Yo también estuve en Bilbao (aunque no me gusta ir)
Yo no soy de manifestaciones. No porque no tenga motivos, sino porque siempre acaban igual: gritos, pancartas mal escritas y alguien explicándote lo que tú llevas sufriendo cuarenta años. Pero ayer hice una excepción. Cogí el autobús y bajé a Bilbao con el resto.
Éramos muchos. Demasiados para ser cuatro radicales, como dirán luego. Agricultores, ganaderos, gente con manos grandes y pocas ganas de discursos. No fuimos a pedir nada raro: solo que nos dejen trabajar sin pedir perdón por existir.
Bilbao nos miraba con esa mezcla de curiosidad y condescendencia que se tiene hacia lo rural, como si hubiéramos bajado de un documental en blanco y negro. Algunos sacaban fotos. Otros preguntaban si veníamos por algo “simbólico”. No. Veníamos por algo real: porque nos están ahogando.
Allí estábamos, mientras en Bruselas y en no sé cuántas capitales más otros como nosotros gritaban lo mismo. Debe de ser casualidad que todos estemos equivocados a la vez. O quizá no.
Yo escuchaba los lemas y pensaba que todo eso ya lo hemos dicho mil veces, solo que antes se decía en el caserío y ahora en la calle. Que no se puede competir con productos de fuera que no cumplen las normas que aquí nos exigen. Que no se puede vivir a base de inspecciones, tasas verdes, normativas cambiantes y culpabilidad permanente.
Nos llaman subvencionados. Ojalá supieran lo que cuesta cada euro que llega. Lo que no cuentan es lo que se va: en impuestos, en adaptaciones obligatorias, en tiempo perdido rellenando papeles. El campo ya no produce alimentos: produce expedientes.
Vi tractores que valen más que muchos pisos de la ciudad, comprados no por lujo sino porque te obligan a modernizarte para luego decirte que así tampoco sirve. Vi gente cansada, no enfadada. Y eso es lo preocupante.
Cuando acabó todo, cada uno volvió a lo suyo. Los políticos a prometer diálogo. Los medios a resumirlo en dos líneas. Y nosotros, al caserío, a seguir haciendo números que no cuadran.
Yo regresé pensando que, al menos por un día, se nos vio. Que no somos un problema abstracto, ni una estadística, ni un recuerdo del pasado. Somos gente que todavía produce lo que otros comen.
No sé si servirá de algo. Pero ayer estuve en Bilbao. Y cuando un ganadero deja el valle para bajar a la ciudad, es que algo va muy mal.
Yo no soy de manifestaciones. No porque no tenga motivos, sino porque siempre acaban igual: gritos, pancartas mal escritas y alguien explicándote lo que tú llevas sufriendo cuarenta años. Pero ayer hice una excepción. Cogí el autobús y bajé a Bilbao con el resto.
Éramos muchos. Demasiados para ser cuatro radicales, como dirán luego. Agricultores, ganaderos, gente con manos grandes y pocas ganas de discursos. No fuimos a pedir nada raro: solo que nos dejen trabajar sin pedir perdón por existir.
Bilbao nos miraba con esa mezcla de curiosidad y condescendencia que se tiene hacia lo rural, como si hubiéramos bajado de un documental en blanco y negro. Algunos sacaban fotos. Otros preguntaban si veníamos por algo “simbólico”. No. Veníamos por algo real: porque nos están ahogando.
Allí estábamos, mientras en Bruselas y en no sé cuántas capitales más otros como nosotros gritaban lo mismo. Debe de ser casualidad que todos estemos equivocados a la vez. O quizá no.
Yo escuchaba los lemas y pensaba que todo eso ya lo hemos dicho mil veces, solo que antes se decía en el caserío y ahora en la calle. Que no se puede competir con productos de fuera que no cumplen las normas que aquí nos exigen. Que no se puede vivir a base de inspecciones, tasas verdes, normativas cambiantes y culpabilidad permanente.
Nos llaman subvencionados. Ojalá supieran lo que cuesta cada euro que llega. Lo que no cuentan es lo que se va: en impuestos, en adaptaciones obligatorias, en tiempo perdido rellenando papeles. El campo ya no produce alimentos: produce expedientes.
Vi tractores que valen más que muchos pisos de la ciudad, comprados no por lujo sino porque te obligan a modernizarte para luego decirte que así tampoco sirve. Vi gente cansada, no enfadada. Y eso es lo preocupante.
Cuando acabó todo, cada uno volvió a lo suyo. Los políticos a prometer diálogo. Los medios a resumirlo en dos líneas. Y nosotros, al caserío, a seguir haciendo números que no cuadran.
Yo regresé pensando que, al menos por un día, se nos vio. Que no somos un problema abstracto, ni una estadística, ni un recuerdo del pasado. Somos gente que todavía produce lo que otros comen.
No sé si servirá de algo. Pero ayer estuve en Bilbao. Y cuando un ganadero deja el valle para bajar a la ciudad, es que algo va muy mal.














