Las mujeres no estamos en venta
España es uno de los países con mayor consumo de prostitución, ocupando el primer lugar en Europa y tercero a nivel mundial. Diversos estudios estiman que alrededor del 39 % de los hombres españoles ha pagado por sexo alguna vez. Cuatro de cada diez, que se dice pronto. La realidad detrás de este dato es un inmenso mercado que mueve miles de millones a nivel mundial, lucrándose de los cuerpos de las mujeres y compitiendo en cifras con el tráfico de armas y de drogas. Mercado al que, además, han accedido países que han visto en él la oportunidad para ponerse a la altura de la economía global.
En este contexto de intereses económicos y de poder: ¿de verdad quieren hacernos creer que la prostitución es un trabajo que las mujeres elegimos libremente? y, más allá todavía, ¿de verdad quieren hacernos creer que defenderla como “trabajo sexual” es una postura feminista?
El feminismo ha sido históricamente abolicionista porque entiende la prostitución, no como una elección individual aislada, sino como una institución que se sostiene sobre desigualdades profundas entre hombres y mujeres. No es casualidad que la mayoría de quienes pagan sean hombres y la mayoría de quienes son pagadas sean mujeres. Esta asimetría refleja una relación de poder muy clara.
El abolicionismo no persigue a las mujeres en prostitución. Al contrario: las reconoce como sujetos de derechos y señala al sistema que las convierte en mercancía. También cuestiona la normalización de la demanda masculina, es decir, la idea de que es aceptable pagar por acceder al cuerpo de una mujer. En otras palabras, pone el foco en los actores que la hacen posible: proxenetas y puteros.
La posición abolicionista no surge sólo de una postura teórica, sino también surge de las voces de muchas mujeres que han vivido la prostitución. Supervivientes como Rosen Hicher, que recorrió Francia a pie para denunciar el sistema prostitucional, o Rachel Moran, autora de Paid For, han explicado cómo la prostitución se sostiene sobre la desigualdad, la pobreza y la violencia. Mujeres como Amelia Tiganus, Kamila Ferreira, Sonia Sanchez, Sarah Berlori han contribuido a visibilizar el vínculo entre prostitución, trata y desigualdad estructural. La lista de supervivientes es larga y sus testimonios desmontan el relato que quieren vendernos sobre la “libre elección” y recuerdan que detrás del negocio hay vulnerabilidad, coerción y explotación.
Sin embargo, muchas mujeres feministas asistimos perplejas al comunicado de Euskal Herriko Mugimendu Feminista tildando de “putofobia” las propuestas abolicionistas. En realidad llevamos perplejas mucho tiempo, mientras hemos visto que cancelaban, silenciaban y expulsaban a compañeras en las asambleas, como sucedió el año pasado en Bilbao, o las echaban violentamente de las manifestaciones, como hace un par de años en Gasteiz. Es ficticia la idea de unidad que se ha querido hacer ver en contraste con lo que se ha venido viendo en ciudades como Madrid o Barcelona porque realmente lo que se ha venido haciendo es acallar voces. Desde hace tiempo vemos cómo las posiciones críticas se quedan sin espacio en nuestros propios espacios hasta el punto de que muchas mujeres y asociaciones de mujeres temen posicionarse al respecto, arguyendo que “es un tema complejo”, por miedo a ser señaladas. Ha pasado a ser un tema tabú. Como se ha convertido también en tabú, al grito de “transfobia”, otra cancelación señalando de fobia, de odio, la crítica al sistema sexo-género, un concepto clave para explicar las raíces de la desigualdad entre hombres y mujeres.
Explicándolo de una forma sencilla, el sistema sexo-género describe cómo la sociedad asigna papeles distintos a hombres y mujeres desde el nacimiento. A los hombres se les asocia con el poder, la iniciativa o la autoridad; a las mujeres, con el cuidado, la disponibilidad o la subordinación. Estos papeles no son naturales ni inevitables: son normas sociales que se aprenden, que se repiten generación tras generación. Tampoco son inocentes ni casuales: persiguen mantener la desigualdad. Señalar la idea social construida de la de feminidad, los roles, los estereotipos, las expectativas, ha hecho que las mujeres derribemos muchas barreras para que ahora nos vengan con que la feminidad es algo monolítico e identitario a proteger.
Y la prostitución encaja perfectamente en esa lógica. Institucionaliza la idea de que los cuerpos de las mujeres pueden estar disponibles para el deseo masculino a cambio de dinero. Defender su normalización como “trabajo sexual” implica aceptar que las mujeres tenemos la función social de satisfacer sexualmente a los hombres que pagan.
