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Jueves, 05 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:
«La Iglesia no necesita convertirse en una institución mundana más»

Cardenal Sarah: "Una civilización que renuncia a Dios termina renunciando a la vida"

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El cardenal Robert Sarah, uno de los referentes intelectuales más influyentes del catolicismo contemporáneo, ha vuelto a intervenir en el debate sobre el futuro de la Iglesia con la publicación de su nuevo libro 2050, fruto de un diálogo con el escritor Nicolas Diat. En una extensa conversación recogida por el semanario francés Le Journal du Dimanche, el purpurado guineano reflexiona sobre la crisis espiritual de Occidente, la identidad de la Iglesia, la crisis de la familia y el desafío de la secularización.

 

Su diagnóstico es claro: la Iglesia atraviesa una profunda prueba espiritual, pero su mayor peligro sería intentar resolverla adaptándose a los criterios del mundo.

 

«No necesitamos una institución mundana más», afirma con contundencia. «La Iglesia existe para llevar la salvación de Dios al mundo».

 

Un pontificado que debe poner a Dios en el centro

 

En la entrevista, Sarah explica que el verdadero criterio para juzgar un pontificado no son las reformas administrativas ni los cambios disciplinarios, sino la capacidad de volver a colocar a Dios en el centro de la vida cristiana.

 

El cardenal se refiere así al inicio del pontificado de León XIV, que según él debería evaluarse ante todo por su capacidad de reorientar espiritualmente a la Iglesia. «Un pontificado no se mide primero por decisiones disciplinarias o por inflexiones pastorales», afirma. «Se mide por su capacidad de poner a Dios en el centro».

 

Para Sarah, cuando el discurso eclesial se centra antes en la adoración que en la organización, antes en la conversión que en la estrategia, la Iglesia recupera su verdadera orientación. «Allí donde Dios vuelve a ocupar el centro —dice— renace la paz. Y cuando la doctrina se expresa con claridad, las almas confundidas encuentran de nuevo una brújula».

 

El cardenal insiste en que su alegría ante el nuevo pontificado no es sentimental, sino espiritual: la continuidad de la fe apostólica es, para él, el criterio decisivo.

 

La crisis del lenguaje religioso

 

Uno de los aspectos que más preocupan al purpurado es lo que denomina una crisis del vocabulario cristiano, que en su opinión precede a una crisis de fe.

 

«Nombrar la esencia es preservar la sustancia», explica. «La precisión doctrinal es un acto de caridad».

 

Según Sarah, los fieles tienen derecho a una enseñanza clara. La confusión doctrinal —advierte— nunca es pastoral, porque termina debilitando la fe. «No dejemos que las ideologías nos roben las palabras que expresan los misterios de nuestra fe», señala. Para el cardenal, muchos debates actuales dentro de la Iglesia surgen precisamente de una pérdida de claridad conceptual sobre nociones fundamentales como la liturgia, el sacerdocio o la naturaleza misma de la Iglesia.

 

Una Iglesia juzgada con criterios del mundo

 

En su análisis, Sarah sostiene que uno de los errores más frecuentes es intentar comprender la Iglesia utilizando categorías puramente mundanas. Hoy —dice— la institución eclesial es evaluada según criterios como la eficiencia, la representatividad, la inclusión o la gobernanza, conceptos propios de la lógica política o empresarial. «Pero la Iglesia no viene del mundo», subraya. «Ha sido enviada para salvar al mundo».

 

Por ello insiste en que la Iglesia siempre será un signo de contradicción.

 

«Cuando se olvida su dimensión divina —explica— sus debilidades humanas se vuelven aplastantes». Para Sarah, el camino no consiste en reconstruir la Iglesia según modelos sociológicos, sino en recuperar la santidad. «La Iglesia no necesita ser reconstruida», afirma. «Necesita santos».

 

El peligro del relativismo doctrinal

 

Uno de los puntos más sensibles de la entrevista es el relativo a la unidad de la Iglesia. Sarah advierte de que esta unidad se ve amenazada cuando determinadas comunidades eclesiales absolutizan su contexto cultural o ideológico. «Cristo rezó para que todos sean uno», recuerda el cardenal.

