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Martes, 03 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

Adolfo del Cueto Aramburu dibuja el escenario macro de 2026: crecimiento moderado, inflación persistente y señales a vigilar

La economía global entra en 2026 con una palabra que se repite en los despachos de inversión y en las reuniones de dirección: normalización. No significa vuelta a la calma absoluta, sino una transición hacia ritmos más sostenibles tras años de shocks (pandemia, cuellos de botella, tensiones energéticas y ajustes monetarios agresivos).

 

Para Adolfo del Cueto Aramburu, cofundador y CEO de Bulltick Capital Markets, el desafío de este nuevo ciclo no será adivinar el próximo titular. Más bien será leer correctamente las señales que realmente mueven el crecimiento, la inflación y el coste del capital.

 

Normalización: el nuevo punto de partida para 2026

 

El escenario base que manejan numerosos equipos de análisis se apoya en una desaceleración gradual y controlada.

 

La economía mundial podría crecer en torno al 2,9% en 2026, ligeramente por debajo del 3,0% del 2025, consolidando el aterrizaje suave después del repunte excepcional posterior a la reapertura. En este marco, Asia seguirá aportando dinamismo —con China e India como motores—, mientras que las economías desarrolladas avanzarán con mayor cautela. Estas estarán afectadas por la digestión de tipos altos y por un consumo más selectivo.

 

Estados Unidos, referencia inevitable para los mercados, parte con una probabilidad de recesión que se sitúa alrededor del 30% para 2026. Es un nivel moderado: inferior al observado a mediados de 2025 y solo algo por encima del promedio histórico.

 

El crecimiento del PIB podría rondar el 2,3%, una cifra que, aunque no es explosiva, resulta compatible con una economía madura y con un mercado laboral todavía resiliente. En términos prácticos, esto sugiere un ciclo sin colapso, pero con menos margen para errores de política económica o sorpresas inflacionarias.

 

Inflación persistente: el factor que seguirá marcando el ritmo

 

La inflación será, de nuevo, el gran tema de conversación. El consenso apunta a que el objetivo del 2% de la Reserva Federal no se alcanzará plenamente en 2026.

 

El escenario más probable contempla una inflación en el entorno del 3,3% a mitad de año y un cierre aproximado cerca del 2,9%. Detrás de esa resistencia se mezclan factores estructurales (servicios, vivienda, costes laborales y reconfiguración de cadenas de suministro) con factores coyunturales que pueden acelerar o frenar la trayectoria mes a mes.

 

En política monetaria, el guion más repetido es la paciencia. Tras recortar tipos tres veces en 2025 (25 puntos básicos cada vez) hasta un 3,75%, la Reserva Federal podría mantener una pausa prolongada y retomar ajustes más adelante, cuando los datos confirmen una desinflación consistente. Esto dibuja un 2026 en el que el coste del dinero baja, pero no vuelve a niveles ultrabaratos. La implicación es clara: el crédito seguirá siendo un recurso que hay que planificar, negociar y optimizar.

 

Señales a vigilar: empleo, déficit y comportamiento del dólar

 

En este contexto, Adolfo del Cueto resume el momento con una idea sencilla: “la incertidumbre no se elimina, se gestiona”. Y esa gestión empieza por identificar señales tempranas.

 

La primera es la evolución del mercado laboral en Estados Unidos. Un desempleo cerca del 4,2% se considera pleno empleo; si el paro sube de forma rápida y sostenida, el ciclo podría deteriorarse. Si, por el contrario, se mantiene estable, el consumo seguirá siendo un amortiguador relevante.

 

La segunda señal es fiscal. El déficit estadounidense se mueve en niveles elevados (en torno al 6% del PIB) y la deuda pública supera el 100% del PIB. Aunque la economía puede convivir con ello durante un tiempo, el mercado suele pedir una prima cuando percibe que el gasto se vuelve estructural y no transitorio. En un escenario de tipos aún relativamente altos, el coste de financiar déficits grandes puede condicionar decisiones de política económica y afectar a los mercados de bonos.

