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Martes, 10 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:
Parque Nacional Upemba

Una mujer fuerte, doscientos elefantes y una guerra que no cesa

Cómo una mujer criada en tres continentes se convirtió en la última trinchera de uno de los parques más olvidados de África, y lo que ocurrió cuando la guerra llegó a su puerta al amanecer del 3 de marzo


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Hay lugares en el mapa que el mundo ha decidido ignorar. Lugares donde el Estado es apenas una promesa escrita en papeles que nadie lee, donde la selva devora los caminos y donde la única ley que funciona es la que dictan los hombres con armas. El Parque Nacional Upemba, en el sureste de la República Democrática del Congo, es uno de esos lugares. Y sin embargo, durante casi una década, una mujer nacida en Zambia y criada en tres continentes se empeñó en demostrar que podía convertirse en algo distinto.

 

Su nombre es Christine Lain. Todo el mundo la llama Tina.

 

I. El parque que nadie quería

 

Upemba fue, en otro tiempo, uno de los ecosistemas más ricos del continente. Llegó a albergar cien mil elefantes y miles de cebras. Fundado en 1939, fue durante décadas una joya de la conservación africana. Luego llegaron las guerras —la primera, la segunda, la que nunca termina del todo en el Congo—, y con ellas la impunidad, la caza furtiva industrial y el abandono del Estado. A medida que avanzó el siglo, los elefantes se redujeron a apenas 170 individuos y las cebras, a una docena.

 

En 2012, el jefe de guardas del parque fue asesinado en una emboscada. La Sociedad Zoológica de Frankfurt, que colaboraba en su gestión, se retiró. El lugar quedó, literalmente, abandonado a su suerte. Fue entonces cuando apareció la Forgotten Parks Foundation y firmó en 2017 un acuerdo de quince años con el gobierno congoleño para hacerse cargo de Upemba. Para dirigir la operación sobre el terreno necesitaban a alguien que conociese el Congo en sus entrañas. Encontraron a Tina Lain.

 

II. La mujer que decidió quedarse

 

Tina Lain, de padre español nació en los Países Bajos y llegó a Upemba en 2016 tras más de una década trabajando en el Congo: primero en ayuda humanitaria y emergencias, y luego con el Comité Neerlandés de la UICN, junto a organizaciones de la sociedad civil en torno al Parque Nacional de Virunga y la región de los Grandes Lagos.

 

No era militar. No era guarda de caza. Era, en esencia, una constructora de paz que un día miró a los ojos al Congo y decidió no marcharse.

 

Cuando llegó a Upemba, se convirtió en una de las pocas mujeres al frente de un parque nacional en África Central. Bajo su mando había más de 200 guardas que arriesgaban su vida cada día. En un entorno donde la autoridad se mide en fusiles y en la dureza del gesto, Lain apostó por algo diferente: la cohesión, la confianza, el sentido de pertenencia. Sus colegas la llamaban "madre de los guardas". No era un apodo sentimental. Era una descripción operativa.

 

Bajo su gestión, Forgotten Parks construyó una alianza real con el ICCN apostando por el trabajo en equipo entre instituciones y países, con las comunidades locales como protagonistas activos de la conservación.

 

Los resultados llegaron, despacio, como todo en el Congo. La población de cebras creció de una docena a doscientas. Los elefantes pasaron de 170 a más de 200. Pequeñas victorias en una guerra que nunca termina.

 

III. Las seis de la madrugada en Lusinga

 

La madrugada del martes 3 de marzo de 2026 llegó el asalto —cerca de las seis de la mañana, según reconstrucciones posteriores— a la estación de Lusinga, sede central del parque, enclavada en una zona elevada de la meseta de Kibara: un paisaje de sabana arbolada y colinas suaves cubiertas de bosque de miombo, donde las pistas de tierra son la única conexión con el exterior y las comunicaciones dependen casi enteramente de teléfonos satelitales.

 

Un grupo armado irrumpió en el complejo. Lo que siguió no fue un asalto espontáneo. Una parte importante de las instalaciones fueron destruidas o incendiadas. Los equipos logísticos y el material operativo fueron saqueados y trasladados a las zonas boscosas circundantes: todo apunta a una incursión planificada con frialdad, no a una razzia oportunista.

 

El saldo fue de siete muertos. El resto del personal logró huir hacia poblaciones cercanas o permanecer oculto en los alrededores del campamento hasta poder ponerse a salvo. Algunos alcanzaron Mitwaba y Likasi, la ciudad minera del cinturón del cobre de Katanga, conectada por carretera con Lubumbashi.

 

IV. Tina bajo el tejado

 

Durante las primeras horas de caos, comenzaron a circular informaciones que situaban a la propia directora del parque entre los secuestrados. Fue un miembro del equipo de comunicación del parque, Antonio Longangi, quien el miércoles al mediodía lo desmintió: Lain no había sido tomada como rehén. "Estuvo escondida durante el ataque y ahora se dirige a Likasi", precisó, aclarando que las primeras horas habían sido extremadamente caóticas.

 

El jueves, la propia Tina contactó para confirmar que jamás fue secuestrada. "No tengo tiempo para explicaciones", apostilló, lacónica, antes de colgar.

