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Sábado, 07 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:
Reseña del libro de Armando Besga Marroquín

La Reconquista y sus negacionistas

En tiempos de hipersensibilidad semántica y de sospecha sistemática hacia los grandes relatos históricos, el debate sobre la Reconquista se ha convertido en algo más que una discusión académica: es hoy un campo de batalla cultural. La Reconquista: La restauración de España (publicada por Letras Inquietas en dos tomos) de Armando Besga Marroquín se sitúa de manera explícita en ese terreno, pero lo hace desde una posición que incomoda tanto a los negacionistas militantes como a quienes preferirían que el pasado quedara reducido a un repertorio de etiquetas ideológicas. Su objetivo no es provocar, sino restaurar el sentido histórico de un concepto cuya eliminación del vocabulario historiográfico —sostiene— no responde a razones científicas, sino políticas.

 

La obra no pretende “salvar” la Reconquista como mito fundacional ni blindarla frente a la crítica. Muy al contrario: lo que Besga propone es someter a examen las críticas contemporáneas que buscan deslegitimarla como categoría histórica, mostrando que la mayoría de esos ataques descansan sobre falacias, simplificaciones o presupuestos ideológicos previos. El resultado es un libro denso, exigente y polémico, que rehúye conscientemente la equidistancia.

 

[Img #29781]Uno de los méritos principales del ensayo es su claridad metodológica. Besga no discute sensaciones ni lecturas morales del pasado, sino hechos, conceptos y tradiciones historiográficas. Desde el inicio deja claro que la cuestión no es si la Reconquista fue “buena” o “mala”, sino si existió como fenómeno histórico inteligible. Y para responder a esa pregunta recurre a tres planos inseparables: las fuentes medievales, la tradición historiográfica y la lógica conceptual.

 

Frente a la tesis, hoy muy difundida, de que la Reconquista sería una invención tardía del nacionalismo español —o, en su versión más agresiva, del “nacionalcatolicismo”—, Besga reconstruye con minuciosidad el origen del concepto, mostrando que ni nace en el franquismo, ni en el Romanticismo, ni siquiera en la historiografía española. El término se consolida en la Ilustración europea, pero la idea que designa es muy anterior, perceptible ya en el reino de Asturias inmediatamente después de la conquista islámica del 711. No como nostalgia, sino como proyecto político y religioso.

 

Uno de los núcleos más sólidos del libro es la refutación del argumento ideológico. Convertir la Reconquista en un producto del nacionalcatolicismo —sostiene Besga— no solo es históricamente falso, sino conceptualmente fraudulento. Se trata de una argumentación circular: se descalifica a quienes usan el término por su supuesta ideología, y se prueba la falsedad del término por el hecho de que lo empleen esos autores. El resultado es una petición de principio que evita el debate historiográfico real.

 

Especialmente incisiva es la crítica a quienes confunden deliberadamente patriotismo con nacionalismo, proyectando categorías políticas contemporáneas sobre sociedades medievales para las que tales distinciones carecen de sentido. Besga recuerda que el sentimiento de pertenencia a una patria es muy anterior al nacionalismo moderno y que, en la Edad Media, España existía como realidad histórica, jurídica y cultural, aunque no como Estado-nación contemporáneo. Negarlo implica, más que un ejercicio de rigor, una reinterpretación forzada del pasado.

 

[Img #29780]Otro aspecto central del libro es la discusión sobre la violencia histórica. Frente a la idealización de la conquista islámica como proceso pacífico o meramente pactado, Besga ofrece una extensa batería de fuentes cristianas y musulmanas que documentan la brutalidad real de la invasión, los saqueos, las matanzas y las deportaciones. No se trata de negar las capitulaciones, sino de contextualizarlas: pactos impuestos tras derrotas militares, en un marco de violencia estructural. La Reconquista, por su parte, no fue menos violenta, pero tampoco excepcional en el contexto de la historia universal.

 

Desde esta perspectiva, la insistencia en calificar la Reconquista como “agresión feudal” aparece como un reduccionismo explicativo. El feudalismo explica, en parte, el éxito del proceso, pero no su dirección ni su persistencia. La expansión fue siempre hacia el sur, incluso cuando otras opciones de crecimiento estaban disponibles. Para comprender esa orientación constante es imprescindible introducir factores que hoy resultan incómodos: el cristianismo y la idea de España.

 

Uno de los pasajes más sugerentes del libro es aquel en el que Besga sostiene que sin el concepto de Reconquista la historia peninsular entre los siglos VIII y XV se vuelve ininteligible. No se trata de una etiqueta retórica, sino de una categoría explicativa que da unidad a un proceso largo, discontinuo y complejo, pero coherente en sus fines. El hecho de que ese proceso fuera reinterpretado, mitificado o instrumentalizado no invalida su existencia histórica.

 

El autor también subraya una dimensión a menudo olvidada: la Reconquista como fenómeno europeo y occidental. España no fue simplemente europea por geografía, sino por elección histórica. La persistencia de los núcleos cristianos del norte permitió que la Península se reintegrara en Occidente, algo que no ocurrió en ningún otro territorio conquistado por el Islam. Esa singularidad —incómoda para ciertos discursos contemporáneos— explica buena parte de la trayectoria posterior de España.

 

Desde un punto de vista estilístico, el libro no es neutral ni pretende serlo. El tono es combativo, a veces irónico, y en ocasiones abiertamente sarcástico. Esto puede incomodar a lectores que esperen una prosa académica desapasionada. Sin embargo, esa elección es coherente con el propósito del autor: responder a una historiografía que, en su opinión, ha sustituido el análisis por la descalificación moral.

 

En definitiva, estamos ante una obra que no busca consenso, sino claridad. Puede discutirse alguna de sus interpretaciones, su tono o incluso algunas de sus conclusiones, pero resulta difícil negar la solidez de su aparato argumental y la honestidad intelectual de su planteamiento. En un contexto en el que la Historia corre el riesgo de convertirse en una rama de la militancia política, el libro de Armando Besga Marroquín reivindica algo tan simple —y tan subversivo— como el derecho a llamar a las cosas por su nombre. Y eso, hoy, no es poco.

 

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