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Elena García
Domingo, 01 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

¿Se cambia la realidad cambiando el lenguaje?

¿Cómo ha sido posible el abrumador triunfo del progresismo y de la nueva antropología impulsada de manera coincidente por los llamados izquierdistas y los llamados liberales? Indudablemente, una batalla muy importante ha estado y sigue estando en el lenguaje, como acertadamente han señalado ciertos autores como A. Erriguel.

 

Todos hemos caído en sus trampas. Prensa de derechas, gente de derechas hablando de los “excluidos”, o de las “víctimas” –y naturalmente la mujer siempre víctima y siempre excluida– sin preguntarse ¿quién los ha excluido o por qué son víctimas? Se trata de hacer que la sociedad se sienta culpable manejando un lenguaje que lleva a un universo ficticio. Y sí, ciertamente podría hablarse de que muchas mujeres han sido víctimas, pero en la actualidad están siendo sobre todo víctimas de las que se dicen sus liberadoras. Y digo víctimas porque las han llevado a espejismos contrarios a sus deseos auténticos y a su naturaleza en nombre de paraísos soñados.

 

Y en un país donde hay igualdad de hombres y mujeres ante la ley, resulta que hay que empoderar o dotar a las mujeres de herramientas necesarias para conseguir su autonomía –y de paso hacer negocio con el empoderamiento para el que se crean ministerios, consejerías y numerosos puestos de trabajo en las administraciones del Estado– como si las mujeres no estuviesen obligadas a luchar como cualquiera ante las adversidades de la vida, como si fuesen débiles mentales o victimas perpetuas.

 

Las palabras con sus significados cambiados construyen un mundo que no se apoya en la realidad. Entre las más utilizadas actualmente tenemos, además de víctimas – sin matices–, respeto, tolerancia, dignidad, derechos, entre otras. Veamos cual era su significado antes de que se convirtiesen en instrumentos de la ideología. Y como el Estado totalitario las maneja para conceder favores –con el dinero de los otros– a según quién le interese.

 

Respeto: Una persona respetable era alguien honorable, integro, venerable, honesto. Hoy todos son respetables, aunque sus acciones sean egoístas o perjudiciales para los demás o la sociedad en su conjunto. Ahora serás un “intolerante” si no respetas a todos, hagan lo que hagan, aunque luego resulte que solo se pueda tolerar lo que es oficialmente “tolerable”.

   

Y ¿por qué hay que respetar a todas las personas?, porque todas tienen dignidad.

 

Dignidad: según la definición de la RAE una persona digna es aquella que merece consideración por sus actos y comportamientos. La que actúa con honradez, nobleza y decoro. No cualquiera, no todas. Pero desde Kant tenemos un nuevo significado: la dignidad es inherente a todo ser humano por el hecho de ser racional. Pura vaciedad, pero funciona.

 

Derechos, hasta el siglo XVIII se hablaba de obligaciones o deberes para con uno mismo y con los otros, derivados de la ley natural. Si cumplo con mis deberes, los otros ya están protegidos. Pero los derechos se asientan en la dignidad y con los supuestos derechos podemos reclamar casi cualquier cosa, sin tener en cuenta que la satisfacción de ese derecho siempre la paga otro; se habla de derechos, pero no de obligaciones. Basta que te conviertas en víctima para reclamar cualquier derecho. Así acabamos identificando los derechos con la falsa compasión.  Hay que solventar la situación desgraciada de cualquiera –aunque se la haya buscado el mismo– cuando en realidad habría que hablar de caridad –un acto generoso hacia el otro, aunque no sea merecido.

 

Otras palabras que enmascaran la realidad: salud reproductiva o interrupción del embarazo, en vez de su significado real, eliminación del aún no nacido.

 

Excluidos, la responsabilidad no existe, la situación de exclusión siempre se debe a los otros no a uno mismo por su conducta.

 

Y tantas y tantas otras.

 

Estamos en una época totalmente ideologizada. Para ello se impone a través de la propaganda un lenguaje que lleva en sí el control del pensamiento. Hasta ahora, los que se oponen a este tipo de control no han hecho nada por cambiar el lenguaje, por construir o simplemente usar su propio campo semántico, más bien están inmersos en él y son incapaces de abandonar su universo.      

 

¿Cuánto tiempo durará la “nueva realidad” o realidad impuesta? Hasta que la realidad auténtica, la que se asienta en la naturaleza de las cosas castigue a los inducidos a la transgresión; porque esa perversión de la naturaleza tiene un costo, no es gratis.

 

 

 

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