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Patxi Iribarri
Viernes, 13 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:

Manual práctico del odio rural (según Bruselas, Madrid y la señora del tiempo)

[Img #30027]En el caserío, el odio es una cosa muy concreta y muy poco ideológica. Yo, por ejemplo, odio el mal tiempo cuando decide quedarse a vivir aquí como si pagara alquiler. Odio esa lluvia fina que no moja pero empapa, esa niebla que te roba las montañas y te deja mirando a un vacío gris como si hubieran borrado el paisaje con una goma gigante. También odio las moscas en agosto, que no trabajan pero tampoco te dejan trabajar, y al lobo cuando baja del monte con cara de inspector de Hacienda y se lleva una oveja sin rellenar ningún formulario.

 

Ahora resulta que desde los despachos quieren vigilar el odio. No sé cómo lo harán. Igual mandan un dron a mi huerta para comprobar si estoy frunciendo el ceño con intencionalidad antisocial. Porque claro, si ven que miro mal al cielo cuando truena, igual me cae una multa por incitación a la tormenta. A este paso van a poner un contador emocional junto al del agua: “Consumo mensual de odio: 3,7 litros. Supera usted el límite permitido por convivencia democrática”.

 

También confieso —con dolor pero con sinceridad rural— que odio un poco a los turistas cuando aparecen en caravana el mismo día que tengo que mover estiércol. Llegan con botas nuevas, bastones telescópicos y cara de documental, preguntando si “esto es naturaleza virgen”. Virgen, sí, pero no tonta. Se hacen fotos con la vaca como si fuera un monumento histórico y luego dejan la verja abierta para que el ganado se vaya a hacer turismo por su cuenta. Después suben la foto a internet con un texto profundo: “Desconectar para reconectar”. Pues muy bien, pero la vaca no vuelve sola.

 

Y lo de los políticos merece capítulo aparte. Esos sí que tienen una relación intensa con el monte. No vienen cuando nieva, ni cuando hay barro hasta las rodillas, ni cuando hay que arreglar un camino con una pala. Vienen en campaña, con chaqueta limpia y sonrisa de catálogo, a hacerse la foto abrazando un tronco o señalando el horizonte como si estuvieran descubriendo América. Duran menos que un chubasco de verano. Luego desaparecen hasta la siguiente temporada electoral, como las cigüeñas pero con menos utilidad ecológica.

 

Dicen que el odio es peligroso. Puede ser. Pero aquí lo peligroso de verdad es el hielo en la carretera, la avispa velutina y el tractor cuesta abajo sin frenos. El odio rural es más bien un sistema de alerta temprana: odias lo que te complica la vida, no lo que piensa distinto. Nadie en el caserío se levanta por la mañana pensando “hoy voy a odiar a un colectivo abstracto”. Bastante tenemos con odiar que el gasóleo suba, que el pienso suba y que el banco te mire como si criar ovejas fuera un hobby exótico.

 

Así que si quieren medir el odio, que empiecen por medir la paciencia. Porque para vivir aquí hace falta mucha. Paciencia para el clima, para la burocracia, para las carreteras estrechas, para los precios bajos cuando vendes y altos cuando compras. Paciencia incluso para escuchar en la radio a alguien que explica cómo es la vida rural sin haber pisado barro desde la excursión escolar de 1987.

 

En fin, que si algún funcionario lee esto, que no se preocupe. Yo no odio a la humanidad ni a la democracia ni a nada de eso tan grande. Solo odio que la lluvia me estropee la siega, que las moscas me tomen por bufé libre y que el lobo venga sin avisar. Y, bueno, un poquito también a los políticos que suben al monte solo cuando hay cámaras. Pero eso no es odio peligroso: eso es memoria.

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