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El informe que retrata a Antonio Tejero en el País Vasco: disciplina, malestar y una advertencia silenciosa
Tiempo antes de que Antonio Tejero irrumpiera pistola en mano en el Congreso de los Diputados, ya existían informes internos que analizaban su comportamiento al frente de unidades en el País Vasco (en Guipúzcoa y Álava). Uno de esos documentos —un oficio dimanante de Zona fechado meses antes del 23-F— permite asomarse al clima que rodeaba al entonces teniente coronel y a la lectura que hacían de él sus superiores.
El texto parte de una nota informativa previa enviada por Tejero, en la que este describía la “tensión y malestar” existente en su unidad. El informe superior matiza esa interpretación. Tras recabar los pareceres del coronel jefe del tercio y del propio jefe interino de la comandancia, se concluye que Tejero no estaba cuestionando el control de la fuerza ni la disciplina interna, sino que había querido “resaltar la influencia del ambiente hostil” procedente de determinados sectores sociales y políticos del entorno vasco.
El documento es claro en un punto esencial: “En ningún momento ha venido por la falta de control de su fuerza”, se afirma, descartando indisciplina o quiebra de mando. Es más, se subraya que las bajas sufridas por la unidad habían reforzado la cohesión y la determinación de sus miembros en el cumplimiento del deber.
Sin embargo, el oficio deja entrever otro elemento relevante: las quejas recogidas por Antonio Tejero sobre la “labor del Gobierno en relación con el terrorismo y su debilidad” no eran, según el análisis, un sentir generalizado dentro del cuerpo. El texto puntualiza que esas críticas no eran compartidas de forma unánime entre los componentes de la comandancia. La desafección política, si existía, no era homogénea.
En el tramo final, el informe adopta un tono de advertencia institucional. Se reconoce que Tejero había asumido el mando recientemente (el 10 de abril anterior), en un contexto complejo, y que su nota podía interpretarse más como una “llamada de atención” para atraer recursos, viviendas y medios materiales que como un síntoma de quiebra de lealtad . No se aprecian, dice el documento, ni falta de ánimo ni de espíritu, sino quizá una forma de expresión desafortunada.
Pero el párrafo decisivo es el último. El superior jerárquico advierte que será observado “el comportamiento posterior del Teniente Coronel Don Antonio Tejero Molina, sus cualidades de mando, el estado de su Comandancia y el rendimiento de la misma”, adoptándose en su caso las medidas pertinentes .
Es una frase administrativa. Pero leída a la luz de lo que ocurriría después, adquiere otro peso.
El oficio no retrata a un conspirador declarado. Tampoco a un mando descontrolado. Describe a un oficial convencido de que su unidad operaba en un entorno hostil, preocupado por la moral y por la percepción de debilidad frente al terrorismo, y dispuesto a trasladar esa inquietud hacia arriba en la cadena de mando.
La historia demostraría que ese malestar no se quedaría en el terreno burocrático.
Este documento, redactado en el País Vasco, revela que el nombre de Tejero ya estaba asociado a tensiones internas, críticas políticas y vigilancia superior mucho antes del asalto al Congreso. No es la crónica del golpe, pero sí una pieza más del mosaico que permite entender el clima previo al mismo. Un clima en el que el terrorismo, la percepción de inseguridad y el debate sobre la firmeza o debilidad del incipiente Estado democrático atravesaban no solo la sociedad, sino también a parte de sus fuerzas armadas y de seguridad.
Tiempo antes de que Antonio Tejero irrumpiera pistola en mano en el Congreso de los Diputados, ya existían informes internos que analizaban su comportamiento al frente de unidades en el País Vasco (en Guipúzcoa y Álava). Uno de esos documentos —un oficio dimanante de Zona fechado meses antes del 23-F— permite asomarse al clima que rodeaba al entonces teniente coronel y a la lectura que hacían de él sus superiores.
El texto parte de una nota informativa previa enviada por Tejero, en la que este describía la “tensión y malestar” existente en su unidad. El informe superior matiza esa interpretación. Tras recabar los pareceres del coronel jefe del tercio y del propio jefe interino de la comandancia, se concluye que Tejero no estaba cuestionando el control de la fuerza ni la disciplina interna, sino que había querido “resaltar la influencia del ambiente hostil” procedente de determinados sectores sociales y políticos del entorno vasco.
El documento es claro en un punto esencial: “En ningún momento ha venido por la falta de control de su fuerza”, se afirma, descartando indisciplina o quiebra de mando. Es más, se subraya que las bajas sufridas por la unidad habían reforzado la cohesión y la determinación de sus miembros en el cumplimiento del deber.
Sin embargo, el oficio deja entrever otro elemento relevante: las quejas recogidas por Antonio Tejero sobre la “labor del Gobierno en relación con el terrorismo y su debilidad” no eran, según el análisis, un sentir generalizado dentro del cuerpo. El texto puntualiza que esas críticas no eran compartidas de forma unánime entre los componentes de la comandancia. La desafección política, si existía, no era homogénea.
En el tramo final, el informe adopta un tono de advertencia institucional. Se reconoce que Tejero había asumido el mando recientemente (el 10 de abril anterior), en un contexto complejo, y que su nota podía interpretarse más como una “llamada de atención” para atraer recursos, viviendas y medios materiales que como un síntoma de quiebra de lealtad . No se aprecian, dice el documento, ni falta de ánimo ni de espíritu, sino quizá una forma de expresión desafortunada.
Pero el párrafo decisivo es el último. El superior jerárquico advierte que será observado “el comportamiento posterior del Teniente Coronel Don Antonio Tejero Molina, sus cualidades de mando, el estado de su Comandancia y el rendimiento de la misma”, adoptándose en su caso las medidas pertinentes .
Es una frase administrativa. Pero leída a la luz de lo que ocurriría después, adquiere otro peso.
El oficio no retrata a un conspirador declarado. Tampoco a un mando descontrolado. Describe a un oficial convencido de que su unidad operaba en un entorno hostil, preocupado por la moral y por la percepción de debilidad frente al terrorismo, y dispuesto a trasladar esa inquietud hacia arriba en la cadena de mando.
La historia demostraría que ese malestar no se quedaría en el terreno burocrático.
Este documento, redactado en el País Vasco, revela que el nombre de Tejero ya estaba asociado a tensiones internas, críticas políticas y vigilancia superior mucho antes del asalto al Congreso. No es la crónica del golpe, pero sí una pieza más del mosaico que permite entender el clima previo al mismo. Un clima en el que el terrorismo, la percepción de inseguridad y el debate sobre la firmeza o debilidad del incipiente Estado democrático atravesaban no solo la sociedad, sino también a parte de sus fuerzas armadas y de seguridad.











