Egoísmo y miedo: herramientas del sanchismo
Don Antonio Machado ve el egoísmo como una forma de ensimismamiento que impide vivir plenamente, proponiendo en cambio una vida de constante movimiento y creación personal, haciendo de la propia existencia un camino en construcción. El egoísta se queda atrapado en un "yo" interior, mientras que el caminante machadiano se proyecta hacia el exterior, creando su camino al andar, un proceso activo de construcción de la propia identidad.
Los dos grandes y frecuentes defectos del españolito son el egoísmo y la envidia. Desgraciadamente, la enseñanza desde la primera escuela no tiene como objetivos enfrentar tales actitudes que con el paso del tiempo son perversas aptitudes ciudadanas.
Los ideólogos del sanchismo hace tiempo que atienden con dádivas el egoísmo personal y colectivo. Aquel viejo y sabio refrán "ande yo caliente y ríase la gente". De ahí deriva ese gasto disfrazado como progresista y social, que consiste en subvencionar y pagar a quienes no trabajan fomentando la subcultura del Estado protector para la gandulería juvenil. A tales sujetos sólo se les exige no pensar y menos aún criticar. Viven el presente y no se plantean el futuro. Ellos son el centro de la creación con derechos a un Estado paternalista que les suministra lo necesario para una vida más o menos cómoda aunque vinculada clientelarmente a las cuentas públicas que ejercicio tras ejercicio incrementan sus gastos improductivos haciendo crecer sin horizontes la deuda pública que alguna vez tendremos que pagar y mientras tanto la pagamos perdiendo soberanía que gestionan nuestros prestamistas de la Europa de los mercaderes.
En este cohorte poblacional hay que incluir al nacionalismo. Sólo les importa su territorio, nación, aspirante a ser Estado, aunque si se lo piensan casi no les conviene esto último pues sería tanto como enfrentarse con esas cuentas públicas que deben equilibrar ingresos con gastos sin recibir la mamandurria de otra estamento superior ya sea España o la UE.
Al egoísmo se oponen frontalmente: solidaridad nacional, austeridad sobre los gastos que sólo pueden ser productivos y eficientes, responsabilidad compartida de Nación española en la que deben evitarse y tratarse los desequilibrios territoriales y las desigualdades en el ejercicio real de la ciudadanía.
La gestión del miedo fue durante siglos la herramienta que utilizó la Iglesia para dominar al pueblo. Era aprovechar la ignorancia de las gentes para inducirles un más allá que castigara la desobediencia a las leyes que dictaban los Ministros desde el Vaticano y su Curia hasta las parroquias pasando por las sedes episcopales.
En general tales conductas fueron copiadas por las dictaduras militares y las autocracias civiles. Por tal comparativo siempre señalo como el sanchismo tiene mucho que ver con el franquismo. En aquel se estimulaba y publicitaba el miedo al comunismo. En el sanchismo se desarrolla el pánico popular a la llegada de la derecha con sus tics imperativos caciquiles y enemigos de la igualdad de oportunidades para disfrutar los derechos sociales que además se transforman en mercancías.
A los pensionistas que en un país envejecido constituyen uno de los cohortes poblacionales más numeroso e influyente se les amenaza con pérdidas y dificultades para disfrutar del poder adquisitivo de sus prestaciones sociales.
Ahora y dadas las circunstancias ya no pueden desde el sanchismo presumir de honestidad frente a las tentaciones corruptas de las derechas ya que han mostrado conductas indeseables al respecto.
Si continúan arrogándose la defensa y ampliación de la política feminista como elemento fundamental del nuevo progresismo. O dicho de forma sintetizada. La derecha es machista y la izquierdas feminista.
Otro de los miedos a explotar es regresar del Estado de las Autonomías, por tanto al Estado descentralizado y gestor de las competencias para el auto gobierno, al Estado centralista Jacobino dónde podrán reintegrarse competencias descentralizadas al poder del Estado Nacional, mediante un discurso economicista que buscaría la eficiencia del gasto.
Pero lo que antecede es llevado hasta sus últimas consecuencias. Un Estado Confederal con desigualdades que interpretando la doctrina de Jordi Pujol, sin necesidad de modificar la Constitución pues bastaría con su reinterpretación, los derechos históricos serán el fundamento de un Estado plurinacional formado por las nacionalidades: Cataluña, Euskadi, Galicia y España.
Precisamente, en este último espacio es dónde se han producido los choques con el nacionalismo que señala el incumplimiento de los pactos firmados para gobernar el sanchismo a pesar de no haber ganado las elecciones, y con el ultimátum del PNV que adivinando el fin del sanchismo se apresura a exigirles las competencias pendientes y así ponerlas a salvo del cambio que adivinan producirá la próxima mayoría en Las Cortes.
Todo lo dicho no constituye una ideología al uso, es tan sólo la herramienta para seguir en el poder aún sin capacidad legislativa pero como refugio ante el peligro que cada día se hace más próximo de un final casi carcelario para el sanchismo y sus miembros más destacados.
