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Un nuevo estudio cuestiona la autoría faraónica de las pirámides de Guiza y plantea la hipótesis de que fueron construidas por una civilización anterior desconocida

[Img #29909]Un nuevo trabajo del investigador independiente António Ambrósio (Universidad Autónoma de Barcelona) reabre uno de los debates más sensibles de la egiptología: quién construyó realmente las pirámides de la meseta de Guiza. Frente a la narrativa consolidada que atribuye la Gran Pirámide y sus vecinas a los faraones Keops, Kefrén y Micerino durante la IV Dinastía (c. 2600–2500 a.C.), el reciente estudio sostiene que esas estructuras ya existían cuando dichos soberanos accedieron al poder y que habrían sido reutilizadas por ellos.

 

La hipótesis parte de una serie de anomalías que, según el autor, no encajan de forma satisfactoria en el relato tradicional. Entre ellas destaca la ausencia de momias reales en el interior de las tres grandes pirámides. Ninguna ha proporcionado restos humanos inequívocos de los faraones a los que se atribuyen. El supuesto sarcófago de Keops apareció vacío, lo que para Ambrósio no demuestra construcción sino, en todo caso, apropiación simbólica.

 

A esta cuestión se suma la precisión arquitectónica de los monumentos. La nivelación de la base de la Gran Pirámide presenta variaciones inferiores a dos centímetros a lo largo de unos 230 metros, y los bloques de granito de la llamada Cámara del Rey muestran cortes de gran exactitud. El estudio considera que tales características técnicas resultan difíciles de explicar con las herramientas comúnmente asociadas al Reino Antiguo. Además, subraya que esa precisión no fue reproducida en pirámides posteriores, que son de menor tamaño y presentan deficiencias estructurales, lo que el autor interpreta como una posible “regresión tecnológica” incompatible con una evolución lineal ascendente.

 

Otro de los pilares de la argumentación es la erosión observada en la Gran Esfinge de Guiza. Investigaciones geológicas como las de Robert Schoch han planteado que ciertos patrones de desgaste podrían estar relacionados con lluvias intensas ocurridas al final del período húmedo sahariano, varios milenios antes de la cronología oficial de la IV Dinastía. Si la Esfinge fuese contemporánea de las pirámides, su datación podría desplazarse hacia un pasado más remoto.

 

El estudio también cuestiona la solidez documental de la atribución faraónica. No existen inscripciones contemporáneas inequívocas dentro de las cámaras internas que describan la construcción de los monumentos. La referencia más citada es el denominado “cartucho de Keops” hallado en las cámaras de descarga, cuya autenticidad ha sido discutida desde el siglo XIX . Para el autor, esta ausencia de documentación directa constituye un vacío significativo en la explicación tradicional.

 

En su desarrollo, la hipótesis establece paralelismos con otros enclaves megalíticos como Sacsayhuamán o Baalbek, donde también se observan bloques de enormes dimensiones y cortes de gran precisión. A partir de estas comparaciones, el trabajo sugiere la posibilidad de una cultura técnica anterior y más avanzada, hoy desaparecida.

 

No obstante, la egiptología académica mantiene que existen evidencias suficientes —incluidos grafitos de equipos de trabajadores en zonas internas y el contexto arqueológico general— para sostener la atribución a la IV Dinastía. El estudio de Ambrósio no presenta pruebas arqueológicas nuevas, sino una reinterpretación crítica de datos conocidos, articulada en torno a lo que considera inconsistencias acumuladas.

 

En conclusión, la propuesta no pretende cerrar el debate sino ampliarlo. La ausencia de restos reales, la controversia epigráfica, la erosión de la Esfinge y la supuesta regresión técnica son, a juicio del autor, elementos que justificarían una revisión interdisciplinar más profunda. Mientras la mayoría de especialistas continúa defendiendo la cronología convencional, la hipótesis de una civilización anterior desconocida vuelve a situar a Guiza en el centro de una discusión que trasciende la arqueología y alcanza el propio modo en que se construyen las narrativas históricas.

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