El clima tampoco ayuda
Lleva semanas lloviendo. No lloviendo normal, no. Lloviendo como si alguien hubiera dejado el grifo abierto y se hubiera ido a comer. Humedad por arriba, por abajo y por dentro. Las botas no se secan, las paredes sudan y el sol es ya una leyenda rural que te contaban los mayores.
Yo no digo que el clima no cambie. Cambia. Siempre ha cambiado. Lo que no entiendo es por qué nunca cambia a favor. Siempre peor. Siempre más extremo. Siempre más incómodo. Y siempre, curiosamente, culpa mía.
Porque ahora resulta que el tiempo también es ideológico. Que si sequía, que si diluvio, que si calor, que si frío fuera de temporada. Todo es culpa del ganadero, del agricultor, del tractor y, probablemente, de la vaca, que respira sin pedir permiso.
Uno escucha a los expertos hablar de “gestionar el clima” y se pregunta si no podrían gestionarlo un poco mejor aquí. No pido playa en febrero, ojo. Me conformo con ver el sol dos días seguidos sin que venga acompañado de un aviso naranja, amarillo o moral.
Pero parece que el control climático funciona por zonas. En los discursos, perfecto. En los PowerPoint, impecable. En Bruselas, clima templado todo el año. Aquí, en cambio, agua hasta las rodillas y barro hasta el alma.
Eso sí: cuando llueve demasiado, es cambio climático. Cuando no llueve, también. Cuando hace frío, cambio climático. Cuando hace calor, lo mismo. La conclusión siempre es la misma: hay que apretar más al campo. Subir otra tasa. Poner otra norma. Pedir otro sacrificio.
Yo miro al cielo y no veo ideología. Veo nubes. Muchas. Persistentes. Militantes. Y me pregunto si no podrían regular eso también. Un reglamento europeo del sol. Una directiva sobre días despejados. Un cupo mínimo de luz para no acabar todos con cara de musgo.
Pero no. El clima no se negocia con quien madruga. Se negocia en despachos, con aire acondicionado, café caliente y ventanas cerradas. Luego te dicen que te adaptes. Adaptarse, otra vez. Siempre adaptarse uno, nunca el sistema.
Estoy cansado. Mojado. Y enfadado, sí. Porque además de trabajar, cumplir normas y competir con medio mundo, ahora también tengo que disculparme por el tiempo que hace.
Así que pregunto, sin ironía ya: ¿No pueden cambiar el clima un poco mejor? ¿O solo lo hacen para algunos?
Porque aquí abajo, en el caserío, lo único que cambia es que cada día cuesta más seguir.
Y eso no lo arregla ni el sol, cuando aparece.
Lleva semanas lloviendo. No lloviendo normal, no. Lloviendo como si alguien hubiera dejado el grifo abierto y se hubiera ido a comer. Humedad por arriba, por abajo y por dentro. Las botas no se secan, las paredes sudan y el sol es ya una leyenda rural que te contaban los mayores.
Yo no digo que el clima no cambie. Cambia. Siempre ha cambiado. Lo que no entiendo es por qué nunca cambia a favor. Siempre peor. Siempre más extremo. Siempre más incómodo. Y siempre, curiosamente, culpa mía.
Porque ahora resulta que el tiempo también es ideológico. Que si sequía, que si diluvio, que si calor, que si frío fuera de temporada. Todo es culpa del ganadero, del agricultor, del tractor y, probablemente, de la vaca, que respira sin pedir permiso.
Uno escucha a los expertos hablar de “gestionar el clima” y se pregunta si no podrían gestionarlo un poco mejor aquí. No pido playa en febrero, ojo. Me conformo con ver el sol dos días seguidos sin que venga acompañado de un aviso naranja, amarillo o moral.
Pero parece que el control climático funciona por zonas. En los discursos, perfecto. En los PowerPoint, impecable. En Bruselas, clima templado todo el año. Aquí, en cambio, agua hasta las rodillas y barro hasta el alma.
Eso sí: cuando llueve demasiado, es cambio climático. Cuando no llueve, también. Cuando hace frío, cambio climático. Cuando hace calor, lo mismo. La conclusión siempre es la misma: hay que apretar más al campo. Subir otra tasa. Poner otra norma. Pedir otro sacrificio.
Yo miro al cielo y no veo ideología. Veo nubes. Muchas. Persistentes. Militantes. Y me pregunto si no podrían regular eso también. Un reglamento europeo del sol. Una directiva sobre días despejados. Un cupo mínimo de luz para no acabar todos con cara de musgo.
Pero no. El clima no se negocia con quien madruga. Se negocia en despachos, con aire acondicionado, café caliente y ventanas cerradas. Luego te dicen que te adaptes. Adaptarse, otra vez. Siempre adaptarse uno, nunca el sistema.
Estoy cansado. Mojado. Y enfadado, sí. Porque además de trabajar, cumplir normas y competir con medio mundo, ahora también tengo que disculparme por el tiempo que hace.
Así que pregunto, sin ironía ya: ¿No pueden cambiar el clima un poco mejor? ¿O solo lo hacen para algunos?
Porque aquí abajo, en el caserío, lo único que cambia es que cada día cuesta más seguir.
Y eso no lo arregla ni el sol, cuando aparece.














