El general en la cabina
![[Img #30003]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/03_2026/7417_screenshot-2026-03-10-at-15-37-34-el-jefe-de-la-fuerza-aerea-de-israel-participo-en-los-ataques-en-iran-aurora-israel-noticias-en-espanol.png)
En la mayoría de las burocracias modernas, cuanto más se asciende, más lejos se queda uno del lugar donde ocurren las cosas. El ejecutivo firma documentos, el ministro comparece ante los medios, el general observa pantallas. El liderazgo acaba reduciéndose a informes, reuniones y diagramas.
La distancia forma parte del sistema. No siempre es un defecto; así funcionan, sencillamente, las grandes organizaciones. Las decisiones se toman en salas de reuniones mientras sus consecuencias se despliegan en otro lugar. Cuanto más alto es el cargo, más seguro resulta el sillón.
Y, sin embargo, de vez en cuando reaparece un patrón más antiguo.
Durante los recientes ataques israelíes contra Irán se supo que el comandante de la Fuerza Aérea israelí, el mayor general Tomer Bar, se había sumado personalmente a un vuelo operativo y había participado en una misión de ataque, pilotando un F-15 junto a sus subordinados. Dentro de la vasta maquinaria de la guerra moderna —donde las operaciones se coordinan mediante satélites, centros de mando y complejas cadenas de planificación— podría parecer un detalle menor.
Pero a veces los símbolos dicen más sobre una cultura política que las doctrinas oficiales.
La política del conflicto, por supuesto, es objeto de debate. Las guerras se discuten antes de empezar, mientras se desarrollan y mucho después de haber terminado. Ese debate es inevitable y necesario. Pero la imagen de un comandante de alto rango volando hacia el peligro junto a sus subordinados plantea una cuestión distinta: la relación entre autoridad y responsabilidad.
En un país pequeño como Israel, la distancia entre el ciudadano y el soldado siempre ha sido inusualmente corta. La misma sociedad que discute de política en voz alta en la mesa de un café también envía a sus hijos e hijas a vestir el uniforme. Los mismos ministros que aparecen por la noche en televisión pueden tener hijos sirviendo en unidades de reserva la semana siguiente. El servicio militar no es una profesión aparte: forma parte del ritmo normal de la vida cívica.
Esto responde a algo más que una necesidad estratégica. Expresa una determinada idea de ciudadanía. En una sociedad así, la defensa no se delega por completo en una casta profesional. Sigue siendo, en parte, responsabilidad de los propios ciudadanos.
En ese contexto, la imagen del comandante de la fuerza aérea subiendo a un caza adquiere un significado que va más allá de la operación concreta. Remite a una concepción del liderazgo que tiene menos que ver con el Estado tecnocrático moderno y más con lo que los pensadores políticos de otras épocas habrían llamado una república de ciudadanos.
En una república tal, la autoridad no es meramente administrativa. Los dirigentes no se limitan a supervisar desde la distancia, sino que permanecen visiblemente vinculados a los riesgos que generan sus decisiones. El comandante no tiene por qué compartir cada uno de los peligros a los que se enfrentan sus pilotos, pero tampoco puede desligarse por completo de ellos.
Durante mucho tiempo esta expectativa fue común. Los historiadores romanos admiraban a los generales que marchaban junto a sus legiones. Las repúblicas posteriores celebraban a los comandantes que compartían las penalidades de sus tropas. Que esas tradiciones fueran siempre tan nobles como las imaginaron las generaciones posteriores es lo de menos. Lo importante era el principio: el liderazgo inspira respeto cuando no se aparta del peligro por completo.
Los Estados modernos se han ido alejando inevitablemente de ese modelo. La guerra contemporánea se libra a través de sistemas tecnológicos extraordinariamente complejos, y el liderazgo consiste a menudo más en coordinar que en participar directamente.
Nada de esto es, en sí mismo, problemático. Las sociedades complejas requieren administraciones complejas. Pero algo sutil puede perderse cuando la distancia entre quien decide y quien sufre las consecuencias se vuelve demasiado grande.
Los centroeuropeos reconocemos esto casi instintivamente. Nuestra parte del mundo ha vivido suficientes experimentos políticos como para saber que el poder adopta formas muy distintas. Hay un tipo de poder que se protege tras capas de privilegio y aislamiento. Y hay otro tipo de poder que permanece, al menos en parte, expuesto a las mismas incertidumbres que la sociedad a la que gobierna.
El primero produce burocracias.
El segundo produce repúblicas.
Israel, con todas sus controversias e imperfecciones, conserva aún algo de ese viejo instinto republicano. Su política es combativa, a menudo ruidosa, a veces agotadora. Sin embargo, bajo todas esas disputas persiste una convicción: que la ciudadanía implica obligaciones, no sólo derechos.
En un entorno así, la idea de que un comandante de alto rango siga volando junto a sus subordinados no suena teatral. Resulta coherente con el ethos cívico del que surgió el país.
La guerra no es algo que se deba romantizar. En un mundo bien ordenado seguiría siendo el último recurso de la política. Pero incluso cuando el conflicto se vuelve inevitable, el carácter de una sociedad se revela en la conducta de sus dirigentes. Si un país sigue produciendo líderes militares dispuestos a compartir los riesgos que imponen a otros, eso dice algo sobre los hábitos cívicos que sostienen sus instituciones.
Que un alto mando militar se exponga al peligro no decidirá el resultado de los conflictos de Oriente Próximo. Pero ilustra silenciosamente una verdad política que las sociedades burocráticas modernas a veces olvidan: la fuerza de una nación depende no sólo de sus instituciones, sino también del ejemplo de quienes la dirigen.
