Memoria histórica: Negrín le dijo a Azaña que prefería a Franco antes que a Aguirre
Los de la memoria histórica, en su afán por descalificar, estigmatizar y expulsar de la vida política a toda la derecha en España nos suelen sacar mucho aquel discurso de José Calvo Sotelo, el líder de la derecha en 1936 asesinado en vísperas de la Guerra Civil, cuando dijo aquello de que prefería una España roja a una España rota. Pues resulta que, desde la izquierda, la izquierda más a la izquierda, como la que representaba el líder socialista y aliado de los comunistas, Juan Negrín, jefe del Gobierno de la Segunda República en la etapa final de la Guerra Civil, se decía lo mismo.
Lo que viene a continuación son algunas notas de Manuel Azaña, el presidente de la República durante la Guerra Civil, tomadas de su libro Memorias políticas y de guerra, concretamente en su volumen II (editado por Crítica en 1978), referidas al año 1937, y que conforman el llamado “Cuaderno de La Pobleta” (pp. 22-383), por el nombre de la finca donde las escribió, situada en el municipio de Serra, donde se había instalado Azaña, a treinta kilómetros de Valencia capital, adonde se había desplazado el Gobierno en pleno, tras abandonar el Madrid sitiado.
Salvo algunos apartados puestos solo para contextualizar el momento de la caída de Bilbao dentro de la campaña del Norte en la Guerra Civil, la mayoría de lo aquí transcrito se refiere solo a lo que escribió Azaña sobre el lendacari del primer Gobierno vasco, José Antonio Aguirre. Merece mucho la pena comprobar entre líneas el tono desolado con el que Azaña comenta lo que ve en el personaje que tiene enfrente. Para el que no quiera o no pueda o no tenga tiempo de leer todo lo que viene a continuación, en el apunte correspondiente al día 29 de julio está el motivo del título con el que abrimos esta nueva entrada de El balle del ziruelo. Y para el que quiera leer una muestra sustanciosa de todo lo que se dice aquí, le remito a los extractos sacados de los largos apuntes con fecha de 19 de julio.
Al final de las notas pondré lo que José Antonio Aguirre pensaba sobre Manuel Azaña, para que así nos hagamos una mejor composición de la relación entre ambos personajes históricos.
Empezamos con Azaña.
31 de mayo
“Hablamos de política toda la hora que Negrín y Zugazagoitia pasaron aquí. También de Bilbao. El nuevo ministro me dijo que no creía que Bilbao se rindiese, sobre todo si llegaban refuerzos de aviación. Me permití llevarle la contraria, moderadamente. Estoy persuadido de que Bilbao no tiene salvación. Ni toda la zona Norte, si los rebeldes, mejor aconsejados y dirigidos, se han dado cuenta de nuestra irremediable debilidad en aquella parte y se proponen tomarla. De que Bilbao por lo menos se perderá en cuanto lo ataquen con fuerzas bastantes, estoy yo convencido desde hace tres meses, convicción formada a través de los enmarañados y palabreros informes que el ministro Irujo me daba en Barcelona. Aquellos informes, escuchados por mí sin pestañear, se dirigían a probarme la facilidad de la inminente reconquista de Miranda y Vitoria, seguida, inmediatamente de la de Navarra, después de lo cual, el ejército vasco, «que se batía con ardor gracias a la concesión del Estatuto autonómico», descendería por Soria hasta Sigüenza para resolver la situación de Madrid…
(…) Lo que la gente ha dado en llamar «cinturón de Bilbao», suponiendo que existe lo que lógicamente debería existir, es una invención de la fantasía. Es más: temo que Bilbao, ciudad, no se defienda cuando el enemigo esté a sus puertas. No me refiero solamente a las razones de orden militar que aconsejen no encerrarse con grandes fuerzas en una plaza que no puede ser socorrida, ya que estas serían copadas, sino a los motivos de orden moral y político que tal vez produzcan el abandono de la villa. Defenderse casa por casa, calle por calle, como en Madrid, es un caso que no se repetirá. (…) En Bilbao será al revés. Cuando esté vencida la defensa en el campo la villa no resistirá. Y temo aun otra cosa: Caído Bilbao es verosímil que los nacionalistas arrojen las armas, cuando no se pasen al enemigo. Los nacionalistas no se baten por la causa de la República ni por la causa de España, a la que aborrecen, sino por su autonomía y semiindependencia. Con esta moral es de pensar que, al caer Bilbao, perdido el territorio y desvanecido el Gobierno autónomo, los combatientes crean o digan que su misión y sus motivos de guerra han terminado. (61-62).
18 de junio
Las noticias de Bilbao son cada día peores, y muestran, no ya que aquello se pierde, sino que se deshace. Los últimos retrocesos, ponen a los atacantes en posesión de las alturas que dominan la ciudad, a sus mismas puertas. Y unos telegramas hablan de que fuerzas enemigas han logrado «infiltrarse» por la orilla izquierda del Nervión. Eso puede ser el copo. Hoy se ha presentado el síntoma peor: que no hay noticias. Nadie dice ni comunica lo que allí pasa. Confusión agónica. Esta mañana, en la división, un oficial me decía, risueño: «Parece que hemos recuperado Archanda». ¿Para qué desanimarlo? (…) Era ilusorio pensar que Bilbao aguantase un sitio, enclavado como está en una zona a su vez sitiada y sin posibilidad de socorro, porque no dominamos el mar. Para mí, desde que, perdido Irún (y ya va fecha) y probada nuestra ineficacia militar en el Cantábrico, no se logró tampoco fundir en una sola mano la dirección política y militar del Norte, la suerte de aquella zona es cosa juzgada. No se ha perdido antes, porque el enemigo, aferrado en morder sobre Madrid, o por otras causas que ignoro, no se lo ha propuesto. (…) Hace poco tiempo recibí en Valencia la visita de unos delegados de Santander, presididos por mi amigo el diputado Ruiz Rebollo. Estaban tan contentos de lo que había progresado la organización militar, que Rebollo me dijo: «El Ejército del Norte será el que gane la guerra». Esta buena fe, esta ilusión, son desgarradoras. Pero las condiciones políticas y militares dominantes en toda la zona no permitían prever más que desastres. Un ejército vasco, otro con el mando en Santander, lo de Asturias; en unas partes, revolución; en otras, nacionalismo; disputas menos que provinciales, de cabeza de partido. Viento en las cabezas, inexperiencia. // El aislamiento territorial ha hecho imposible la presión directa del Gobierno para ordenar todo eso. Así se quería contrarrestar una tromba militar, armada con los más poderosos elementos de guerra. Para después de la caída de Bilbao, el porvenir no me ofrece duda. Le he dicho a Negrín que preveo en el norte una catástrofe colosal, la mayor de esta guerra, porque coparán toda la zona, con cuantos elementos de guerra nos queden en ella. No van a tirarse de cabeza al mar. (90-91)
24 de junio