Aunque esta es una de sus principales puertas de entrada, el mercado de la prostitución no se sostiene solo sobre la pobreza. También funciona a través de la coacción del consentimiento. Cuando las opciones reales son muy limitadas, aceptar vender el propio cuerpo puede parecer una elección, pero en realidad está condicionada por la falta de alternativas.
En los últimos años, además, el sistema prostitucional se ha adaptado a la economía digital y ha abierto nuevos mercados de explotación sexual en internet. Plataformas como OnlyFans se presentan como espacios de “empoderamiento” o de emprendimiento individual. La tecnología no cambia la estructura del negocio; simplemente la amplía. Ahora el mercado no solo capta a mujeres en situación de pobreza o vulnerabilidad, sino también a jóvenes a quienes se les presenta la monetización de su cuerpo como una oportunidad económica. De esta manera se normaliza la idea de que la sexualidad femenina puede convertirse en un producto de consumo.
La existencia de un mercado sexual no afecta solo a las mujeres que están dentro de él. Refuerza una cultura en la que los cuerpos de las mujeres se consideran potencialmente disponibles para el consumo masculino.
El 8M sigue siendo un día de protesta masiva. Miles de personas salen a la calle en lo que se ha convertido, año tras año, en la demostración de una sociedad abierta que defiende la igualdad entre mujeres y hombres. Sin embargo, mucha gente desconoce los manifiestos bajo los que se convoca a la sociedad. En ellos, cancelación tras cancelación, tabú tras tabú, la palabra “mujer” ha ido desapareciendo, y las reivindicaciones de la agenda feminista se diluyen o se sustituyen por otras agendas en un acto de instrumentalización del feminismo para otros fines que no le son propios.
Reivindicar el abolicionismo significa señalar un sistema que convierte la desigualdad en negocio. Significa defender políticas que reduzcan la demanda y que ofrezcan alternativas reales a las mujeres.
Pero también significa algo más simple y más profundo: negarnos a aceptar que el acceso al cuerpo de las mujeres pueda comprarse. Porque mientras exista un mercado que venda a algunas mujeres para el consumo de los hombres, ninguna mujer estará fuera de ese mercado. Y esto, en una sociedad abierta, no puede permitirse. Y por eso es feminista señalarlo.
Si venden a una, nos venden a todas.
España es uno de los países con mayor consumo de prostitución, ocupando el primer lugar en Europa y tercero a nivel mundial. Diversos estudios estiman que alrededor del 39 % de los hombres españoles ha pagado por sexo alguna vez. Cuatro de cada diez, que se dice pronto. La realidad detrás de este dato es un inmenso mercado que mueve miles de millones a nivel mundial, lucrándose de los cuerpos de las mujeres y compitiendo en cifras con el tráfico de armas y de drogas. Mercado al que, además, han accedido países que han visto en él la oportunidad para ponerse a la altura de la economía global.
En este contexto de intereses económicos y de poder: ¿de verdad quieren hacernos creer que la prostitución es un trabajo que las mujeres elegimos libremente? y, más allá todavía, ¿de verdad quieren hacernos creer que defenderla como “trabajo sexual” es una postura feminista?
El feminismo ha sido históricamente abolicionista porque entiende la prostitución, no como una elección individual aislada, sino como una institución que se sostiene sobre desigualdades profundas entre hombres y mujeres. No es casualidad que la mayoría de quienes pagan sean hombres y la mayoría de quienes son pagadas sean mujeres. Esta asimetría refleja una relación de poder muy clara.
El abolicionismo no persigue a las mujeres en prostitución. Al contrario: las reconoce como sujetos de derechos y señala al sistema que las convierte en mercancía. También cuestiona la normalización de la demanda masculina, es decir, la idea de que es aceptable pagar por acceder al cuerpo de una mujer. En otras palabras, pone el foco en los actores que la hacen posible: proxenetas y puteros.
La posición abolicionista no surge sólo de una postura teórica, sino también surge de las voces de muchas mujeres que han vivido la prostitución. Supervivientes como Rosen Hicher, que recorrió Francia a pie para denunciar el sistema prostitucional, o Rachel Moran, autora de Paid For, han explicado cómo la prostitución se sostiene sobre la desigualdad, la pobreza y la violencia. Mujeres como Amelia Tiganus, Kamila Ferreira, Sonia Sanchez, Sarah Berlori han contribuido a visibilizar el vínculo entre prostitución, trata y desigualdad estructural. La lista de supervivientes es larga y sus testimonios desmontan el relato que quieren vendernos sobre la “libre elección” y recuerdan que detrás del negocio hay vulnerabilidad, coerción y explotación.