Y a veces ese ejemplo se resume en un gesto sencillo: el de un general que vuelve a ocupar su lugar en la cabina.
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En la mayoría de las burocracias modernas, cuanto más se asciende, más lejos se queda uno del lugar donde ocurren las cosas. El ejecutivo firma documentos, el ministro comparece ante los medios, el general observa pantallas. El liderazgo acaba reduciéndose a informes, reuniones y diagramas.
La distancia forma parte del sistema. No siempre es un defecto; así funcionan, sencillamente, las grandes organizaciones. Las decisiones se toman en salas de reuniones mientras sus consecuencias se despliegan en otro lugar. Cuanto más alto es el cargo, más seguro resulta el sillón.
Y, sin embargo, de vez en cuando reaparece un patrón más antiguo.
Durante los recientes ataques israelíes contra Irán se supo que el comandante de la Fuerza Aérea israelí, el mayor general Tomer Bar, se había sumado personalmente a un vuelo operativo y había participado en una misión de ataque, pilotando un F-15 junto a sus subordinados. Dentro de la vasta maquinaria de la guerra moderna —donde las operaciones se coordinan mediante satélites, centros de mando y complejas cadenas de planificación— podría parecer un detalle menor.
Pero a veces los símbolos dicen más sobre una cultura política que las doctrinas oficiales.
La política del conflicto, por supuesto, es objeto de debate. Las guerras se discuten antes de empezar, mientras se desarrollan y mucho después de haber terminado. Ese debate es inevitable y necesario. Pero la imagen de un comandante de alto rango volando hacia el peligro junto a sus subordinados plantea una cuestión distinta: la relación entre autoridad y responsabilidad.
En un país pequeño como Israel, la distancia entre el ciudadano y el soldado siempre ha sido inusualmente corta. La misma sociedad que discute de política en voz alta en la mesa de un café también envía a sus hijos e hijas a vestir el uniforme. Los mismos ministros que aparecen por la noche en televisión pueden tener hijos sirviendo en unidades de reserva la semana siguiente. El servicio militar no es una profesión aparte: forma parte del ritmo normal de la vida cívica.
Esto responde a algo más que una necesidad estratégica. Expresa una determinada idea de ciudadanía. En una sociedad así, la defensa no se delega por completo en una casta profesional. Sigue siendo, en parte, responsabilidad de los propios ciudadanos.
En ese contexto, la imagen del comandante de la fuerza aérea subiendo a un caza adquiere un significado que va más allá de la operación concreta. Remite a una concepción del liderazgo que tiene menos que ver con el Estado tecnocrático moderno y más con lo que los pensadores políticos de otras épocas habrían llamado una república de ciudadanos.
En una república tal, la autoridad no es meramente administrativa. Los dirigentes no se limitan a supervisar desde la distancia, sino que permanecen visiblemente vinculados a los riesgos que generan sus decisiones. El comandante no tiene por qué compartir cada uno de los peligros a los que se enfrentan sus pilotos, pero tampoco puede desligarse por completo de ellos.
Durante mucho tiempo esta expectativa fue común. Los historiadores romanos admiraban a los generales que marchaban junto a sus legiones. Las repúblicas posteriores celebraban a los comandantes que compartían las penalidades de sus tropas. Que esas tradiciones fueran siempre tan nobles como las imaginaron las generaciones posteriores es lo de menos. Lo importante era el principio: el liderazgo inspira respeto cuando no se aparta del peligro por completo.
Los Estados modernos se han ido alejando inevitablemente de ese modelo. La guerra contemporánea se libra a través de sistemas tecnológicos extraordinariamente complejos, y el liderazgo consiste a menudo más en coordinar que en participar directamente.
Nada de esto es, en sí mismo, problemático. Las sociedades complejas requieren administraciones complejas. Pero algo sutil puede perderse cuando la distancia entre quien decide y quien sufre las consecuencias se vuelve demasiado grande.
Los centroeuropeos reconocemos esto casi instintivamente. Nuestra parte del mundo ha vivido suficientes experimentos políticos como para saber que el poder adopta formas muy distintas. Hay un tipo de poder que se protege tras capas de privilegio y aislamiento. Y hay otro tipo de poder que permanece, al menos en parte, expuesto a las mismas incertidumbres que la sociedad a la que gobierna.
El primero produce burocracias.
El segundo produce repúblicas.
Israel, con todas sus controversias e imperfecciones, conserva aún algo de ese viejo instinto republicano. Su política es combativa, a menudo ruidosa, a veces agotadora. Sin embargo, bajo todas esas disputas persiste una convicción: que la ciudadanía implica obligaciones, no sólo derechos.
En un entorno así, la idea de que un comandante de alto rango siga volando junto a sus subordinados no suena teatral. Resulta coherente con el ethos cívico del que surgió el país.
La guerra no es algo que se deba romantizar. En un mundo bien ordenado seguiría siendo el último recurso de la política. Pero incluso cuando el conflicto se vuelve inevitable, el carácter de una sociedad se revela en la conducta de sus dirigentes. Si un país sigue produciendo líderes militares dispuestos a compartir los riesgos que imponen a otros, eso dice algo sobre los hábitos cívicos que sostienen sus instituciones.
Que un alto mando militar se exponga al peligro no decidirá el resultado de los conflictos de Oriente Próximo. Pero ilustra silenciosamente una verdad política que las sociedades burocráticas modernas a veces olvidan: la fuerza de una nación depende no sólo de sus instituciones, sino también del ejemplo de quienes la dirigen.
Y a veces ese ejemplo se resume en un gesto sencillo: el de un general que vuelve a ocupar su lugar en la cabina.













