantación de la ciudad de los 15 minutos en muchas ciudades gracias al redescubrimiento de la proximidad, el uso de la movilidad activa y el fortalecimiento de los lazos sociales”.

 

La masa de texto no termina aquí, desde luego. Su lectura, no por lastimosa menos definitoria de la finalidad de las Ciudades de 15 Minutos, no debería engañar a nadie: los centros de creación de significado necesitan, antes de llevar a término sus desalmadas “granjas tecnotrónicas”, embadurnar montañas de papel con las que ir desplazando la “Ventana Overton” hacia los inminentes y desgraciados escenarios que nos aguardan.

 

Este artículo es un extracto del libro Ciudades de 15 Minutos: Objetivo: La jaula resiliente de José Antonio Bielsa Arbiol (Letras Inquietas)

 

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