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Pedro Chacón
Viernes, 30 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

1936: La guerra que todos perdimos

Con motivo del evento titulado "Letras en Sevilla XI: 1936. La guerra que todos perdimos" organizado en la llamada capital hispalense, ha surgido una polémica protagonizada por un autor ahora de moda, llamado David Uclés, nacido en 1990, que se suele presentar con una boina de una talla más pequeña de la que le correspondería, como puesta encima de la cabeza pero sin calársela, porque tiene mucho pelo que se lo impide y también un rostro con espesa barba, dando la falsa apariencia de guerrillero del maquis o también de vendedor de melones y sandías en la cuneta de una carretera de La Mancha en los años sesenta y setenta del siglo pasado. Pero todo es engañoso en esa apariencia, que se vale de la fama que le ha dado un libro superventas de su autoría, titulado La península de las casas vacías, donde al parecer se vale del sentimentalismo, la emoción y el realismo mágico para decirnos que la Guerra Civil fue la perversa consecuencia del levantamiento armado de unos seres despreciables que decidieron acabar con un régimen idílico y ejemplar y meternos en el agujero negro de una dictadura de cuarenta años en la que unos ganaron y la mayoría perdimos. No en la que todos perdimos, como reza el título del debate que acaba de boicotear este señor con la excusa de que iba a coincidir en él con otros ponentes como José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros.

 

Estamos ante una manifestación típica de la izquierda que tenemos, que recurre a la emoción para ganarse el favor popular en unos tiempos en los que está perdiéndolo de una manera bestial, porque se les está viendo el apego que tienen al poder, que no quieren soltarlo ni por nada del mundo, dicen que para que no gobierne la derecha y la ultraderecha. Y así es como volvemos una y otra vez con el espantajo de la Guerra Civil, a cuyo final le faltan ya solo trece años para cumplir el siglo, convirtiéndolo una y otra vez en una injusticia todavía no subsanada. Para la izquierda española el único causante de la Guerra Civil fue el general Franco y su golpe de Estado que fue el que nos llevó a tres años de desastre y luego, tras su victoria, a cuarenta años de atroz dictadura, en la que solo hubo vencedores y perdedores, por lo que no es justo que se plantee un debate titulado “La guerra que todos perdimos”. Porque, según ellos, las derechas no perdieron.

 

Bueno, pues no he visto cosa más absurda en mi vida. Y mira que he visto ya unas cuantas. Ese análisis de la Guerra Civil que hace la historiografía de izquierdas se pretende que sea el único admisible, el único válido, la única interpretación posible de aquel episodio histórico que condicionó la historia contemporánea española hasta hoy.

 

Pero la cuestión es qué es lo que persigue la izquierda y este concepto de lo que se ha llamado memoria histórica y ahora memoria democrática con todo eso. Ya han quitado todos los nombres de las calles que recuerden a los vencedores de aquella guerra. Pero cuando acaben de borrar del todo toda aquella memoria, la verdad es que no sé muy bien qué es lo que querrán después. No sé si lo que pretenden es expulsar del gobierno para siempre a los partidos de derechas o excluir de la vida pública a cualquiera que vote a las derechas y a las ultraderechas como ellos dicen.

 

Yo creo más bien que la izquierda ahora mismo está con más miedo que vergüenza porque ve que Vox, la terrible ultraderecha, está recogiendo muchos adeptos y muchos futuros votantes entre la gente joven y eso no lo pueden soportar, no les cabe en la cabeza.

 

La izquierda está ahora explotando el miedo a la derecha y a la ultraderecha, convocando manifestaciones contra el fascismo y el autoritarismo y volviendo a la interpretación unidireccional de la Guerra Civil, excluyendo cualquier otra.

 

Como dominan la Universidad, pretenden hacernos creer que su visión de la Guerra Civil, al ser la mayoritaria en la Universidad que ellos dominan, debe ser también la única que acepte la opinión pública, porque cualquier otra alternativa a esa visión es propia de aficionados, de gentes no académicas, de pringados, de terraplanistas y antivacunistas que siguen sin aceptar que la Tierra es una esfera o que el hombre llegó a la Luna, gentes indocumentadas que deciden por su cuenta suponer qué es lo que pasó en la Guerra Civil, frente a la historia oficial, la de los académicos y los universitarios que es la que ellos defienden, porque son ellos los que controlan ese relato.

