La guerra por controlar el cielo comenzó hace 60 años
EE.UU. exploró en secreto el control del clima: un documento desclasificado de la CIA revela ambiciones “casi inimaginables”
![[Img #30061]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/03_2026/9254_9999.jpg)
El documento permaneció décadas en silencio, archivado bajo códigos opacos y sellos de clasificación que parecían destinados a sobrevivir a sus propios autores. Cuando finalmente salió a la luz, no lo hizo con estruendo, sino con la sobriedad burocrática de un memorando mecanografiado, fechado en octubre de 1965. Pero detrás de ese lenguaje administrativo se escondía algo mucho más inquietante: la ambición de dominar el cielo.
En plena Guerra Fría, cuando el planeta vivía bajo la sombra de la destrucción nuclear, Estados Unidos exploraba otra forma de poder absoluto: la capacidad de modificar el clima. No se trataba de una especulación marginal ni de proyectos aislados, sino de programas coordinados entre agencias científicas, militares y gubernamentales, respaldados por financiación federal y supervisados al más alto nivel político. El memorando, dirigido a la División de Ciencias Generales de la CIA, advertía de un interés creciente en todo el mundo por estas tecnologías y señalaba con preocupación que la Unión Soviética estaba ampliando su propio programa. La carrera por el dominio del átomo tenía un reflejo paralelo en la carrera por el dominio de las nubes.
Nota: Los suscriptores de La Tribuna del País Vasco pueden solicitar una copia del documento original de la CIA por los canales habituales: [email protected] o en el teléfono 650114502
El texto de la CIA describe un escenario en el que la modificación meteorológica se percibía como una herramienta estratégica capaz de alterar no solo el entorno natural, sino también el equilibrio geopolítico. Si un país podía provocar lluvias o impedirlas, dispersar nieblas o modificar tormentas, podía influir en cosechas, infraestructuras, transporte y economía. En un mundo bipolar, esas capacidades equivalían a poder. Los científicos hablaban de técnicas para intervenir en los procesos atmosféricos fundamentales: sembrar nubes, dispersar niebla en aeropuertos, reducir granizadas destructivas, incluso alterar la trayectoria o intensidad de tormentas. Lo que hoy suena a geoingeniería experimental era entonces una frontera tecnológica en plena expansión.
La urgencia no era abstracta. En septiembre de 1965, el huracán Betsy devastó amplias zonas del sur de Estados Unidos, provocando muertes, destrucción masiva y pérdidas económicas enormes. El documento recoge con detalle la catástrofe y el colapso de servicios básicos, desde las comunicaciones hasta el suministro eléctrico, subrayando la vulnerabilidad del país frente a fenómenos extremos. La experiencia reforzó la convicción de que comprender —y eventualmente controlar— el clima podía salvar vidas y proteger la economía nacional.
En ese contexto, el control meteorológico aparecía como una promesa tecnológica y como una necesidad estratégica. La investigación incluía desde la dispersión de niebla mediante partículas químicas hasta la alteración de nubes superenfriadas, capaces de generar granizo o precipitaciones intensas. Los expertos analizaban la dinámica de las tormentas, la formación de cristales de hielo en la atmósfera y el comportamiento de las corrientes convectivas. No era un campo improvisado, sino un esfuerzo científico sofisticado que exigía observaciones masivas, experimentos a gran escala y modelos matemáticos cada vez más complejos.
Para sostener esa ambición, Estados Unidos impulsó el desarrollo de satélites meteorológicos, considerados esenciales para observar la atmósfera desde el espacio. Hasta entonces, gran parte del planeta era prácticamente invisible para los meteorólogos. Con sistemas como el programa TIROS, las nubes, tormentas y sistemas de presión podían seguirse casi en tiempo real. Aquello transformó la comprensión del clima global y abrió la posibilidad de intervenir en él con mayor precisión.
