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Viernes, 13 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:
En la Luna

Elon Musk tiene un (nuevo) plan (en la Luna)

[Img #29836]La confesión llegó durante el Super Bowl. No en los vestuarios ni en las entrevistas protocolarias, sino a través de esa ventana digital donde Elon Musk acostumbra a reescribir la historia con 280 caracteres: X, la red social que él mismo convirtió en su púlpito personal. Durante la celebración del evento deportivo más visto de Estados Unidos, el fundador de SpaceX anunció un giro estratégico que redefine la agenda de la carrera espacial privada: la compañía priorizará la construcción de una ciudad autosuficiente en la Luna antes que la colonización de Marte.

 

Para quien llevaba décadas vendiendo el Planeta Rojo como el destino manifiesto de la humanidad, el anuncio sonaba a herejía. Marte, ese horizonte oxidado que Musk había convertido en obsesión corporativa, quedaba relegado a un segundo plano. El ambicioso plan de colonizar Marte, que hasta ahora había sido el eje central de la narrativa de la empresa, se desplaza al menos temporalmente . La nueva meta: establecer una ciudad autosuficiente en la Luna, un proyecto que el tecnoempresario proyecta alcanzar en un plazo inferior a diez años.

 

El mensaje era claro, desprovisto de la grandilocuencia habitual: "Para aquellos que no lo sepan, SpaceX ya ha cambiado su enfoque hacia la construcción de una ciudad autocreciente en la Luna, ya que potencialmente podemos lograrlo en menos de 10 años, mientras que Marte llevaría más de 20 años".

 

La aritmética del pragmatismo

 

Detrás de este viraje monumental se esconde una lógica implacable, casi industrial en su frialdad. Solo es posible viajar a Marte cuando los planetas se alinean cada 26 meses (seis meses de viaje), mientras que podemos lanzar a la Luna cada 10 días (dos días de viaje). La ecuación es brutal: mientras la ventana marciana se abre apenas catorce veces en una década, la lunar permite más de trescientas misiones en el mismo período.

 

Para una empresa cuyo ADN está impregnado de iteración acelerada, esa diferencia no es un matiz estadístico: es la frontera entre el éxito y la irrelevancia. La cercanía lunar —tres días de viaje— ofrece un laboratorio más seguro frente a contingencias que podrían cortar suministros a una colonia marciana, distante meses. En el espacio, la distancia se mide en toneladas de combustible, en ventanas de rescate, en la delgada línea entre la supervivencia y el desastre.

 

El tecnoligarca sudafricano no ha ocultado las razones del cambio. Starship, el coloso de acero inoxidable que debía convertirnos en especie multiplanetaria, ha resultado más terco de lo previsto. Las pruebas a gran escala han registrado varias explosiones y el calendario de vuelos de prueba no se ha cumplido. Los cronogramas originales situaban las misiones tripuladas a Marte para finales de 2026. Ahora, el traslado de tripulación y recursos a Marte se posterga a más de veinte años.

 

El oro gris de la desolación

 

Pero la Luna no es solo un destino más accesible. Es, potencialmente, una mina de oro. Literalmente.

 

La nueva estrategia de SpaceX se alinea con los intereses de diversas agencias internacionales que ven en la Luna un recurso estratégico incalculable. El objetivo trasciende lo científico: Musk detalló que la construcción de esta ciudad no será solo con fines científicos, sino comerciales, fomentando la minería de helio-3 y el turismo espacial de larga duración.

 

El helio-3, ese isótopo exótico que apenas existe en la Tierra pero que el viento solar ha depositado generosamente en el regolito lunar durante 4.250 millones de años, se perfila como el combustible del futuro. Este isótopo es extremadamente raro en la Tierra y, sin embargo, muy codiciado por industrias como la computación cuántica, la fusión nuclear o la seguridad nacional. Su valor estimado alcanza los 19 millones de dólares por kilogramo.

 

Ya hay empresas apostando fuerte. Interlune, con sede en Seattle, se centra en este objetivo. Su plan es extraer helio-3 y venderlo a gobiernos y empresas tecnológicas. La compañía ha cerrado contratos que suenan a ciencia ficción: entre 2028 y 2037, Bluefors comprará hasta 10.000 litros anuales de helio-3 a Interlune. Con un precio estimado de 2.500 dólares por litro, este contrato representa la mayor compra de recursos lunares de la historia.