 

Sin embargo, observa que algunas iglesias locales tienden a reinterpretar la fe en función de categorías nacionales o ideológicas, lo que termina fragmentando la comunión.

 

«Cuando se exalta la diferencia a costa de la comunión —dice— la catolicidad se fragmenta».

 

Para el purpurado, el relativismo doctrinal constituye uno de los mayores peligros para la credibilidad del Evangelio.

 

La Iglesia y las otras religiones

 

Sarah también aborda la relación entre el cristianismo y las otras religiones, subrayando la necesidad de mantener una actitud de respeto sin renunciar a la claridad doctrinal. «Debemos conservar un profundo respeto», afirma. «Pero también la claridad de la verdad».

 

El cardenal reconoce que en otras tradiciones religiosas pueden encontrarse «semillas de verdad», pero insiste en que la plenitud de la revelación cristiana se encuentra en Jesucristo. «Proponer no es imponer», señala. «Pero callar a Cristo sería una infidelidad».

 

Escándalos y necesidad de conversión

 

Otro de los temas abordados es el impacto de los escándalos que han afectado a comunidades religiosas y eclesiales en las últimas décadas. Para Sarah, estas crisis deben afrontarse con verdad y justicia, pero no deben interpretarse como una negación de la vocación cristiana. «Los escándalos exigen verdad, justicia y purificación», afirma. «Pero no suprimen la vocación». Más aún: considera que estas crisis revelan la necesidad permanente de conversión dentro de la Iglesia.

 

La liturgia y la tradición

 

El cardenal también defiende la riqueza de la diversidad litúrgica dentro de la tradición de la Iglesia. Según explica, la diversidad puede ser legítima siempre que exprese la misma fe. En este contexto critica lo que considera una obsesión por eliminar la liturgia tradicional. «Un rito se recibe, no se fabrica», señala. A su juicio, la verdadera reforma litúrgica no consiste en inventar nuevas formas, sino en redescubrir el sentido profundo de la adoración.

 

La batalla cultural sobre la familia

 

Uno de los pasajes más contundentes de la entrevista se refiere a la situación de la familia en Occidente. Sarah sostiene que en las últimas décadas se ha desarrollado una auténtica ofensiva cultural contra la institución familiar. «Los cristianos no pueden guardar silencio ante la guerra declarada contra la familia», afirma. A su juicio, el silencio de los católicos ante determinadas transformaciones legislativas y culturales sería una forma de traición. «La verdad debe decirse con amor —dice— pero sin ambigüedad».

 

La eutanasia y el valor de la vida

 

El cardenal también critica con dureza la expansión de la eutanasia y del suicidio asistido en varios países occidentales. Para Sarah, estas prácticas reflejan una concepción utilitarista de la vida humana.

 

«Ninguna vida puede considerarse indigna», afirma.

 

Según explica, la calidad moral de una sociedad puede medirse por la forma en que acompaña a los más débiles y a los moribundos. «Los enfermos necesitan compasión, no eliminación».

 

El invierno demográfico europeo

 

Otro de los temas abordados en el libro es la profunda crisis demográfica que atraviesa Europa. Para Sarah, el descenso de la natalidad refleja una crisis más profunda: una pérdida de esperanza. «Una civilización que renuncia a Dios termina renunciando a la vida», afirma. En su opinión, solo una renovación espiritual puede devolver a Europa la confianza necesaria para transmitir la vida a las nuevas generaciones.

 

El futuro de la Iglesia

A pesar del tono crítico de su diagnóstico, Sarah concluye con un mensaje de esperanza. El futuro de la Iglesia —dice— no dependerá de estrategias organizativas ni de reformas estructurales, sino de la santidad. Y añade una advertencia final dirigida tanto a los nuevos bautizados como a los propios católicos: «No entráis en una organización humana», concluye. «Entráis en el misterio de Cristo».

 

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