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Jueves, 19 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:

Cuba al borde del apagón total: petróleo ruso en camino y un ejército que promete resistir entre ruinas

[Img #30065]La isla despierta cada día con la misma pregunta: cuánto durará hoy la luz. En barrios enteros de La Habana y de provincias, el silencio eléctrico se ha convertido en el sonido dominante. Ventiladores inmóviles, semáforos apagados, colas interminables para conseguir gasolina que no existe. En ese escenario, dos noticias recorren el país como un murmullo inquietante: petroleros rusos navegan hacia Cuba… y el Gobierno habla de resistencia militar aunque su propio aparato armado parece corroído por décadas de escasez.

 

Según datos de inteligencia marítima citados por medios internacionales, el tanquero ruso Anatoly Kolodkin transporta unos 730.000 barriles de crudo hacia el puerto de Matanzas, con llegada prevista a finales de marzo. Sería el primer envío significativo en casi dos meses, tras un período en el que prácticamente no ha entrado combustible a la isla.

 

Para un país que depende casi por completo del petróleo importado, ese cargamento no es una noticia económica: es una cuestión de supervivencia cotidiana. Sin diésel, los generadores que mantienen hospitales, transporte y agricultura simplemente dejan de funcionar. Analistas estiman que incluso grandes envíos pueden cubrir solo días o semanas de consumo nacional. 

 

Pero la llegada de combustible no está garantizada. Las sanciones estadounidenses han puesto bajo presión a cualquier país o empresa que suministre petróleo a Cuba, creando un clima de incertidumbre logística y diplomática. Los petroleros rusos navegan, literalmente, en un mar de amenazas económicas.

 

Mientras tanto, el Gobierno comunista cubano insiste en un discurso de firmeza frente a lo que califica como “guerra económica”. El presidente Miguel Díaz-Canel ha denunciado que Estados Unidos pretende “asfixiar” al país y advierte de que cualquier agresión externa encontrará una resistencia “inexpugnable”. 

 

Sin embargo, esa retórica choca con una realidad incómoda: la debilidad material del propio aparato militar. Informes recientes describen a las Fuerzas Armadas Revolucionarias como una estructura sostenida por equipamiento soviético envejecido, escaso mantenimiento y recursos limitados. Muchos vehículos, aviones y sistemas operan gracias a reparaciones improvisadas o piezas reutilizadas. 

 

La paradoja es evidente. Un Estado que invoca la defensa nacional como argumento político depende, al mismo tiempo, de cargamentos extranjeros para mantener encendidas sus centrales eléctricas y su economía básica. Sin combustible, ni siquiera la logística militar puede funcionar con normalidad.

 

En las calles, el malestar social crece. La escasez energética ha paralizado transportes, reducido la actividad económica y agravado el desabastecimiento general. Amplias zonas del país han sufrido apagones prolongados, con efectos devastadores sobre la vida cotidiana y la producción. 

 

Algunos apagones han alcanzado dimensiones históricas: millones de personas sin electricidad al mismo tiempo, redes eléctricas colapsadas y reservas de combustible prácticamente agotadas. 

 

Ese deterioro explica por qué cada petrolero rumbo a Cuba se convierte en una noticia nacional. No es solo un buque: es la posibilidad de que los autobuses vuelvan a circular, que los alimentos lleguen a los mercados, que los hospitales no dependan de generadores a punto de fallar.

 

Rusia aparece así como uno de los pocos aliados dispuestos a sostener a La Habana en plena tormenta energética. Moscú ya ha enviado combustible en otras ocasiones y mantiene un respaldo político explícito, aunque también ha tomado medidas de precaución, como la repatriación de turistas ante la falta de suministros en la isla.

 

Pero incluso si los tanqueros logran atracar sin incidentes, el alivio será temporal. La infraestructura energética cubana —obsoleta, mal mantenida y dependiente de importaciones— sigue siendo extremadamente vulnerable. Cada avería importante o interrupción del suministro puede devolver al país al punto de partida.

 

La escena final es casi cinematográfica: una nación entera mirando al mar, esperando que aparezca en el horizonte la silueta de un petrolero. No como símbolo de prosperidad, sino como último salvavidas antes del apagón definitivo.

 

Mientras tanto, el Gobierno promete resistencia, la población exige soluciones y el ejército —según muchos analistas— intenta sostener una narrativa de fortaleza con recursos cada vez más escasos.

 

Cuba, una vez más, vive suspendida entre dos fuerzas: la política y la necesidad elemental de energía. Y en esa tensión, cada barco que se acerca a sus costas decide, aunque sea por unos días, si el país respira… o vuelve a quedarse a oscuras.

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