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Pedro Chacón
Viernes, 20 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

Andoni Ortuzar y Bad Bunny: la derrota cultural del nacionalismo vasco

No me dejo de acordar del vídeo aquel de Youtube en el que aparecía la hija de Ortuzar haciéndole una especie de entrevista a su padre, que entonces ejercía todavía de presidente del PNV. Fue a finales de 2023 y salió recogida en muchos medios. Por entonces la hija mayor de Ortuzar tenía 26 años. Quiere decirse que toda su vida la ha vivido en plena democracia, con todo el sistema educativo vasco funcionando a plena potencia. Y aun así lo que se veía a las claras en el vídeo es que la lengua de comunicación habitual entre padre e hija era el castellano. Quitando los típicos recursos al eusquera para salvar la situación, empezando por lo de llamarle aita a su padre y algunas cosas más. Pero la base comunicativa, el tono empleado, el discurso, señalaba que esa era su lengua de uso normal y corriente. Esa es la situación típica en cualquier hogar vasco y también en cualquier hogar nacionalista vasco. Se vota nacionalista, se es nacionalista, pero luego la premisa esencial de esa ideología, según la cual el eusquera es la marca de identidad, convierte al eusquera en una marca de símbolo, de escaparate, de vitrina.

 

Bad Bunny actúa en un escenario ante cientos de millones de personas y reivindica el español como la lengua rebelde, la que le planta cara a la lengua del imperio, a la lengua de los dólares, a la lengua de la maquinaria de guerra que es el ejército de los Estados Unidos, que es capaz de coger a un dictadorzuelo caribeño, como quien pesca un salmonete, y llevárselo en helicóptero a Nueva York. Los nacionalistas vascos también venden el eusquera como la lengua de la patria, y nos dicen que su única patria es Euskadi, pero luego en la intimidad hablan la lengua de Bad Bunny.

 

Alguien como la hija de Ortuzar, que tiene 26 años, no nos puede decir que si no habla eusquera habitualmente, si no tiene el eusquera como su lengua de uso habitual es porque alguien se lo haya impedido. Eso en todo caso lo podría decir su padre, que tampoco, pero ella no. Nadie que en el País Vasco tenga de 46 años para abajo puede decir eso. Porque si tiene 46 años quiere decir que ha nacido en 1980 y desde entonces todo el sistema público ha estado a favor de que hable eusquera, le ha subvencionado el aprendizaje, lo ha tenido en la enseñanza oficial, ha tenido televisiones, radios, periódicos y un ambiente ideológico completamente propicio para aprenderlo y más aún si es nacionalista, como es el caso. Un nacionalista vasco que viva en el País Vasco desde 1980 para acá, si no ha aprendido eusquera es sencillamente porque no le ha dado la gana. Y si no le ha dado la gana, luego no puede tener la poca vergüenza de clamar porque no se habla, ni de decir que es que en el Estado español no se respeta el eusquera. Estos son los mismos que luego se ponen a hacer campañas de ponerse chapitas para decir que él aunque no lo hable puede escuchar, aunque no se entere de nada, pero que como es muy vasco y muy nacionalista a él que le hablen en eusquera.

 

Y si no es que no le ha dado la gana sino que por mucho que se ha puesto no ha sido capaz, pues que asuma las consecuencias y no le pida a los demás lo que él no es capaz, ni quiera para los demás lo que no quiere para él.

 

Una persona así no puede exigirle luego al inmigrante que aprenda esa lengua nada más bajarse del autobús. Pero el caso es que se lo exige. Se exige al inmigrante que haga algo que los propios de aquí, incluso siendo nacionalistas, no han hecho en cincuenta años. Están convirtiendo al eusquera en una aduana de clase social. Los de dentro pasan con solo decir que ya estaban aquí mientras que el que llega de fuera tiene que hacer el esfuerzo que el de casa no ha hecho.

