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Cuba al límite: apagones interminables, escasez y una población exhausta

[Img #30114]Cuba ha vuelto a entrar en esa zona oscura donde el tiempo parece detenerse y la vida cotidiana se reduce a sobrevivir hora a hora. Durante las últimas jornadas, la isla ha vivido un nuevo colapso eléctrico de alcance nacional —otro más en una secuencia que ya no sorprende pero sí agota— que ha dejado a millones de personas sin luz, sin agua corriente en muchos casos y sin capacidad para conservar alimentos en un clima tropical donde el calor convierte la noche en una prueba física. Aunque las autoridades comunistas han anunciado avances en la reconexión del sistema, la realidad sobre el terreno es fragmentaria: barrios enteros permanecen a oscuras durante más de medio día, los apagones rotatorios se extienden incluso a zonas que antes estaban protegidas y la sensación predominante es que el país funciona al borde de un corte definitivo, sostenido únicamente por parches técnicos y por la resistencia de su población.

 

La Habana, que durante décadas fue la vitrina energética del régimen, tampoco escapa ya a esta dinámica. En numerosos distritos de la capital, la electricidad va y viene sin aviso, interrumpiendo comunicaciones, transporte y actividad económica. Los semáforos dejan de funcionar, las tiendas cierran temprano para evitar pérdidas de productos refrigerados y las calles se llenan de generadores ruidosos pertenecientes a hoteles, empresas estatales o negocios privados con recursos. La vida doméstica se reorganiza en torno a la incertidumbre: cocinar cuando hay corriente, cargar teléfonos a toda prisa, llenar recipientes de agua por si las bombas dejan de funcionar. La noche, sin ventiladores ni aire acondicionado, se convierte en una experiencia sofocante, especialmente para ancianos y niños.

 

En el resto del país la situación es aún más severa. Provincias del interior reportan cortes de hasta veinte horas diarias, lo que equivale a vivir prácticamente fuera de la red eléctrica. Allí, la electricidad no es un servicio sino un acontecimiento: cuando llega, se escuchan aplausos espontáneos, se encienden radios y televisores, se ponen a cargar baterías y se intenta aprovechar cada minuto antes de que vuelva la oscuridad. Los alimentos se estropean con rapidez, el transporte se vuelve errático por la falta de combustible y la actividad productiva cae a niveles mínimos. En zonas rurales, muchas familias dependen ya de leña o carbón para cocinar, un retroceso que recuerda más a economías de subsistencia que a un país moderno.

 

El origen inmediato de esta nueva crisis es técnico, pero sus causas profundas son estructurales. El sistema eléctrico cubano se sostiene sobre centrales termoeléctricas construidas en gran parte durante la era soviética, con maquinaria envejecida, mantenimiento insuficiente y piezas de repuesto difíciles de conseguir. A ello se suma la escasez crónica de combustible, agravada por la reducción de suministros externos y por las dificultades financieras del Estado para adquirir petróleo en el mercado internacional. Cada avería importante desencadena un efecto dominó: la sobrecarga del resto de las plantas provoca nuevas fallas y el sistema entero se desploma. Los técnicos trabajan contra reloj para reactivar unidades, pero incluso cuando lo logran, la estabilidad es precaria y cualquier incidente puede devolver al país al punto de partida.

 

La crisis energética se entrelaza con una crisis económica profunda que lleva años deteriorando las condiciones de vida. La inflación, la escasez de productos básicos y la dolarización parcial de la economía han creado una dualidad social cada vez más visible entre quienes tienen acceso a divisas y quienes dependen exclusivamente de salarios estatales. Sin electricidad, incluso ese frágil equilibrio se rompe: los mercados informales no pueden operar con normalidad, los pequeños negocios privados pierden ingresos y la distribución de alimentos se vuelve caótica. Las largas colas frente a tiendas y panaderías se hacen más largas todavía porque los horarios dependen de la disponibilidad energética.

