Manuel Escudero y la Euscadi de las dos comunidades
Esta semana pasada ha fallecido a los 79 años Manuel Escudero Zamora, un militante destacado del PSOE que en los últimos años dirigió eso que ahora se llama think tank, en su caso el think tank económico del PSOE de Pedro Sánchez, la Fundación Avanza.
Nacido en San Sebastián en 1946, no era un cualquiera en la historia del PSOE. Aunque nunca fue diputado ni senador, siempre estuvo en la sala de máquinas del partido. Se le puede rastrear su presencia hasta en los años setenta, como veremos luego. Antes comentar algunos hitos de su trayectoria política y profesional. Fue el primer director de la revista Cuadernos de Alzate, cuyo primer número está fechado en el invierno de 1984-1985 y que apareció presentado en prensa en marzo de 1985. Ahí ya participaba con un artículo “El socialismo vasco y el Estado de las Autonomías”. En 1990 está dirigiendo el Programa 2000 del PSOE. En 1995 fue él quien entregó al secretario de Organización del PSOE, Cipriá Ciscar, una carta, firmada por una serie de cargos políticos y de intelectuales del partido, pidiendo que Felipe González no se presentara a las elecciones de 1996, por la corrupción que le rodeaba, y de las que saldría derrotado por José María Aznar. Fue el coordinador del programa electoral del PSOE en las elecciones del año 2000 que volvería a ganar José María Aznar por mayoría absoluta. Tras aquellas elecciones organizó la llamada Iniciativa por el Cambio, como corriente interna dentro del PSOE, que vino a facilitar, por sus esfuerzos para hacer unas primarias abiertas, la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero a la secretaría general del partido, por encima de otros candidatos como José Bono o Rosa Díez. Y finalmente, en 2017, fue actor político interno decisivo para la llegada al poder de Pedro Sánchez, quien a continuación le situó a la cabeza de la Fundación Avanza. Entre 2018 y 2024 fue embajador de España ante la OCDE.
Si no fuera porque el término “fontanero” está totalmente desprestigiado y vilipendiado por casos recientes dentro de ese partido, tendríamos que decir que con Manuel Escudero estaríamos ante un caso de fontanero de primerísimo nivel dentro del PSOE, que facilitó, nada menos, que el auge, dentro de dicho partido, de políticos como Zapatero y Sánchez, que para nosotros son, no sé si hará falta recordarlo, lo peor de lo peor de la política española actual. Curioso personaje, por tanto, este Manuel Escudero.
Dentro del terreno profesional, desde 2010 a 2014 dirigió la Deusto Business School, para lo que construyó un programa guiado por los principios de la llamada “gestión responsable” de los directivos en el ámbito de la empresa. Esta institución tiene sedes en Bilbao, San Sebastián y desde 2011, bajo el mandato de Escudero, también en Madrid.
Personaje muy interesante, como vemos, de quien yo me quedé con su nombre en una fecha muy temprana, a raíz de la aparición de un libro suyo en 1978 que se titulaba Euskadi: dos comunidades. No sé cuándo ese libro llegó a mis manos. Tuvo que ser por mis veinte años o por ahí. Me llamó la atención el título, eso de que había dos comunidades en el País Vasco. Pero luego en el interior prácticamente solo hablaba de una, la nacionalista, para ponerla como enemiga de la otra comunidad, que él identificaba con la socialista, la que había llegado al País Vasco con la industrialización. El libro vendría a reflejar la cultura socialista vasca del inicio de la Transición, donde la derecha era el fascismo y solo había una fuerza política democrática que era el socialismo, mientras que el nacionalismo era dominante, sobre todo tras el fin de la Dictadura, pero que tenía un ramalazo antidemocrático importante debido a su origen racista y con el que el socialismo vasco tenía que fajarse sin remedio, dando lugar a esas dos comunidades del título.
