Las extrañas y vergonzantes amistades de Pedro Sánchez
![[Img #29952]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/03_2026/3476_2222222222.jpg)
Durante décadas, la política exterior española se caracterizó por una orientación clara y reconocible. Tras la Transición, España se integró en las estructuras fundamentales del mundo occidental: la OTAN, la Unión Europea y el sistema de alianzas euroatlántico liderado por Estados Unidos. Aquella elección estratégica no fue un mero formalismo diplomático, sino una decisión histórica que situó a España dentro del marco político, económico y cultural de las democracias liberales.
Ese consenso, sin embargo, empieza hoy a mostrar grietas preocupantes. En los últimos años, la política exterior del Gobierno ultra de Pedro Sánchez ha ido acumulando gestos, declaraciones y posicionamientos que no pocos observadores, tanto nacionales como internacionales, interpretan como un progresivo distanciamiento de ese marco atlántico que durante décadas constituyó el eje de la acción exterior española.
El problema no radica únicamente en decisiones concretas, sino en la imagen internacional que esas decisiones proyectan. La política exterior no se mide sólo por lo que un gobierno dice que hace, sino por cómo es percibido por aliados, adversarios y observadores internacionales. Y en ese terreno simbólico, la España domeñada por Pedro Sánchez lleva años enviando señales muy inquietantes.
Mientras algunos socios tradicionales expresan perplejidad o incomodidad ante determinadas posiciones diplomáticas del Gobierno español, lo cierto es que actores abiertamente hostiles al orden occidental no han dudado en aprovechar esas mismas posiciones para legitimar sus propias narrativas. Organizaciones como Hamás, ETA o los talibanes no han dudado en alabar las decisiones del Gobierno socialista español, al menos tanto como lo han hecho regímenes como el iraní o el chino.
Especialmente llamativo y vergonzoso es el el caso de ETA, una organización terrorista que durante décadas trató de destruir la democracia española, y que hoy día sigue proyectando una sombra incómoda en el debate político actual gracias a la legitimidad que le proporciona el Gobierno éticamente indigente de Pedro Sánchez. La presencia en la vida pública de formaciones políticas (filoterroristas y/o golpistas) que proceden directamente de ese entorno radical, y cuya legitimidad parlamentaria se convierte en pieza clave para la estabilidad del Gobierno, constituye un factor que muchos observadores internacionales contemplan con asombro.
En política internacional existe una vieja máxima que rara vez falla: los países también son juzgados por las compañías que frecuentan y por las causas que parecen inspirarles simpatía. Podría recordarse aquí la conocida expresión evangélica: “por sus frutos los conoceréis”. En el ámbito político podría reformularse de manera igualmente clara: “por sus amigos los conoceréis”.
Cuando gobiernos, movimientos o regímenes tiránicos y situados abiertamente fuera del marco democrático occidental encuentran motivos para celebrar o respaldar determinadas posiciones de un Gobierno europeo, es inevitable preguntarse qué tipo de señal se está enviando al mundo. No se trata necesariamente de que exista una alianza formal con esos actores, pero sí de que el mensaje político que se proyecta puede ser interpretado como una toma de distancia respecto al espacio democrático occidental.
La cuestión de fondo es estratégica. En un mundo cada vez más polarizado entre democracias liberales y regímenes autoritarios, los países occidentales están redefiniendo sus alianzas y prioridades. Estados Unidos, la Unión Europea y otros socios democráticos afrontan desafíos geopolíticos crecientes: la expansión de la influencia china, la agresividad de determinados regímenes autoritarios, la inestabilidad en Oriente Próximo o la amenaza del terrorismo internacional.
En ese escenario, la claridad ideológica y estratégica resulta esencial. Los países que dudan demasiado sobre su marco de alianzas acaban transmitiendo debilidad, confusión o falta de fiabilidad. Y en política internacional la confianza es un activo tan valioso como frágil.
España sigue siendo, por supuesto, miembro de pleno derecho de la Unión Europea y de la OTAN. Sus compromisos institucionales con el sistema occidental permanecen intactos. Pero las naciones no se definen únicamente por sus tratados, sino también por sus gestos políticos, por su discurso público y por las simpatías que despiertan sus posiciones.
Por eso conviene plantear una pregunta incómoda pero necesaria: ¿está España reforzando su papel dentro del mundo occidental o está comenzando a situarse, voluntaria o involuntariamente, en una posición de indignante y temeraria ambigüedad estratégica? La historia demuestra una y otra vez que los países que se alejan de sus aliados naturales rara vez encuentran refugio en aquellos que celebran ese alejamiento. Y en política internacional, como en la vida, los aplausos más entusiastas a veces proceden precisamente de quienes menos deberían celebrarnos.