 

El concepto mismo de "ciudad que crece por sí misma" suena a fantasía, pero implica tecnologías concretas: soporte vital de circuito cerrado, producción local de alimentos, minería in situ y hábitats protegidos contra radiación. La infraestructura necesaria para extraer, procesar y exportar helio-3 requiere una presencia permanente, no misiones esporádicas. Y ahí radica la apuesta de Musk: convertir la Luna en el primer asentamiento industrial extraterrestre de la humanidad.

 

La guerra fría 2.0: lucha por el cielo

 

Mientras Musk reescribía sus planes, otro multimillonario hacía lo propio. Jeff Bezos, el fundador de Amazon y eterno rival espacial de Musk, también giraba el timón de su empresa Blue Origin hacia la Luna. Blue Origin anunció la suspensión temporal de sus vuelos de turismo espacial a bordo del cohete suborbital New Shepard. El nuevo enfoque: acelerar el desarrollo de tecnologías y capacidades para misiones tripuladas a la Luna .

 

La decisión, comunicada apenas días antes del anuncio de Musk, desmantelaba el programa turístico que había llevado a 98 personas al borde del espacio, incluidos el propio Bezos, el actor William Shatner y la cantante Katy Perry. Quienes tenían reservas para próximos vuelos deberán esperar, ya que Blue Origin no ha precisado cuándo se reanudarán las operaciones turísticas.

 

El mensaje era inequívoco: los paseos estelares para millonarios podían esperar. La Luna, no.

 

Blue Origin tiene un as bajo la manga: el módulo lunar Mark 1 (MK1), que mide más de 26 pies de altura (8 metros) y está programado para volar a la Luna a principios de 2026. Una vez allí, el vehículo no tripulado aterrizará cerca del cráter Shackleton en el polo sur de la Luna. La compañía también desarrolla el Mark 2, un módulo más grande diseñado para la misión Artemis 5 en 2029, capaz de transportar hasta cuatro astronautas a la superficie lunar y devolverlos a la órbita lunar.

 

La competencia entre Bezos y Musk ha alcanzado dimensiones geopolíticas. El secretario de Transporte Sean Duffy advirtió que la  NASA no está dispuesta a depender de un solo proveedor . Y dejó caer una amenaza apenas velada: "Si SpaceX se queda atrás, pero Blue Origin puede hacerlo antes, ¡enhorabuena por Blue Origin! Pero no vamos a esperar a una sola empresa. Vamos a impulsar esto y ganar la segunda carrera espacial contra China".

 

China. Ese es el verdadero fantasma en la habitación. Beijing enmarca este objetivo como un "espacio económico Tierra-Luna", articulando la Estación Internacional de Investigación Lunar con socios como Rusia y otros países. Mientras Washington mira hacia la Luna con nostalgia del programa Apolo, Pekín la ve como un activo estratégico del siglo XXI. China está actualmente programada para llevar a sus Taikonautas a la superficie lunar por primera vez en 2030.

 

La pregunta ya no es si habrá presencia humana permanente en la Luna. La pregunta es: quién definirá sus reglas y su arquitectura industrial.

 

Cuando la inteligencia artificial abandona el planeta

 

Pero el giro lunar de Musk esconde otra dimensión, quizá más radical aún: la colonización del espacio por la inteligencia artificial.

 

La visión de Elon Musk sobre la expansión de la inteligencia artificial fuera del planeta Tierra ganó notoriedad con el anuncio de que, en menos de tres años, prevé instalar grandes centros de datos en la órbita terrestre. El proyecto suena a delirio transhumanista, pero la lógica es cristalina: este avance permitiría sortear las actuales limitaciones energéticas de la Tierra y abriría una etapa que transformaría por completo el desarrollo, entrenamiento y operación de los sistemas de IA de última generación.

 

Durante una conversación en el podcast Cheeky Pint, el empresario detalló que su objetivo consiste en instalar aceleradores gráficos en el espacio, lo que él definió como "poner en órbita un teravatio de GPU" . Un teravatio. Para contextualizar: eso equivale a la capacidad energética de una docena de centrales nucleares dedicadas exclusivamente a hacer pensar a las máquinas.

