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Sábado, 07 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:
Polémico número de la principal revista de la Nueva Derecha

Cuando Éléments persevera en su deriva neocon

La portada del último número de Éléments da que pensar (por ejemplo, que el deseo de ser financiados por Bolloré debe de rondar las pobres molleras de su comité de redacción, en grave penuria económica y ante una quiebra inminente). Desde hace una decena de años, la revista ha optado por la pendiente embarrada de una derechización de lo más mediocre. ¡Lejos queda la “metapolítica”! Quienes, como yo, se abonaron a una revista de alto nivel desde comienzos de los años noventa tienen hoy grandes dificultades para reconocer a ese “generador de ideas europeas” que fue en su día el GRECE. Basta, sin duda, para atraer a lectores que han sufrido, como todo el mundo, el desastre del derrumbe escolar y cultural, con promover a charlatanes de plató televisivo como Bock-Côté y Onfray, cuya producción teórica no supera el nivel del periodismo militante (o de la compilación más pulsional de un saber de manuales).

 

Bock-Côté, por ejemplo, opone dos Occidentes: uno “progresista” y otro atlantista, trumpista, supuestamente apegado a los valores tradicionales, como la familia, la moral sexual, etc. La “contrarrevolución” trumpiana sería un populismo de tendencia libertaria (lo que no parece resultarle reprobable a Bock-Côté), nacionalista, desinhibido, encarnando una vitalidad cultural y económica que el otro Occidente, la Vieja Europa, contradice, y a la que compara con un sistema soviético, estatista, portador de todos los dogmas liberticidas (y totalitarios) del progresismo wokista. Esta reacción trumpiana virulenta sería un sobresalto salvador contra la globalización que aplana las diferencias identitarias.

 

[Img #29785]En el fondo, retoma, en el nivel de un ultraliberalismo musculado, las tesis de Fukuyama. Porque, para él, como para el autor de El fin de la Historia, hay dos bandos: el del socialismo (peso del Estado, asfixia del individuo y de la economía, encuadramiento de la sociedad) y un liberalismo que “libera” voluntades y energías transformando el mundo en un nuevo Edén consumista. La única diferencia es el acento puesto en las diferencias nacionales (aunque el imperialismo estadounidense aplasta a las naciones que intentan escapar de él).

 

Naturalmente, un redactor de la revista metapolítica Éléments de 1990 jamás habría distinguido el “progresismo”, propio de la modernidad individualista, consumista y hedonista, del neoliberalismo igualmente individualista, desinhibido y economicista. De hecho, estas dos tendencias tuvieron ocasión de conjugarse en los años setenta. Un personaje dudoso como Jerry Rubin, por ejemplo, o en Francia un Cohn-Bendit, muestran que se puede exhibir una especie de júbilo libertario, antimilitarista, entregado al Do It sesentayochista, y desembocar en el mundo gélido de las finanzas y de los medios capitalistas más calculadores, en el Do It neoburgués más repugnante y desdeñoso hacia los pequeños, a los que se aplasta gustosamente, pues así es el orden del mundo (o de Dios).

 

Si uno se toma la molestia de pensar qué ha sido el liberalismo desde su nacimiento al salir de la Edad Media, y su desarrollo en el pensamiento europeo desde el Renacimiento, se dará cuenta de que sus tendencias de “izquierda” y de “derecha” armonizan perfectamente en una elaboración común: la de un nuevo hombre desprendido de las raíces y de las diferenciaciones esenciales que caracterizaban al hombre tradicional, y consagrado al utilitarismo. Y la retórica derechista actual, que ve en el trumpismo un retorno a los “valores” ancestrales, yerra gravemente. Si Trump se vincula, en efecto, a un hilo civilizatorio, es al de la América puritana y protestante, surgida de un rechazo violento de la Europa enraizada, y que ve en el comercio —es decir, en la transformación del mundo en objeto monetizable— su principio rector. Para ella, el hombre es un productor frenético que destruye la naturaleza, un consumidor egoísta, el ciudadano “elegido” de un Nuevo Mundo mesiánico, que no busca respetar la alteridad de las otras civilizaciones, sino más bien reducirlas a mercados que saquear o aniquilar.