Seguramente este libro influyó en mí mucho, aunque yo entonces desconocía aspectos clave de la historia política vasca que se recogen ahí. Y lo que no entiendo es por qué no lo cité en mi primer libro La identidad maketa, que es de 2006. Este libro La identidad maketa me lo publicó el mismo editor que publicó Euskadi: dos comunidades. Lo tenía que haber citado porque seguro que sin darme cuenta influyó más en mí de lo que yo estaría dispuesto a reconocer entonces. Vaya desde aquí mi deuda con este libro. Si volviera a editar La identidad maketa lo debería citar sin duda. Porque en La identidad maketa lo que en realidad quise hacer fue construir la otra comunidad de la que apenas se habla en Euskadi: dos comunidades. Y si se habla de ella solo es por reflejo de la comunidad omnipresente a lo largo del libro, la nacionalista. Ese déficit identitario del libro de Escudero era el que yo quería plasmar en La identidad maketa, que está escrita además desde unos presupuestos socialistas en los que yo me movía entonces, claro. Baste comprobar a quién sitúo como ejemplo político de identidad maketa: a Indalecio Prieto. Me dan hasta escalofríos al recordarlo. Hoy todo eso lo sustituiría por una ideología fuerista liberal que se enfrentara tanto al nacionalismo como al socialismo. Al nacionalismo recordando cuál fue la ideología dominante aquí desde siempre, española y vasca a la vez. Y al socialismo porque no se puede llegar aquí sin tener una apoyatura histórica y política en esta tierra para hacerse el demócrata y universalista con el resultado final que estamos viendo: ir siempre a rastras del nacionalismo, para acabar mimetizándose con él: baste comprobar lo que está ocurriendo en todas las zonas del País Vasco donde el socialismo era predominante. Y como ejemplo paradigmático de toda esta deriva: ahí está el actual lendacari Pradales, originario de Burgos y natural y vecino de Santurce.
Con el tiempo he ido descubriendo los huecos ideológicos enormes que presenta el libro de Manuel Escudero. El más importante, sin duda, la negación de toda la derecha vasca, a la que metía en el saco del fascismo que había quedado atrás en forma de dictadura. La derecha, según este planteamiento, no tendría derecho, valga el juego de palabras, a participar en el juego político democrático porque ya habría demostrado de lo que era capaz después de cuarenta años de dictadura. Porque para este autor todo el periodo de dictadura franquista es calificado como fascismo, cuando sabemos que lo del fascismo fue predominante en los primeros años, pero que luego también hubo nacionalcatolicismo y tecnocracia, como rasgos más importantes durante el tiempo que duró aquel régimen. Para Escudero el hecho de que el liberalismo hubiera sido completamente prohibido durante el franquismo se ve que no cuenta. Si algo caracterizó a la dictadura franquista fue su antiliberalismo militante. Pero eso parece que no cuenta para nuestro ideólogo.
Pero lo que más me interesa ahora es ver cómo al fuerismo vasco lo incluye el autor dentro del nacionalismo sistemáticamente. Escudero no conoce la existencia del fuerismo liberal. Al fuerismo solo lo considera carlista y lo incluye como arsenal propio del nacionalismo vasco, en el tiempo que se abre con la Transición.
Obsérvese el empleo que hace del término fuerismo en el libro. Para él los pilares de la ideología nacionalista vasca son la religión, el fuerismo y la raza (56). Un fuerismo que habría quedado “derrotado frente a las nuevas instituciones y constituciones” (57). Ramón de la Sota, por ejemplo, el empresario nacionalista de la corriente fuerista liberal, que desembarcó en el PNV en 1898, favoreciendo la elección de Sabino Arana como diputado provincial, es calificado por Escudero como “cacique del fuerismo” (61) asumiendo el retrato que hizo el propio Arana del naviero y de lo que luego se tuvo que retractar cuando vio cómo le era de necesaria su ayuda logística. El fuerismo, para Escudero, sería un mito más del nacionalismo, al mismo nivel que la raza, la religión y la lengua (100). El empleo que hace el nacionalismo del fuerismo, a nivel político, se concreta en el mito de la “reintegración foral”, por la que, de darse, el País Vasco volvería a tener la independencia perdida en 1939.
Sí, todo eso son mitos, ya lo sabemos, pero mitos que corresponden a una cultura que no era nacionalista, ni tampoco carlista, salvo por contagio posterior, sino liberal en su origen, coordinada con el liberalismo moderado en Madrid, y que tuvo un papel muy importante, por predominante y decisivo, durante las décadas centrales del siglo XIX para configurar un paradigma político del que todavía vivimos, con unas diputaciones forales fuertes y que llevó, en 1878, a la creación del régimen de conciertos económicos que aún hoy tenemos. Todo esto es lo que configura la llamada singularidad vasca que el nacionalismo ha vampirizado y a la que le ha quitado su verdadera significación originaria, puesto que el fuerismo desde su mismo origen es profundamente español y antiindependentista.