La caída de Bilbao es gravísima, por lo que representa en el interior y en el exterior. Es posible que sus efectos no se toquen en las primeras semanas, pero ya se tocarán. No todos lo ven así. Aunque en este borrador no consigno todos los disparates que por ahí se ponen en circulación, algunos, por su calibre, merecen nota especial. Hay quien opina que el perderse todo el País Vasco, teatro secundario de la guerra, donde no puede ocurrir nada decisivo, elimina un problema político para el día de la victoria. Se fundan en la actitud insubordinada que tenía el Gobierno vasco, y ahora, caído, expulsado de su territorio, no podrá el día de mañana, en el momento de paz, imponerse ni crear dificultades. (94)
29 de junio
Esta tarde ha estado aquí Prieto, llamado por mí. Tenía que hablarle de algunos destinos del Cuarto militar. Hemos tratado de otras muchas cosas, más importantes. Me ha ampliado las noticias que ya tenía sobre la defección de los nacionalistas en Bilbao. Cinco batallones se pasaron al enemigo, entregándole la orilla izquierda del Cadagua. También se pasaron los que defendían Portugalete, dejando emparedados a los que querían defender Baracaldo. En el propio Bilbao se formó una línea de desertores, que armaron además a unos centenares de presos políticos, y se interpusieron todos entre nuestra primera línea y la retaguardia. Parece ser que fueron dominados. (…) Preguntándole yo si era cierto el fusilamiento de Espinoza [sic, Alfredo Espinosas Orive, consejero de Sanidad del gobierno de Aguirre], miembro del Gobierno vasco, que volvía de Francia en avión y tuvo que aterrizar en país enemigo, contesta que no lo sabe. Solo está seguro de que lo han condenado a muerte. Espinoza se había fugado de Bilbao // hace ya quince o veinte días. Refugiado en Francia, le dijeron tantas cosas y le hicieron tantos reproches, que resolvió regresar; el accidente de aviación le ha sido fatal. (98-99)
19 de julio
He ido a Valencia y recibido la visita de Aguirre, el Presidente del Gobierno vasco. Estuvo en el acto de ayer. Larga conversación. Muy afectuoso, muy respetuoso. «Yo sé a quién hablo –me dice– y por eso me expresaré con franqueza.» Describe la tragedia «del País», que se ha consumado por lo que él llama «indefensión», es decir por falta de aviación. Ya no atribuye la falta –por lo menos, no me lo ha dicho– a indiferencia y abandono del Gobierno de la República. Pero atribuye una importancia decisiva al efecto desmoralizador de esa falta. Me refiere casos de heroísmo // de las tropas vascas. A fines de abril, los técnicos militares (Llano, Montant, Ciutat, Arambarri, etcétera), convocados a junta, opinaron que el enemigo tardaría de cuatro a ocho días en llegar a Bilbao. Los militares, a juicio de Aguirre, no sentíen emoción alguna por la causa, y se desmoralizaban, desmoralizando a los demás. Se decidió, en vista de eso, a asumjir el mando, aunque no le correspondía, porque estaba seguro de levantar así el ánimo de la gente, como ocurrió. (…) La caída de Bilbao produjo el desmoronamiento de la moral del ejército. Perdida la tierra, ya nada tenían que hacer. Él no está conforme con eso; hay que defender el País fuera de él. (…) Niega que se hayan pasado al enemigo batallones enteros. Mucha gente se ha pasado, creyéndolo todo perdido, al perderse Bilbao; pero unidades en masa, no. (153-154)
Pero lo más significativo apareció al final. Hablando de lo ocurrido en el frente de Aragón, que, a juicio mío y de casi todos, era el lugar de donde debía haber partido una ofensiva nuestra para auxiliar al norte, y de las causas del fracaso, Aguirre me pregunta qué tal estaría traer unas divisiones vascas a Huesca, para emplearlas en esa zona. Sin pararme a examinar los motivos de la propuesta (si es que tales divisiones no hacen falta donde están, cosa poco creíble; o que no quieren batirse fuera de su tierra; o que los bilbaínos no gustan de defender Santander…), le opongo // la imposibilidad de realizarla: «¿Por dónde iban a venir? Por mar, es imposible, y por Francia no lo consentirían». «¡Qué sé yo…! Como heridos…» «¿Heridos? También son combatientes, si no quedan inútiles. Y a nadie le haría usted creer que íbamos a transportar quince o veinte mil heridos de una región a otra.» «Pues es lástima. El cuerpo de ejército vasco, ya reorganizado, rehecha su moral, se batiría muy bien poniéndolo sobre Huesca. Se enardecería en cuanto le dijésemos que íbamos a conquistar Navarra.» «¿Navarra?» «Sí. No es que tengamos el designio político de dominarla nosotros… Pero ha sido desleal a la causa vasca. El ir sobre ella entusiasmaría a nuestra gente…»
No dije nada. Recordé las frívolas expansiones de Irujo, este invierno, cuando para después de tomar Vitoria y Miranda, me prometía la conquista de Navarra. E Irujo es de Pamplona, según creo. Y ahora, este Gobiernito vasco, derrotado, expulsado de su territorio, sin súbditos, apenas con tropas, y desmoralizadas, se encandila, y cree que encandilaría a sus gentes (a lo mejor es verdad), pensando en «la conquista» de la provincia limítrofe y rival. (…)
Aguirre se va a Madrid a conferenciar con Prieto. Antes de volverse al norte, vendrá de nuevo a verme. He observado que Aguirre habla y pronuncia el castellano como un burgalés. (156-157)
22 de julio
Ayer por la tarde vino Aguirre, a despedirse. Ha estado en Madrid, ha visitado algunas líneas. Naturalmente, las obras de fortificación que ha visto son muy inferiores a las que habían hecho ellos en Vizcaya. Le parece que Prieto está muy pesimista. Asegura que Prieto ha encontrado bueno el proyecto de traer al frente de Aragón unas divisiones vascas, y que le ha autorizado para que busque los medios de realizarlo. También cree y espera que el Gobierno le satisfará en lo de la evacuación de los fugitivos vascos. Le pregunto por la suerte que hayan corrido algunas personas. En general, Aguirre cree saber que los rebeldes han fusilado a poca gente en Bilbao. «Verdad es -añade– que todos los que tenían alguna significación política, han huido.» La emigración ha sido mucho mayor en la población rural del país que en la urbana. En Bilbao se habrán quedado unas sesenta mil personas. El recibimiento hecho a los vencedores ha sido frío, despegado. También Guipúzcoa continúa hostil. Cuenta Aguirre que entre los rebeldes se dice «Guipúzcoa no se convierte». Le retuve poco // tiempo. La conversación no podía dar mucho de sí. Aguirre se ha mantenido en el terreno de las generalidades vagas, superficiales. ¿Deliberadamente? Tal creo. No me ha dicho más que una mínima parte de lo que sabe, y nada de lo que verdaderamente piensa sobre el pasado. ¿O será que no ve más? Parece increíble. (159-160)
24 de julio
Hoy he recibido, del general Martínez Cabrera, la pequeña memoria que encargué sobre la campaña del norte hasta la caída de Bilbao. Sin descender a muchos detalles, y aparte de algunas consideraciones ociosas, el documento es muy instructivo. En general, confirma lo que ya sabíamos. Nunca, a pesar de lo que decía el Gobierno vasco, se ha organizado allí un verdadero ejército, no obstante haber gente y material de sobra para ello. Han faltado disciplina, mandos, unidad de acción, voluntad de cooperar en un fin común. Predominio del localismo, fatuidad, descuido, imprevisión optimista. El Gobierno vasco tarifó con el general Llano, negándose a seguir sus indicaciones, y asumió la dirección de la guerra. Todos los oficiales asesores del Gobierno vasco se han pasado al enemigo. Corrobora la defección de batallones nacionalistas, con sus mandos. El optimismo de Aguirre –asegura Martínez Cabrera– estorbó que se retirase todo el material; así cayeron en poder del enemigo cuarenta y cinco millones de cartuchos. (168)