 

Por lo demás, de manera extraña, la figura de Proudhon acude en auxilio para apuntalar el proyecto libertario. Onfray siempre ha tenido una inclinación por un teórico que, dicho sea de paso, habría podido incomodar al sionista fanático que es. Por mi parte, entre Proudhon y Marx, elijo al segundo. No por sus manías utopistas y proféticas, de las que tomo distancia —pues, en el fondo, pertenecen a la Vieja Europa desde la Antigüedad (pensemos en el mito de la Edad de Oro)—, sino porque Marx pensó la irrupción de la gran industria militarizada (a diferencia de Proudhon, que no tenía más que reflejos de pequeño artesano), y porque Marx, como buen hegeliano, sabía concebir de manera muy amplia lo que era la gran Historia, teniendo en cuenta las relaciones reales de fuerzas (que no se resuelven en la oposición entre “pequeños” y “grandes”, ni en la reducción de la alienación a un simple “robo” —«La propiedad es un robo»—). Marx analizaba en términos de relaciones sociales complejas, y el capitalismo, para él, que era una fase de acumulación de las fuerzas productivas, no era una cuestión moral, sino una necesidad histórica (en eso era hegeliano). Lo que me gusta de Marx es que escapa a la postura moralizante (aunque tenga frases afiladas contra los estragos del capitalismo y del dinero; pero el Manifiesto es una herramienta de propaganda).

 

Es evidente que Proudhon, para un libertario, es una figura de gran interés, puesto que está contra el Estado, contra el impuesto, contra la apropiación de las colectividades invasivas sobre el individuo. “Do it” es un eslogan proudhoniano.

 

El trumpista es, por tanto, todo lo que hay de más “progresista” (en el sentido de la evolución de la Historia, del capitalismo) en el proceso catastrófico engendrado por una visión prometeica y fáustica de la humanidad.

 

Y se ve claramente que la invocación del “Nicolas que paga”, que ocupa un lugar en la portada del último número de Éléments, junto al pequeño guiño a favor del otro Nicolas y de Marine, contra la dictadura de los jueces, va en ese sentido. Resulta evidente, en los medios de derecha, muy apegados a la… propiedad, al dinero, al “goteo” financiero, que toda “contribución” al equilibrio social, como la ayuda a los más desfavorecidos, se percibe como una expoliación intolerable. “¡El impuesto es un robo!”. Evidentemente, en este marco, un Napoleón es considerado un socialista, incluso un comunista absolutamente censurable, a diferencia de un Trump, que jamás ha abierto un libro en su vida, pero que solo reacciona en función de la potencia del dólar y de la libertad del individuo para ir a consumir a Miami (o en la Riviera gazatí).

 

Las ideologías nunca deben ser consideradas en sí mismas. Adoptan el color, el sabor, el timbre y la encarnadura de la época en que se invocan. El nacionalismo de 1792 no es el de 1933. El liberalismo de las Luces no es el de Trump, aunque en el fondo tengan raíces comunes. Pero el efecto histórico no es el mismo. Si puede concebirse que la tarea crítica llevada a cabo por las Luces del siglo XVIII fue, en cierto sentido, positiva (aunque, como dice Gracq, las Luces iluminaron, pero no adivinaron lo que más tarde el romanticismo descubriría de más profundo), la “liberación del hombre”, en el Occidente atlantista, se manifiesta como una de las más feroces apropiaciones del hombre, de la naturaleza y del mundo, y como uno de los peores peligros a los que la humanidad se ha enfrentado, sin tener la certeza de que vaya a sobrevivir a ello.

 

Cortesía de Euro-Synergies

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