Sin embargo, muchas mujeres feministas asistimos perplejas al comunicado de Euskal Herriko Mugimendu Feminista tildando de “putofobia” las propuestas abolicionistas. En realidad llevamos perplejas mucho tiempo, mientras hemos visto que cancelaban, silenciaban y expulsaban a compañeras en las asambleas, como sucedió el año pasado en Bilbao, o las echaban violentamente de las manifestaciones, como hace un par de años en Gasteiz. Es ficticia la idea de unidad que se ha querido hacer ver en contraste con lo que se ha venido viendo en ciudades como Madrid o Barcelona porque realmente lo que se ha venido haciendo es acallar voces. Desde hace tiempo vemos cómo las posiciones críticas se quedan sin espacio en nuestros propios espacios hasta el punto de que muchas mujeres y asociaciones de mujeres temen posicionarse al respecto, arguyendo que “es un tema complejo”, por miedo a ser señaladas. Ha pasado a ser un tema tabú. Como se ha convertido también en tabú, al grito de “transfobia”, otra cancelación señalando de fobia, de odio, la crítica al sistema sexo-género, un concepto clave para explicar las raíces de la desigualdad entre hombres y mujeres.
Explicándolo de una forma sencilla, el sistema sexo-género describe cómo la sociedad asigna papeles distintos a hombres y mujeres desde el nacimiento. A los hombres se les asocia con el poder, la iniciativa o la autoridad; a las mujeres, con el cuidado, la disponibilidad o la subordinación. Estos papeles no son naturales ni inevitables: son normas sociales que se aprenden, que se repiten generación tras generación. Tampoco son inocentes ni casuales: persiguen mantener la desigualdad. Señalar la idea social construida de la de feminidad, los roles, los estereotipos, las expectativas, ha hecho que las mujeres derribemos muchas barreras para que ahora nos vengan con que la feminidad es algo monolítico e identitario a proteger.
Y la prostitución encaja perfectamente en esa lógica. Institucionaliza la idea de que los cuerpos de las mujeres pueden estar disponibles para el deseo masculino a cambio de dinero. Defender su normalización como “trabajo sexual” implica aceptar que las mujeres tenemos la función social de satisfacer sexualmente a los hombres que pagan.
Aunque esta es una de sus principales puertas de entrada, el mercado de la prostitución no se sostiene solo sobre la pobreza. También funciona a través de la coacción del consentimiento. Cuando las opciones reales son muy limitadas, aceptar vender el propio cuerpo puede parecer una elección, pero en realidad está condicionada por la falta de alternativas.
En los últimos años, además, el sistema prostitucional se ha adaptado a la economía digital y ha abierto nuevos mercados de explotación sexual en internet. Plataformas como OnlyFans se presentan como espacios de “empoderamiento” o de emprendimiento individual. La tecnología no cambia la estructura del negocio; simplemente la amplía. Ahora el mercado no solo capta a mujeres en situación de pobreza o vulnerabilidad, sino también a jóvenes a quienes se les presenta la monetización de su cuerpo como una oportunidad económica. De esta manera se normaliza la idea de que la sexualidad femenina puede convertirse en un producto de consumo.
La existencia de un mercado sexual no afecta solo a las mujeres que están dentro de él. Refuerza una cultura en la que los cuerpos de las mujeres se consideran potencialmente disponibles para el consumo masculino.
El 8M sigue siendo un día de protesta masiva. Miles de personas salen a la calle en lo que se ha convertido, año tras año, en la demostración de una sociedad abierta que defiende la igualdad entre mujeres y hombres. Sin embargo, mucha gente desconoce los manifiestos bajo los que se convoca a la sociedad. En ellos, cancelación tras cancelación, tabú tras tabú, la palabra “mujer” ha ido desapareciendo, y las reivindicaciones de la agenda feminista se diluyen o se sustituyen por otras agendas en un acto de instrumentalización del feminismo para otros fines que no le son propios.
Reivindicar el abolicionismo significa señalar un sistema que convierte la desigualdad en negocio. Significa defender políticas que reduzcan la demanda y que ofrezcan alternativas reales a las mujeres.
Pero también significa algo más simple y más profundo: negarnos a aceptar que el acceso al cuerpo de las mujeres pueda comprarse. Porque mientras exista un mercado que venda a algunas mujeres para el consumo de los hombres, ninguna mujer estará fuera de ese mercado. Y esto, en una sociedad abierta, no puede permitirse. Y por eso es feminista señalarlo.
Si venden a una, nos venden a todas.