26 de julio
A continuación, audiencia de los delegados socialistas que vienen a cumplimentarme con motivo del Congreso de su partido. González Peña, Cruz Salido y Llaneza. La conversación ha versado sobre los asuntos militares del norte. González Peña me dice: «Retorciéndonos el corazón, tenemos que callar lo que sabemos, lo que hemos visto, para no hacer daño a la causa común». Están indignados por la presunción, el despego, la insolidaridad de los nacionalistas vascos y del Gobierno. Los vascos –dice Peña– no son mejores ni peores que los asturianos o los santanderinos. Son buena gente, trabajan bien, pero no tenían la experiencia de la guerra que nosotros habíamos adquirido en Asturias. Los bombardeos de aviación y de artillería son horrorosos, y aparte de que hagan más o menos bajas, agotan los nervios. En Asturias llevábamos muchos meses aguantándolos y la gente está acostumbrada. Los vascos no los habían sufrido hasta que empezó la ofensiva desde Álava. Cuando ocurrieron los primeros reveses, los asturianos propusieron llevarse a Oviedo las unidades vascas más castigadas y desmoralizadas, para tenerlas allí en posiciones menos expuestas y reorganizarlas, llenando las bajas con gente de Asturias, ya aguerrida, y sustituyendo esas unidades en el frente alavés con otras sacadas de Oviedo. El Gobierno vasco se negó. A las columnas asturianas que fueron en socorro de Álava las llamaban los vascos «tropas expedicionarias». Propusieron también suspender toda actividad en Asturias y formar un cuerpo de maniobra que atacase por los confines de Santander y Burgos. Los vascos no aceptaron. (Me pregunto qué falta hacía su aceptación.) Se pensó en constituir un ejército de reserva, situándolo a espaldas de Bilbao. Igual negativa. Al parecer, hubo como un proyecto de encerrarse en Bilbao y resistir un sitio. A González Peña le pareció muy bien. Pudieron quedarse en Bilbao 20.000 hombres. Había víveres para más de un año y abundantísimo material. Dejándose cercar, Bilbao no habría caído, porque de Asturias y Santander se habría sacado un ejército de socorro, que al decir de Peña, habría ido a levantar el sitio con entusiasmo. Les indigna que se haya dejado caer en manos del enemigo una cantidad de material inmensa. // Cruz Salido dice que El Liberal, de Bilbao, donde él trabajaba, era tachado de españolista. La censura no le dejó comentar a fondo ciertos extremos de mi discurso de enero. Refieren cosas pintorescas nacidas de la vanidad pueril y de primerizos de los gobernantes vascos, en punto a honores, guardias y otras ostentaciones. (Recuerdo para mí que Aguirre, entre sus quejas contra los santanderinos, me dijo que no le habían rendido honores: «No sé bien los que me corresponden», añadía, como si los hubiese echado de menos también en Valencia.) (171-172)
29 de julio
El Presidente [Azaña aquí se refiere al Presidente del Consejo de Ministros, Negrín] está muy irritado por los incidentes a que ha dado ocasión el paso de Aguirre por Barcelona. «Aguirre –dice– no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca –agrega– lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes quieren descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga pedir dinero, y más dinero…» (176)
24 de agosto
Esta mañana me ha enviado Prieto la copia de unos telegramas sobre lo sucedido en Santoña con algunas tropas vascas, insubordinadas, que han dado un golpe de fuerza en aquella población y pretendían embarcarse en unos vapores ingleses. Ya, ayer, el ministro de Justicia me trasladó el telegrama que Aguirre le enviaba para mí, lamentándose de que // el Gobierno hubiese denegado la autorización para transportar aquellas fuerzas al frente de Aragón. Ignoro en qué consiste la decisión del Gobierno y sus motivos. Pero siendo a mi juicio absolutamente imposible llevar fuerza armada, ni por mar ni por tierra, desde el Cantábrico hasta Aragón, ese propósito, que según Aguirre, estaba en vías de realizarse, bien pudiera ser un modo de conseguir la salida, a toda costa, de la situación en que se hallan. Para dirigirse no sé a dónde, porque, embarcados, no iban a dar la vuelta a la península, teniendo que cruzar el estrecho, y por Francia no los dejarían pasar. Esta observación, que parece incontestable, ya se la hice yo a Aguirre, cuando me habló del asunto. Me dijo que ya encontraría medio de arreglárselas, que era no decir nada, y eludió la dificultad. ¿Con el propósito real, pero escondido, de intentar sustraer a sus paisanos vascos a la terrible dificultad que les aguardaba después de perderse Bilbao? Los hechos parecen confirmarlo. Aguirre llega a decir en su telegrama que, prohibiéndoles la salida, las tropas vascas se pondrán en contra de la República. Vamos, que desertarán. (234-235)
28 de agosto
Respecto de los contingentes vascos y del telegrama de Aguirre, el Presidente me asegura que en ningún momento se había autorizado el transporte a tierras de Aragón. Aguirre habló de ello con Prieto, que remitió el asunto al Comité de Guerra del Gobierno, por lo que había en ello de político. El Comité, además de apreciar la imposibilidad material de realizar el propósito, consideró, de una parte, que trasladar a los vascos, y no a los asturianos o santanderinos, habría sido injusto, que, de otra, todo ello parecía no ser más que una máscara para quitarse bonitamente de en medio. Por eso no lo autorizó. Me cuenta además Negrín que el decaído Gobierno vasco ha pedido que se le giren cien millones. Denegado. Y que al tratar de traer a Valencia al personal burocrático, se han encontrado con que en la presidencia del Gobierno, hay más funcionarios que en la presidencia del Consejo de ministros, y por el mismo estilo andan en otros departamentos, en alguno de los cuales figuran setenta empleados, para un ramo de la administración autónoma que, desde hace casi un año, apenas excedía de los límites de Vizcaya. Se han hecho, y se hacen, extraños manejos, para salvarle a Sota su flota mercante. Sota, después de intentar el abanderamiento de sus barcos en América y de disimularlos en una sociedad de fachada inglesa, ha pedido auxilio al Gobierno, en vista de que Franco le persigue. El Gobierno estaba dispuesto, pero dejando resguardados los derechos del Estado sobre los barcos. En torno de esto ha habido muchas intrigas y Negrín me ha hablado de una firma sorprendida por habilidades turbias de un alto funcionario. (241)
En mi mesa estaban las hojas de información repartidas hoy por la subsecretaría de Propaganda, donde ya se encuentran, tomadas de fuentes facciosas, las descripciones de la entrada del general Dávila y los italianos en Santander. En las mismas hojas he visto contada la entrega y rendición de los batallones vascos, seis u ocho, cuyos nombres dan, y el de los pueblos donde se han entregado. Es decir, se cumple lo que Aguirre me anunciaba en su telegrama. (242)