Pero a la altura de 1978, cuando sale este libro de Manuel Escudero, la izquierda vasca desconocía todo esto. A la vista está. Al menos sus individualidades pensantes dentro del PSOE. Escudero solo maneja dos autores de referencia en todo su discurso. El primero, por número de citas en el libro, es Beltza, del que se cita constantemente su libro El nacionalismo vasco 1876-1936. Ya este título es erróneo, puesto que considerar que hay nacionalismo desde 1876 demuestra que el autor se suscribe a una opinión perfectamente sintonizada con el propio nacionalismo y sus seguidores, para quienes no solo hay nacionalismo desde que Sabino Arana se lo inventa sino mucho antes, al menos desde la pérdida de los últimos fueros en esa fecha de 1876. Tendrían que pasar veinte años para que hubiera nacionalismo vasco real, pero les da igual. Todo es nacionalismo porque piensan de un modo anticipatorio. El prenacionalismo también sería nacionalismo y si no hubiera existido Sabino Arana cualquier otro hubiera hecho lo mismo en su lugar. Así es como piensan.
Este autor Beltza recuerdo que por los años ochenta atestaba las librerías de títulos. Me parecía la leche. Luego ya lo fui ubicando y resituando como un autor que había conseguido un prestigio intelectual desde el ámbito de cierta izquierda abertzale heterodoxa y al margen por completo de los círculos académicos y universitarios. Lo que da idea del nivel que por entonces tenía la universidad, que no generaba autores de referencia todavía y que los pocos que generaba tenían que competir con autores como Beltza. Beltza sería, para que nos situemos, como Pío Moa en el actual panorama de la derecha. Alguien hecho a sí mismo y con una audiencia muy importante detrás. Pero a quién se le ocurriría equiparar a Pío Moa con Pedro Carlos González Cuevas, por ejemplo. No hay color. Pues Beltza entonces estaba a la misma altura o quizás superior, tanto en audiencia como en prestigio, que autores universitarios como Solozábal o Corcuera. Llamarse Beltza se suponía que le daba más prestigio o audiencia o, quizás mejor, un aura de misterio muy en sintonía con la bruma (por no decir el hollín) intelectual imperante. Lo que indica también la empanada mental que ya tenía aquella sociedad vasca recién salida de la Dictadura, en la que los apellidos y los nombres y las denominaciones en eusquera lo eran todo y que todavía perdura en muchos aspectos, como sabemos los que nos reunimos por aquí en El balle del ziruelo. Vamos, que a Beltza se le hacía mucho más caso llamándose así que como se llamaba originariamente este autor: Emilio López Adán, nacido en Vitoria en 1946, justamente en el mismo año que Manuel Escudero. De haber firmado sus libros como Emilio López Adán a buen seguro que no le hubiera hecho caso ni Dios. Lo de Beltza (o sea, negro en eusquera), definitivamente, fue un acierto de marketing para él. Enhorabuena.
El otro autor de referencia de Manuel Escudero en este libro es Juan José Solozábal, que ya para entonces había publicado su libro El primer nacionalismo vasco: industrialismo y conciencia nacional, que es de 1975, y que continuaría luego con una trayectoria intelectual más centrada sobre todo en el ámbito del derecho constitucional que en el de la historia política. Juan José Solozábal era y es de la misma generación que Escudero y Beltza, nacido en Ollauri (La Rioja) en 1947. También acabará dirigiendo la revista Cuadernos de Alzate, originariamente dirigida por Escudero, como hemos visto. Solozábal aparece continuamente, en el libro de Manuel Escudero, citado como Sorozábal, y nunca aparece el título de su libro en todas las citas que se refieren a él. Lo digo por si alguien se extraña por eso si va a consultar Euskadi: dos comunidades. Que tengo que decir que lo he tenido que pedir al campus de Guipúzcoa de la UPV, porque en el de Vizcaya está desaparecido. Y del que hay 21 ejemplares (lo acabo de comprobar en el catálogo) repartidos por la red de Bibliotecas Públicas de Euskadi.
En definitiva, un estado de la cultura vasca surgido de la Transición con unas profundas deficiencias conceptuales, con unos condicionantes medioambientales tremendos y que muestran lo difícil que resultó quitarse de encima toda la maraña mitológica que urdió sobre la sociedad vasca esa mezcla de nacionalismo y de izquierdismo emergentes de las catacumbas y con un amplio listado de cuentas pendientes que resolver y de las que resarcirse. Están en ello todavía. De aquel batiburrillo tan tremebundo todavía somos herederos. Todavía nos estamos limpiando toda la mugre intelectual que nos cayó encima entonces. Que alguien se apiade de nosotros, por favor. Es lo único que pido.
