¿Por qué existe la conciencia? Una nueva investigación propone que nació como herramienta evolutiva para sobrevivir
Cada mañana, millones de personas se despiertan y, sin detenerse a pensarlo, experimentan algo que sigue siendo uno de los mayores misterios de la ciencia: la conciencia. No se trata simplemente de procesar información o reaccionar a estímulos. Los seres humanos —y probablemente muchos otros seres vivos— sienten el mundo. Perciben colores, olores, sonidos y emociones. Existe algo que los filósofos llaman “lo que se siente” al experimentar la realidad. Pero ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué algunos sistemas físicos, como el cerebro humano, no solo procesan información, sino que además la experimentan subjetivamente?
Una investigación reciente titulada “Why is anything conscious?”, firmada por Michael Timothy Bennett, Sean Welsh y Anna Ciaunica y publicada en 2026, intenta ofrecer una respuesta a esta vieja pregunta desde una perspectiva que combina biología evolutiva, neurociencia y teoría de sistemas. Según los autores, la conciencia no sería un fenómeno misterioso surgido de repente en la evolución humana, sino el resultado gradual de la adaptación de los organismos vivos a su entorno. La clave estaría en una propiedad fundamental de los sistemas biológicos: la capacidad de distinguir entre lo que favorece su supervivencia y lo que la amenaza. En términos científicos, esta propiedad se denomina valencia: la capacidad de interpretar los estados del mundo como positivos o negativos para el organismo.
De acuerdo con esta hipótesis, los primeros organismos vivos no “pensaban” ni poseían experiencias complejas, pero sí eran capaces de responder de manera distinta a diferentes estímulos del entorno. Una bacteria, por ejemplo, puede desplazarse hacia fuentes de nutrientes y alejarse de sustancias tóxicas. Este mecanismo elemental de atracción y repulsión sería el punto de partida de la experiencia biológica. El mundo, para un organismo vivo, deja de ser simplemente un conjunto de fenómenos físicos y pasa a convertirse en algo que tiene significado para su supervivencia. En ese contexto, la información que procesa un organismo nunca es completamente neutral: siempre está asociada a algo bueno o malo para su continuidad biológica.
A medida que los organismos evolucionaron y se hicieron más complejos, esta capacidad de evaluar el entorno se volvió más sofisticada. Según los autores del estudio, en algún momento apareció lo que denominan un “primer orden del yo”: la capacidad de distinguir entre los cambios provocados por el propio organismo y aquellos que provienen del exterior. En términos biológicos, esto permite a un animal reconocer las consecuencias de sus propias acciones y planificar comportamientos más complejos. En insectos, mamíferos y otros animales con sistemas nerviosos desarrollados, este mecanismo se manifiesta en procesos como la reafferencia, es decir, la capacidad de distinguir entre un estímulo producido por uno mismo y uno producido por el entorno.
La conciencia humana, sin embargo, implicaría niveles aún más avanzados. Los investigadores sostienen que en especies sociales surgió un segundo nivel, el “segundo orden del yo”, que permite a un individuo representar mentalmente las intenciones y percepciones de otros individuos. Esta capacidad sería la base de fenómenos como la comunicación compleja, la cooperación social y el lenguaje. Comprender lo que otra persona piensa que queremos decir, o anticipar cómo interpretará nuestras acciones, requiere precisamente esa habilidad para modelar mentalmente la mente ajena.
Finalmente, el desarrollo cognitivo humano habría añadido un tercer nivel: la capacidad de proyectarse a uno mismo en el tiempo y construir una narrativa personal. Este “tercer orden del yo” permitiría a los individuos interpretar sus acciones presentes como parte de una historia que incluye pasado y futuro. Según el estudio, esta capacidad es fundamental para fenómenos como la confianza, la reputación, los compromisos sociales o la planificación a largo plazo.