Los planificadores sabían que la atmósfera no reconoce fronteras. Un fenómeno originado en un país puede afectar a otro a miles de kilómetros. Por eso, el documento menciona la creación de un sistema internacional de vigilancia denominado World Weather Watch, concebido para recopilar datos meteorológicos a escala planetaria. Oficialmente, era un programa de cooperación científica. Extraoficialmente, también permitía a Estados Unidos monitorizar el comportamiento atmosférico global con una ventaja tecnológica significativa.
El memorando deja entrever una tensión constante entre cooperación y rivalidad. Mientras se promovía el intercambio de datos meteorológicos, se vigilaban de cerca los avances soviéticos. La posibilidad de que la URSS desarrollara primero tecnologías de modificación climática generaba inquietud. Si el clima podía convertirse en un instrumento de poder, nadie quería quedarse atrás.
Pero quizá lo más perturbador del documento no es la descripción técnica de los experimentos, sino el horizonte de posibilidades que se planteaba. En uno de los pasajes más reveladores, se afirma que los beneficios potenciales de la modificación meteorológica serían “casi inimaginables”. La frase aparece en un contexto aparentemente optimista —mejorar la agricultura, reducir desastres, aumentar la productividad—, pero sugiere una capacidad de intervención en sistemas naturales de escala planetaria.
Dominar el clima significaría, en última instancia, dominar uno de los motores fundamentales de la vida humana. La lluvia decide las cosechas, las sequías provocan migraciones, las tormentas paralizan economías enteras. Alterar esos procesos equivale a alterar la historia. En un mundo dividido por ideologías y arsenales nucleares, esa posibilidad tenía implicaciones difíciles de medir.
El documento también muestra cautela. Los responsables reconocían la necesidad de estudiar las consecuencias legales, sociales y económicas de intervenir en la atmósfera. ¿Quién sería responsable si una modificación climática causara daños en otro país? ¿Podrían considerarse estas técnicas una forma de arma ambiental? Aunque el memorando no ofrece respuestas, sí evidencia que las preguntas ya estaban sobre la mesa.
A lo largo de sus páginas, se percibe una mezcla de optimismo científico y prudencia estratégica. Los avances tecnológicos de la década —computación, aeronáutica, satélites— alimentaban la sensación de que casi cualquier desafío era abordable. Al mismo tiempo, la magnitud del sistema climático imponía límites que los propios investigadores reconocían. El clima no es una máquina simple, sino un entramado caótico de interacciones físicas, químicas y biológicas.
Sin embargo, la ambición persistía. Estados Unidos había conquistado el átomo y se preparaba para conquistar el espacio; dominar la atmósfera parecía el siguiente paso lógico. No se trataba solo de protegerse de huracanes o sequías, sino de transformar la relación de la humanidad con la naturaleza.
Décadas después, la publicación de estos documentos plantea una pregunta inquietante: ¿hasta dónde llegaron realmente esas investigaciones? La geoingeniería moderna —desde la inyección de aerosoles en la estratosfera hasta la captura de carbono a gran escala— demuestra que la idea de modificar el clima no desapareció con la Guerra Fría. Al contrario, ha vuelto al centro del debate científico como posible respuesta al cambio climático.
El memorando de 1965 no es un relato conspirativo ni una prueba de manipulación climática global. Es, más bien, un testimonio histórico de una época en la que las superpotencias creían que la ciencia podía resolver —o dominar— cualquier aspecto del mundo natural. Pero también es un recordatorio de que algunas de esas ambiciones siguen vivas.
Porque si algo deja claro este documento es que el sueño de controlar el cielo no nació en el siglo XXI. Nació cuando el mundo temía el apocalipsis nuclear y, paradójicamente, depositaba su esperanza en la tecnología. Entre misiles balísticos y programas espaciales, hubo otra carrera silenciosa, menos visible pero igual de trascendental: la carrera por gobernar las nubes.
