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Necrológicas

Gregorio Morán: Muerte de un gran periodista

[Img #29900]Ha muerto Gregorio Morán, y con él se apaga una de las voces más incómodas, incisivas y libres del periodismo español contemporáneo. No fue un cronista complaciente ni un observador neutral de los consensos políticamente correctos; fue, ante todo, un fiscal de su tiempo. Y eso, en una democracia joven y llena de zonas grises como la española, tiene un valor histórico.

 

Nacido en Oviedo en 1947, Morán perteneció a esa generación que vivió la dictadura en su juventud y la Transición en plena madurez intelectual. Militó en la oposición antifranquista y pasó por el Partido Comunista de España, experiencia que marcaría su mirada crítica sobre las izquierdas y sobre el propio proceso político que alumbró la democracia. De aquella etapa extrajo una convicción que ya no abandonaría nunca: ningún poder, tampoco el que se proclama emancipador, está exento de escrutinio.

 

Su nombre quedó ligado para siempre al análisis descarnado de la Transición. En 1979 publicó Adolfo Suárez: historia de una ambición, una obra temprana y valiente que retrataba al primer presidente democrático sin hagiografías ni caricaturas. A lo largo de las décadas siguientes, Morán insistió en desmontar los mitos consolidados de aquel periodo, cuestionando los pactos tácitos, las renuncias y los silencios que, a su juicio, habían configurado el relato oficial.

 

A lo largo de su carrera colaboró con diversos medios impresos y digitales, entre ellos Cambio 16, Diario 16, Opinión, Arreu y otros; fue también subdirector de Opinión de La Gaceta del Norte. Allí le conocí yo, y a él le debo que hoy, más de cuarenta años después de aquel encuentro, siga dedicándome a esto de juntar letras. Cuando La Gaceta del Norte comenzó la que a la postre sería su última andadura, vi que su nombre figuraba como responsable de la sección de Opinión del periódico. Yo, entonces, corría el año 1984, apenas tenía 18 años de edad, pero no dudé en enviarle un gran sobre, prácticamente un gran paquete, con algunos de mis textos y con varios artículos para su posible publicación.

 

Poco tiempo después, un día en el que acababa de regresar de la Facultad de Periodismo en Bilbao, el teléfono de casa sonó con tanta intensidad como acritud. Respondió mi madre que, rápidamente, me pasó el auricular y me dijo: "Un hombre enfadado pregunta por ti".

 

- ¿Es usted el señor Zorrilla?, escuché que me preguntaba un hombre con un gran vozarrón.

- Sí, soy yo.

- Soy Gregorio Morán, de La Gaceta del Norte. Llamo para decirle que escribe usted muy bien. ¿Cuántos años tiene?

- 21, le dije, mintiendo. Tenía 18, pero no se lo quise decir por si ese detalle cronológico ponía en peligro mis posibles futuras colaboraciones...

- Publicaremos sus artículos. Se ve que está usted acostumbrado a escribir...

 

Y así fue. Allí publiqué, gracias a Gregorio Morán, mis primeros textos, que hoy guardo con un cariño especial. Con el paso del tiempo, y tras la desaparición de La Gaceta del Norte, perdí el contacto con él, aunque, de vez en cuando, seguí leyéndolo en La Vanguardia, donde durante casi treinta años escribió sus célebres Sabatinas intempestivas, tribunas semanales que eran esperadas con expectación y, a menudo, con prevención. Su estilo —afilado, culto, irónico hasta la acidez— no concedía tregua. Intelectuales, políticos, viejos camaradas y nuevas élites pasaron por el filo de su pluma. Cuando su colaboración terminó de forma abrupta en 2017, el episodio confirmó lo que había sido constante en su trayectoria: Morán era un periodista difícil de domesticar.

 

Autor de ensayos fundamentales sobre el Partido Comunista, la cultura española del siglo XX y las "glorias" intelectuales, dejó páginas memorables por su valentía y por su voluntad de ir contra la corriente. No buscó nunca la unanimidad ni el aplauso fácil. Su ambición fue otra: comprender y explicar el poder, y denunciar sus hipocresías.

 

Con su muerte desaparece, sin duda, uno de los últimos grandes cronistas que vivieron desde dentro —y luego diseccionaron con bisturí crítico— el tránsito de la dictadura a la democracia. Su legado no es cómodo, pero sí muy necesario. En tiempos de polarización izquierdista y vacuas consignas rápidas, la figura de Gregorio Morán recuerda que el periodismo, cuando es auténtico, incomoda, interpela y deja cicatriz.

 

Ese será, probablemente, su verdadero epitafio. Y su auténtico legado.

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