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Sábado, 31 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:
Los ingenieros del destino

Cómo inversores de Silicon Valley preparan el próximo salto evolutivo de la humanidad

[Img #29729]I. La puerta prohibida

 

Todo comenzó, como tantas historias en Silicon Valley, en un edificio anodino donde nadie mira dos veces. Un WeWork de San Francisco, una puerta de cristal esmerilado, un puñado de empleados que entran y salen sin hacer ruido. Pero detrás de esa aparente normalidad, se estaba gestando una de las aventuras más temerarias del siglo XXI: el intento de traer al mundo el primer bebé genéticamente diseñado con pleno consentimiento, tecnología de vanguardia e ingente capital tecnológico detrás.

 

La empresa se llama Preventive, un nombre tan suave como su objetivo es vertiginoso.
Sus impulsores: algunos de los hombres más poderosos y ambiciosos de la economía digital. Sam Altman, cerebro y rostro de la nueva inteligencia artificial. Su esposo, Oliver Mulherin, ingeniero brillante y discreto. Y Brian Armstrong, fundador de Coinbase, cruzado del futuro y evangelista del mejoramiento humano.

 

En las primeras conversaciones, cuentan quienes estuvieron allí, el entusiasmo era palpable. Lo impensable estaba al alcance de la mano: corregir el destino antes de que existiera, editar el ADN de un embrión para arrancarle de raíz una enfermedad hereditaria. O, si el mercado lo pedía —y el mercado siempre pide más— para aumentar su resistencia, su inteligencia, su estatura, su longevidad.

 

Un niño programado.
Un ser humano preconfigurado.
Un salto evolutivo guiado por capital privado.

 

II. El silencio como estrategia

 

Durante seis meses, Preventive se movió en las sombras. Nada de anuncios de empleo. Nada de comunicados triunfalistas. Página web vacía. Acuerdos de confidencialidad. Discreción máxima.

 

Y, según algunas fuentes, una pareja con una enfermedad hereditaria interesada en participar en un experimento que en Estados Unidos está prohibido por ley. La compañía lo niega hoy con firmeza, pero el susurro quedó flotando, como siempre ocurre cuando el futuro se construye a puerta cerrada. Los directivos exploraron territorios donde la bioética occidental pesa menos: Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo. Allí donde el desierto ofrece espacio para construir ciudades, también se puede construir ciencia sin el peso de la ética o de la tradición.

 

Desde ese momento, la historia ya no era solo científica. Era geopolítica.

 

III. El fantasma de He Jiankui

 

En 2018, el científico chino He Jiankui anunció que había creado —sin supervisión, sin transparencia— las primeras niñas modificadas genéticamente para resistir el VIH. La noticia cayó sobre el mundo como un relámpago. Fue condenado, ridiculizado, expulsado del paraíso científico. Pero también dejó una pregunta terrible flotando en la atmósfera del siglo XXI: ¿Y si el problema no es lo que hizo, sino que lo hizo mal?

 

Las startups de hoy creen que pueden hacerlo mejor. Con más rigor. Con más tecnología. Con más dinero. El dinero, después de todo, hace que la frontera entre lo posible y lo aceptable se vuelva extraordinariamente elástica.

 

IV. Silicon Valley quiere rediseñar la evolución

 

Quizá no sorprenda que los protagonistas de esta historia sean los mismos que llevan años moldeando el mundo digital. Quien ha cambiado la forma en que pensamos, consumimos o trabajamos, ¿por qué no habría de cambiar también la forma en que nacemos?

 

Armstrong habla en privado de un futuro donde los bebés vienen al mundo con huesos más resistentes, menos riesgo cardiovascular, menor propensión a la depresión. En ocasiones —según testimonios recogidos por el The Wall Street Journal— insinuó incluso la posibilidad de crear un bebé en secreto y mostrarlo al mundo cuando ya existiera, cuando la evidencia fuese demasiado contundente como para abrir un debate previo. Lo desmintió después, pero la idea había quedado flotando. Las buenas distopías siempre empiezan así: como una broma, como una posibilidad.

 

Los nuevos oráculos del ADN

 

Y mientras Preventive se mueve en el umbral de la edición genética, una segunda ola de empresas ha inundado el sector con otra promesa aún más inmediata: la selección embrionaria poligénica.