Y esa carrera, como tantas otras iniciadas durante la Guerra Fría, quizá nunca se detuvo del todo.
![[Img #30061]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/03_2026/9254_9999.jpg)
El documento permaneció décadas en silencio, archivado bajo códigos opacos y sellos de clasificación que parecían destinados a sobrevivir a sus propios autores. Cuando finalmente salió a la luz, no lo hizo con estruendo, sino con la sobriedad burocrática de un memorando mecanografiado, fechado en octubre de 1965. Pero detrás de ese lenguaje administrativo se escondía algo mucho más inquietante: la ambición de dominar el cielo.
En plena Guerra Fría, cuando el planeta vivía bajo la sombra de la destrucción nuclear, Estados Unidos exploraba otra forma de poder absoluto: la capacidad de modificar el clima. No se trataba de una especulación marginal ni de proyectos aislados, sino de programas coordinados entre agencias científicas, militares y gubernamentales, respaldados por financiación federal y supervisados al más alto nivel político. El memorando, dirigido a la División de Ciencias Generales de la CIA, advertía de un interés creciente en todo el mundo por estas tecnologías y señalaba con preocupación que la Unión Soviética estaba ampliando su propio programa. La carrera por el dominio del átomo tenía un reflejo paralelo en la carrera por el dominio de las nubes.
Nota: Los suscriptores de La Tribuna del País Vasco pueden solicitar una copia del documento original de la CIA por los canales habituales: [email protected] o en el teléfono 650114502
El texto de la CIA describe un escenario en el que la modificación meteorológica se percibía como una herramienta estratégica capaz de alterar no solo el entorno natural, sino también el equilibrio geopolítico. Si un país podía provocar lluvias o impedirlas, dispersar nieblas o modificar tormentas, podía influir en cosechas, infraestructuras, transporte y economía. En un mundo bipolar, esas capacidades equivalían a poder. Los científicos hablaban de técnicas para intervenir en los procesos atmosféricos fundamentales: sembrar nubes, dispersar niebla en aeropuertos, reducir granizadas destructivas, incluso alterar la trayectoria o intensidad de tormentas. Lo que hoy suena a geoingeniería experimental era entonces una frontera tecnológica en plena expansión.
La urgencia no era abstracta. En septiembre de 1965, el huracán Betsy devastó amplias zonas del sur de Estados Unidos, provocando muertes, destrucción masiva y pérdidas económicas enormes. El documento recoge con detalle la catástrofe y el colapso de servicios básicos, desde las comunicaciones hasta el suministro eléctrico, subrayando la vulnerabilidad del país frente a fenómenos extremos. La experiencia reforzó la convicción de que comprender —y eventualmente controlar— el clima podía salvar vidas y proteger la economía nacional.
En ese contexto, el control meteorológico aparecía como una promesa tecnológica y como una necesidad estratégica. La investigación incluía desde la dispersión de niebla mediante partículas químicas hasta la alteración de nubes superenfriadas, capaces de generar granizo o precipitaciones intensas. Los expertos analizaban la dinámica de las tormentas, la formación de cristales de hielo en la atmósfera y el comportamiento de las corrientes convectivas. No era un campo improvisado, sino un esfuerzo científico sofisticado que exigía observaciones masivas, experimentos a gran escala y modelos matemáticos cada vez más complejos.
Para sostener esa ambición, Estados Unidos impulsó el desarrollo de satélites meteorológicos, considerados esenciales para observar la atmósfera desde el espacio. Hasta entonces, gran parte del planeta era prácticamente invisible para los meteorólogos. Con sistemas como el programa TIROS, las nubes, tormentas y sistemas de presión podían seguirse casi en tiempo real. Aquello transformó la comprensión del clima global y abrió la posibilidad de intervenir en él con mayor precisión.
