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Sábado, 14 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:
Según un nuevo libro

Un móvil en la Capilla Sixtina: el fallo de seguridad que pudo dinamitar el cónclave que eligió a León XIV

[Img #30032]En el corazón del Vaticano, donde la historia respira entre muros de mármol y los secretos pesan más que el oro, se desarrolló durante el último cónclave uno de los episodios más insólitos —y potencialmente explosivos— de la Iglesia moderna. Mientras el mundo aguardaba en silencio la fumata blanca, dentro de la Capilla Sixtina se produjo una escena que parece arrancada de un thriller político, pero que, según un nuevo libro, fue absolutamente real: un cardenal entró al cónclave con un teléfono móvil oculto en el bolsillo.

 

El cónclave papal, un ritual de casi ocho siglos de antigüedad diseñado para blindar la elección del pontífice frente a cualquier influencia externa, exige el aislamiento total de los cardenales electores. Sin teléfonos, sin contacto con el exterior, sin filtraciones posibles. El Vaticano despliega incluso sistemas para bloquear señales electrónicas. Y sin embargo, cuando estaba a punto de comenzar la primera votación bajo el monumental “Juicio Final” de Miguel Ángel, el dispositivo fue descubierto en posesión de un purpurado anciano, visiblemente desorientado y angustiado, según relatan los autores Gerard O’Connell y Elisabetta Piqué en The Election of Pope Leo XIV, que saldrá a la venta el próximo mes de mayo.

 

El hallazgo cayó como una descarga eléctrica en un recinto que vive de la solemnidad y del secreto absoluto. El teléfono no llegó a utilizarse ni alteró el resultado —la elección de León XIV, el primer papa estadounidense—, pero dejó al descubierto una brecha de seguridad difícil de imaginar en uno de los procesos más herméticos del planeta. Si un solo dispositivo podía cruzar ese umbral, ¿qué más podría hacerlo?

 

El incidente fue solo una de las muchas tensiones invisibles que marcaron aquellas jornadas. Los cardenales, alojados en la residencia de Santa Marta, despertaron abruptamente a una vida sin tecnología: sin relojes inteligentes, sin alarmas, sin noticias. Algunos incluso se quedaron dormidos la primera mañana, obligando al personal a llamar puerta por puerta para despertarlos. Después, les entregaron despertadores tradicionales, como si el tiempo hubiera retrocedido varias décadas.

 

Dentro de la Capilla Sixtina, la incomodidad física se sumaba al peso espiritual. Las largas horas de votación —a veces hasta bien entrada la noche— pusieron a prueba a electores en su mayoría de edad avanzada. La ausencia de baños dentro del recinto obligaba a escoltarlos al exterior cada vez que lo necesitaban, en un procedimiento lento, casi humillante, que uno de ellos describió con ironía amarga como “volver al jardín de infancia”.

 

Todo ello ocurría mientras el mundo exterior especulaba, analizaba gestos mínimos y observaba la chimenea del Vaticano como si fuera un oráculo. Nadie sospechaba que, tras las puertas cerradas, el drama humano —fatiga, confusión, vulnerabilidad— convivía con la grandeza histórica del momento. Ni que un simple objeto cotidiano, un teléfono móvil, había estado a punto de quebrar siglos de tradición.

 

El Vaticano no ha comentado oficialmente estas revelaciones. Tal vez porque, más allá de la anécdota, el episodio recuerda algo incómodo: incluso en el ritual más sagrado y blindado de la Iglesia, el factor humano sigue siendo imprevisible. Y a veces basta un gesto involuntario —o un bolsillo olvidado— para demostrar que la realidad, como dijo uno de los cronistas del cónclave, puede superar a la ficción.

 

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