Investigación de Pavlo Kandyba
Un estudio plantea que el misterioso Planeta Nueve podría cruzar la órbita terrestre cada 3.600 años y estar detrás de grandes crisis climáticas históricas
Un nuevo trabajo teórico publicdo en la red Zenodo propone una hipótesis tan polémica como fascinante: un planeta masivo aún no descubierto, conocido como Planeta Nueve, podría seguir una órbita extremadamente alargada que lo llevaría periódicamente hasta la región interior del Sistema Solar, desencadenando episodios de inestabilidad cósmica con posibles efectos climáticos y geológicos sobre la Tierra.
El estudio, firmado por el investigador independiente Pavlo Kandyba, sostiene que este cuerpo —de entre tres y cuatro veces la masa de la Tierra— se movería en una órbita retrógrada altamente excéntrica, con un período aproximado de 3.600 años. En su punto más cercano al Sol, el planeta podría aproximarse hasta una unidad astronómica, es decir, la distancia media entre la Tierra y el Sol, lo que implicaría cruzar la región de los planetas interiores.
Según la hipótesis, estos acercamientos no provocarían necesariamente colisiones directas, pero sí perturbarían cinturones de objetos helados como el de Kuiper, enviando enjambres de cometas y fragmentos hacia el interior del Sistema Solar. Ese incremento de impactos y polvo espacial podría haber coincidido con episodios climáticos abruptos y eventos históricos interpretados como cataclismos.
El autor vincula este posible ciclo con acontecimientos como el enfriamiento brusco del Younger Dryas hace unos 12.900 años, la llamada Oscilación de Piora en el cuarto milenio antes de nuestra era o anomalías climáticas registradas durante el periodo romano. También explora correlaciones con crónicas antiguas y mitos de inundaciones o “estrellas destructoras”, sugiriendo que antiguas observaciones de cometas extraordinarios podrían estar relacionadas con perturbaciones generadas por este planeta hipotético.
Uno de los puntos más llamativos del trabajo es la reinterpretación del espectacular cometa observado en el año 60 d.C., documentado por astrónomos chinos y autores romanos como Séneca. Mediante reconstrucciones computacionales modernas, el estudio sugiere que dicho fenómeno podría corresponder no solo a un cometa, sino a un cuerpo de gran tamaño cuya órbita sería compatible con el modelo propuesto para el Planeta Nueve.
Sin embargo, la hipótesis presenta importantes desafíos. El modelo parte de correlaciones entre datos astronómicos, eventos climáticos y registros culturales, pero no aporta observaciones directas del objeto. Además, la comunidad científica mantiene que muchas de las variaciones climáticas del pasado pueden explicarse mediante procesos internos del sistema climático terrestre sin necesidad de recurrir a un perturbador externo.
Aun así, el estudio propone parámetros concretos que permitirían buscar este objeto en regiones específicas del cielo y plantea que su posible captura desde el espacio interestelar podría explicar por qué su órbita sería inestable y difícil de detectar con los métodos actuales.
De confirmarse, el hallazgo supondría un cambio radical en la comprensión de la dinámica del Sistema Solar y de la relación entre fenómenos cósmicos y la historia climática de la Tierra. Por ahora, la propuesta abre un debate que combina astronomía, climatología e historia antigua, y que seguramente generará controversia en los próximos años.
Un nuevo trabajo teórico publicdo en la red Zenodo propone una hipótesis tan polémica como fascinante: un planeta masivo aún no descubierto, conocido como Planeta Nueve, podría seguir una órbita extremadamente alargada que lo llevaría periódicamente hasta la región interior del Sistema Solar, desencadenando episodios de inestabilidad cósmica con posibles efectos climáticos y geológicos sobre la Tierra.
El estudio, firmado por el investigador independiente Pavlo Kandyba, sostiene que este cuerpo —de entre tres y cuatro veces la masa de la Tierra— se movería en una órbita retrógrada altamente excéntrica, con un período aproximado de 3.600 años. En su punto más cercano al Sol, el planeta podría aproximarse hasta una unidad astronómica, es decir, la distancia media entre la Tierra y el Sol, lo que implicaría cruzar la región de los planetas interiores.
Según la hipótesis, estos acercamientos no provocarían necesariamente colisiones directas, pero sí perturbarían cinturones de objetos helados como el de Kuiper, enviando enjambres de cometas y fragmentos hacia el interior del Sistema Solar. Ese incremento de impactos y polvo espacial podría haber coincidido con episodios climáticos abruptos y eventos históricos interpretados como cataclismos.
El autor vincula este posible ciclo con acontecimientos como el enfriamiento brusco del Younger Dryas hace unos 12.900 años, la llamada Oscilación de Piora en el cuarto milenio antes de nuestra era o anomalías climáticas registradas durante el periodo romano. También explora correlaciones con crónicas antiguas y mitos de inundaciones o “estrellas destructoras”, sugiriendo que antiguas observaciones de cometas extraordinarios podrían estar relacionadas con perturbaciones generadas por este planeta hipotético.
Uno de los puntos más llamativos del trabajo es la reinterpretación del espectacular cometa observado en el año 60 d.C., documentado por astrónomos chinos y autores romanos como Séneca. Mediante reconstrucciones computacionales modernas, el estudio sugiere que dicho fenómeno podría corresponder no solo a un cometa, sino a un cuerpo de gran tamaño cuya órbita sería compatible con el modelo propuesto para el Planeta Nueve.
Sin embargo, la hipótesis presenta importantes desafíos. El modelo parte de correlaciones entre datos astronómicos, eventos climáticos y registros culturales, pero no aporta observaciones directas del objeto. Además, la comunidad científica mantiene que muchas de las variaciones climáticas del pasado pueden explicarse mediante procesos internos del sistema climático terrestre sin necesidad de recurrir a un perturbador externo.
Aun así, el estudio propone parámetros concretos que permitirían buscar este objeto en regiones específicas del cielo y plantea que su posible captura desde el espacio interestelar podría explicar por qué su órbita sería inestable y difícil de detectar con los métodos actuales.
De confirmarse, el hallazgo supondría un cambio radical en la comprensión de la dinámica del Sistema Solar y de la relación entre fenómenos cósmicos y la historia climática de la Tierra. Por ahora, la propuesta abre un debate que combina astronomía, climatología e historia antigua, y que seguramente generará controversia en los próximos años.