Esta semana pasada ha fallecido a los 79 años Manuel Escudero Zamora, un militante destacado del PSOE que en los últimos años dirigió eso que ahora se llama think tank, en su caso el think tank económico del PSOE de Pedro Sánchez, la Fundación Avanza.
Nacido en San Sebastián en 1946, no era un cualquiera en la historia del PSOE. Aunque nunca fue diputado ni senador, siempre estuvo en la sala de máquinas del partido. Se le puede rastrear su presencia hasta en los años setenta, como veremos luego. Antes comentar algunos hitos de su trayectoria política y profesional. Fue el primer director de la revista Cuadernos de Alzate, cuyo primer número está fechado en el invierno de 1984-1985 y que apareció presentado en prensa en marzo de 1985. Ahí ya participaba con un artículo “El socialismo vasco y el Estado de las Autonomías”. En 1990 está dirigiendo el Programa 2000 del PSOE. En 1995 fue él quien entregó al secretario de Organización del PSOE, Cipriá Ciscar, una carta, firmada por una serie de cargos políticos y de intelectuales del partido, pidiendo que Felipe González no se presentara a las elecciones de 1996, por la corrupción que le rodeaba, y de las que saldría derrotado por José María Aznar. Fue el coordinador del programa electoral del PSOE en las elecciones del año 2000 que volvería a ganar José María Aznar por mayoría absoluta. Tras aquellas elecciones organizó la llamada Iniciativa por el Cambio, como corriente interna dentro del PSOE, que vino a facilitar, por sus esfuerzos para hacer unas primarias abiertas, la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero a la secretaría general del partido, por encima de otros candidatos como José Bono o Rosa Díez. Y finalmente, en 2017, fue actor político interno decisivo para la llegada al poder de Pedro Sánchez, quien a continuación le situó a la cabeza de la Fundación Avanza. Entre 2018 y 2024 fue embajador de España ante la OCDE.
Si no fuera porque el término “fontanero” está totalmente desprestigiado y vilipendiado por casos recientes dentro de ese partido, tendríamos que decir que con Manuel Escudero estaríamos ante un caso de fontanero de primerísimo nivel dentro del PSOE, que facilitó, nada menos, que el auge, dentro de dicho partido, de políticos como Zapatero y Sánchez, que para nosotros son, no sé si hará falta recordarlo, lo peor de lo peor de la política española actual. Curioso personaje, por tanto, este Manuel Escudero.
Dentro del terreno profesional, desde 2010 a 2014 dirigió la Deusto Business School, para lo que construyó un programa guiado por los principios de la llamada “gestión responsable” de los directivos en el ámbito de la empresa. Esta institución tiene sedes en Bilbao, San Sebastián y desde 2011, bajo el mandato de Escudero, también en Madrid.
Personaje muy interesante, como vemos, de quien yo me quedé con su nombre en una fecha muy temprana, a raíz de la aparición de un libro suyo en 1978 que se titulaba Euskadi: dos comunidades. No sé cuándo ese libro llegó a mis manos. Tuvo que ser por mis veinte años o por ahí. Me llamó la atención el título, eso de que había dos comunidades en el País Vasco. Pero luego en el interior prácticamente solo hablaba de una, la nacionalista, para ponerla como enemiga de la otra comunidad, que él identificaba con la socialista, la que había llegado al País Vasco con la industrialización. El libro vendría a reflejar la cultura socialista vasca del inicio de la Transición, donde la derecha era el fascismo y solo había una fuerza política democrática que era el socialismo, mientras que el nacionalismo era dominante, sobre todo tras el fin de la Dictadura, pero que tenía un ramalazo antidemocrático importante debido a su origen racista y con el que el socialismo vasco tenía que fajarse sin remedio, dando lugar a esas dos comunidades del título.
