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Domingo, 18 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:
Proyecto Sun Streak: La noche en que la CIA buscó a Dios con espías psíquicos

Un informe secreto revela que la CIA buscó el Arca de la Alianza

[Img #29609]La sala sin ventanas

 

El 5 de diciembre de 1988, en algún lugar del entramado burocrático de la inteligencia estadounidense, un hombre se sentó ante una mesa desnuda. No había mapas. No había símbolos religiosos. No había referencias históricas. Solo papel en blanco, un lápiz corriente y una instrucción mínima: describa el objetivo asignado.

 

El documento original del archivo de la CIA al que ha tenido acceso este periódico,  no recoge su nombre. Lo identifica como Viewer #032. Un número. Un recurso humano dentro de un programa clasificado que, oficialmente, nunca debió existir. La sesión comenzó a las 09:15 y terminó a las 10:45 horas. Noventa minutos de silencio interrumpido únicamente por palabras sueltas, trazos inseguros, sensaciones difíciles de verbalizar.

 

En el encabezado del informe, con la frialdad característica de la burocracia de seguridad nacional, se lee: Project Sun Streak. Debajo, una advertencia tajante: Warning Notice – Intelligence Sources and Methods Involved. El lenguaje no es místico. Es administrativo. No invoca a Dios. Invoca protocolos.

 

Nota: Los suscriptores de La Tribuna del País Vasco pueden solicitar una copia del documento (en inglés) por los canales habituales: [email protected] o en el teléfono 650114502

 

Nada hacía presagiar que, unas líneas más abajo, el documento registraría uno de los episodios más desconcertantes de la historia moderna de la inteligencia occidental: “Training target #0209 is the Ark of the Covenant” .

 

El Arca de la Alianza. El objeto más sagrado del judaísmo. El cofre que, según la tradición bíblica, contenía las tablas de la Ley entregadas por Dios a Moisés en el Sinaí. No como metáfora. No como símbolo. Como objetivo operativo.

 

[Img #29610]

 

Cuando la inteligencia cruzó lo imposible

 

A finales de los años setenta, la Guerra Fría había entrado en una fase terminal y peligrosa. La paridad nuclear no había traído estabilidad, sino paranoia. Cada rumor sobre avances soviéticos era tratado como una amenaza existencial. Y entre esos rumores, uno inquietaba especialmente a los analistas estadounidenses: Moscú estaba invirtiendo recursos en investigación psíquica con fines militares.

 

No importaba si era cierto. Importaba no quedarse atrás.

 

Así nacieron programas como Grill Flame, Stargate y, finalmente, Sun Streak. Iniciativas reales, financiadas, auditadas, sometidas a evaluaciones internas. No eran reuniones de ocultistas, sino informes, hojas de seguimiento, sesiones cronometradas. El lenguaje de los documentos de Inteligencia es revelador precisamente por su sequedad: no hay épica, no hay fe, no hay entusiasmo. Solo observaciones.

 

La visión remota —remote viewing— se convirtió en una herramienta experimental. Individuos entrenados debían describir lugares, objetos o personas sin acceso físico ni información previa. Todo se registraba. Todo se evaluaba. Todo se archivaba. En ese contexto, alguien decidió introducir en el sistema una pregunta prohibida: ¿y si el objeto más temido y venerado de la tradición judeocristiana no fuera solo una leyenda? ¿Y si su ubicación —o su mera existencia— tuviera implicaciones estratégicas?

 

La CIA no lo formuló así. La CIA lo redujo a un código: Target 0209.

 

El nombre que no debía escribirse

 

El momento en que el documento de la CIA menciona explícitamente el Arca de la Alianza es casi ofensivo por su normalidad. No hay exclamaciones. No hay notas marginales de asombro. El evaluador se limita a constatar el hecho como si se tratara de una base soviética o un sistema de radar. Eso es lo verdaderamente perturbador: el Arca entra en el mismo plano administrativo que cualquier otro objetivo de inteligencia.

 

La designación como training target no implica ligereza. En la jerga del programa, significa un objetivo conocido por los supervisores, pero desconocido para el observador. Se utiliza para evaluar la consistencia del método. Y alguien decidió que el Arca de la Alianza era adecuada para ese propósito. No para probar si existía.
 

Sino para ver qué surgía cuando se intentaba acceder a ella.

 

Lo que vio el observador

 

El Session Summary es un texto incómodo de leer, no por lo que afirma, sino por cómo lo hace. El observador describe un contenedor dentro de otro contenedor. Un objeto alineado de madera, oro y plata. Un espacio subterráneo. Oscuridad. Humedad. Arquitectura antigua. Describe personas vestidas con túnicas claras y oscuras. Lengua árabe. Un entorno ritual. La sensación persistente de solemnidad, de peso histórico, de algo que no pertenece al presente. Pero el elemento central no es visual. Es normativo.