31 de agosto
Me confirma Prieto que los asturianos se han constituido en «Gobierno soberano» (es lo que quiere ser aquí todo el mundo), han destituido a Gamir, sustituyéndole con Pradas, y hacen contra el Gobierno de la República «una campaña terrible», echándole la culpa de la catástrofe. La cual es tan grande, por lo menos, como yo me figuraba. Los prisioneros pasan de 40.000. Se ha perdido casi todo el material de aviación. Quedan allí cuatro o cinco aparatos. Es cierta la defección de unos cuantos batallones vascos. En relación con esto y con los fantásticos proyectos de Aguirre, Prieto afirma que nunca accedió al plan de traer a Aragón las divisiones vascas. Lo tuvo por irrealizable, y, además, le parecía injusto embarcar a unos y no a otros. (247)
13 de septiembre
La pérdida de Santander era inevitable, pero hubiera podido retrasarse quince o veinte días, importantes para la situación de Asturias, a no ser por la defección de los batallones vascos. Estas fuerzas estaban acantonadas en Castro, Colindres, Laredo y algún otro puerto. Sola mente había tres batallones vascos en la línea de combate, encargados de defender los pasos del Saja, y la bajada a Cabezón. Aguirre había dicho a los batallones vascos que no tendrían que combatir más en el frente norte, y que Prieto y el Presidente de la República estaban conformes con esto (cursivas en el original). Al agravarse la situación, se dio orden a los batallones vascos que estaban en la costa, de trasladarse al frente. Se negaron, y no solamente ellos, sino que los tres batallones apostados en los pasos de Saja, abandonaron la posición y se fueron a Laredo. El enemigo pasó por allí sin disparar un tiro. (274)
11 de octubre
Para hoy tenía bastantes audiencias concedidas, pero la mayor parte del tiempo disponible se lo ha llevado Aguirre, el Presidente del expatriado Gobierno vasco. Hemos hablado de muchas cosas, pero ninguna nueva. De la conducta de la Iglesia española, de las dificultades que su actitud presente crearía en lo porvenir, del disgusto con que según Aguirre se ve en el Vaticano la conducta de los obispos, de la carta del cardenal Gomá, etcétera, etcétera. Incluso ha salido a relucir aquella expresión mía: «España ha dejado de ser católica», que muchos entendieron, o aparentaron entender (entre estos, Unamuno), como si yo negase que gran número de españoles profesa el catolicismo. Aguirre me dice que él, católico practicante, está conforme con aquellas palabras mías entendidas como realmente las dije y se deduce del contexto. Ha vuelto a recordar su propósito de trasladar a Cataluña las divisiones vascas. Asegura que Delbos le ofreció no poner límites al tránsito «de heridos». Se lamenta del acuerdo negativo del Consejo de la Guerra. Me promete copia de un expediente sobre los hechos de la capitulación de Santoña. Justifica que el Gobierno vasco se haya instalado en Francia, por la necesidad de atender a más de ochenta mil refugiados de su país. Sobre esto, me // expone las pretensiones que va a formular ante el Gobierno, para que se les deje seguir administrando la marina mercante de matrícula bilbaína, y ocuparse directamente de los servicios de asistencia a los emigrados, así como de los servicios de cultura. En fin, quieren seguir con su autonomía en el extranjero. (L’Esquella de la Torratxa decía que los catalanes emigrados en París iban a pedir el traspaso del Orden público.) Hace protestas de lealtad y de adhesión a la República, a la que nunca ha querido faltar. Su lealtad a la República será inquebrantable mientras dure la guerra. Después ya se verá lo que sucede. Quiere sincerarse conmigo de las extralimitaciones que se le imputan en el orden internacional. Nunca han hecho actos de carácter político, ni se han dirigido a ningún Estado extranjero. Sus gestiones han sido de carácter comercial y social. Reconoce que su proclama, pocos días antes de caer Bilbao, no sería muy correcta, pero es disculpable en aquellos momentos de desesperación. (315-316)
14 de octubre
Aguirre ha tenido la ocurrencia de proponer a Negrín que celebremos una conferencia los cuatro presidentes. «Yo no tengo nada que hacer en esa conferencia», le digo. «Es claro. Así se lo he hecho entender a Aguirre.» La posición de Negrín, en todos estos asuntos de las regiones autónomas, es la justa. Tratarían de envolverlo de mil maneras, siendo una de las más peligrosas, e inaceptable, la de «marchar de acuerdo». Por fortuna, está muy sobre aviso. (325)
8 de noviembre
En Valencia. Visitas. El teniente coronel Buzón, que viene de Asturias. (…) Buzón habla bien, en general, del valor, de la disciplina de los combatientes asturianos; pero a medida que se iba subiendo en la jerarquía, todo era peor. Está haciendo una relación de cuanto ha visto en el norte, para entregármela. El ministro Irujo le ha preguntado: «¿Cuál ha sido la causa de la pérdida de Bilbao?». Buzón: «En un cincuenta por ciento la aviación enemiga; en lo restante, Aguirre». Irujo: «Claro, claro; los hombres no pueden improvisarse». (359)
***
Y dejo para el final lo que José Antonio Aguirre pensaba de Manuel Azaña. Son tres apuntes, recogidos aquí por orden cronológico de publicación del segundo tomo de sus Obras Completas (San Sebastián, Sendoa, 1981). Creo que una vez leídos no merecen mayor comentario que el de la profunda sima que había entre ambos personajes: ni se conocían ni pretendían conocerse.
“Celebré una larga entrevista con el Presidente Azaña, a quien expuse mi proyecto. Recuerdo una de sus contestaciones: «Para comprenderle a usted no hace falta más que saber geografía»” (De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, apartado titulado “Cuando no se quiere saber geografía”, OC, t. II, p. 224, se imprimió en Nueva York el 20 de mayo de 1942).
“Aquel hombre, don Manuel Azaña, aquel hombre magnífico que supo comprender tan bien nuestros problemas, y a cuya honestidad y a cuyo espíritu de sacrificio he de rendir yo el homenaje más íntimo de mi alma, porque yo tuve gran amistad con vuestro jefe y Presidente de la República; aquel hombre habló conmigo muchas veces del “Gibraltar vaticanista”, y aquel hombre nos comprendía y protestaba en su alma de la injusticia que se estaba realizando, y nos lo decía. Soñaba con enlazar la historia de los pueblos libres del siglo XVIII con el pensamiento actual. Y la corona de España no supo comprender su misión, y no supo distinguir los límites nacionales de los límites peninsulares. Los confundió. Esto es lo que falló en el siglo XIX. Es el error histórico más grave” (Discurso del Dr. Aguirre en el Centro Republicano Español de Buenos Aires, el día 30 de septiembre de 1942, OC, t. II, p 81).
“Nunca olvidaré la respuesta del presidente Azaña: “Para comprenderle a usted, Aguirre, no hace falta más que saber geografía”. ¡Cómo agradecí yo la comprensión del presidente Azaña!, con quien me unió, y proclamo porque me honra, una gran amistad.” (Veinte años de gestión del Gobierno Vasco (1936-1956)”, apartado “El exilio”, OC. t. II, pp. 973). Esto está escrito en 1956.