Una de las conclusiones más provocadoras del trabajo es que la conciencia no sería un fenómeno binario —algo que se tiene o no se tiene— sino un continuo evolutivo. Desde los organismos unicelulares capaces de reaccionar a estímulos básicos hasta los seres humanos capaces de reflexionar sobre su propia mente, existiría una gradación de sistemas que interpretan el mundo en función de su supervivencia. En este marco teórico, la experiencia subjetiva surgiría cuando un organismo suficientemente complejo aprende a organizar la información del entorno mediante sistemas de interpretación basados en valencias, es decir, en patrones de atracción y repulsión vinculados a su propia vida.
La investigación sostiene, además, que los objetos y propiedades que percibimos —colores, olores o sonidos— no existirían para un organismo como entidades abstractas predefinidas, sino como categorías construidas a partir de esas experiencias valenciadas. Un estímulo como el color rojo o el aroma del café sería el resultado de complejos patrones de señales biológicas que el organismo interpreta en función de su interacción con el entorno. En ese sentido, la experiencia consciente sería el resultado de un proceso continuo de aprendizaje y clasificación del mundo.
Aunque esta propuesta no resuelve definitivamente el llamado “problema duro de la conciencia” (cómo un órgano físico como el cerebro produce ideas, sentimienrtos y emociones), sí intenta reformularlo desde un enfoque evolutivo. En lugar de preguntarse por qué la materia produce experiencia, el estudio sugiere que la experiencia podría ser una consecuencia natural de los mecanismos que permiten a los organismos sobrevivir en entornos complejos. Dicho de otro modo, sentir el mundo podría ser la forma más eficiente que encontró la evolución para guiar el comportamiento de los seres vivos.
La pregunta de fondo, sin embargo, permanece abierta. Incluso si la ciencia logra explicar cómo surgieron los mecanismos biológicos que generan la experiencia, todavía queda por resolver por qué esa actividad física se traduce en algo que se siente desde dentro. Mientras tanto, cada experiencia cotidiana —ver un color, escuchar una melodía o percibir el aroma del café— continúa recordando que la conciencia sigue siendo uno de los enigmas más profundos de la naturaleza.
Cada mañana, millones de personas se despiertan y, sin detenerse a pensarlo, experimentan algo que sigue siendo uno de los mayores misterios de la ciencia: la conciencia. No se trata simplemente de procesar información o reaccionar a estímulos. Los seres humanos —y probablemente muchos otros seres vivos— sienten el mundo. Perciben colores, olores, sonidos y emociones. Existe algo que los filósofos llaman “lo que se siente” al experimentar la realidad. Pero ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué algunos sistemas físicos, como el cerebro humano, no solo procesan información, sino que además la experimentan subjetivamente?
Una investigación reciente titulada “Why is anything conscious?”, firmada por Michael Timothy Bennett, Sean Welsh y Anna Ciaunica y publicada en 2026, intenta ofrecer una respuesta a esta vieja pregunta desde una perspectiva que combina biología evolutiva, neurociencia y teoría de sistemas. Según los autores, la conciencia no sería un fenómeno misterioso surgido de repente en la evolución humana, sino el resultado gradual de la adaptación de los organismos vivos a su entorno. La clave estaría en una propiedad fundamental de los sistemas biológicos: la capacidad de distinguir entre lo que favorece su supervivencia y lo que la amenaza. En términos científicos, esta propiedad se denomina valencia: la capacidad de interpretar los estados del mundo como positivos o negativos para el organismo.
De acuerdo con esta hipótesis, los primeros organismos vivos no “pensaban” ni poseían experiencias complejas, pero sí eran capaces de responder de manera distinta a diferentes estímulos del entorno. Una bacteria, por ejemplo, puede desplazarse hacia fuentes de nutrientes y alejarse de sustancias tóxicas. Este mecanismo elemental de atracción y repulsión sería el punto de partida de la experiencia biológica. El mundo, para un organismo vivo, deja de ser simplemente un conjunto de fenómenos físicos y pasa a convertirse en algo que tiene significado para su supervivencia. En ese contexto, la información que procesa un organismo nunca es completamente neutral: siempre está asociada a algo bueno o malo para su continuidad biológica.
