Emigración y natalidad
Estamos asistiendo estos días a una polémica encendida entre diversos partidos políticos y sus periodistas voceros –los ciudadanos no tenemos nada que opinar– por el anuncio del gobierno sobre la regularización de 500.000 emigrantes. El asunto es complejo y requiere de muchos matices. De un lado tenemos los que están radicalmente en contra, y de otro el conglomerado de partidos que apoyan al gobierno y el futuro decreto, acusados de un posible cálculo electoral. Unos y otros radicalizados, pero también con una parte de razón.
El problema está en quiénes vienen y cómo vienen, por una parte, y por la otra, cómo nos afecta social, cultural, económica y políticamente.
En primer lugar, tenemos la emigración hispanoamericana que es la más numerosa (48%), en segundo lugar, la europea, con rumanos a la cabeza (18%), en tercer lugar, la africana, marroquíes, argelinos y subsaharianos (en torno al 19%), y finalmente la china, que no parece plantear problema alguno y supone alrededor del 3%. La primera y la segunda adaptada a, o compartiendo, nuestros post-valores en una mayoría importante, desvalorización de la familia, libertad sexual, aborto, aceptación y promoción del mundo lgtb, etc. Todos ellos dirigidos a la extinción poblacional entre otras cosas. La tercera, manteniendo sus valores, familia, natalidad, etc., y sin intenciones de integración. Y aquí viene lo gracioso, los que aquí defiende esta última inmigración son los que defienden y promueven los valores de la otra. Pero ya sabemos que en “Occidente” el principio de contradicción se ha abolido, ¿porque son débiles mentales o porque son manejadas/manejados con algún fin que se nos oculta?
Lo cierto es que en el mundo “desarrollado” contamos con una población cada vez más envejecida, los índices de natalidad no hacen más que descender. En China están animando ahora a tener hijos después de la política del hijo único. Y en otros países del entorno como Corea del Sur, Japón o Taiwán las tasas de fecundidad están por debajo del 1%. En España estamos en el 1,1, una de las más bajas de Europa. Como causas se aducen, el alto costo de la crianza o el acceso a la vivienda. Pero también un cambio de mentalidad, retraso de la maternidad, primacía del ocio personal, falta de compromiso del hombre y la extensión de la mentalidad abortista impulsada por el feminismo radical (100.000 niños abortados al año, es decir 1.000.000 de ex-futuros ciudadanos eliminados en los últimos 10 años). Por el contrario, en 1960 la tasa de fertilidad en España era de 2,8% y en 1975 era de 2,77%, con oscilaciones mínimas en este periodo (Datos Macro, Expansión). Apenas había variación. Una sociedad con una tasa perfecta de reposición, aun sin anticonceptivos ni aborto.
Así pues, tenemos que en el mundo “desarrollado” desde el punto de vista moral no hay, para una mayoría importante, ningún tipo de escrúpulo a la hora de eliminar al hijo por nacer, y desde el punto de vista social tampoco hay ninguna obligación con la reposición poblacional. Las obligaciones no están de moda, solo los derechos.
De esta forma nos encontramos entre los que animan, e incluso fuerzan al aborto, o animan a políticas antinatalistas y los que dicen defender la vida o proponen ayudas a la natalidad, pero con escaso ánimo o con mínimos resultados ¿qué nos queda si queremos cubrir puestos de trabajo y atender a los ancianos con soluciones distintas a la eutanasia? Téngase en cuenta que una parte importante de trabajos en albañilería, agricultura, hostelería y cuidado de ancianos en casa o en residencias, principalmente, son desempeñados por emigrantes, estos últimos fundamentalmente por mujeres hispanoamericanas o rumanas, porque mujeres musulmanas hay pocas trabajando, estas parece que se quedan en casa y se dedican más a tener hijos y criarlos.
¿Cuál es la solución?
Estamos asistiendo estos días a una polémica encendida entre diversos partidos políticos y sus periodistas voceros –los ciudadanos no tenemos nada que opinar– por el anuncio del gobierno sobre la regularización de 500.000 emigrantes. El asunto es complejo y requiere de muchos matices. De un lado tenemos los que están radicalmente en contra, y de otro el conglomerado de partidos que apoyan al gobierno y el futuro decreto, acusados de un posible cálculo electoral. Unos y otros radicalizados, pero también con una parte de razón.
El problema está en quiénes vienen y cómo vienen, por una parte, y por la otra, cómo nos afecta social, cultural, económica y políticamente.
En primer lugar, tenemos la emigración hispanoamericana que es la más numerosa (48%), en segundo lugar, la europea, con rumanos a la cabeza (18%), en tercer lugar, la africana, marroquíes, argelinos y subsaharianos (en torno al 19%), y finalmente la china, que no parece plantear problema alguno y supone alrededor del 3%. La primera y la segunda adaptada a, o compartiendo, nuestros post-valores en una mayoría importante, desvalorización de la familia, libertad sexual, aborto, aceptación y promoción del mundo lgtb, etc. Todos ellos dirigidos a la extinción poblacional entre otras cosas. La tercera, manteniendo sus valores, familia, natalidad, etc., y sin intenciones de integración. Y aquí viene lo gracioso, los que aquí defiende esta última inmigración son los que defienden y promueven los valores de la otra. Pero ya sabemos que en “Occidente” el principio de contradicción se ha abolido, ¿porque son débiles mentales o porque son manejadas/manejados con algún fin que se nos oculta?
Lo cierto es que en el mundo “desarrollado” contamos con una población cada vez más envejecida, los índices de natalidad no hacen más que descender. En China están animando ahora a tener hijos después de la política del hijo único. Y en otros países del entorno como Corea del Sur, Japón o Taiwán las tasas de fecundidad están por debajo del 1%. En España estamos en el 1,1, una de las más bajas de Europa. Como causas se aducen, el alto costo de la crianza o el acceso a la vivienda. Pero también un cambio de mentalidad, retraso de la maternidad, primacía del ocio personal, falta de compromiso del hombre y la extensión de la mentalidad abortista impulsada por el feminismo radical (100.000 niños abortados al año, es decir 1.000.000 de ex-futuros ciudadanos eliminados en los últimos 10 años). Por el contrario, en 1960 la tasa de fertilidad en España era de 2,8% y en 1975 era de 2,77%, con oscilaciones mínimas en este periodo (Datos Macro, Expansión). Apenas había variación. Una sociedad con una tasa perfecta de reposición, aun sin anticonceptivos ni aborto.
Así pues, tenemos que en el mundo “desarrollado” desde el punto de vista moral no hay, para una mayoría importante, ningún tipo de escrúpulo a la hora de eliminar al hijo por nacer, y desde el punto de vista social tampoco hay ninguna obligación con la reposición poblacional. Las obligaciones no están de moda, solo los derechos.
De esta forma nos encontramos entre los que animan, e incluso fuerzan al aborto, o animan a políticas antinatalistas y los que dicen defender la vida o proponen ayudas a la natalidad, pero con escaso ánimo o con mínimos resultados ¿qué nos queda si queremos cubrir puestos de trabajo y atender a los ancianos con soluciones distintas a la eutanasia? Téngase en cuenta que una parte importante de trabajos en albañilería, agricultura, hostelería y cuidado de ancianos en casa o en residencias, principalmente, son desempeñados por emigrantes, estos últimos fundamentalmente por mujeres hispanoamericanas o rumanas, porque mujeres musulmanas hay pocas trabajando, estas parece que se quedan en casa y se dedican más a tener hijos y criarlos.
¿Cuál es la solución?