 

La Guerra Civil que ellos interpretan de manera dogmática y tratando de imponer ese relato para que sea el único posible, es la que convierte al régimen republicano en un paraíso de maestros y maestras que enseñan a los ignorantes y les convierten en hombres y mujeres libres. Una República laica, avanzada en las costumbres, igualitaria y democrática, frente a la que se sublevan unos militares africanistas, machirulos y heteropatriarcales que acaban con todos los logros de aquel paraíso de la laicidad y la armonía. Una República donde la revolución de Octubre de 1934 debió ser un hecho necesario ante el auge de la derecha y la ultraderecha y que se vio sofocada por el Ejército republicano enviado por el régimen sin saber que a su frente estaba quien luego encabezaría, un par de años después, la sublevación, un tal general Franco. Una República a la que dejaron abandonada tanto Francia como Gran Bretaña y nadie se quiere preguntar por qué y una República que compartía un entorno europeo de auge de los totalitarismos que favoreció el triunfo de la sublevación. Franco nunca habría ganado la guerra sin ese factor exterior. Pero a los de la memoria histórica y democrática eso les da igual, no cuenta, aquí el único culpable fue Franco y la derecha y la ultraderecha. El entorno europeo y mundial del momento no cuenta para nada. Y eso que el propio Azaña, uno de los puntales de aquella república, junto con Largo Caballero, Prieto y Negrín, ya decía en su libro La velada de Benicarló, que sin el factor exterior no es posible entender el desarrollo de la Guerra Civil y la derrota de la Segunda República. Lo mismo que tampoco es posible entender esa guerra civil sin el contexto preexistente en el interior de la propia República, con una polarización como nunca se había visto, con pistolerismo y con una inseguridad ante la que los sucesivos gobiernos republicanos se encontraban impotentes, incapaces de sofocarla. Unos gobiernos republicanos que en el minuto uno de la sublevación armaron a los sindicatos y perdieron el control efectivo de la calle.

 

Pero estos controladores del relato universitario nos exigen que solo consideremos una posibilidad para el surgimiento de la Guerra Civil haciendo abstracción de todo lo demás: un golpe de Estado que nos llevó derechitos a una dictadura de cuarenta años. Y en esa dictadura tampoco cuentan, por supuesto, los condicionantes de la Guerra Fría, que permitieron al régimen de Franco situarse al lado de los Estados Unidos y salir así del aislamiento exterior. Nada de eso cuenta para nuestros historiadores de referencia.

 

A estos de la memoria histórica todo eso les da igual. Para ellos lo único que cuenta es que Franco fue un ser despreciable, egoísta y sobre todo depravado en grado sumo, que lo que hizo fue llevarnos al desastre y a un panorama de vencedores y de perdedores. No es cierto que perdiéramos todos con la Guerra Civil, como decía el lema del congreso de Sevilla. Hubo quienes ganaron y se beneficiaron de aquello. Debió ser una pequeña élite de afectos al régimen que vivieron muy bien entonces, frente a una mayoría de la población que lo pasó muy mal en los años cuarenta sobre todo. Pero luego vino el desarrollismo y la tecnocracia, que fue una fase avanzada del régimen en la que nacimos todos los que tenemos ahora de cincuenta años para arriba y que no podemos decir que no sabemos de dónde venimos, a riesgo de ocultar nuestro propio origen. El franquismo está en la base de nuestras vidas, de las de todos, para bien y para mal. Un franquismo que, en el caso de todos los que estamos ahora vivos, más bien es ya un tardofranquismo, porque ya quedan muy pocos que hayan vivido las penurias de los años cuarenta y primeros cincuenta. Lo que vivimos los mayores de hoy fue el desarrollismo de los sesenta y primeros setenta, que nos llevó a un régimen de vida bastante equiparable con el resto de nuestro entorno. Y sobre todo sin la deuda pública galopante que padecemos ahora. Porque la izquierda es especialista en incrementar el déficit hasta cotas insospechadas y que luego pues que los que vengan por detrás arreen. Esa es su consigna democrática y progresista. Miseria para los que vengan por detrás, a cambio de estar ellos en el poder deslegitimando cualquier alternativa.

 

Así que lo que menos entiendo de todo ese afán de la izquierda por exigirnos un monorrelato de la Guerra Civil es a dónde nos quieren llevar con él. ¿A que no exista alternativa al gobierno de Pedro Sánchez y de sus apoyos parlamentarios? ¿A deslegitimar a medio país que vota derecha? ¿A obligar a que los jóvenes no voten a PP y sobre todo a Vox? Resulta demasiado zafio y demasiado simplista un planteamiento así, ¿no? Se les ve venir de lejos. Ya pueden vociferar en todos los medios que dominan que solo su interpretación de la Guerra Civil es la verdadera porque procede de los profesionales de la historia que ellos controlan en la Universidad. Ya pueden repetirlo de aquí a Lima. Que la gente está hasta las narices de interpretaciones obligatorias y de historias únicas. La gente quiere dudar, quiere conocer por sí misma. Quiere interpretar por sí misma. No necesita de nadie que le diga lo que tiene que pensar ni que creer ni que sentir. Esta izquierda está demasiado acostumbrada a convencer a gente adocenada que se cree sin rechistar lo que sus mandarines le dicen. Y todo lo que les pasa es que están comprobando que hay mucha gente, y sobre todo mucha gente joven además, que ya no les sigue en sus prédicas, cada vez más gente. Y eso es lo que no pueden soportar. Y se ponen nerviosos y dicen cosas que no tienen ni por dónde cogerse.

 

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