Seguramente este libro influyó en mí mucho, aunque yo entonces desconocía aspectos clave de la historia política vasca que se recogen ahí. Y lo que no entiendo es por qué no lo cité en mi primer libro La identidad maketa, que es de 2006. Este libro La identidad maketa me lo publicó el mismo editor que publicó Euskadi: dos comunidades. Lo tenía que haber citado porque seguro que sin darme cuenta influyó más en mí de lo que yo estaría dispuesto a reconocer entonces. Vaya desde aquí mi deuda con este libro. Si volviera a editar La identidad maketa lo debería citar sin duda. Porque en La identidad maketa lo que en realidad quise hacer fue construir la otra comunidad de la que apenas se habla en Euskadi: dos comunidades. Y si se habla de ella solo es por reflejo de la comunidad omnipresente a lo largo del libro, la nacionalista. Ese déficit identitario del libro de Escudero era el que yo quería plasmar en La identidad maketa, que está escrita además desde unos presupuestos socialistas en los que yo me movía entonces, claro. Baste comprobar a quién sitúo como ejemplo político de identidad maketa: a Indalecio Prieto. Me dan hasta escalofríos al recordarlo. Hoy todo eso lo sustituiría por una ideología fuerista liberal que se enfrentara tanto al nacionalismo como al socialismo. Al nacionalismo recordando cuál fue la ideología dominante aquí desde siempre, española y vasca a la vez. Y al socialismo porque no se puede llegar aquí sin tener una apoyatura histórica y política en esta tierra para hacerse el demócrata y universalista con el resultado final que estamos viendo: ir siempre a rastras del nacionalismo, para acabar mimetizándose con él: baste comprobar lo que está ocurriendo en todas las zonas del País Vasco donde el socialismo era predominante. Y como ejemplo paradigmático de toda esta deriva: ahí está el actual lendacari Pradales, originario de Burgos y natural y vecino de Santurce.
Con el tiempo he ido descubriendo los huecos ideológicos enormes que presenta el libro de Manuel Escudero. El más importante, sin duda, la negación de toda la derecha vasca, a la que metía en el saco del fascismo que había quedado atrás en forma de dictadura. La derecha, según este planteamiento, no tendría derecho, valga el juego de palabras, a participar en el juego político democrático porque ya habría demostrado de lo que era capaz después de cuarenta años de dictadura. Porque para este autor todo el periodo de dictadura franquista es calificado como fascismo, cuando sabemos que lo del fascismo fue predominante en los primeros años, pero que luego también hubo nacionalcatolicismo y tecnocracia, como rasgos más importantes durante el tiempo que duró aquel régimen. Para Escudero el hecho de que el liberalismo hubiera sido completamente prohibido durante el franquismo se ve que no cuenta. Si algo caracterizó a la dictadura franquista fue su antiliberalismo militante. Pero eso parece que no cuenta para nuestro ideólogo.
Pero lo que más me interesa ahora es ver cómo al fuerismo vasco lo incluye el autor dentro del nacionalismo sistemáticamente. Escudero no conoce la existencia del fuerismo liberal. Al fuerismo solo lo considera carlista y lo incluye como arsenal propio del nacionalismo vasco, en el tiempo que se abre con la Transición.
Obsérvese el empleo que hace del término fuerismo en el libro. Para él los pilares de la ideología nacionalista vasca son la religión, el fuerismo y la raza (56). Un fuerismo que habría quedado “derrotado frente a las nuevas instituciones y constituciones” (57). Ramón de la Sota, por ejemplo, el empresario nacionalista de la corriente fuerista liberal, que desembarcó en el PNV en 1898, favoreciendo la elección de Sabino Arana como diputado provincial, es calificado por Escudero como “cacique del fuerismo” (61) asumiendo el retrato que hizo el propio Arana del naviero y de lo que luego se tuvo que retractar cuando vio cómo le era de necesaria su ayuda logística. El fuerismo, para Escudero, sería un mito más del nacionalismo, al mismo nivel que la raza, la religión y la lengua (100). El empleo que hace el nacionalismo del fuerismo, a nivel político, se concreta en el mito de la “reintegración foral”, por la que, de darse, el País Vasco volvería a tener la independencia perdida en 1939.
Sí, todo eso son mitos, ya lo sabemos, pero mitos que corresponden a una cultura que no era nacionalista, ni tampoco carlista, salvo por contagio posterior, sino liberal en su origen, coordinada con el liberalismo moderado en Madrid, y que tuvo un papel muy importante, por predominante y decisivo, durante las décadas centrales del siglo XIX para configurar un paradigma político del que todavía vivimos, con unas diputaciones forales fuertes y que llevó, en 1878, a la creación del régimen de conciertos económicos que aún hoy tenemos. Todo esto es lo que configura la llamada singularidad vasca que el nacionalismo ha vampirizado y a la que le ha quitado su verdadera significación originaria, puesto que el fuerismo desde su mismo origen es profundamente español y antiindependentista.