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Durante décadas, la política exterior española se caracterizó por una orientación clara y reconocible. Tras la Transición, España se integró en las estructuras fundamentales del mundo occidental: la OTAN, la Unión Europea y el sistema de alianzas euroatlántico liderado por Estados Unidos. Aquella elección estratégica no fue un mero formalismo diplomático, sino una decisión histórica que situó a España dentro del marco político, económico y cultural de las democracias liberales.
Ese consenso, sin embargo, empieza hoy a mostrar grietas preocupantes. En los últimos años, la política exterior del Gobierno ultra de Pedro Sánchez ha ido acumulando gestos, declaraciones y posicionamientos que no pocos observadores, tanto nacionales como internacionales, interpretan como un progresivo distanciamiento de ese marco atlántico que durante décadas constituyó el eje de la acción exterior española.
El problema no radica únicamente en decisiones concretas, sino en la imagen internacional que esas decisiones proyectan. La política exterior no se mide sólo por lo que un gobierno dice que hace, sino por cómo es percibido por aliados, adversarios y observadores internacionales. Y en ese terreno simbólico, la España domeñada por Pedro Sánchez lleva años enviando señales muy inquietantes.
Mientras algunos socios tradicionales expresan perplejidad o incomodidad ante determinadas posiciones diplomáticas del Gobierno español, lo cierto es que actores abiertamente hostiles al orden occidental no han dudado en aprovechar esas mismas posiciones para legitimar sus propias narrativas. Organizaciones como Hamás, ETA o los talibanes no han dudado en alabar las decisiones del Gobierno socialista español, al menos tanto como lo han hecho regímenes como el iraní o el chino.
Especialmente llamativo y vergonzoso es el el caso de ETA, una organización terrorista que durante décadas trató de destruir la democracia española, y que hoy día sigue proyectando una sombra incómoda en el debate político actual gracias a la legitimidad que le proporciona el Gobierno éticamente indigente de Pedro Sánchez. La presencia en la vida pública de formaciones políticas (filoterroristas y/o golpistas) que proceden directamente de ese entorno radical, y cuya legitimidad parlamentaria se convierte en pieza clave para la estabilidad del Gobierno, constituye un factor que muchos observadores internacionales contemplan con asombro.
En política internacional existe una vieja máxima que rara vez falla: los países también son juzgados por las compañías que frecuentan y por las causas que parecen inspirarles simpatía. Podría recordarse aquí la conocida expresión evangélica: “por sus frutos los conoceréis”. En el ámbito político podría reformularse de manera igualmente clara: “por sus amigos los conoceréis”.
Cuando gobiernos, movimientos o regímenes tiránicos y situados abiertamente fuera del marco democrático occidental encuentran motivos para celebrar o respaldar determinadas posiciones de un Gobierno europeo, es inevitable preguntarse qué tipo de señal se está enviando al mundo. No se trata necesariamente de que exista una alianza formal con esos actores, pero sí de que el mensaje político que se proyecta puede ser interpretado como una toma de distancia respecto al espacio democrático occidental.
La cuestión de fondo es estratégica. En un mundo cada vez más polarizado entre democracias liberales y regímenes autoritarios, los países occidentales están redefiniendo sus alianzas y prioridades. Estados Unidos, la Unión Europea y otros socios democráticos afrontan desafíos geopolíticos crecientes: la expansión de la influencia china, la agresividad de determinados regímenes autoritarios, la inestabilidad en Oriente Próximo o la amenaza del terrorismo internacional.
En ese escenario, la claridad ideológica y estratégica resulta esencial. Los países que dudan demasiado sobre su marco de alianzas acaban transmitiendo debilidad, confusión o falta de fiabilidad. Y en política internacional la confianza es un activo tan valioso como frágil.
España sigue siendo, por supuesto, miembro de pleno derecho de la Unión Europea y de la OTAN. Sus compromisos institucionales con el sistema occidental permanecen intactos. Pero las naciones no se definen únicamente por sus tratados, sino también por sus gestos políticos, por su discurso público y por las simpatías que despiertan sus posiciones.
Por eso conviene plantear una pregunta incómoda pero necesaria: ¿está España reforzando su papel dentro del mundo occidental o está comenzando a situarse, voluntaria o involuntariamente, en una posición de indignante y temeraria ambigüedad estratégica? La historia demuestra una y otra vez que los países que se alejan de sus aliados naturales rara vez encuentran refugio en aquellos que celebran ese alejamiento. Y en política internacional, como en la vida, los aplausos más entusiastas a veces proceden precisamente de quienes menos deberían celebrarnos.











