Por qué Vox ha duplicado su representación en Aragón y lo que el PP debe aprender
![[Img #29795]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/02_2026/7455_screenshot-2026-02-09-at-09-01-42-vox-aragon-elecciones-buscar-con-google.png)
La duplicación de la representación de Vox en las elecciones autonómicas de Aragón forma parte de un patrón político más amplio que se observa tanto en España como en varias democracias europeas. Comprender este fenómeno exige ir más allá de simplificaciones idiotas como las que se centran en el insulto fácil de “el ascenso de la ultraderecha” y analizar factores estructurales y coyunturales que están reconfigurando el mapa partidista en la UE.
El desgaste de los partidos tradicionales
El principal espacio político en Europa —socialdemocracia y centro-derecha— ha perdido fuerza desde la crisis financiera de 2008 y, posteriormente, tras la gestión de la pandemia. En Aragón, como en otros territorios españoles, tanto PP como PSOE han mostrado dificultades para articular respuestas eficaces ante problemas persistentes: despoblación rural, precariedad laboral juvenil, infraestructuras deficientes o servicios públicos desiguales entre zonas urbanas y rurales.
Este fenómeno no es exclusivo de España. En Francia, por ejemplo, los grandes partidos tradicionales —la derecha tradicional y socialistas— han sido desbordados tanto por fuerzas de derecha como por conjuntos soberanistas de izquierda. En Italia, la fragmentación del electorado ha debilitado los partidos históricos y ha creado espacio para formaciones alternativas. En el Reino Unido, el Brexit supuso un terremoto electoral para los conservadores clásicos y los laboristas, abriendo paso a nuevas coaliciones soberanistas.
El fenómeno soberanista europeo como síntoma correlativo
Dentro de este contexto general, ha habido un incremento sostenido de apoyos a partidos que podrían clasificarse como soberanistas o postsoberanistas. Estos movimientos —que, en distintos grados, reivindican un mayor control nacional, reservas frente a la integración supranacional, críticas al inmigracionismo impuesto y una reinterpretación de la soberanía política— han ganado terreno en países tan diversos como:
- Italia, con la Lega y el Movimiento 5 Stelle en distintos momentos del ciclo electoral.
- Francia, con formaciones como Agrupación Nacional o Reconquista (Eric Zemmour), que han oscilado entre la defensa de la soberanía nacional frente a Bruselas y la crítica al statu quo político tradicional.
- Países Bajos, Alemania y Dinamarca, con partidos que cuestionan políticas migratorias y redistributivas establecidas.
- Suecia, Alemania y Noruega, donde partidos escépticos respecto a la integración europea han consolidado mayorías parlamentarias significativas.
Este ascenso de lo que pueden llamarse partidos soberanistas —en algunos casos con perfiles ideológicos diversos, desde la izquierda soberanista hasta la derecha nacionalista— señala una crisis de representación de las fuerzas políticas clásicas, lo que Santiago Abasal define como “bipartidismo”.
El ciudadano europeo promedio percibe que la agenda política socialdócrata dominante en Bruselas, liderada en comandita por socialistas y populares, y en las capitales nacionales responde más a intereses sectoriales y tecnocráticos que a preocupaciones cotidianas de las poblaciones periféricas o de las clases medias.
Conexiones indirectas con la expansión de Vox
Vox, en España, no es un partido soberanista en el sentido clásico europeo (no propone institucionalizar nuevas soberanías territoriales), pero sí comparte con muchos de estos movimientos una crítica explícita a la globalización sin freno, a decisiones percibidas como lejanas y a élites políticas que ignoran demandas sociales básicas. En este sentido, su crecimiento no se explica tanto por un rechazo básico a la inmigración alentada por el dúo PP-PSOE o a la diversidad cultural, sino por un repliegue identitario ligado a reivindicaciones de soberanía política, económica y moral de los ciudadanos frente a estructuras de decisión consideradas distantes.
Ese mismo impulso político puede observarse en la expansión de partidos soberanistas europeos, que apelan a narrativas de restitución del control democrático frente a instituciones supranacionales (como la Unión Europea o la ONU) o políticas percibidas como imposiciones externas. Si bien las causas profundas varían según el contexto —la cuestión migratoria pesa más en unos países, la soberanía monetaria en otros, la defensa del estado de bienestar tradicional en otros más—, hay un hilo conductor: una demanda creciente de que la política responda a las prioridades percibidas como propias de los ciudadanos, no de élites transnacionales absolutamente aisladas de la realidad.
