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Sábado, 21 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

¿Y si la vida no debía existir? El físico que cuestiona la probabilidad misma de nuestro origen

[Img #29885]Un nuevo estudio firmado por el físico Robert G. Endres, del Imperial College de Londres, lanza una afirmación inquietante: desde el punto de vista de la teoría de la información y la complejidad computacional, la aparición espontánea de la vida en la Tierra fue extraordinariamente improbable.

 

El trabajo, titulado “The unreasonable likelihood of being: Origin of life, terraforming, and AI”, no recurre a argumentos religiosos ni a especulación sensacionalista. Hace algo más perturbador: aplica matemáticas, modelos computacionales y teoría de la información al problema del origen de la vida… y concluye que el obstáculo informacional era colosal.

 

Una biblioteca que se derrite

 

Endres plantea el problema con una imagen poderosa. Imaginemos una biblioteca de diez millones de libros que se autodestruyen en 24 horas. Para construir el manual que permita fabricar vida, habría que escanear unos 100 libros por segundo antes de que desaparezcan. Ese, sostiene, era el reto químico de la Tierra primitiva.

 

Según sus cálculos, el “caldo prebiótico” podía contener entre 10⁶ y 10⁷ bits de información química disponible. Pero una protocélula funcional requeriría en torno a 10⁹ bits de complejidad organizada . El salto no es trivial: implica atravesar un auténtico “desierto de ensamblaje”.

 

El cuello de botella no es la energía

 

El estudio descarta dos objeciones habituales.
Ni la energía necesaria ni el flujo de moléculas eran el problema. Desde el punto de vista termodinámico, formar una protocélula exigiría del orden de 10⁻¹¹ julios, una cantidad ínfima. El entorno primitivo disponía de sobra de recursos materiales.

 

El verdadero cuello de botella era otro: la ruta de ensamblaje.

 

La química abiótica genera moléculas simples con facilidad. La biología produce moléculas muy complejas en abundancia. Pero entre ambos extremos existe un vacío —un “assembly desert”— donde casi no aparecen estructuras intermedias . Es una discontinuidad estructural en el espacio químico.

 

Cruzar ese abismo requería algo más que reacciones aleatorias.

 

¿Deriva lenta o salto abrupto?

 

Endres explora dos escenarios:

 

  1. Acumulación gradual de información durante cientos de millones de años.

  2. Transición abrupta tipo “fase crítica”, donde redes autocatalíticas o sistemas colectivos desencadenan una explosión organizativa.

 

El primer modelo exige una persistencia extraordinaria en el tiempo: la “memoria química” debía mantenerse durante periodos geológicos enormes. El segundo sugiere que pudo existir un punto de inflexión físico-químico aún no comprendido plenamente .

 

En ambos casos, la vida no sería el resultado trivial de una sopa química, sino el producto de un proceso altamente restringido por la información.

 

¿Y si alguien sembró la Tierra?

 

El estudio menciona, con cautela académica, la hipótesis de la panspermia dirigida, propuesta en 1973 por Francis Crick y Leslie Orgel. No la defiende, pero la deja “lógicamente abierta” como posibilidad especulativa. 

 

No obstante, el propio autor admite que invocar terraformación extraterrestre añade complejidad explicativa sin resolver el problema fundamental: ¿cómo surgió la vida en el primer lugar del universo?

 

La ironía final: tal vez la IA nos ayude

 

Paradójicamente, el trabajo sugiere que la inteligencia artificial podría ser clave para reconstruir rutas plausibles de emergencia biológica. Si la vida es una forma de computación física, entender cómo la química alcanza poder computacional podría ser la pista definitiva.

 

Pero Endres advierte que ni el “big data” ni el genio aislado bastarán por sí solos. Hará falta una convergencia entre modelos masivos, experimentación radical y nuevas intuiciones teóricas.

 

Una conclusión incómoda

 

El estudio no afirma que la vida sea imposible. Afirma algo más inquietante: que, según nuestras mejores herramientas matemáticas actuales, su aparición exige condiciones extraordinariamente finas.

 

La pregunta ya no es solo cómo empezó la vida.

 

La pregunta es por qué logró empezar.

 

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