 

La ventaja es obvia: los paneles solares espaciales pueden fabricarse de manera más económica, al no precisar soportes masivos ni sistemas de almacenamiento como baterías especiales o vidrio reforzado, exigidos por el ambiente terrestre . En órbita, sin atmósfera que filtre la radiación solar, un panel puede ser hasta cinco veces más eficiente que su equivalente terrestre.

 

Musk incluso minimizó los desafíos técnicos: "No creo que el mantenimiento sea un problema", aseguró, confiando en que una vez superada la fase inicial de depuración de los chips, los dispositivos ofrecen un nivel de confiabilidad alto.

 

La conexión con la estrategia lunar es directa. Este giro lunar no se entiende sin mirar el contexto empresarial más amplio. SpaceX acaba de protagonizar una gigantesca operación corporativa con la adquisición de xAI, elevando la valoración conjunta del conglomerado hasta unos 1,25 billones de dólares. La visión: llevar la inteligencia artificial fuera de la Tierra para sortear las limitaciones energéticas del planeta.

 

Para financiar esta odisea tecnológica, SpaceX estaría preparando una salida a bolsa de unos 50.000 millones de dólares . El capital necesario para crear ciudades en otros mundos —y dotarlas de cerebros electrónicos— no cabe en cheques, ni siquiera los que firma el hombre más rico del mundo.

 

El precio de la ambición

 

Voces académicas han comenzado a poner paños fríos a la euforia. Una "ciudad" requeriría decenas de miles de habitantes y cadenas productivas completas. Más plausible para 2035 sería un puesto avanzado semipermanente, parcialmente reutilizable. Traducción: lo que Musk llama "ciudad autocreciente" podría, en el mejor de los casos, asemejarse más a una estación científica permanente con capacidad minera.

 

Y luego está el debate filosófico, el que incomoda a los tecnooptimistas. António Guterres, secretario general de la ONU, lo expresó con contundencia durante la Conferencia de Biodiversidad COP15: "No hay planeta B", aludiendo a que invertir en el planeta Tierra y frenar la pérdida de biodiversidad es la única vía para el futuro de la humanidad.

 

La crítica es vieja pero vigente: mientras miles de millones de dólares se destinan a fabricar cohetes y soñar con helio-3, en la Tierra hay hambrunas, pandemias climáticas y colapsos ecosistémicos que requieren financiación urgente. ¿Es ético destinar recursos planetarios a colonizar la Luna mientras el planeta de origen se desangra?

 

Musk, naturalmente, respondería con su argumento existencial favorito: diversificar la conciencia humana es la única póliza de seguro contra la extinción. Si un asteroide, una pandemia o una guerra nuclear arrasan la Tierra, una colonia lunar podría preservar el legado de nuestra especie.

 

El reloj corre

 

El proyecto lunar contempla, como próximo hito, un alunizaje no tripulado previsto para marzo de 2027, que servirá para validar tecnologías clave antes de misiones más complejas . Mientras tanto, SpaceX mantiene que la construcción de una ciudad marciana podría comenzar en un plazo de cinco a siete años, aunque esto se considera secundario en comparación con la meta lunar.

 

Marte no ha muerto. Ha sido pospuesto. Como si el universo mismo operara bajo cronogramas empresariales.

 

Lo que sí es indiscutible es que en una década decisiva, la Luna podría pasar de símbolo a infraestructura crítica. De ser el escenario romántico de poemas y canciones a convertirse en la primera plataforma logística interplanetaria, el primer campo petrolífero extraterrestre, el primer servidor del pensamiento artificial en órbita.

 

Elon Musk acaba de apostar el futuro de SpaceX —y quizá el de nuestra especie— en 384.400 kilómetros de vacío. La Luna, ese faro pálido que guió a nuestros ancestros en la oscuridad, está a punto de convertirse en el próximo campo de batalla de la civilización industrial.

 

Y esta vez, el terreno en disputa no será solo territorio. Será el propio concepto de qué significa ser humano cuando la humanidad ya no cabe en un solo planeta.

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