 

El domingo, cuando ya se disponía a volar a Kinshasa para reunirse con el Gobierno, amplió el relato: ella y parte de su equipo tuvieron que ocultarse durante varias horas bajo el tejado de un edificio mientras los rebeldes deambulaban por la base. A primera hora de la tarde llegó un segundo encontronazo: los Mai-Mai regresaban. Encontraron un nuevo resguardo y esperaron. Luego huyeron.

 

Una huida en condiciones de extrema precariedad, en un territorio donde el silencio puede ser tan letal como el ruido.

 

V. Los Mai-Mai y los elefantes de marfil

 

Aunque el gobierno congoleño no ha identificado oficialmente a los atacantes, Tina Lain no tiene dudas: eran Mai-Mai. Grupos armados locales que desde hace décadas operan en Katanga combinando reivindicaciones políticas, control territorial y explotación ilegal de recursos. Su líder más conocido es Gédéon Kyungu Mutanga, un antiguo comandante insurgente cuyo nombre está asociado a algunos de los episodios más violentos de la historia reciente del sureste congoleño.

 

La lógica del ataque no es difícil de descifrar. Golpear a los rangers equivale a debilitar la única estructura que impide que sus partidas campen a sus anchas. Los elefantes, al fin y al cabo, no son solo animales en peligro de extinción: en regiones como esta forman parte de una economía clandestina ligada al marfil, la carne de caza y las rutas de contrabando que alimentan a esas milicias.

 

Toda la historia de los paquidermos de Katanga se ha escrito con sangre. Hace apenas medio siglo, la provincia llegó a albergar más de 100.000 ejemplares. Hoy sobreviven alrededor de doscientos, dispersos entre las sabanas y los humedales del parque.

 

La presión, además, no proviene solo de los cazadores furtivos y los Mai-Mai. Upemba se encuentra en una de las regiones más ricas en minerales de África central. En sus alrededores proliferan explotaciones ilegales de oro, coltán y cobalto, muchas de ellas controladas por redes corruptas vinculadas al aparato estatal.

 

VI. Los guardianes desbordados

 

El parque dispone sobre el papel de unos 215 rangers armados, apoyados por varias docenas de rastreadores locales. En la práctica, sin embargo, el número operativo es considerablemente menor: cerca de medio centenar están en edad de jubilación, otros desempeñan funciones administrativas y apenas un centenar participan regularmente en las patrullas. Su armamento es limitado: fundamentalmente fusiles Kalashnikov y algunas ametralladoras PKM de diseño soviético, sin armas pesadas ni vehículos blindados. Lo que explica, en parte, que fueran arrollados aquella madrugada.

 

Y el espacio que tratan de proteger es, además, inmenso: unos 10.000 kilómetros cuadrados de sabana, humedales y bosque de miombo, en un territorio donde el Estado es una abstracción.

 

VII. El modelo en el banquillo

 

El asalto de Lusinga trae a colación un debate incómodo, de esos que la comunidad conservacionista prefiere mantener a puerta cerrada. El modelo de gestión aplicado en Upemba —parques administrados mediante acuerdos entre el Estado y organizaciones internacionales, con guardabosques armados que actúan como fuerza de control territorial— se replica en otros espacios protegidos como Kruger, Virunga o la Reserva de Garamba. Investigadores y organizaciones de derechos humanos llevan años criticando lo que denominan "conservación fortaleza", no solo por sus implicaciones éticas sino también, como se ha visto, por sus vulnerabilidades operativas.

 

Kidima Mavinga Laurent, especialista congoleño en gestión de seguridad de áreas protegidas que ha trabajado en algunos de los parques más conflictivos de África central, lo formula con precisión quirúrgica: "¿Por qué el sistema no funcionó?" Él mismo fue instructor de rangers en Garamba junto al conservacionista estadounidense David Fine, y conoce bien estos centros de operaciones. Su diagnóstico sobre Lusinga es demoledor: "Había un modelo calcado de Virunga. La formación de los ecoguardas corre a cargo de instructores de las FARDC y de expertos expatriados. El problema es que han centrado sus acciones en el seguimiento de los elefantes y no en sus interacciones con amenazas asimétricas."

 

Dicho de otro modo: los rangers estaban preparados para perseguir furtivos, no para resistir un asalto militar coordinado antes del amanecer.

 

Epílogo: Lo que Upemba le enseñó al mundo

 

Hay una frase que Tina Lain pronunció en una entrevista hace apenas unas semanas, y que ahora resuena con una gravedad diferente: "No somos Forgotten Parks ni el ICCN por separado. Somos todos juntos. El trabajo en equipo entre diferentes personas, diferentes países, diferentes instituciones, eso está muy en nuestro ADN."

 

Es la filosofía de alguien que eligió quedarse cuando todos se marcharon. Que el domingo, después de pasar la noche escondida bajo un tejado mientras los rebeldes saqueaban su base, tomó un avión a Kinshasa para exigirle cuentas al Gobierno.

 

La historia de Upemba no terminó el 3 de marzo. Pero ese amanecer dejó en evidencia algo que el mundo prefiere ignorar: que proteger la naturaleza, en ciertos rincones del planeta, se ha convertido en un acto de heroísmo tan silencioso como imprescindible. Y que sus protagonistas merecen algo más que una condena institucional y las condolencias de un príncipe.

 

Merecen que el mundo los recuerde por su nombre.

 

 


Información basada en fuentes de El Mundo, African Security Analysis, AFP, Mongabay, Elephant Crisis Fund y la UICN, recabadas entre el 3 y el 10 de marzo de 2026.

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