Kemen sí me entiende
![[Img #29993]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/03_2026/5127_0000000000.jpg)
He llegado a una conclusión bastante clara después de escuchar durante años a políticos, tertulianos y periodistas: el que mejor me entiende es mi perro Kemen.
No es broma. Kemen se sienta a mi lado cuando desayuno, me mira con esa cara de perro viejo que tienen los que no esperan demasiado de la vida y, sin decir una palabra, parece comprender perfectamente cómo está el mundo.
En cambio, uno enciende la radio o la televisión y da la impresión de que yo no existo.
Hablan de todo. De debates estratégicos, de agendas globales, de modelos de transición ecológica, de narrativas inclusivas, de consensos multilaterales y de no sé cuántas palabras más que suenan importantes pero que no sirven para ordeñar una vaca ni para pagar el pienso.
A veces dicen que hablan del campo. Pero no hablan del campo: hablan sobre el campo, que es una cosa muy distinta.
Hablan expertos que no han pisado barro desde la excursión del colegio. Analistas que distinguen una vaca de una oveja porque lo han visto en un documental. Políticos que descubren el caserío cada cuatro años, cuando toca hacerse una foto con camisa remangada y mirada de preocupación agrícola.
Luego vuelven a la ciudad y todo sigue igual.
Kemen, en cambio, me entiende sin necesidad de informes. Cuando me ve preocupado porque las cuentas no salen, mueve la cola con moderación, que es su manera de decir: esto no pinta bien.
Cuando escucha en la radio que van a aprobar otra normativa, levanta una oreja. Y cuando oye que “el sector debe adaptarse”, directamente se tumba. Él ya sabe lo que significa eso.
Yo creo que los periodistas y los congresistas hablan tanto porque escuchan poco. Si pasaran una semana en un caserío, sin asesores, sin notas de prensa y sin aire acondicionado institucional, igual entenderían mejor algunas cosas.
Pero claro, eso implicaría oír lo que no quieren oír.
Kemen, en cambio, no tiene problema. Me escucha siempre. No interrumpe, no corrige y no me explica que mi problema forma parte de un marco conceptual más amplio.
Simplemente está ahí.
A veces pienso que si llevara a Kemen al Congreso, el nivel del debate no bajaría demasiado. Y por lo menos alguien movería la cola cuando se dijera algo sensato.
Mientras tanto, aquí seguimos los dos.
Yo hablando.
Y Kemen escuchando.
Y, visto lo visto, no sé quién de los dos entiende mejor el país.
![[Img #29993]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/03_2026/5127_0000000000.jpg)
He llegado a una conclusión bastante clara después de escuchar durante años a políticos, tertulianos y periodistas: el que mejor me entiende es mi perro Kemen.
No es broma. Kemen se sienta a mi lado cuando desayuno, me mira con esa cara de perro viejo que tienen los que no esperan demasiado de la vida y, sin decir una palabra, parece comprender perfectamente cómo está el mundo.
En cambio, uno enciende la radio o la televisión y da la impresión de que yo no existo.
Hablan de todo. De debates estratégicos, de agendas globales, de modelos de transición ecológica, de narrativas inclusivas, de consensos multilaterales y de no sé cuántas palabras más que suenan importantes pero que no sirven para ordeñar una vaca ni para pagar el pienso.
A veces dicen que hablan del campo. Pero no hablan del campo: hablan sobre el campo, que es una cosa muy distinta.
Hablan expertos que no han pisado barro desde la excursión del colegio. Analistas que distinguen una vaca de una oveja porque lo han visto en un documental. Políticos que descubren el caserío cada cuatro años, cuando toca hacerse una foto con camisa remangada y mirada de preocupación agrícola.
Luego vuelven a la ciudad y todo sigue igual.
Kemen, en cambio, me entiende sin necesidad de informes. Cuando me ve preocupado porque las cuentas no salen, mueve la cola con moderación, que es su manera de decir: esto no pinta bien.
Cuando escucha en la radio que van a aprobar otra normativa, levanta una oreja. Y cuando oye que “el sector debe adaptarse”, directamente se tumba. Él ya sabe lo que significa eso.
Yo creo que los periodistas y los congresistas hablan tanto porque escuchan poco. Si pasaran una semana en un caserío, sin asesores, sin notas de prensa y sin aire acondicionado institucional, igual entenderían mejor algunas cosas.
Pero claro, eso implicaría oír lo que no quieren oír.
Kemen, en cambio, no tiene problema. Me escucha siempre. No interrumpe, no corrige y no me explica que mi problema forma parte de un marco conceptual más amplio.
Simplemente está ahí.
A veces pienso que si llevara a Kemen al Congreso, el nivel del debate no bajaría demasiado. Y por lo menos alguien movería la cola cuando se dijera algo sensato.
Mientras tanto, aquí seguimos los dos.
Yo hablando.
Y Kemen escuchando.
Y, visto lo visto, no sé quién de los dos entiende mejor el país.