 

La tercera señal se ve en el dólar. Para 2026 se espera una depreciación moderada y más acotada que la de 2025 (cuando la caída rondó el 10%), moviéndose en rangos relativamente estrechos. Un dólar menos fuerte tiende a aliviar condiciones financieras fuera de EE. UU., pero también reordena flujos hacia materias primas y hacia activos de riesgo.

 

Precisamente, las materias primas ofrecen otra lectura. Se espera presión bajista en petróleo por sobreoferta, con caídas moderadas de precios. En cambio, el oro podría mantener tendencia alcista, aunque a un ritmo más sostenible que el salto extraordinario del año anterior. En términos de cartera, este tipo de divergencias suele reflejar un mercado que busca equilibrio: menos miedo extremo, pero todavía necesidad de coberturas.

 

Riesgos combinados y disciplina: lo que puede definir el año

 

Con todo, el riesgo principal de 2026 no es un único evento, sino la combinación de varios factores medianos: inflación que se resiste a bajar, geopolítica que introduce picos de volatilidad y un crecimiento que no es lo bastante alto como para absorber shocks sin consecuencias. El mensaje es de prudencia activa: fortalecer balances, priorizar eficiencia y diversificar la exposición comercial y financiera.

 

¿La conclusión? 2026 se perfila como un año de lectura fina del ciclo. No premiará los movimientos impulsivos, sino la disciplina, la planificación de escenarios y la capacidad de reaccionar con rapidez cuando cambien los datos. En palabras de Adolfo del Cueto Aramburu, el objetivo no es acertar cada giro del mercado, sino construir decisiones robustas que funcionen “con buen tiempo y con tormenta”.

 

Para responsables financieros, directivos y ahorradores, el mejor mapa para navegar este año es uno que combine tres capas: indicadores macro (inflación, empleo y crecimiento), política monetaria (ritmo de bajadas y comunicación) y confianza (en empresas, consumidores y mercados). Ese triángulo, más que cualquier titular, marcará el paso del nuevo ciclo.

 

De la macro a la micro: decisiones prácticas para un año exigente

 

En términos prácticos, conviene recordar que la macroeconomía se traduce siempre en decisiones micro: cómo financiamos una compra, cuánto margen dejamos para imprevistos o qué porcentaje de ingresos destinamos a ahorro.

 

Cuando el crecimiento es moderado y la inflación tarda en volver a objetivos, la consistencia suele superar a las apuestas. Revisar el plan con calma, mantener la liquidez y evitar decisiones impulsivas es, a menudo, la diferencia entre navegar el año con control o hacerlo reaccionando al ruido.

 

Lectura en clave española

 

Un 2026 de crecimiento global moderado implica dos cosas: por un lado, menos viento de cola para las exportaciones y, por otro, una ventana de oportunidad para ganar cuota con empresas más eficientes y cadenas de suministro mejor gestionadas.

 

En este entorno, los sectores más sensibles al coste de financiación —industria, distribución y construcción— tenderán a discriminar más entre proyectos ‘buenos’ y proyectos ‘bonitos’, elevando la exigencia de análisis y control de riesgos.

 

Señales tempranas que conviene vigilar

  • La velocidad a la que cae (o se estanca) la inflación subyacente en EE. UU.
  • La pauta real de recortes de la Reserva Federal frente a lo que descuentan los mercados.
  • Cualquier repunte inesperado del desempleo o enfriamiento del consumo.
  • Tensiones en energía y logística que vuelvan a trasladarse a precios.
  • El comportamiento del dólar, que condiciona materias primas y costes importados.

 

En la práctica, lo más útil para empresas y familias no es “adivinar” 2026, sino preparar decisiones reversibles: mantener liquidez razonable, evitar sobreapalancamiento y construir planes que funcionen bajo varios escenarios.

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