Los de la memoria histórica, en su afán por descalificar, estigmatizar y expulsar de la vida política a toda la derecha en España nos suelen sacar mucho aquel discurso de José Calvo Sotelo, el líder de la derecha en 1936 asesinado en vísperas de la Guerra Civil, cuando dijo aquello de que prefería una España roja a una España rota. Pues resulta que, desde la izquierda, la izquierda más a la izquierda, como la que representaba el líder socialista y aliado de los comunistas, Juan Negrín, jefe del Gobierno de la Segunda República en la etapa final de la Guerra Civil, se decía lo mismo.
Lo que viene a continuación son algunas notas de Manuel Azaña, el presidente de la República durante la Guerra Civil, tomadas de su libro Memorias políticas y de guerra, concretamente en su volumen II (editado por Crítica en 1978), referidas al año 1937, y que conforman el llamado “Cuaderno de La Pobleta” (pp. 22-383), por el nombre de la finca donde las escribió, situada en el municipio de Serra, donde se había instalado Azaña, a treinta kilómetros de Valencia capital, adonde se había desplazado el Gobierno en pleno, tras abandonar el Madrid sitiado.
Salvo algunos apartados puestos solo para contextualizar el momento de la caída de Bilbao dentro de la campaña del Norte en la Guerra Civil, la mayoría de lo aquí transcrito se refiere solo a lo que escribió Azaña sobre el lendacari del primer Gobierno vasco, José Antonio Aguirre. Merece mucho la pena comprobar entre líneas el tono desolado con el que Azaña comenta lo que ve en el personaje que tiene enfrente. Para el que no quiera o no pueda o no tenga tiempo de leer todo lo que viene a continuación, en el apunte correspondiente al día 29 de julio está el motivo del título con el que abrimos esta nueva entrada de El balle del ziruelo. Y para el que quiera leer una muestra sustanciosa de todo lo que se dice aquí, le remito a los extractos sacados de los largos apuntes con fecha de 19 de julio.
Al final de las notas pondré lo que José Antonio Aguirre pensaba sobre Manuel Azaña, para que así nos hagamos una mejor composición de la relación entre ambos personajes históricos.
Empezamos con Azaña.
31 de mayo
“Hablamos de política toda la hora que Negrín y Zugazagoitia pasaron aquí. También de Bilbao. El nuevo ministro me dijo que no creía que Bilbao se rindiese, sobre todo si llegaban refuerzos de aviación. Me permití llevarle la contraria, moderadamente. Estoy persuadido de que Bilbao no tiene salvación. Ni toda la zona Norte, si los rebeldes, mejor aconsejados y dirigidos, se han dado cuenta de nuestra irremediable debilidad en aquella parte y se proponen tomarla. De que Bilbao por lo menos se perderá en cuanto lo ataquen con fuerzas bastantes, estoy yo convencido desde hace tres meses, convicción formada a través de los enmarañados y palabreros informes que el ministro Irujo me daba en Barcelona. Aquellos informes, escuchados por mí sin pestañear, se dirigían a probarme la facilidad de la inminente reconquista de Miranda y Vitoria, seguida, inmediatamente de la de Navarra, después de lo cual, el ejército vasco, «que se batía con ardor gracias a la concesión del Estatuto autonómico», descendería por Soria hasta Sigüenza para resolver la situación de Madrid…
(…) Lo que la gente ha dado en llamar «cinturón de Bilbao», suponiendo que existe lo que lógicamente debería existir, es una invención de la fantasía. Es más: temo que Bilbao, ciudad, no se defienda cuando el enemigo esté a sus puertas. No me refiero solamente a las razones de orden militar que aconsejen no encerrarse con grandes fuerzas en una plaza que no puede ser socorrida, ya que estas serían copadas, sino a los motivos de orden moral y político que tal vez produzcan el abandono de la villa. Defenderse casa por casa, calle por calle, como en Madrid, es un caso que no se repetirá. (…) En Bilbao será al revés. Cuando esté vencida la defensa en el campo la villa no resistirá. Y temo aun otra cosa: Caído Bilbao es verosímil que los nacionalistas arrojen las armas, cuando no se pasen al enemigo. Los nacionalistas no se baten por la causa de la República ni por la causa de España, a la que aborrecen, sino por su autonomía y semiindependencia. Con esta moral es de pensar que, al caer Bilbao, perdido el territorio y desvanecido el Gobierno autónomo, los combatientes crean o digan que su misión y sus motivos de guerra han terminado. (61-62).
18 de junio
Las noticias de Bilbao son cada día peores, y muestran, no ya que aquello se pierde, sino que se deshace. Los últimos retrocesos, ponen a los atacantes en posesión de las alturas que dominan la ciudad, a sus mismas puertas. Y unos telegramas hablan de que fuerzas enemigas han logrado «infiltrarse» por la orilla izquierda del Nervión. Eso puede ser el copo. Hoy se ha presentado el síntoma peor: que no hay noticias. Nadie dice ni comunica lo que allí pasa. Confusión agónica. Esta mañana, en la división, un oficial me decía, risueño: «Parece que hemos recuperado Archanda». ¿Para qué desanimarlo? (…) Era ilusorio pensar que Bilbao aguantase un sitio, enclavado como está en una zona a su vez sitiada y sin posibilidad de socorro, porque no dominamos el mar. Para mí, desde que, perdido Irún (y ya va fecha) y probada nuestra ineficacia militar en el Cantábrico, no se logró tampoco fundir en una sola mano la dirección política y militar del Norte, la suerte de aquella zona es cosa juzgada. No se ha perdido antes, porque el enemigo, aferrado en morder sobre Madrid, o por otras causas que ignoro, no se lo ha propuesto. (…) Hace poco tiempo recibí en Valencia la visita de unos delegados de Santander, presididos por mi amigo el diputado Ruiz Rebollo. Estaban tan contentos de lo que había progresado la organización militar, que Rebollo me dijo: «El Ejército del Norte será el que gane la guerra». Esta buena fe, esta ilusión, son desgarradoras. Pero las condiciones políticas y militares dominantes en toda la zona no permitían prever más que desastres. Un ejército vasco, otro con el mando en Santander, lo de Asturias; en unas partes, revolución; en otras, nacionalismo; disputas menos que provinciales, de cabeza de partido. Viento en las cabezas, inexperiencia. // El aislamiento territorial ha hecho imposible la presión directa del Gobierno para ordenar todo eso. Así se quería contrarrestar una tromba militar, armada con los más poderosos elementos de guerra. Para después de la caída de Bilbao, el porvenir no me ofrece duda. Le he dicho a Negrín que preveo en el norte una catástrofe colosal, la mayor de esta guerra, porque coparán toda la zona, con cuantos elementos de guerra nos queden en ella. No van a tirarse de cabeza al mar. (90-91)
24 de junio
La caída de Bilbao es gravísima, por lo que representa en el interior y en el exterior. Es posible que sus efectos no se toquen en las primeras semanas, pero ya se tocarán. No todos lo ven así. Aunque en este borrador no consigno todos los disparates que por ahí se ponen en circulación, algunos, por su calibre, merecen nota especial. Hay quien opina que el perderse todo el País Vasco, teatro secundario de la guerra, donde no puede ocurrir nada decisivo, elimina un problema político para el día de la victoria. Se fundan en la actitud insubordinada que tenía el Gobierno vasco, y ahora, caído, expulsado de su territorio, no podrá el día de mañana, en el momento de paz, imponerse ni crear dificultades. (94)
