Si el pan no nos pertenece, la libertad tampoco
Durante siglos, la comida fue una expresión de libertad. No una libertad abstracta o ideológica, sino una libertad elemental: la posibilidad de alimentarse sin pedir permiso, de sembrar, cosechar y compartir al margen de cualquier poder central. Esa libertad, hoy, está retrocediendo de forma silenciosa y acelerada.
El sistema alimentario global se ha convertido en una de las estructuras de poder más concentradas, opacas y peligrosas de nuestro tiempo. Bajo la apariencia de eficiencia, sostenibilidad y progreso tecnológico, se está configurando un modelo en el que la alimentación de la humanidad depende de decisiones tomadas por una minoría de actores económicos y financieros, ajenos a cualquier escrutinio democrático y al interés común.
No hablamos de escasez, sino de dependencia. No de hambre, sino de vulnerabilidad. La abundancia que exhiben los supermercados occidentales no es una garantía de libertad, sino, paradójicamente, su coartada. Nunca ha habido tantos productos y, sin embargo, nunca ha sido tan estrecho el cuello de botella que los hace posibles.
La concentración de semillas, la desaparición del agricultor independiente, los ataques a los ganaderos, la financiarización del campo y la sustitución progresiva de la agricultura por soluciones tecnocráticas no son fenómenos aislados. Son piezas de un mismo proceso: la transformación de la comida en un instrumento de gobernanza y poder. Cuando alimentarse deja de ser un derecho ligado al territorio y se convierte en un servicio administrado, la soberanía individual y colectiva queda seriamente comprometida.
Se nos dice que todo esto es inevitable. Que la tecnología resolverá los problemas. Que la centralización es más eficiente. Que el futuro exige sacrificios. Pero la historia demuestra que toda sociedad que entrega el control de su subsistencia entrega, tarde o temprano, su capacidad de decisión.
No hay libertad política sin soberanía material. No hay democracia real cuando la supervivencia depende de cadenas globales que nadie puede cuestionar. Un ciudadano que no puede alimentarse fuera del sistema es un ciudadano condicionado, dócil por necesidad, gobernable por diseño.
No se trata de realizar alegatos demagógicos contra la innovación ni rechazar románticamente el progreso. Es una advertencia. La comida no es un producto más. Es cultura, es identidad, es poder. Y tratarla como una variable técnica, gestionable desde despachos lejanos, es una irresponsabilidad histórica.
Si el pan deja de pertenecernos, la libertad se convierte en una palabra hueca. Y cuando eso ocurre, el totalitarismo ya no necesita imponerse: simplemente se sirve a la mesa.
Durante siglos, la comida fue una expresión de libertad. No una libertad abstracta o ideológica, sino una libertad elemental: la posibilidad de alimentarse sin pedir permiso, de sembrar, cosechar y compartir al margen de cualquier poder central. Esa libertad, hoy, está retrocediendo de forma silenciosa y acelerada.
El sistema alimentario global se ha convertido en una de las estructuras de poder más concentradas, opacas y peligrosas de nuestro tiempo. Bajo la apariencia de eficiencia, sostenibilidad y progreso tecnológico, se está configurando un modelo en el que la alimentación de la humanidad depende de decisiones tomadas por una minoría de actores económicos y financieros, ajenos a cualquier escrutinio democrático y al interés común.
No hablamos de escasez, sino de dependencia. No de hambre, sino de vulnerabilidad. La abundancia que exhiben los supermercados occidentales no es una garantía de libertad, sino, paradójicamente, su coartada. Nunca ha habido tantos productos y, sin embargo, nunca ha sido tan estrecho el cuello de botella que los hace posibles.
La concentración de semillas, la desaparición del agricultor independiente, los ataques a los ganaderos, la financiarización del campo y la sustitución progresiva de la agricultura por soluciones tecnocráticas no son fenómenos aislados. Son piezas de un mismo proceso: la transformación de la comida en un instrumento de gobernanza y poder. Cuando alimentarse deja de ser un derecho ligado al territorio y se convierte en un servicio administrado, la soberanía individual y colectiva queda seriamente comprometida.
Se nos dice que todo esto es inevitable. Que la tecnología resolverá los problemas. Que la centralización es más eficiente. Que el futuro exige sacrificios. Pero la historia demuestra que toda sociedad que entrega el control de su subsistencia entrega, tarde o temprano, su capacidad de decisión.
No hay libertad política sin soberanía material. No hay democracia real cuando la supervivencia depende de cadenas globales que nadie puede cuestionar. Un ciudadano que no puede alimentarse fuera del sistema es un ciudadano condicionado, dócil por necesidad, gobernable por diseño.
No se trata de realizar alegatos demagógicos contra la innovación ni rechazar románticamente el progreso. Es una advertencia. La comida no es un producto más. Es cultura, es identidad, es poder. Y tratarla como una variable técnica, gestionable desde despachos lejanos, es una irresponsabilidad histórica.
Si el pan deja de pertenecernos, la libertad se convierte en una palabra hueca. Y cuando eso ocurre, el totalitarismo ya no necesita imponerse: simplemente se sirve a la mesa.