A medida que los organismos evolucionaron y se hicieron más complejos, esta capacidad de evaluar el entorno se volvió más sofisticada. Según los autores del estudio, en algún momento apareció lo que denominan un “primer orden del yo”: la capacidad de distinguir entre los cambios provocados por el propio organismo y aquellos que provienen del exterior. En términos biológicos, esto permite a un animal reconocer las consecuencias de sus propias acciones y planificar comportamientos más complejos. En insectos, mamíferos y otros animales con sistemas nerviosos desarrollados, este mecanismo se manifiesta en procesos como la reafferencia, es decir, la capacidad de distinguir entre un estímulo producido por uno mismo y uno producido por el entorno.
La conciencia humana, sin embargo, implicaría niveles aún más avanzados. Los investigadores sostienen que en especies sociales surgió un segundo nivel, el “segundo orden del yo”, que permite a un individuo representar mentalmente las intenciones y percepciones de otros individuos. Esta capacidad sería la base de fenómenos como la comunicación compleja, la cooperación social y el lenguaje. Comprender lo que otra persona piensa que queremos decir, o anticipar cómo interpretará nuestras acciones, requiere precisamente esa habilidad para modelar mentalmente la mente ajena.
Finalmente, el desarrollo cognitivo humano habría añadido un tercer nivel: la capacidad de proyectarse a uno mismo en el tiempo y construir una narrativa personal. Este “tercer orden del yo” permitiría a los individuos interpretar sus acciones presentes como parte de una historia que incluye pasado y futuro. Según el estudio, esta capacidad es fundamental para fenómenos como la confianza, la reputación, los compromisos sociales o la planificación a largo plazo.
Una de las conclusiones más provocadoras del trabajo es que la conciencia no sería un fenómeno binario —algo que se tiene o no se tiene— sino un continuo evolutivo. Desde los organismos unicelulares capaces de reaccionar a estímulos básicos hasta los seres humanos capaces de reflexionar sobre su propia mente, existiría una gradación de sistemas que interpretan el mundo en función de su supervivencia. En este marco teórico, la experiencia subjetiva surgiría cuando un organismo suficientemente complejo aprende a organizar la información del entorno mediante sistemas de interpretación basados en valencias, es decir, en patrones de atracción y repulsión vinculados a su propia vida.
La investigación sostiene, además, que los objetos y propiedades que percibimos —colores, olores o sonidos— no existirían para un organismo como entidades abstractas predefinidas, sino como categorías construidas a partir de esas experiencias valenciadas. Un estímulo como el color rojo o el aroma del café sería el resultado de complejos patrones de señales biológicas que el organismo interpreta en función de su interacción con el entorno. En ese sentido, la experiencia consciente sería el resultado de un proceso continuo de aprendizaje y clasificación del mundo.
Aunque esta propuesta no resuelve definitivamente el llamado “problema duro de la conciencia” (cómo un órgano físico como el cerebro produce ideas, sentimienrtos y emociones), sí intenta reformularlo desde un enfoque evolutivo. En lugar de preguntarse por qué la materia produce experiencia, el estudio sugiere que la experiencia podría ser una consecuencia natural de los mecanismos que permiten a los organismos sobrevivir en entornos complejos. Dicho de otro modo, sentir el mundo podría ser la forma más eficiente que encontró la evolución para guiar el comportamiento de los seres vivos.
La pregunta de fondo, sin embargo, permanece abierta. Incluso si la ciencia logra explicar cómo surgieron los mecanismos biológicos que generan la experiencia, todavía queda por resolver por qué esa actividad física se traduce en algo que se siente desde dentro. Mientras tanto, cada experiencia cotidiana —ver un color, escuchar una melodía o percibir el aroma del café— continúa recordando que la conciencia sigue siendo uno de los enigmas más profundos de la naturaleza.