Pero a la altura de 1978, cuando sale este libro de Manuel Escudero, la izquierda vasca desconocía todo esto. A la vista está. Al menos sus individualidades pensantes dentro del PSOE. Escudero solo maneja dos autores de referencia en todo su discurso. El primero, por número de citas en el libro, es Beltza, del que se cita constantemente su libro El nacionalismo vasco 1876-1936. Ya este título es erróneo, puesto que considerar que hay nacionalismo desde 1876 demuestra que el autor se suscribe a una opinión perfectamente sintonizada con el propio nacionalismo y sus seguidores, para quienes no solo hay nacionalismo desde que Sabino Arana se lo inventa sino mucho antes, al menos desde la pérdida de los últimos fueros en esa fecha de 1876. Tendrían que pasar veinte años para que hubiera nacionalismo vasco real, pero les da igual. Todo es nacionalismo porque piensan de un modo anticipatorio. El prenacionalismo también sería nacionalismo y si no hubiera existido Sabino Arana cualquier otro hubiera hecho lo mismo en su lugar. Así es como piensan.
Este autor Beltza recuerdo que por los años ochenta atestaba las librerías de títulos. Me parecía la leche. Luego ya lo fui ubicando y resituando como un autor que había conseguido un prestigio intelectual desde el ámbito de cierta izquierda abertzale heterodoxa y al margen por completo de los círculos académicos y universitarios. Lo que da idea del nivel que por entonces tenía la universidad, que no generaba autores de referencia todavía y que los pocos que generaba tenían que competir con autores como Beltza. Beltza sería, para que nos situemos, como Pío Moa en el actual panorama de la derecha. Alguien hecho a sí mismo y con una audiencia muy importante detrás. Pero a quién se le ocurriría equiparar a Pío Moa con Pedro Carlos González Cuevas, por ejemplo. No hay color. Pues Beltza entonces estaba a la misma altura o quizás superior, tanto en audiencia como en prestigio, que autores universitarios como Solozábal o Corcuera. Llamarse Beltza se suponía que le daba más prestigio o audiencia o, quizás mejor, un aura de misterio muy en sintonía con la bruma (por no decir el hollín) intelectual imperante. Lo que indica también la empanada mental que ya tenía aquella sociedad vasca recién salida de la Dictadura, en la que los apellidos y los nombres y las denominaciones en eusquera lo eran todo y que todavía perdura en muchos aspectos, como sabemos los que nos reunimos por aquí en El balle del ziruelo. Vamos, que a Beltza se le hacía mucho más caso llamándose así que como se llamaba originariamente este autor: Emilio López Adán, nacido en Vitoria en 1946, justamente en el mismo año que Manuel Escudero. De haber firmado sus libros como Emilio López Adán a buen seguro que no le hubiera hecho caso ni Dios. Lo de Beltza (o sea, negro en eusquera), definitivamente, fue un acierto de marketing para él. Enhorabuena.
El otro autor de referencia de Manuel Escudero en este libro es Juan José Solozábal, que ya para entonces había publicado su libro El primer nacionalismo vasco: industrialismo y conciencia nacional, que es de 1975, y que continuaría luego con una trayectoria intelectual más centrada sobre todo en el ámbito del derecho constitucional que en el de la historia política. Juan José Solozábal era y es de la misma generación que Escudero y Beltza, nacido en Ollauri (La Rioja) en 1947. También acabará dirigiendo la revista Cuadernos de Alzate, originariamente dirigida por Escudero, como hemos visto. Solozábal aparece continuamente, en el libro de Manuel Escudero, citado como Sorozábal, y nunca aparece el título de su libro en todas las citas que se refieren a él. Lo digo por si alguien se extraña por eso si va a consultar Euskadi: dos comunidades. Que tengo que decir que lo he tenido que pedir al campus de Guipúzcoa de la UPV, porque en el de Vizcaya está desaparecido. Y del que hay 21 ejemplares (lo acabo de comprobar en el catálogo) repartidos por la red de Bibliotecas Públicas de Euskadi.
En definitiva, un estado de la cultura vasca surgido de la Transición con unas profundas deficiencias conceptuales, con unos condicionantes medioambientales tremendos y que muestran lo difícil que resultó quitarse de encima toda la maraña mitológica que urdió sobre la sociedad vasca esa mezcla de nacionalismo y de izquierdismo emergentes de las catacumbas y con un amplio listado de cuentas pendientes que resolver y de las que resarcirse. Están en ello todavía. De aquel batiburrillo tan tremebundo todavía somos herederos. Todavía nos estamos limpiando toda la mugre intelectual que nos cayó encima entonces. Que alguien se apiade de nosotros, por favor. Es lo único que pido.
