El crecimiento de Vox en Aragón también se explica por la fragmentación del espectro electoral. El hundimiento del PSOE extremista y radical de Pedro Sánchez y la dispersión del voto izquierdista hacia formaciones menores ha beneficiado a opciones que, como Vox, pueden consolidar una base más homogénea y movilizada. Algo similar se observa en países europeos donde partidos menores, a menudo con plataformas soberanistas, aumentan su representación cuando fuerzas tradicionales pierden apoyo.
La política regional en Aragón está marcada por desafíos estructurales similares a lo que ocurre en otras regiones europeas con movimientos soberanistas: el desequilibrio urbano-rural, la preocupación por la viabilidad económica del campo, la sensación de abandono por parte de la administración central y la percepción de que las políticas públicas no han atendido suficientemente las prioridades locales. Esto crea un terreno fértil para opciones que plantean un rediseño de prioridades políticas, ya sea desde posiciones claramente soberanistas o, como en el caso de Vox, bajo una narrativa de defensa de “la soberanía del ciudadano frente a las élites”.
La duplicación de escaños de Vox en Aragón no es un fenómeno aislado ni reducible a consignas simplistas. Esta realidad, que es la que no acaba de entender el PP y por eso está llegando a su techo electoral, se inscribe en un proceso más amplio de reconfiguración de las estructuras de representación política, donde partidos tradicionales pierden terreno, el electorado se fragmenta y surgen formaciones que canalizan demandas latentes de mayor soberanía política, económica y cultural.
El paralelo con el constante aumento de apoyos a partidos soberanistas en Europa pone de manifiesto que el núcleo del fenómeno no es tanto una “oleada ideológica” de manual como una respuesta compleja del electorado a percepciones de desconexión entre las élites y las prioridades ciudadanas. Comprender este fenómeno requiere, por tanto, analizar variables políticas, sociológicas y económicas concretas de cada contexto, y no limitarse a explicaciones unidimensionales fáciles y casi siempre erradas.
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La duplicación de la representación de Vox en las elecciones autonómicas de Aragón forma parte de un patrón político más amplio que se observa tanto en España como en varias democracias europeas. Comprender este fenómeno exige ir más allá de simplificaciones idiotas como las que se centran en el insulto fácil de “el ascenso de la ultraderecha” y analizar factores estructurales y coyunturales que están reconfigurando el mapa partidista en la UE.
El desgaste de los partidos tradicionales
El principal espacio político en Europa —socialdemocracia y centro-derecha— ha perdido fuerza desde la crisis financiera de 2008 y, posteriormente, tras la gestión de la pandemia. En Aragón, como en otros territorios españoles, tanto PP como PSOE han mostrado dificultades para articular respuestas eficaces ante problemas persistentes: despoblación rural, precariedad laboral juvenil, infraestructuras deficientes o servicios públicos desiguales entre zonas urbanas y rurales.
Este fenómeno no es exclusivo de España. En Francia, por ejemplo, los grandes partidos tradicionales —la derecha tradicional y socialistas— han sido desbordados tanto por fuerzas de derecha como por conjuntos soberanistas de izquierda. En Italia, la fragmentación del electorado ha debilitado los partidos históricos y ha creado espacio para formaciones alternativas. En el Reino Unido, el Brexit supuso un terremoto electoral para los conservadores clásicos y los laboristas, abriendo paso a nuevas coaliciones soberanistas.
El fenómeno soberanista europeo como síntoma correlativo
Dentro de este contexto general, ha habido un incremento sostenido de apoyos a partidos que podrían clasificarse como soberanistas o postsoberanistas. Estos movimientos —que, en distintos grados, reivindican un mayor control nacional, reservas frente a la integración supranacional, críticas al inmigracionismo impuesto y una reinterpretación de la soberanía política— han ganado terreno en países tan diversos como:
- Italia, con la Lega y el Movimiento 5 Stelle en distintos momentos del ciclo electoral.