 

El impacto sobre la sanidad es particularmente grave. Hospitales y centros médicos funcionan con generadores que consumen combustible escaso, lo que obliga a priorizar servicios y posponer intervenciones no urgentes. La conservación de medicamentos que requieren refrigeración se vuelve un desafío constante, y los apagones complican la esterilización de material o el funcionamiento de equipos esenciales. Familias con enfermos crónicos viven con la angustia de no saber si podrán mantener tratamientos adecuados o si habrá electricidad suficiente para equipos médicos domésticos.

 

En este contexto de precariedad, el malestar social se manifiesta de forma cada vez más visible. Durante las noches de apagón, en distintos barrios se escuchan cacerolazos, gritos desde ventanas y pequeñas concentraciones espontáneas. No se trata necesariamente de grandes manifestaciones organizadas, sino de estallidos puntuales de frustración acumulada. Las fuerzas de seguridad mantienen una presencia disuasoria y las autoridades intentan controlar la narrativa oficial, pero el descontento circula con rapidez a través de redes sociales y aplicaciones de mensajería siempre que hay conectividad.

 

La crisis energética también afecta al suministro de agua potable, ya que muchas estaciones de bombeo dependen de la electricidad. En numerosos edificios, los depósitos se vacían y los vecinos deben subir cubos por las escaleras desde camiones cisterna o fuentes improvisadas. Este esfuerzo físico adicional, bajo altas temperaturas, añade tensión a una población ya exhausta. La higiene personal y doméstica se resiente, lo que incrementa el riesgo de problemas sanitarios.

 

El transporte público, otro pilar de la vida urbana, funciona de forma irregular por la combinación de falta de combustible y fallos eléctricos. Autobuses abarrotados, largas esperas y rutas canceladas forman parte de la rutina diaria. Muchos trabajadores llegan tarde o simplemente no pueden acudir a sus empleos, lo que reduce aún más la productividad económica. Las escuelas también se ven afectadas: algunas suspenden clases o reducen horarios porque no pueden garantizar iluminación, ventilación ni alimentación adecuada para los alumnos.

 

A todo ello se suma el impacto psicológico de vivir en una incertidumbre constante. La población no sabe cuándo llegará la próxima avería ni cuánto durarán los cortes. Cada día comienza con la pregunta de si habrá luz suficiente para cocinar, trabajar o simplemente descansar. Este desgaste emocional se refleja en un aumento de la ansiedad colectiva y en una sensación generalizada de fatiga social. Muchos cubanos describen su vida actual como una lucha continua por mantener una normalidad mínima en condiciones cada vez más adversas.

 

En paralelo, la migración sigue siendo una válvula de escape para quienes pueden permitírselo. La percepción de que la situación no mejorará a corto plazo alimenta el deseo de abandonar el país, ya sea por vías legales o irregulares. Este éxodo, a su vez, priva a la economía de mano de obra joven y cualificada, lo que dificulta aún más cualquier recuperación futura.

 

Las autoridades insisten en que el restablecimiento completo del sistema eléctrico es cuestión de tiempo y piden comprensión a la población, atribuyendo parte de los problemas a factores externos y a la falta de recursos. Sin embargo, cada nuevo apagón nacional debilita la confianza en la capacidad del Estado para garantizar servicios básicos. La sensación dominante no es de emergencia pasajera, sino de deterioro estructural.

 

Así, Cuba se encuentra en un estado de normalidad precaria, sostenida por reparaciones de urgencia y por la resiliencia de sus ciudadanos. El país no está paralizado por completo, pero funciona a medio gas, vulnerable a cualquier contratiempo técnico o logístico. La electricidad regresa por momentos, las calles vuelven a iluminarse y la vida parece retomar su curso, pero todos saben que esa claridad puede apagarse de nuevo en cualquier instante. En la isla, la luz ya no es algo seguro: es un paréntesis entre dos periodos de oscuridad.

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