Ahora resulta que tenemos poder
He leído un reportaje muy serio de mis compañeros en este periódico que dice que el mundo rural tiene poder. Así, sin reírse. Poder geográfico, poder alimentario, poder electoral, poder estratégico. Lo llaman incluso “rural power”. Yo lo leía y miraba alrededor por si había entrado alguien importante en el caserío sin avisar.
Porque aquí, de poder, lo justo para encender la luz… y no siempre.
El artículo empieza con unos agricultores holandeses que bloquearon autopistas con tractores y tumbaron un gobierno. Muy épico todo. Pero yo me pregunto si después de tumbarlo alguien fue a ordeñar las vacas, porque las vacas no dimiten.
También dice que durante décadas las ciudades crecieron mientras los pueblos se quedaban vacíos, como si nos hubieran dejado en pausa mientras el resto avanzaba. Eso sí lo reconozco. Aquí cada casa cerrada es una historia que se fue sin despedirse. El silencio no es paisaje: es inventario.
Luego llega la pandemia, la gente descubre que su piso es una caja de zapatos cara y se acuerda del pueblo. Suben, compran pan ecológico, hacen fotos a la niebla y hablan de reconectar. Tres años después, muchos se vuelven a la ciudad porque el médico está lejos, el colegio no llega o el jefe quiere verles la cara en persona.
Eso también lo he visto.
El reportaje lo llama “movimiento frágil”. Yo lo llamo turismo con hipoteca.
Hay una teoría que me gustó: la de la “venganza de los lugares que no importan”. Que cuando te ignoran durante décadas, votas contra el sistema. Parece que eso ha pasado en medio mundo. Brexit, Trump, chalecos amarillos, tractoradas… Todo muy analizado, muy académico.
Aquí, sin embargo, la venganza suele consistir en dejar de creer en nada y seguir trabajando igual.
También dice algo que suena impresionante: que quien alimenta el mundo manda. Que el campo es infraestructura crítica, como el gas o la electricidad. Que sin trigo no hay estabilidad política. Todo muy geopolítico.
Pero luego bajas al supermercado y ves leche más barata que el agua embotellada y te preguntas quién manda exactamente.
España, según el reportaje, puede alimentar a ciento setenta millones de personas. Yo apenas consigo alimentar a mis gallinas sin que el pienso suba cada mes. El poder debe de estar en otro sitio, porque aquí solo llegan las facturas.
Y lo mejor viene después: que el campo tiene tierra, agua, espacio para energías, silencio, paisaje… todo lo que escasea. Que las ciudades lo necesitan. Que el futuro depende de nosotros.
Muy bonito.
Luego miras la edad media de los agricultores —casi sesenta años— y te das cuenta de que el futuro depende de gente que ya debería estar descansando. Los hijos están en la ciudad, estudiando algo que no huela a estiércol. La tierra acaba en manos de fondos de inversión o de macrogranjas con nombre en inglés.
Eso sí, poder tenemos.
El artículo termina hablando de una señora que se fue a vivir a un pueblo de Soria y dice que allí al menos tiene presente, aunque no sepa si hay futuro. Me parece la frase más honesta de todo el reportaje.
Porque aquí el presente pesa. Pesa el trabajo, pesa la incertidumbre y pesa esa sensación de que todo depende de decisiones que se toman muy lejos.
Así que sí, igual tenemos poder. Poder para producir comida, para mantener el paisaje, para sostener un modo de vida que todos dicen admirar pero pocos quieren vivir. Pero es un poder raro. No sirve para que te hagan caso, ni para que te paguen mejor, ni para que arreglen el camino antes de que se convierta en un barrizal.
Es más bien un poder de esos que se reconocen en los informes… cuando ya es tarde.
Kemen me ha mirado mientras leía todo esto y ha vuelto a dormirse. Él sí tiene claro quién manda aquí: el que llena el cuenco.
Yo, en cambio, sigo sin saber si somos imprescindibles o simplemente incómodos.
Pero una cosa sí tengo clara: si este es el poder rural, preferiría una jubilación rural.
