El amor y el odio según Pedro Sánchez
Cuando un presidente del gobierno no tiene otra cosa mejor que hacer, se dedica a recibir ideas de una tropa de asesores mantenidos con el erario público y dedicados a darle ideas con las que rellenar sus enormes espacios vacíos, ya que no tiene capacidad parlamentaria para sacar leyes, que es lo que un presidente del gobierno haría en condiciones normales.
Es tan grande la capacidad de un presidente del gobierno, el enorme potencial que genera todo lo que emite, la capacidad financiera y logística que tiene para hacerlo, el coro de voces que responden al unísono a sus iniciativas, el despliegue de medios informativos y de opinión con el que arropa sus ocurrencias que da verdadero miedo pensar a todo lo que podría llegar en este plan.
Es muy peligroso el tiempo político que vivimos porque en las circunstancias actuales a este hombre se le puede ocurrir cualquier cosa. Y si se entromete en cuestiones de sentimientos, impulsos, tendencias de la moralidad y calificaciones subjetivas nos podemos encontrar con cualquier cosa de consecuencias imprevisibles.
Esta semana ha anunciado un sistema para detectar discursos de odio y polarización en las redes sociales y lo ha denominado HODIO. Algún gracioso ya ha salido diciendo que lo tenemos hodío con este tío. También ha hablado de que es mucho mejor amar que odiar. Imagínense un presidente del gobierno utilizando estos términos. La semana anterior hablaba del “no a la guerra” como su principio de actuación, como lo habría dicho cualquier manifestante adolescente detrás de una pancarta con todos los símbolos del amor y la paz y tocado con un sombrero de paja lleno de flores.
Un presidente del gobierno dándonos consignas de actuación moral como si fuera un sacerdote, un pastor, un cura, un predicador, en definitiva.
Si el presidente del Gobierno tiene la potestad de determinar, mediante un programa informático qué discursos de odio aparecen en las redes sociales y si tiene también la potestad de eliminarlos o multarlos o enmascararlos y a la postre anularlos, en qué situación estamos. Hasta dónde puede llegar nuestra crítica a lo que hace el gobierno. Por qué se arroga el gobierno, como parte interesada, la capacidad que los demás tenemos de juzgar lo que hace.
Me informo de que en otros países, como Francia, Alemania o Brasil se han intentado llevar a la práctica programas similares y todos han acabado sucumbiendo porque la libertad de expresión está por encima de todo eso. ¿A qué llama odio el presidente del gobierno? A lo que incita a la violencia se supone. Pero dónde está el límite de una expresión que incita a la violencia cuando resulta que para alguien que la escucha no es suficiente para incitarle a la violencia o para otra persona resulta que sí puede serlo. Quién decide el límite de lo tolerable en las expresiones y quién sabe lo que la gente considera provocador o incitador o lo que no.
En el País Vasco sabemos mucho de todo eso. Aquí hemos tenido un terrorismo durante cincuenta años que mataba cogiendo de improviso a su presa y ante lo que al principio no se protestaba y luego se empezó tímidamente a protestar. Ese terrorismo se encontró con amplios sectores sociales que lo comprendían, que lo justificaban y que incluso lo protegían. Hoy en día mismo, vamos a ver cómo dentro de poco, en esa dudosa fiesta del eusquera que es la Korrika, que va a recorrer todas las provincias vascas de este lado y del otro de la frontera, va a salir mucha gente con carteles de presos terroristas pidiendo que salgan cuanto antes a la calle.
Y este gobierno de Pedro Sánchez tiene entre sus misiones la de sacar a los presos de ETA de la cárcel cuanto antes gracias a sus pactos con Bildu. Esa política de excarcelación de presos cómo queda frente a los discursos del odio y del amor. Se supone que es manifestación de amor al terrorista sacarle a la calle. Pero qué hay de sus víctimas, cómo lo verán estas. Habrá víctimas a las que les parezca bien. Otras supongo que no lo verán tan bien. Pero en cualquier caso es amor al terrorista lo que aquí está manifestando Pedro Sánchez. Un amor que procura hacerle el bien al terrorista pero que no implica necesariamente hacerle el mal u odiar a la víctima, aunque a esta no le parezca bien en cualquier caso haber perdido a un familiar y ver cómo el que lo mató está ya en la calle sin haber cumplido ni la cuarta parte de su condena.
¿No le resulta a nadie contradictorio amar a los terroristas? Se puede amar a cualquier prójimo haga lo que haga. Entonces, ¿por qué le resultaría al gobierno contradictorio amar también a quien se le opone frontalmente? Este gobierno progresista ¿podría amar a eso que ellos llaman la ultraderecha? Porque si no es contradictorio amar a un terrorista, por qué si lo es amar a un ultraderechista.
El amor tiene límites entonces. Pero ¿quién los pone? ¿Solo el gobierno tiene la potestad de determinar esos límites?
Es todo tan relativo que ya estamos perdiendo hasta la noción de justicia. El odio y el amor en manos del gobierno para mí que no puede traer nada bueno. Es más, pienso hasta que es peligroso, porque convierte los sentimientos en política y acaba con la discrepancia y de ahí, el siguiente paso es acabar con lo que nos pueda quedar de convivencia. No le auguro nada bueno a las iniciativas político-sentimentales del Gobierno en estas dos últimas semanas. Ni a la adolescente del “no a la guerra” ni a la intervencionista digital de la huella del odio.
Mientras tanto, nos estamos olvidando todos un poco de la corrupción que acosa al Gobierno. Al fin y al cabo, es lo único que se persigue con todas estas historias que genera esa fábrica de generar entretenimientos, que es en lo que se ha convertido este Gobierno.