 

El eusquera se convierte así en algo análogo a las pruebas de limpieza de sangre, donde había que aportar un montón de documentos para demostrar que venías de antecedentes sin mácula de sangre mora o judía. La cosa era aportar documentos, lo de menos era si era verdad o no. ¿A quién le importaba? Se falsificaban genealogías lo mismo que hoy se simula que se sabe. Con una prueba de perfil lingüístico de una lengua que luego nadie practica en su vida habitual. Por eso hubo luego tantos judíos conversos que se convirtieron en grandes personajes en la propia Corte. Habría que estudiar este proceso del eusquera porque a lo mejor es el mismo mecanismo social que se vio en España con el tema de la limpieza de sangre, por la que se discriminaba a quién no la demostraba y se le impedía alcanzar los mejores puestos de la administración en la época de los Austrias.

 

El conejo malo no necesitó subvenciones ni decretos de bilingüismo para que todo el mundo cantara en su lengua. Y proclama con orgullo que en realidad se llama Benito Antonio Martínez Ocasio. Su éxito viene dado porque la gente habla castellano con naturalidad, aunque se lo prohíban, aunque lo arrinconen, aunque lo desprecien. De eso tenemos muchas pruebas en el País Vasco. Cuanto más privilegian al eusquera, cuanto más lo oficializan, cuantas más subvenciones le dan, más castellano se habla, más ves a la gente hablar con gusto el castellano, más liberada se siente la gente hablando en castellano, ajena por completo a la presión de los poderes públicos, una presión que sobre el eusquera se siente de manera catastrófica para esa lengua.

 

El nacionalismo vasco odia que el castellano sea visto como una lengua de rebeldía y de modernidad global, porque eso vacía de contenido su discurso de que el eusquera es la única vía para tener una identidad propia y diferenciada.

 

Y en El balle del ziruelo me habréis leído muchas veces, pacientes lectores, lo de que padecemos una enfermedad social en el País Vasco, un bilingüismo de cartón piedra, con una administración que se gasta millones en traducciones que nadie lee, mientras la vida real ocurre en español. Al inmigrante, en cambio, se le pide ser “más vasco que los vascos”, mientras ve cómo los hijos de la élite nacionalista prosperan con apellidos y contactos, sin importar su soltura con el nor-nori-nork.

 

Si al eusquera ya lo han convertido en un título de propiedad social, una especie de diploma de acreditación del perfil para trabajar en la función pública o en la administración o en la enseñanza, y no en una lengua de uso, el nacionalismo lo que ha hecho ha sido construir una cáscara vacía, un engendro de comunicación. En definitiva, cuando el que ha sido hasta ayer presidente del PNV elige el castellano para hablar con su hija, nos está diciendo la verdad de lo que oculta todo el programa cultural nacionalista: que el eusquera es un examen para los demás, pero que el castellano es la casa de todos. Incluso la suya.

 

Un programa cultural nacionalista que necesita el aval de España para que los autores que quieren despuntar lo hagan, porque sin el aval de España no reconocen el éxito y la valía de sus propios autores. Ejemplos podríamos dar a docenas. Bernardo Atxaga fue el pionero y Kirmen Uribe su alumno aventajado. Ambos fueron reconocidos aquí después de que en Madrid les dieron premios y los periódicos de ámbito nacional los sacaran en sus suplementos literarios. Traducen a todo correr sus libros al castellano para que de ese modo sus originales en eusquera sean reconocidos.

 

Y mientras tanto la sociedad vasca se vuelve esquizofrénica, con un nacionalismo obsesionado con el eusquera como instrumento lingüístico, pero que es incapaz de convertirlo en vehículo de comunicación, porque ese espacio lo ocupa el castellano, un castellano que condiciona por completo al eusquera y que lo convierte en una lengua accesoria, dependiente por completo, invadida en sus estructuras y en su sintaxis. No hay más que observar cómo hablan los que lo hablan, influenciados por completo por el idioma en que piensan. Todos lo hacen así. Hasta los más nacionalistas de todos. Hasta los más euscaldunes de todos.

 

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