- Francia, con formaciones como Agrupación Nacional o Reconquista (Eric Zemmour), que han oscilado entre la defensa de la soberanía nacional frente a Bruselas y la crítica al statu quo político tradicional.
- Países Bajos, Alemania y Dinamarca, con partidos que cuestionan políticas migratorias y redistributivas establecidas.
- Suecia, Alemania y Noruega, donde partidos escépticos respecto a la integración europea han consolidado mayorías parlamentarias significativas.
Este ascenso de lo que pueden llamarse partidos soberanistas —en algunos casos con perfiles ideológicos diversos, desde la izquierda soberanista hasta la derecha nacionalista— señala una crisis de representación de las fuerzas políticas clásicas, lo que Santiago Abasal define como “bipartidismo”.
El ciudadano europeo promedio percibe que la agenda política socialdócrata dominante en Bruselas, liderada en comandita por socialistas y populares, y en las capitales nacionales responde más a intereses sectoriales y tecnocráticos que a preocupaciones cotidianas de las poblaciones periféricas o de las clases medias.
Conexiones indirectas con la expansión de Vox
Vox, en España, no es un partido soberanista en el sentido clásico europeo (no propone institucionalizar nuevas soberanías territoriales), pero sí comparte con muchos de estos movimientos una crítica explícita a la globalización sin freno, a decisiones percibidas como lejanas y a élites políticas que ignoran demandas sociales básicas. En este sentido, su crecimiento no se explica tanto por un rechazo básico a la inmigración alentada por el dúo PP-PSOE o a la diversidad cultural, sino por un repliegue identitario ligado a reivindicaciones de soberanía política, económica y moral de los ciudadanos frente a estructuras de decisión consideradas distantes.
Ese mismo impulso político puede observarse en la expansión de partidos soberanistas europeos, que apelan a narrativas de restitución del control democrático frente a instituciones supranacionales (como la Unión Europea o la ONU) o políticas percibidas como imposiciones externas. Si bien las causas profundas varían según el contexto —la cuestión migratoria pesa más en unos países, la soberanía monetaria en otros, la defensa del estado de bienestar tradicional en otros más—, hay un hilo conductor: una demanda creciente de que la política responda a las prioridades percibidas como propias de los ciudadanos, no de élites transnacionales absolutamente aisladas de la realidad.
El crecimiento de Vox en Aragón también se explica por la fragmentación del espectro electoral. El hundimiento del PSOE extremista y radical de Pedro Sánchez y la dispersión del voto izquierdista hacia formaciones menores ha beneficiado a opciones que, como Vox, pueden consolidar una base más homogénea y movilizada. Algo similar se observa en países europeos donde partidos menores, a menudo con plataformas soberanistas, aumentan su representación cuando fuerzas tradicionales pierden apoyo.
La política regional en Aragón está marcada por desafíos estructurales similares a lo que ocurre en otras regiones europeas con movimientos soberanistas: el desequilibrio urbano-rural, la preocupación por la viabilidad económica del campo, la sensación de abandono por parte de la administración central y la percepción de que las políticas públicas no han atendido suficientemente las prioridades locales. Esto crea un terreno fértil para opciones que plantean un rediseño de prioridades políticas, ya sea desde posiciones claramente soberanistas o, como en el caso de Vox, bajo una narrativa de defensa de “la soberanía del ciudadano frente a las élites”.
La duplicación de escaños de Vox en Aragón no es un fenómeno aislado ni reducible a consignas simplistas. Esta realidad, que es la que no acaba de entender el PP y por eso está llegando a su techo electoral, se inscribe en un proceso más amplio de reconfiguración de las estructuras de representación política, donde partidos tradicionales pierden terreno, el electorado se fragmenta y surgen formaciones que canalizan demandas latentes de mayor soberanía política, económica y cultural.
El paralelo con el constante aumento de apoyos a partidos soberanistas en Europa pone de manifiesto que el núcleo del fenómeno no es tanto una “oleada ideológica” de manual como una respuesta compleja del electorado a percepciones de desconexión entre las élites y las prioridades ciudadanas. Comprender este fenómeno requiere, por tanto, analizar variables políticas, sociológicas y económicas concretas de cada contexto, y no limitarse a explicaciones unidimensionales fáciles y casi siempre erradas.




