Cuando un presidente del gobierno no tiene otra cosa mejor que hacer, se dedica a recibir ideas de una tropa de asesores mantenidos con el erario público y dedicados a darle ideas con las que rellenar sus enormes espacios vacíos, ya que no tiene capacidad parlamentaria para sacar leyes, que es lo que un presidente del gobierno haría en condiciones normales.
Es tan grande la capacidad de un presidente del gobierno, el enorme potencial que genera todo lo que emite, la capacidad financiera y logística que tiene para hacerlo, el coro de voces que responden al unísono a sus iniciativas, el despliegue de medios informativos y de opinión con el que arropa sus ocurrencias que da verdadero miedo pensar a todo lo que podría llegar en este plan.
Es muy peligroso el tiempo político que vivimos porque en las circunstancias actuales a este hombre se le puede ocurrir cualquier cosa. Y si se entromete en cuestiones de sentimientos, impulsos, tendencias de la moralidad y calificaciones subjetivas nos podemos encontrar con cualquier cosa de consecuencias imprevisibles.
Esta semana ha anunciado un sistema para detectar discursos de odio y polarización en las redes sociales y lo ha denominado HODIO. Algún gracioso ya ha salido diciendo que lo tenemos hodío con este tío. También ha hablado de que es mucho mejor amar que odiar. Imagínense un presidente del gobierno utilizando estos términos. La semana anterior hablaba del “no a la guerra” como su principio de actuación, como lo habría dicho cualquier manifestante adolescente detrás de una pancarta con todos los símbolos del amor y la paz y tocado con un sombrero de paja lleno de flores.
Un presidente del gobierno dándonos consignas de actuación moral como si fuera un sacerdote, un pastor, un cura, un predicador, en definitiva.
Si el presidente del Gobierno tiene la potestad de determinar, mediante un programa informático qué discursos de odio aparecen en las redes sociales y si tiene también la potestad de eliminarlos o multarlos o enmascararlos y a la postre anularlos, en qué situación estamos. Hasta dónde puede llegar nuestra crítica a lo que hace el gobierno. Por qué se arroga el gobierno, como parte interesada, la capacidad que los demás tenemos de juzgar lo que hace.
Me informo de que en otros países, como Francia, Alemania o Brasil se han intentado llevar a la práctica programas similares y todos han acabado sucumbiendo porque la libertad de expresión está por encima de todo eso. ¿A qué llama odio el presidente del gobierno? A lo que incita a la violencia se supone. Pero dónde está el límite de una expresión que incita a la violencia cuando resulta que para alguien que la escucha no es suficiente para incitarle a la violencia o para otra persona resulta que sí puede serlo. Quién decide el límite de lo tolerable en las expresiones y quién sabe lo que la gente considera provocador o incitador o lo que no.
En el País Vasco sabemos mucho de todo eso. Aquí hemos tenido un terrorismo durante cincuenta años que mataba cogiendo de improviso a su presa y ante lo que al principio no se protestaba y luego se empezó tímidamente a protestar. Ese terrorismo se encontró con amplios sectores sociales que lo comprendían, que lo justificaban y que incluso lo protegían. Hoy en día mismo, vamos a ver cómo dentro de poco, en esa dudosa fiesta del eusquera que es la Korrika, que va a recorrer todas las provincias vascas de este lado y del otro de la frontera, va a salir mucha gente con carteles de presos terroristas pidiendo que salgan cuanto antes a la calle.
Y este gobierno de Pedro Sánchez tiene entre sus misiones la de sacar a los presos de ETA de la cárcel cuanto antes gracias a sus pactos con Bildu. Esa política de excarcelación de presos cómo queda frente a los discursos del odio y del amor. Se supone que es manifestación de amor al terrorista sacarle a la calle. Pero qué hay de sus víctimas, cómo lo verán estas. Habrá víctimas a las que les parezca bien. Otras supongo que no lo verán tan bien. Pero en cualquier caso es amor al terrorista lo que aquí está manifestando Pedro Sánchez. Un amor que procura hacerle el bien al terrorista pero que no implica necesariamente hacerle el mal u odiar a la víctima, aunque a esta no le parezca bien en cualquier caso haber perdido a un familiar y ver cómo el que lo mató está ya en la calle sin haber cumplido ni la cuarta parte de su condena.
¿No le resulta a nadie contradictorio amar a los terroristas? Se puede amar a cualquier prójimo haga lo que haga. Entonces, ¿por qué le resultaría al gobierno contradictorio amar también a quien se le opone frontalmente? Este gobierno progresista ¿podría amar a eso que ellos llaman la ultraderecha? Porque si no es contradictorio amar a un terrorista, por qué si lo es amar a un ultraderechista.
El amor tiene límites entonces. Pero ¿quién los pone? ¿Solo el gobierno tiene la potestad de determinar esos límites?
Es todo tan relativo que ya estamos perdiendo hasta la noción de justicia. El odio y el amor en manos del gobierno para mí que no puede traer nada bueno. Es más, pienso hasta que es peligroso, porque convierte los sentimientos en política y acaba con la discrepancia y de ahí, el siguiente paso es acabar con lo que nos pueda quedar de convivencia. No le auguro nada bueno a las iniciativas político-sentimentales del Gobierno en estas dos últimas semanas. Ni a la adolescente del “no a la guerra” ni a la intervencionista digital de la huella del odio.
Mientras tanto, nos estamos olvidando todos un poco de la corrupción que acosa al Gobierno. Al fin y al cabo, es lo único que se persigue con todas estas historias que genera esa fábrica de generar entretenimientos, que es en lo que se ha convertido este Gobierno.