29 de junio
Esta tarde ha estado aquí Prieto, llamado por mí. Tenía que hablarle de algunos destinos del Cuarto militar. Hemos tratado de otras muchas cosas, más importantes. Me ha ampliado las noticias que ya tenía sobre la defección de los nacionalistas en Bilbao. Cinco batallones se pasaron al enemigo, entregándole la orilla izquierda del Cadagua. También se pasaron los que defendían Portugalete, dejando emparedados a los que querían defender Baracaldo. En el propio Bilbao se formó una línea de desertores, que armaron además a unos centenares de presos políticos, y se interpusieron todos entre nuestra primera línea y la retaguardia. Parece ser que fueron dominados. (…) Preguntándole yo si era cierto el fusilamiento de Espinoza [sic, Alfredo Espinosas Orive, consejero de Sanidad del gobierno de Aguirre], miembro del Gobierno vasco, que volvía de Francia en avión y tuvo que aterrizar en país enemigo, contesta que no lo sabe. Solo está seguro de que lo han condenado a muerte. Espinoza se había fugado de Bilbao // hace ya quince o veinte días. Refugiado en Francia, le dijeron tantas cosas y le hicieron tantos reproches, que resolvió regresar; el accidente de aviación le ha sido fatal. (98-99)
19 de julio
He ido a Valencia y recibido la visita de Aguirre, el Presidente del Gobierno vasco. Estuvo en el acto de ayer. Larga conversación. Muy afectuoso, muy respetuoso. «Yo sé a quién hablo –me dice– y por eso me expresaré con franqueza.» Describe la tragedia «del País», que se ha consumado por lo que él llama «indefensión», es decir por falta de aviación. Ya no atribuye la falta –por lo menos, no me lo ha dicho– a indiferencia y abandono del Gobierno de la República. Pero atribuye una importancia decisiva al efecto desmoralizador de esa falta. Me refiere casos de heroísmo // de las tropas vascas. A fines de abril, los técnicos militares (Llano, Montant, Ciutat, Arambarri, etcétera), convocados a junta, opinaron que el enemigo tardaría de cuatro a ocho días en llegar a Bilbao. Los militares, a juicio de Aguirre, no sentíen emoción alguna por la causa, y se desmoralizaban, desmoralizando a los demás. Se decidió, en vista de eso, a asumjir el mando, aunque no le correspondía, porque estaba seguro de levantar así el ánimo de la gente, como ocurrió. (…) La caída de Bilbao produjo el desmoronamiento de la moral del ejército. Perdida la tierra, ya nada tenían que hacer. Él no está conforme con eso; hay que defender el País fuera de él. (…) Niega que se hayan pasado al enemigo batallones enteros. Mucha gente se ha pasado, creyéndolo todo perdido, al perderse Bilbao; pero unidades en masa, no. (153-154)
Pero lo más significativo apareció al final. Hablando de lo ocurrido en el frente de Aragón, que, a juicio mío y de casi todos, era el lugar de donde debía haber partido una ofensiva nuestra para auxiliar al norte, y de las causas del fracaso, Aguirre me pregunta qué tal estaría traer unas divisiones vascas a Huesca, para emplearlas en esa zona. Sin pararme a examinar los motivos de la propuesta (si es que tales divisiones no hacen falta donde están, cosa poco creíble; o que no quieren batirse fuera de su tierra; o que los bilbaínos no gustan de defender Santander…), le opongo // la imposibilidad de realizarla: «¿Por dónde iban a venir? Por mar, es imposible, y por Francia no lo consentirían». «¡Qué sé yo…! Como heridos…» «¿Heridos? También son combatientes, si no quedan inútiles. Y a nadie le haría usted creer que íbamos a transportar quince o veinte mil heridos de una región a otra.» «Pues es lástima. El cuerpo de ejército vasco, ya reorganizado, rehecha su moral, se batiría muy bien poniéndolo sobre Huesca. Se enardecería en cuanto le dijésemos que íbamos a conquistar Navarra.» «¿Navarra?» «Sí. No es que tengamos el designio político de dominarla nosotros… Pero ha sido desleal a la causa vasca. El ir sobre ella entusiasmaría a nuestra gente…»
No dije nada. Recordé las frívolas expansiones de Irujo, este invierno, cuando para después de tomar Vitoria y Miranda, me prometía la conquista de Navarra. E Irujo es de Pamplona, según creo. Y ahora, este Gobiernito vasco, derrotado, expulsado de su territorio, sin súbditos, apenas con tropas, y desmoralizadas, se encandila, y cree que encandilaría a sus gentes (a lo mejor es verdad), pensando en «la conquista» de la provincia limítrofe y rival. (…)
Aguirre se va a Madrid a conferenciar con Prieto. Antes de volverse al norte, vendrá de nuevo a verme. He observado que Aguirre habla y pronuncia el castellano como un burgalés. (156-157)
22 de julio
Ayer por la tarde vino Aguirre, a despedirse. Ha estado en Madrid, ha visitado algunas líneas. Naturalmente, las obras de fortificación que ha visto son muy inferiores a las que habían hecho ellos en Vizcaya. Le parece que Prieto está muy pesimista. Asegura que Prieto ha encontrado bueno el proyecto de traer al frente de Aragón unas divisiones vascas, y que le ha autorizado para que busque los medios de realizarlo. También cree y espera que el Gobierno le satisfará en lo de la evacuación de los fugitivos vascos. Le pregunto por la suerte que hayan corrido algunas personas. En general, Aguirre cree saber que los rebeldes han fusilado a poca gente en Bilbao. «Verdad es -añade– que todos los que tenían alguna significación política, han huido.» La emigración ha sido mucho mayor en la población rural del país que en la urbana. En Bilbao se habrán quedado unas sesenta mil personas. El recibimiento hecho a los vencedores ha sido frío, despegado. También Guipúzcoa continúa hostil. Cuenta Aguirre que entre los rebeldes se dice «Guipúzcoa no se convierte». Le retuve poco // tiempo. La conversación no podía dar mucho de sí. Aguirre se ha mantenido en el terreno de las generalidades vagas, superficiales. ¿Deliberadamente? Tal creo. No me ha dicho más que una mínima parte de lo que sabe, y nada de lo que verdaderamente piensa sobre el pasado. ¿O será que no ve más? Parece increíble. (159-160)
24 de julio
Hoy he recibido, del general Martínez Cabrera, la pequeña memoria que encargué sobre la campaña del norte hasta la caída de Bilbao. Sin descender a muchos detalles, y aparte de algunas consideraciones ociosas, el documento es muy instructivo. En general, confirma lo que ya sabíamos. Nunca, a pesar de lo que decía el Gobierno vasco, se ha organizado allí un verdadero ejército, no obstante haber gente y material de sobra para ello. Han faltado disciplina, mandos, unidad de acción, voluntad de cooperar en un fin común. Predominio del localismo, fatuidad, descuido, imprevisión optimista. El Gobierno vasco tarifó con el general Llano, negándose a seguir sus indicaciones, y asumió la dirección de la guerra. Todos los oficiales asesores del Gobierno vasco se han pasado al enemigo. Corrobora la defección de batallones nacionalistas, con sus mandos. El optimismo de Aguirre –asegura Martínez Cabrera– estorbó que se retirase todo el material; así cayeron en poder del enemigo cuarenta y cinco millones de cartuchos. (168)