 

El observador insiste en que el objeto no debe abrirse. No por fragilidad. No por riesgo físico inmediato. Sino porque no es el momento. El informe afirma que el objeto está protegido por “entidades”. No guardias. No soldados. Entidades. Y añade una frase que ningún historiador puede leer sin incomodidad: solo puede ser abierto por quienes estén autorizados, cuando llegue el tiempo correcto.

 

La CIA no añade comentarios teológicos. No descarta la sesión. No la ridiculiza. La archiva.

 

Dibujos desde ningún lugar

 

Las páginas siguientes del documento están llenas de bocetos. Arcos. Cámaras subterráneas. Pasillos. Formas curvas. Estructuras cerradas. No son ilustraciones artísticas ni reconstrucciones arqueológicas. Son esquemas perceptivos, trazados a mano, propios del protocolo de visión remota.

 

En algunos aparece una forma que recuerda a una cúpula. En otros, corredores descendentes. En otros, un objeto rectangular encerrado. Los trazos son inseguros, pero reiterativos. El mismo motivo vuelve una y otra vez: encierro, protección, antigüedad. Nada en los dibujos sugiere espectáculo. Todo sugiere restricción.

 

Hipótesis reales: Axum, Jerusalén y la custodia activa

 

La CIA no trabajaba en el vacío. Aunque el documento no menciona ubicaciones concretas, las hipótesis históricas sobre el Arca eran bien conocidas por los analistas culturales y geopolíticos.

 

La primera es Axum, Etiopía. Según la tradición de la Iglesia Ortodoxa Etíope, el Arca fue trasladada desde Jerusalén a África y se conserva desde hace siglos en la Iglesia de Santa María de Sion. Nadie, salvo un monje designado de por vida, puede verla. Nadie puede documentarla. Nadie puede fotografiarla. Desde el punto de vista de la inteligencia, Axum presentaba una combinación inquietante: una tradición ininterrumpida, una custodia hermética y una región geopolíticamente inestable durante décadas.

 

La segunda hipótesis es Jerusalén, concretamente el subsuelo del Monte del Templo. Excavaciones imposibles. Acceso políticamente explosivo. El lugar más disputado del planeta. Si el Arca estuviera allí, no sería solo un objeto religioso: sería un detonador civilizatorio.

 

La tercera hipótesis no es geográfica, sino funcional: custodia activa. El documento sugiere que el objeto está protegido no solo por estructuras físicas, sino por normas, rituales, prohibiciones. No es algo perdido. Es algo retirado.

 

¿Por qué interesaba el Arca a la CIA?

 

No por devoción. No por curiosidad bíblica. Sino por poder.

 

En la tradición, el Arca no es un relicario pasivo. Es un artefacto asociado a fenómenos físicos: destrucción de ejércitos, enfermedades, muerte instantánea de quienes la tocan indebidamente. En términos modernos, podría interpretarse como un arma no convencional. Durante la Guerra Fría, cualquier objeto con potencial simbólico absoluto era considerado estratégico. No porque fuera real, sino porque otros podían creer que lo era.

 

La CIA no necesitaba que el Arca funcionara. Necesitaba saber si alguien más pensaba que podía hacerlo.

 

El Estado moderno ante lo sagrado

 

Lo verdaderamente revelador del documento no es que la CIA buscara el Arca. Es que lo hiciera sin ironía. Sin sarcasmo. Sin distancia cultural. El Arca es tratada como un objetivo legítimo dentro del abanico de posibilidades del poder. Eso revela algo profundo: cuando la amenaza es existencial, la modernidad abandona sus dogmas. La razón instrumental no destruye lo sagrado. Lo absorbe.

 

La Ilustración prometió que la ciencia reemplazaría a la fe. Pero el archivo demuestra algo distinto: cuando el miedo es absoluto, la ciencia vuelve a tocar las puertas del templo.

 

El objeto que no debe abrirse

 

El documento de la CIA termina sin conclusiones. Sin éxitos. Sin fracasos. No hay seguimiento conocido. No hay operación posterior registrada. El Arca vuelve al silencio del archivo.

 

Quizá nunca existió.
Quizá nunca fue localizada.
Quizá siempre estuvo exactamente donde debía estar: fuera del alcance.

 

Pero en diciembre de 1988, durante noventa minutos registrados en papel oficial, el Estado más poderoso del planeta actuó como si Dios pudiera ser localizado mediante protocolos.

 

Y eso, más que cualquier reliquia, es lo verdaderamente inquietante.

 

Porque demuestra que incluso en la era de los satélites y los misiles balísticos, el poder sigue temiendo aquello que no puede abrir.

 

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