Don Antonio Machado ve el egoísmo como una forma de ensimismamiento que impide vivir plenamente, proponiendo en cambio una vida de constante movimiento y creación personal, haciendo de la propia existencia un camino en construcción. El egoísta se queda atrapado en un "yo" interior, mientras que el caminante machadiano se proyecta hacia el exterior, creando su camino al andar, un proceso activo de construcción de la propia identidad.
Los dos grandes y frecuentes defectos del españolito son el egoísmo y la envidia. Desgraciadamente, la enseñanza desde la primera escuela no tiene como objetivos enfrentar tales actitudes que con el paso del tiempo son perversas aptitudes ciudadanas.
Los ideólogos del sanchismo hace tiempo que atienden con dádivas el egoísmo personal y colectivo. Aquel viejo y sabio refrán "ande yo caliente y ríase la gente". De ahí deriva ese gasto disfrazado como progresista y social, que consiste en subvencionar y pagar a quienes no trabajan fomentando la subcultura del Estado protector para la gandulería juvenil. A tales sujetos sólo se les exige no pensar y menos aún criticar. Viven el presente y no se plantean el futuro. Ellos son el centro de la creación con derechos a un Estado paternalista que les suministra lo necesario para una vida más o menos cómoda aunque vinculada clientelarmente a las cuentas públicas que ejercicio tras ejercicio incrementan sus gastos improductivos haciendo crecer sin horizontes la deuda pública que alguna vez tendremos que pagar y mientras tanto la pagamos perdiendo soberanía que gestionan nuestros prestamistas de la Europa de los mercaderes.
En este cohorte poblacional hay que incluir al nacionalismo. Sólo les importa su territorio, nación, aspirante a ser Estado, aunque si se lo piensan casi no les conviene esto último pues sería tanto como enfrentarse con esas cuentas públicas que deben equilibrar ingresos con gastos sin recibir la mamandurria de otra estamento superior ya sea España o la UE.
Al egoísmo se oponen frontalmente: solidaridad nacional, austeridad sobre los gastos que sólo pueden ser productivos y eficientes, responsabilidad compartida de Nación española en la que deben evitarse y tratarse los desequilibrios territoriales y las desigualdades en el ejercicio real de la ciudadanía.
La gestión del miedo fue durante siglos la herramienta que utilizó la Iglesia para dominar al pueblo. Era aprovechar la ignorancia de las gentes para inducirles un más allá que castigara la desobediencia a las leyes que dictaban los Ministros desde el Vaticano y su Curia hasta las parroquias pasando por las sedes episcopales.
En general tales conductas fueron copiadas por las dictaduras militares y las autocracias civiles. Por tal comparativo siempre señalo como el sanchismo tiene mucho que ver con el franquismo. En aquel se estimulaba y publicitaba el miedo al comunismo. En el sanchismo se desarrolla el pánico popular a la llegada de la derecha con sus tics imperativos caciquiles y enemigos de la igualdad de oportunidades para disfrutar los derechos sociales que además se transforman en mercancías.
A los pensionistas que en un país envejecido constituyen uno de los cohortes poblacionales más numeroso e influyente se les amenaza con pérdidas y dificultades para disfrutar del poder adquisitivo de sus prestaciones sociales.
Ahora y dadas las circunstancias ya no pueden desde el sanchismo presumir de honestidad frente a las tentaciones corruptas de las derechas ya que han mostrado conductas indeseables al respecto.
Si continúan arrogándose la defensa y ampliación de la política feminista como elemento fundamental del nuevo progresismo. O dicho de forma sintetizada. La derecha es machista y la izquierdas feminista.
Otro de los miedos a explotar es regresar del Estado de las Autonomías, por tanto al Estado descentralizado y gestor de las competencias para el auto gobierno, al Estado centralista Jacobino dónde podrán reintegrarse competencias descentralizadas al poder del Estado Nacional, mediante un discurso economicista que buscaría la eficiencia del gasto.
Pero lo que antecede es llevado hasta sus últimas consecuencias. Un Estado Confederal con desigualdades que interpretando la doctrina de Jordi Pujol, sin necesidad de modificar la Constitución pues bastaría con su reinterpretación, los derechos históricos serán el fundamento de un Estado plurinacional formado por las nacionalidades: Cataluña, Euskadi, Galicia y España.
Precisamente, en este último espacio es dónde se han producido los choques con el nacionalismo que señala el incumplimiento de los pactos firmados para gobernar el sanchismo a pesar de no haber ganado las elecciones, y con el ultimátum del PNV que adivinando el fin del sanchismo se apresura a exigirles las competencias pendientes y así ponerlas a salvo del cambio que adivinan producirá la próxima mayoría en Las Cortes.
Todo lo dicho no constituye una ideología al uso, es tan sólo la herramienta para seguir en el poder aún sin capacidad legislativa pero como refugio ante el peligro que cada día se hace más próximo de un final casi carcelario para el sanchismo y sus miembros más destacados.