26 de julio
A continuación, audiencia de los delegados socialistas que vienen a cumplimentarme con motivo del Congreso de su partido. González Peña, Cruz Salido y Llaneza. La conversación ha versado sobre los asuntos militares del norte. González Peña me dice: «Retorciéndonos el corazón, tenemos que callar lo que sabemos, lo que hemos visto, para no hacer daño a la causa común». Están indignados por la presunción, el despego, la insolidaridad de los nacionalistas vascos y del Gobierno. Los vascos –dice Peña– no son mejores ni peores que los asturianos o los santanderinos. Son buena gente, trabajan bien, pero no tenían la experiencia de la guerra que nosotros habíamos adquirido en Asturias. Los bombardeos de aviación y de artillería son horrorosos, y aparte de que hagan más o menos bajas, agotan los nervios. En Asturias llevábamos muchos meses aguantándolos y la gente está acostumbrada. Los vascos no los habían sufrido hasta que empezó la ofensiva desde Álava. Cuando ocurrieron los primeros reveses, los asturianos propusieron llevarse a Oviedo las unidades vascas más castigadas y desmoralizadas, para tenerlas allí en posiciones menos expuestas y reorganizarlas, llenando las bajas con gente de Asturias, ya aguerrida, y sustituyendo esas unidades en el frente alavés con otras sacadas de Oviedo. El Gobierno vasco se negó. A las columnas asturianas que fueron en socorro de Álava las llamaban los vascos «tropas expedicionarias». Propusieron también suspender toda actividad en Asturias y formar un cuerpo de maniobra que atacase por los confines de Santander y Burgos. Los vascos no aceptaron. (Me pregunto qué falta hacía su aceptación.) Se pensó en constituir un ejército de reserva, situándolo a espaldas de Bilbao. Igual negativa. Al parecer, hubo como un proyecto de encerrarse en Bilbao y resistir un sitio. A González Peña le pareció muy bien. Pudieron quedarse en Bilbao 20.000 hombres. Había víveres para más de un año y abundantísimo material. Dejándose cercar, Bilbao no habría caído, porque de Asturias y Santander se habría sacado un ejército de socorro, que al decir de Peña, habría ido a levantar el sitio con entusiasmo. Les indigna que se haya dejado caer en manos del enemigo una cantidad de material inmensa. // Cruz Salido dice que El Liberal, de Bilbao, donde él trabajaba, era tachado de españolista. La censura no le dejó comentar a fondo ciertos extremos de mi discurso de enero. Refieren cosas pintorescas nacidas de la vanidad pueril y de primerizos de los gobernantes vascos, en punto a honores, guardias y otras ostentaciones. (Recuerdo para mí que Aguirre, entre sus quejas contra los santanderinos, me dijo que no le habían rendido honores: «No sé bien los que me corresponden», añadía, como si los hubiese echado de menos también en Valencia.) (171-172)
29 de julio
El Presidente [Azaña aquí se refiere al Presidente del Consejo de Ministros, Negrín] está muy irritado por los incidentes a que ha dado ocasión el paso de Aguirre por Barcelona. «Aguirre –dice– no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca –agrega– lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes quieren descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga pedir dinero, y más dinero…» (176)
24 de agosto
Esta mañana me ha enviado Prieto la copia de unos telegramas sobre lo sucedido en Santoña con algunas tropas vascas, insubordinadas, que han dado un golpe de fuerza en aquella población y pretendían embarcarse en unos vapores ingleses. Ya, ayer, el ministro de Justicia me trasladó el telegrama que Aguirre le enviaba para mí, lamentándose de que // el Gobierno hubiese denegado la autorización para transportar aquellas fuerzas al frente de Aragón. Ignoro en qué consiste la decisión del Gobierno y sus motivos. Pero siendo a mi juicio absolutamente imposible llevar fuerza armada, ni por mar ni por tierra, desde el Cantábrico hasta Aragón, ese propósito, que según Aguirre, estaba en vías de realizarse, bien pudiera ser un modo de conseguir la salida, a toda costa, de la situación en que se hallan. Para dirigirse no sé a dónde, porque, embarcados, no iban a dar la vuelta a la península, teniendo que cruzar el estrecho, y por Francia no los dejarían pasar. Esta observación, que parece incontestable, ya se la hice yo a Aguirre, cuando me habló del asunto. Me dijo que ya encontraría medio de arreglárselas, que era no decir nada, y eludió la dificultad. ¿Con el propósito real, pero escondido, de intentar sustraer a sus paisanos vascos a la terrible dificultad que les aguardaba después de perderse Bilbao? Los hechos parecen confirmarlo. Aguirre llega a decir en su telegrama que, prohibiéndoles la salida, las tropas vascas se pondrán en contra de la República. Vamos, que desertarán. (234-235)
28 de agosto
Respecto de los contingentes vascos y del telegrama de Aguirre, el Presidente me asegura que en ningún momento se había autorizado el transporte a tierras de Aragón. Aguirre habló de ello con Prieto, que remitió el asunto al Comité de Guerra del Gobierno, por lo que había en ello de político. El Comité, además de apreciar la imposibilidad material de realizar el propósito, consideró, de una parte, que trasladar a los vascos, y no a los asturianos o santanderinos, habría sido injusto, que, de otra, todo ello parecía no ser más que una máscara para quitarse bonitamente de en medio. Por eso no lo autorizó. Me cuenta además Negrín que el decaído Gobierno vasco ha pedido que se le giren cien millones. Denegado. Y que al tratar de traer a Valencia al personal burocrático, se han encontrado con que en la presidencia del Gobierno, hay más funcionarios que en la presidencia del Consejo de ministros, y por el mismo estilo andan en otros departamentos, en alguno de los cuales figuran setenta empleados, para un ramo de la administración autónoma que, desde hace casi un año, apenas excedía de los límites de Vizcaya. Se han hecho, y se hacen, extraños manejos, para salvarle a Sota su flota mercante. Sota, después de intentar el abanderamiento de sus barcos en América y de disimularlos en una sociedad de fachada inglesa, ha pedido auxilio al Gobierno, en vista de que Franco le persigue. El Gobierno estaba dispuesto, pero dejando resguardados los derechos del Estado sobre los barcos. En torno de esto ha habido muchas intrigas y Negrín me ha hablado de una firma sorprendida por habilidades turbias de un alto funcionario. (241)
En mi mesa estaban las hojas de información repartidas hoy por la subsecretaría de Propaganda, donde ya se encuentran, tomadas de fuentes facciosas, las descripciones de la entrada del general Dávila y los italianos en Santander. En las mismas hojas he visto contada la entrega y rendición de los batallones vascos, seis u ocho, cuyos nombres dan, y el de los pueblos donde se han entregado. Es decir, se cumple lo que Aguirre me anunciaba en su telegrama. (242)