Los planificadores sabían que la atmósfera no reconoce fronteras. Un fenómeno originado en un país puede afectar a otro a miles de kilómetros. Por eso, el documento menciona la creación de un sistema internacional de vigilancia denominado World Weather Watch, concebido para recopilar datos meteorológicos a escala planetaria. Oficialmente, era un programa de cooperación científica. Extraoficialmente, también permitía a Estados Unidos monitorizar el comportamiento atmosférico global con una ventaja tecnológica significativa.
El memorando deja entrever una tensión constante entre cooperación y rivalidad. Mientras se promovía el intercambio de datos meteorológicos, se vigilaban de cerca los avances soviéticos. La posibilidad de que la URSS desarrollara primero tecnologías de modificación climática generaba inquietud. Si el clima podía convertirse en un instrumento de poder, nadie quería quedarse atrás.
Pero quizá lo más perturbador del documento no es la descripción técnica de los experimentos, sino el horizonte de posibilidades que se planteaba. En uno de los pasajes más reveladores, se afirma que los beneficios potenciales de la modificación meteorológica serían “casi inimaginables”. La frase aparece en un contexto aparentemente optimista —mejorar la agricultura, reducir desastres, aumentar la productividad—, pero sugiere una capacidad de intervención en sistemas naturales de escala planetaria.
Dominar el clima significaría, en última instancia, dominar uno de los motores fundamentales de la vida humana. La lluvia decide las cosechas, las sequías provocan migraciones, las tormentas paralizan economías enteras. Alterar esos procesos equivale a alterar la historia. En un mundo dividido por ideologías y arsenales nucleares, esa posibilidad tenía implicaciones difíciles de medir.
El documento también muestra cautela. Los responsables reconocían la necesidad de estudiar las consecuencias legales, sociales y económicas de intervenir en la atmósfera. ¿Quién sería responsable si una modificación climática causara daños en otro país? ¿Podrían considerarse estas técnicas una forma de arma ambiental? Aunque el memorando no ofrece respuestas, sí evidencia que las preguntas ya estaban sobre la mesa.
A lo largo de sus páginas, se percibe una mezcla de optimismo científico y prudencia estratégica. Los avances tecnológicos de la década —computación, aeronáutica, satélites— alimentaban la sensación de que casi cualquier desafío era abordable. Al mismo tiempo, la magnitud del sistema climático imponía límites que los propios investigadores reconocían. El clima no es una máquina simple, sino un entramado caótico de interacciones físicas, químicas y biológicas.
Sin embargo, la ambición persistía. Estados Unidos había conquistado el átomo y se preparaba para conquistar el espacio; dominar la atmósfera parecía el siguiente paso lógico. No se trataba solo de protegerse de huracanes o sequías, sino de transformar la relación de la humanidad con la naturaleza.
Décadas después, la publicación de estos documentos plantea una pregunta inquietante: ¿hasta dónde llegaron realmente esas investigaciones? La geoingeniería moderna —desde la inyección de aerosoles en la estratosfera hasta la captura de carbono a gran escala— demuestra que la idea de modificar el clima no desapareció con la Guerra Fría. Al contrario, ha vuelto al centro del debate científico como posible respuesta al cambio climático.
El memorando de 1965 no es un relato conspirativo ni una prueba de manipulación climática global. Es, más bien, un testimonio histórico de una época en la que las superpotencias creían que la ciencia podía resolver —o dominar— cualquier aspecto del mundo natural. Pero también es un recordatorio de que algunas de esas ambiciones siguen vivas.
Porque si algo deja claro este documento es que el sueño de controlar el cielo no nació en el siglo XXI. Nació cuando el mundo temía el apocalipsis nuclear y, paradójicamente, depositaba su esperanza en la tecnología. Entre misiles balísticos y programas espaciales, hubo otra carrera silenciosa, menos visible pero igual de trascendental: la carrera por gobernar las nubes.
Y esa carrera, como tantas otras iniciadas durante la Guerra Fría, quizá nunca se detuvo del todo.