 

Ya no se trata solo de descartar enfermedades raras. Ahora se venden probabilidades, predicciones, mapas estadísticos de futuros posibles:
—Riesgo de esquizofrenia.
—Probabilidad de ansiedad.
—Altura esperada.
—Rendimiento cognitivo proyectado.

 

Un menú de destinos.

 

Compañías como Orchid, Nucleus, Herasight o Genomic Prediction ofrecen a los padres gráficos coloridos donde cada embrión aparece como una biografía anticipada. Un pre-hijo. Un borrador humano aún sin nombre ni piel ni mirada.

 

Los críticos llaman a esto eugenesia corporativa, pero sus promotores prefieren la expresión “optimización genética”. Una semántica delicada que intenta cubrir, con lenguaje amable, un acto radical: elegir qué vida merece ser vivida antes de que la vida siquiera exista.

 

VI. Los salones privados del nuevo mundo

 

Mientras tanto, en un apartamento de Manhattan propiedad del economista Nouriel Roubini, unas sesenta personas se reunieron para asistir a una especie de cónclave elegante sobre el futuro del “diseño humano”. El ponente principal: Jonathan Anomaly, filósofo interno de Herasight.

 

Vestidos “sexy, hip, originales”, los asistentes escucharon una explicación inquietante: en unas pocas generaciones de selección embrionaria, podría surgir una brecha genética entre los optimizados y los no optimizados. Una división silenciosa, pero definitiva.

 

Anomaly quiso distinguir su visión del horror eugenésico del siglo XX. Pero la historia nos enseña que la línea entre intención y consecuencia es siempre fina, frágil y peligrosa. Y, sobre todo, nos demuestra otra cosa: en el mundo tecnocientífico, cuando algo se puede hacer, al final, y a pesar de todo, siempre se hace.

 

VII. La ciencia y el miedo

 

Los laboratorios avanzan. Dos equipos de élite, entre ellos el de Dieter Egli en Columbia, están cerca de anunciar avances que podrían redefinir lo que es seguro hacer con un embrión humano.

 

Pero la advertencia de los bioeticistas sigue siendo un faro rojo sobre el océano de la innovación. Hank Greely, de Stanford, lo resumió con crudeza: “No podemos hacerlo ahora. Es inseguro. El riesgo-beneficio es terrible”.

 

El problema no es solo corregir un gen.
Es cómo ese gen interactúa con miles de otros.
Es qué ocurre cuando se altera una sinfonía completa para corregir una nota.

 

Y, sobre todo, es la certeza de que los cambios serán heredados por todas las generaciones futuras.

 

No hay marcha atrás.

 

VIII. El futuro ya respira

 

Mientras los gobiernos observan con desconfianza y los padres corrientes apenas han oído hablar de estas técnicas, los inversores se posicionan para un mercado que podría valer miles de millones de euros.

 

La idea de un IVF 2.0, donde el proceso sea rutinario, predecible y optimizado, no es ciencia ficción para Silicon Valley: es estrategia empresarial.

 

Preventive sostiene que todo su trabajo será transparente, que no habrá bebés editados sin pruebas absolutas de seguridad. Pero también reconoce que deberá operar fuera de Estados Unidos, y que el impulso de la ciencia no puede esperar a que la política se ponga al día.

 

La tensión está servida: una tecnología capaz de cambiar la historia de la especie humana en manos de startups guiadas por inversores y algoritmos.

 

No es una novela.
No es un guion.
Está ocurriendo. Ya.

 

IX. Epílogo: el espejo que devuelve la mirada

 

Quizá este sea el dilema central: ¿estamos ante un avance destinado a acabar con el sufrimiento humano o ante el inicio de un proyecto de rediseño social con consecuencias incalculables?

 

La humanidad se asoma, una vez más, a un borde que creía mítico.
 

Un borde que lleva grabado un recordatorio antiguo: El poder de crear vida es también el poder de deformarla.

 

Los ingenieros del destino ya están trabajando. El primer bebé diseñado aún no ha nacido —que sepamos—, pero su sombra ya camina entre nosotros.

 

Será la ciencia quien decida si es posible.
Será la sociedad quien decida si es deseable.
Y será la historia quien juzgue a quienes abrieron esta puerta.


Fuente consultada:

The Wall Street Journal, “Genetically Engineered Babies Are Banned. Tech Titans Are Trying to Make One Anyway”

 

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