31 de agosto
Me confirma Prieto que los asturianos se han constituido en «Gobierno soberano» (es lo que quiere ser aquí todo el mundo), han destituido a Gamir, sustituyéndole con Pradas, y hacen contra el Gobierno de la República «una campaña terrible», echándole la culpa de la catástrofe. La cual es tan grande, por lo menos, como yo me figuraba. Los prisioneros pasan de 40.000. Se ha perdido casi todo el material de aviación. Quedan allí cuatro o cinco aparatos. Es cierta la defección de unos cuantos batallones vascos. En relación con esto y con los fantásticos proyectos de Aguirre, Prieto afirma que nunca accedió al plan de traer a Aragón las divisiones vascas. Lo tuvo por irrealizable, y, además, le parecía injusto embarcar a unos y no a otros. (247)
13 de septiembre
La pérdida de Santander era inevitable, pero hubiera podido retrasarse quince o veinte días, importantes para la situación de Asturias, a no ser por la defección de los batallones vascos. Estas fuerzas estaban acantonadas en Castro, Colindres, Laredo y algún otro puerto. Sola mente había tres batallones vascos en la línea de combate, encargados de defender los pasos del Saja, y la bajada a Cabezón. Aguirre había dicho a los batallones vascos que no tendrían que combatir más en el frente norte, y que Prieto y el Presidente de la República estaban conformes con esto (cursivas en el original). Al agravarse la situación, se dio orden a los batallones vascos que estaban en la costa, de trasladarse al frente. Se negaron, y no solamente ellos, sino que los tres batallones apostados en los pasos de Saja, abandonaron la posición y se fueron a Laredo. El enemigo pasó por allí sin disparar un tiro. (274)
11 de octubre
Para hoy tenía bastantes audiencias concedidas, pero la mayor parte del tiempo disponible se lo ha llevado Aguirre, el Presidente del expatriado Gobierno vasco. Hemos hablado de muchas cosas, pero ninguna nueva. De la conducta de la Iglesia española, de las dificultades que su actitud presente crearía en lo porvenir, del disgusto con que según Aguirre se ve en el Vaticano la conducta de los obispos, de la carta del cardenal Gomá, etcétera, etcétera. Incluso ha salido a relucir aquella expresión mía: «España ha dejado de ser católica», que muchos entendieron, o aparentaron entender (entre estos, Unamuno), como si yo negase que gran número de españoles profesa el catolicismo. Aguirre me dice que él, católico practicante, está conforme con aquellas palabras mías entendidas como realmente las dije y se deduce del contexto. Ha vuelto a recordar su propósito de trasladar a Cataluña las divisiones vascas. Asegura que Delbos le ofreció no poner límites al tránsito «de heridos». Se lamenta del acuerdo negativo del Consejo de la Guerra. Me promete copia de un expediente sobre los hechos de la capitulación de Santoña. Justifica que el Gobierno vasco se haya instalado en Francia, por la necesidad de atender a más de ochenta mil refugiados de su país. Sobre esto, me // expone las pretensiones que va a formular ante el Gobierno, para que se les deje seguir administrando la marina mercante de matrícula bilbaína, y ocuparse directamente de los servicios de asistencia a los emigrados, así como de los servicios de cultura. En fin, quieren seguir con su autonomía en el extranjero. (L’Esquella de la Torratxa decía que los catalanes emigrados en París iban a pedir el traspaso del Orden público.) Hace protestas de lealtad y de adhesión a la República, a la que nunca ha querido faltar. Su lealtad a la República será inquebrantable mientras dure la guerra. Después ya se verá lo que sucede. Quiere sincerarse conmigo de las extralimitaciones que se le imputan en el orden internacional. Nunca han hecho actos de carácter político, ni se han dirigido a ningún Estado extranjero. Sus gestiones han sido de carácter comercial y social. Reconoce que su proclama, pocos días antes de caer Bilbao, no sería muy correcta, pero es disculpable en aquellos momentos de desesperación. (315-316)
14 de octubre
Aguirre ha tenido la ocurrencia de proponer a Negrín que celebremos una conferencia los cuatro presidentes. «Yo no tengo nada que hacer en esa conferencia», le digo. «Es claro. Así se lo he hecho entender a Aguirre.» La posición de Negrín, en todos estos asuntos de las regiones autónomas, es la justa. Tratarían de envolverlo de mil maneras, siendo una de las más peligrosas, e inaceptable, la de «marchar de acuerdo». Por fortuna, está muy sobre aviso. (325)
8 de noviembre
En Valencia. Visitas. El teniente coronel Buzón, que viene de Asturias. (…) Buzón habla bien, en general, del valor, de la disciplina de los combatientes asturianos; pero a medida que se iba subiendo en la jerarquía, todo era peor. Está haciendo una relación de cuanto ha visto en el norte, para entregármela. El ministro Irujo le ha preguntado: «¿Cuál ha sido la causa de la pérdida de Bilbao?». Buzón: «En un cincuenta por ciento la aviación enemiga; en lo restante, Aguirre». Irujo: «Claro, claro; los hombres no pueden improvisarse». (359)
***
Y dejo para el final lo que José Antonio Aguirre pensaba de Manuel Azaña. Son tres apuntes, recogidos aquí por orden cronológico de publicación del segundo tomo de sus Obras Completas (San Sebastián, Sendoa, 1981). Creo que una vez leídos no merecen mayor comentario que el de la profunda sima que había entre ambos personajes: ni se conocían ni pretendían conocerse.
“Celebré una larga entrevista con el Presidente Azaña, a quien expuse mi proyecto. Recuerdo una de sus contestaciones: «Para comprenderle a usted no hace falta más que saber geografía»” (De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, apartado titulado “Cuando no se quiere saber geografía”, OC, t. II, p. 224, se imprimió en Nueva York el 20 de mayo de 1942).
“Aquel hombre, don Manuel Azaña, aquel hombre magnífico que supo comprender tan bien nuestros problemas, y a cuya honestidad y a cuyo espíritu de sacrificio he de rendir yo el homenaje más íntimo de mi alma, porque yo tuve gran amistad con vuestro jefe y Presidente de la República; aquel hombre habló conmigo muchas veces del “Gibraltar vaticanista”, y aquel hombre nos comprendía y protestaba en su alma de la injusticia que se estaba realizando, y nos lo decía. Soñaba con enlazar la historia de los pueblos libres del siglo XVIII con el pensamiento actual. Y la corona de España no supo comprender su misión, y no supo distinguir los límites nacionales de los límites peninsulares. Los confundió. Esto es lo que falló en el siglo XIX. Es el error histórico más grave” (Discurso del Dr. Aguirre en el Centro Republicano Español de Buenos Aires, el día 30 de septiembre de 1942, OC, t. II, p 81).
“Nunca olvidaré la respuesta del presidente Azaña: “Para comprenderle a usted, Aguirre, no hace falta más que saber geografía”. ¡Cómo agradecí yo la comprensión del presidente Azaña!, con quien me unió, y proclamo porque me honra, una gran amistad.” (Veinte años de gestión del Gobierno Vasco (1936-1956)”, apartado “El exilio”, OC. t. II, pp. 973). Esto está escrito en 1956.












