Al Señor Ministro de Derechos Sociales le preocupa la soledad (I)
El Ministro de Derechos Sociales ha calificado, estos días pasados, la soledad no deseada como un “problema de justicia social y de salud pública prioritarios en España”. “Tenemos que garantizar que haya una comunidad a la que acudir cuando se busque compañía”. Para ello el gobierno ha aprobado la primera estrategia para detectar y combatir los distintos tipos de soledad con el pomposo titulo de “Marco Estratégico Estatal de las Soledades” ¡Gracias a Dios que el Estado viene en nuestra ayuda! Después de haber provocado la herida con la promoción de sus nuevas formas de vida… ¡viene a poner las vendas!
Según el barómetro del Observatorio Estatal de la Soledad no deseada (Fundación AXA, 2024), uno de cada cinco personas en España experimenta soledad no deseada que supone el 20% de la población, y dos tercios de esta cantidad tienen soledad crónica. Por otra parte, las personas mayores, sobre todo a partir de los 65 años, que viven en grandes ciudades son quienes más acusan la soledad. Y según el estudio de la ONCE (septiembre 2025), en el conjunto de la población, la principal causa de soledad es la perdida de convivencia, incluyendo la distancia o la ausencia de familiares con quienes vivir.
El caso es que, el señor ministro en sus afanes de solucionar el problema baraja otras causas. Y cómo no, enseguida aparecen los factores socioeconómicos o el ser mujer. También hace responsable a una “antropología neoliberal construida sobre una concepción de la sociedad individualista”. ¿No se le ocurre pensar cuánto tiene de responsabilidad en la promoción de ese individualismo su propia ideología, que es igualmente individualista, ya que ambas alientan las relaciones ocasionales sin compromiso? ¿No se da cuenta de que ambas ideologías son caras de la misma moneda? Así que ya se puede vaticinar que, si siguen impulsando los mismos modelos de vida, la soledad seguirá aumentando.
Y lo llamativo es que, según los datos, el sentimiento de soledad no es solo que haya aumentado en todos los tramos de edades –y también por sexo– es que, en grupos donde antes no habíamos oído hablar de soledad no deseada ahora es más frecuente. En primer lugar, es el caso de adolescentes y jóvenes entre 15 y 24 años. Datos internacionales muestran que 1 de cada 5 adolescentes se sienten solos. También afecta a niños más pequeños 13%, entre 10-11 años. Además, este aumento de la soledad está relacionado con mayores tasas de depresión y ansiedad. Si pensamos en adolescentes y jóvenes, resulta altamente extraño que aparezca esta “epidemia” de soledad, precisamente en la época en que más fácil ha sido siempre establecer relaciones de compañerismo y amistad o de pandilla para hacer cosas juntos, bien sea con los compañeros de colegio o de juegos en el barrio.
Desde luego al señor ministro no se le ocurre pensar lo que es la vida de un niño de 12 años que sale del colegio y se encuentra una casa vacía, donde no puede contar a nadie todo lo que ha sido su jornada escolar, sus satisfacciones o peleas con los compañeros, sus afanes en clase, etc., tampoco recibir consejos. Con suerte igual tiene un hermano con quien compartir lo que queda de tarde. Su madre, en muchos casos, estará realizándose –y haciendo más llevadera económicamente la vida– en su trabajo de cajera, camarera, enfermera, u otros. Y el padre, si vive con ellos, (no olvidemos que las relaciones de pareja hoy se rompen con facilidad, sin mayor compromiso con hijos, si los hay, ni con el otro de la pareja) probablemente tampoco haya salido del trabajo. Nos referimos a una parte importante de la población. Hay otra parte que, con suerte, puede tener horarios de mañana y estar con el hijo –o los hijos, si hay más de uno– cuando lo recoge del colegio, aunque tenga que dividir el tiempo para organizar la casa.
Por otra parte, los hogares con un solo progenitor en España, rondan los dos millones. En tiempos pasados, podía haber desavenencias entre los conyugues –desavenencias que hoy enseguida se transforman en ruptura de la convivencia–, pero ambos padres estaban ahí amorosos para el hijo, que percibía la protección de ambos.
¿Por qué nos extrañamos de que lo que antes no había, hoy aumente sin parar?