He leído un reportaje muy serio de mis compañeros en este periódico que dice que el mundo rural tiene poder. Así, sin reírse. Poder geográfico, poder alimentario, poder electoral, poder estratégico. Lo llaman incluso “rural power”. Yo lo leía y miraba alrededor por si había entrado alguien importante en el caserío sin avisar.
Porque aquí, de poder, lo justo para encender la luz… y no siempre.
El artículo empieza con unos agricultores holandeses que bloquearon autopistas con tractores y tumbaron un gobierno. Muy épico todo. Pero yo me pregunto si después de tumbarlo alguien fue a ordeñar las vacas, porque las vacas no dimiten.
También dice que durante décadas las ciudades crecieron mientras los pueblos se quedaban vacíos, como si nos hubieran dejado en pausa mientras el resto avanzaba. Eso sí lo reconozco. Aquí cada casa cerrada es una historia que se fue sin despedirse. El silencio no es paisaje: es inventario.
Luego llega la pandemia, la gente descubre que su piso es una caja de zapatos cara y se acuerda del pueblo. Suben, compran pan ecológico, hacen fotos a la niebla y hablan de reconectar. Tres años después, muchos se vuelven a la ciudad porque el médico está lejos, el colegio no llega o el jefe quiere verles la cara en persona.
Eso también lo he visto.
El reportaje lo llama “movimiento frágil”. Yo lo llamo turismo con hipoteca.
Hay una teoría que me gustó: la de la “venganza de los lugares que no importan”. Que cuando te ignoran durante décadas, votas contra el sistema. Parece que eso ha pasado en medio mundo. Brexit, Trump, chalecos amarillos, tractoradas… Todo muy analizado, muy académico.
Aquí, sin embargo, la venganza suele consistir en dejar de creer en nada y seguir trabajando igual.
También dice algo que suena impresionante: que quien alimenta el mundo manda. Que el campo es infraestructura crítica, como el gas o la electricidad. Que sin trigo no hay estabilidad política. Todo muy geopolítico.
Pero luego bajas al supermercado y ves leche más barata que el agua embotellada y te preguntas quién manda exactamente.
España, según el reportaje, puede alimentar a ciento setenta millones de personas. Yo apenas consigo alimentar a mis gallinas sin que el pienso suba cada mes. El poder debe de estar en otro sitio, porque aquí solo llegan las facturas.
Y lo mejor viene después: que el campo tiene tierra, agua, espacio para energías, silencio, paisaje… todo lo que escasea. Que las ciudades lo necesitan. Que el futuro depende de nosotros.
Muy bonito.
Luego miras la edad media de los agricultores —casi sesenta años— y te das cuenta de que el futuro depende de gente que ya debería estar descansando. Los hijos están en la ciudad, estudiando algo que no huela a estiércol. La tierra acaba en manos de fondos de inversión o de macrogranjas con nombre en inglés.
Eso sí, poder tenemos.
El artículo termina hablando de una señora que se fue a vivir a un pueblo de Soria y dice que allí al menos tiene presente, aunque no sepa si hay futuro. Me parece la frase más honesta de todo el reportaje.
Porque aquí el presente pesa. Pesa el trabajo, pesa la incertidumbre y pesa esa sensación de que todo depende de decisiones que se toman muy lejos.
Así que sí, igual tenemos poder. Poder para producir comida, para mantener el paisaje, para sostener un modo de vida que todos dicen admirar pero pocos quieren vivir. Pero es un poder raro. No sirve para que te hagan caso, ni para que te paguen mejor, ni para que arreglen el camino antes de que se convierta en un barrizal.
Es más bien un poder de esos que se reconocen en los informes… cuando ya es tarde.
Kemen me ha mirado mientras leía todo esto y ha vuelto a dormirse. Él sí tiene claro quién manda aquí: el que llena el cuenco.
Yo, en cambio, sigo sin saber si somos imprescindibles o simplemente incómodos.
Pero una cosa sí tengo clara: si este es el poder rural, preferiría una jubilación rural.