El Ministro de Derechos Sociales ha calificado, estos días pasados, la soledad no deseada como un “problema de justicia social y de salud pública prioritarios en España”. “Tenemos que garantizar que haya una comunidad a la que acudir cuando se busque compañía”. Para ello el gobierno ha aprobado la primera estrategia para detectar y combatir los distintos tipos de soledad con el pomposo titulo de “Marco Estratégico Estatal de las Soledades” ¡Gracias a Dios que el Estado viene en nuestra ayuda! Después de haber provocado la herida con la promoción de sus nuevas formas de vida… ¡viene a poner las vendas!
Según el barómetro del Observatorio Estatal de la Soledad no deseada (Fundación AXA, 2024), uno de cada cinco personas en España experimenta soledad no deseada que supone el 20% de la población, y dos tercios de esta cantidad tienen soledad crónica. Por otra parte, las personas mayores, sobre todo a partir de los 65 años, que viven en grandes ciudades son quienes más acusan la soledad. Y según el estudio de la ONCE (septiembre 2025), en el conjunto de la población, la principal causa de soledad es la perdida de convivencia, incluyendo la distancia o la ausencia de familiares con quienes vivir.
El caso es que, el señor ministro en sus afanes de solucionar el problema baraja otras causas. Y cómo no, enseguida aparecen los factores socioeconómicos o el ser mujer. También hace responsable a una “antropología neoliberal construida sobre una concepción de la sociedad individualista”. ¿No se le ocurre pensar cuánto tiene de responsabilidad en la promoción de ese individualismo su propia ideología, que es igualmente individualista, ya que ambas alientan las relaciones ocasionales sin compromiso? ¿No se da cuenta de que ambas ideologías son caras de la misma moneda? Así que ya se puede vaticinar que, si siguen impulsando los mismos modelos de vida, la soledad seguirá aumentando.
Y lo llamativo es que, según los datos, el sentimiento de soledad no es solo que haya aumentado en todos los tramos de edades –y también por sexo– es que, en grupos donde antes no habíamos oído hablar de soledad no deseada ahora es más frecuente. En primer lugar, es el caso de adolescentes y jóvenes entre 15 y 24 años. Datos internacionales muestran que 1 de cada 5 adolescentes se sienten solos. También afecta a niños más pequeños 13%, entre 10-11 años. Además, este aumento de la soledad está relacionado con mayores tasas de depresión y ansiedad. Si pensamos en adolescentes y jóvenes, resulta altamente extraño que aparezca esta “epidemia” de soledad, precisamente en la época en que más fácil ha sido siempre establecer relaciones de compañerismo y amistad o de pandilla para hacer cosas juntos, bien sea con los compañeros de colegio o de juegos en el barrio.
Desde luego al señor ministro no se le ocurre pensar lo que es la vida de un niño de 12 años que sale del colegio y se encuentra una casa vacía, donde no puede contar a nadie todo lo que ha sido su jornada escolar, sus satisfacciones o peleas con los compañeros, sus afanes en clase, etc., tampoco recibir consejos. Con suerte igual tiene un hermano con quien compartir lo que queda de tarde. Su madre, en muchos casos, estará realizándose –y haciendo más llevadera económicamente la vida– en su trabajo de cajera, camarera, enfermera, u otros. Y el padre, si vive con ellos, (no olvidemos que las relaciones de pareja hoy se rompen con facilidad, sin mayor compromiso con hijos, si los hay, ni con el otro de la pareja) probablemente tampoco haya salido del trabajo. Nos referimos a una parte importante de la población. Hay otra parte que, con suerte, puede tener horarios de mañana y estar con el hijo –o los hijos, si hay más de uno– cuando lo recoge del colegio, aunque tenga que dividir el tiempo para organizar la casa.
Por otra parte, los hogares con un solo progenitor en España, rondan los dos millones. En tiempos pasados, podía haber desavenencias entre los conyugues –desavenencias que hoy enseguida se transforman en ruptura de la convivencia–, pero ambos padres estaban ahí amorosos para el hijo, que percibía la protección de ambos.
¿Por qué nos extrañamos de que lo que antes no había, hoy aumente sin parar?











